40
Los mensajes los leo el sábado diecisiete de abril, en la mesa de la cocina, con Jimena al lado y una libreta de espiral de las suyas abierta entre las dos.
Han pasado dieciséis días. Dieciséis días en los que el móvil ha estado casi siempre en modo avión, bocabajo, en la mesilla, y en los que cada vez que lo encendía para hablar con Lucía o con Román entraban quince, veinte, treinta mensajes más, y yo los dejaba entrar sin abrirlos,
como quien deja las cartas del banco encima del mueble de la entrada para no tener que saber cuánto debe.
Y son cuatrocientos doce.
Los cuenta Jimena. Claro que los cuenta Jimena.
—No tienes que leerlos —dice—. Ninguno. Puedes borrarlos todos sin abrirlos.
—No quiero borrarlos.
—Vale. Entonces los leemos juntas. Y yo apunto.
—¿Apuntas qué?
Jimena destapa un boli. Uno de los de cuatro colores, que tiene siempre en el estuche para los apuntes de Anatomía.
—Lo que haya que apuntar.
·
Empezamos a las diez de la mañana.
Y Jimena lo organiza como se organiza una sala de urgencias, supongo, que es lo único que sé de urgencias: por gravedad.
Cada mensaje que abro, se lo leo en voz alta o se lo enseño, y ella lo clasifica en la libreta con un color.
Azul para la gente que conozco y que escribe para preguntar cómo estoy.
Verde para la gente que no conozco y que escribe para ayudar.
Negro para la gente que escribe por curiosidad. Y rojo para lo demás.
Y a las dos horas, la libreta tiene cuatro columnas.
La azul es la más corta. Román, que ya sé.
Lucía, que ya sé. Mi padre, que no sabe nada todavía, que el domingo cuatro me llamó a las nueve y cinco y me preguntó si estaba bien, y al que contesté «sí, papá, liada con trabajos».
Yago. Yago me escribió el dos de abril. Un solo mensaje: «No te voy a preguntar nada. Solo que si necesitas algo, lo que sea, a cualquier hora, pincho los viernes y los sábados pero el móvil lo tengo siempre. 🚀».
Y Vera, desde Alicante, tres veces, las tres para pedirme perdón sin decir por qué.
Y Saray.
Saray, la de La Cangreja, la de la barra del Salitre, la que me enseñó a llevar tres cafés en una mano. No sé cómo se ha enterado. No quiero saberlo. El mensaje es del cinco de abril, a las cuatro de la madrugada, que es la hora a la que sale del trabajo.
«Me ha llegado lo que me ha llegado y no lo he abierto ni lo voy a abrir. Solo te digo una cosa que me dijo Fran a mí hace mil años: aquí la razón no se cobra. Pero tú no tienes que pagar nada, Nerea. Nada. Ni una ronda. Un beso muy fuerte. S.»
Y Keko. Un audio de catorce segundos, desde un coche, con el ruido del motor y una canción de fondo:
«Nerea, soy Keko. Dime quién es. Solo eso. Dime quién es y voy.»
Y me río. Me río en la cocina por primera vez en dos semanas, una risa corta, por la nariz, que me pilla por sorpresa. Porque Keko no va a ir a ningún sitio, Keko no sabe ni dónde está Espinardo, Keko se pierde en la rotonda de Los Alcázares. Y aun así me lo ha dicho. Dime quién es y voy.
Jimena me mira reírme. No dice nada. Apunta a Keko en azul.
·
La verde es larga. Más larga de lo que me esperaba.
Chicas. Casi todas chicas. De la facultad, de otras carreras, de otras ciudades. Gente que no conozco de nada, que ha encontrado mi nombre no sé cómo, que me escribe por Instagram, por WhatsApp, por un correo de la universidad que no sabía ni que estaba a la vista.
«A mí me pasó en el instituto. Tenía quince años. Nadie me ayudó. Si puedo ayudarte yo, aquí estoy.»
«No te conozco pero quiero que sepas que en mi grupo lo he dicho: que quien lo reenvíe está cometiendo un delito. Y que se han callado todos.»
«Soy de tercero de Publicidad. He denunciado cuatro cuentas que lo habían subido. Te paso los enlaces por si te sirven.»
«No estás sola. Sé que es una frase de mierda. Pero es verdad.»
Y Jimena los apunta. Todos. Con el nombre, si lo hay, y la hora. En verde.
Y hay uno que me hace parar. Uno de una chica de segundo de Comunicación. Que dice:
«El año pasado yo me sentaba en primera fila en su clase. No me pasó nada. Pero a veces pienso que podría haberme pasado, y no sé por qué no. Lo siento mucho.»
Y Jimena, cuando se lo leo, deja el boli encima de la mesa.
No dice nada. Me mira. Y apunta el nombre de esa chica en verde, pero con una estrella al lado, pequeña, en rojo.
·
La negra es la más larga de todas. Es la gente que pregunta.
«¿Eres tú la del vídeo?» «¿Es verdad lo del profe?»
«¿Qué profe es?» «Oye, una pregunta, ¿es verdad que…?»
«Tía, ¿estás bien? Por cierto, ¿quién lo pasó?»
Ciento cuarenta y tantos. Gente que conozco de vista, gente de la clase, gente de Espinardo Crew, primos de gente, amigos de amigos.
Pablo el de la bota: «ere tu la del video», sin acentos, a las ocho de la mañana del día uno.
Pablo el callado, el de la calavera, no: Pablo el callado no me ha escrito, y se lo agradezco muchísimo.
Los leemos rápido. Jimena los cuenta, solo los cuenta, no apunta nombres. «Estos no importan», dice. «Estos se van a olvidar en un mes. Estos preguntan porque les aburre su vida.»
·
Y luego está la roja.
La roja no la voy a contar entera. No voy a copiar lo que dice. No quiero que esté en este libro, ni en ningún otro sitio más que en la libreta de espiral de Jimena, donde la guardamos.
Solo diré que son cuarenta y siete. Que casi todos son de cuentas sin foto, con nombres inventados, con números.
Que algunos hablan de mi cuerpo. Que algunos hablan de lo que se supone que soy.
Que algunos me dicen lo que me merezco. Que dos me mandan fotos que no abro.
Que uno me dice que sabe dónde vivo, y pone el nombre de la calle, y lo pone bien.
Y que otro, el último, de las tres de la madrugada del día seis, solo dice: por algo sería.
Y en el cuarto o quinto, yo ya no puedo.
Me levanto de la mesa. Voy a la ventana del patio. Me apoyo en el marco. Respiro. En el patio interior alguien ha tendido sábanas blancas que se mueven con el aire.
Y Jimena sigue.
Sola, en la mesa, con el boli rojo. Coge mi móvil.
Los abre uno por uno. Los lee sin moverse, sin cambiar de cara, como supongo que lee un informe de urgencias a las cuatro de la mañana.
Y los apunta: la cuenta, la hora, la plataforma.
Y hace una captura de cada uno. Y la guarda en una carpeta del móvil que ha creado ella y que se llama, lo veo cuando vuelvo a la mesa, ROJO.
—El de la calle —digo, desde la ventana—. El que pone mi calle.
—Ya lo sé. Lo tengo.
—Bórralo. Por favor. No quiero que esté en mi móvil.
Y Jimena levanta la vista de la libreta.
—No —dice.
·
Me quedo mirándola.
—No lo voy a borrar —dice—. Ni ese ni ninguno.
Ni tú tampoco. Ya sé que da asco. Ya sé que no quieres tenerlos.
Pero esto —pone la mano abierta encima de la libreta— es lo único que tienes.
Lo único que no depende de que nadie te crea.
Aquí están los nombres, las horas, las cuentas.
Si un día vas a algún sitio, a la universidad o a la policía o a donde sea, esto es lo que llevas.
—No sé si voy a ir a algún sitio.
—Ya lo sé. Yo tampoco. —Cierra la libreta—. Pero si vas, que no tengas que ir con las manos vacías. En urgencias es lo primero que te enseñan. Que lo que no está apuntado no ha pasado.
Y me acuerdo del portal. De Aitor con la capucha, diciendo borra nuestras conversaciones, todas, por si acaso. Y de mí en el pasillo, a las doce menos cuarto, decidiendo no borrar nada. La primera cosa que decidí sola en meses.
Y Jimena, sin saberlo, sin haber estado en ese pasillo por dentro de mi cabeza, me está diciendo lo mismo.
—Vale —digo—. No borres nada.
·
A las tres de la tarde terminamos.
Cuatrocientos doce mensajes. Una libreta de espiral con cuatro columnas de colores.
Una carpeta en el móvil que se llama ROJO.
Y una lista, en la última página, que Jimena ha hecho a boli negro sin que yo se lo pida, con las once cuentas que han subido el vídeo a algún sitio público, y al lado, la fecha en la que ella ha denunciado cada una a la plataforma.
La primera, el dos de abril. A las siete y cuarto de la mañana.
La mañana siguiente al día en que yo no le abrí la puerta.
—¿Tú hiciste esto el día dos? —digo.
—El dos, el tres y el cuatro. No podía hacer nada más. No me abrías. Y no sabía qué hacer con las manos.
Y yo miro la lista. Las once cuentas. Las once fechas. Dos de ellas tachadas, con una palabra al lado: retirado.
Y miro a Jimena. Que se acuesta a las once como las señoras.
Que madruga para ver llegar a la gente. Que el día dos de abril, mientras yo estaba al otro lado de una puerta cerrada sin querer ver a nadie, estaba en la cocina, con el móvil, denunciando cuentas una por una a las siete y cuarto de la mañana, sin decírmelo, sin esperar que yo lo supiera nunca.
Y no le digo nada. Porque no hay nada que se pueda decir que no sea pequeño.
Le cojo la mano por encima de la libreta. Y ella me la deja coger.
Y nos quedamos así, en la cocina, con las sábanas blancas del patio moviéndose en la ventana, hasta que Jimena dice que tiene hambre, y hace una tortilla, y la parte en triángulos, como en los bares.