Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 39
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Román me escribe el domingo cuatro por la mañana, y es el primer mensaje que leo de los doscientos que tengo sin leer.

Lo leo porque es el único que no tiene el vídeo encima, ni debajo, ni un emoji de ojos, ni una pregunta. Es muy corto.

«No voy a preguntarte nada. El día que quieras volver a la facultad, te acompaño en el tranvía. Si no quieres, no pasa nada. Si quieres que te lleve apuntes, te los llevo. Si no quieres saber nada de nadie, también lo entiendo. Solo quería que supieras que estoy aquí.»

Y debajo, un minuto después:

«Y que me salí del grupo de clase la noche del jueves. Y que bloqueé a Adri.»

Lo leo cuatro veces.

Y contesto con una sola palabra, que es la primera palabra que le escribo a alguien desde el jueves:

«Vale.»

Y la miro, la palabra, en la pantalla. Y es un «vale» de Jimena. Un «vale» que abre una puerta.

·

El jueves quince, a las ocho y veinte de la mañana, Román me está esperando en la parada del tranvía de la plaza Circular.

Han pasado dos semanas. Dos semanas en las que no he salido del piso más que para bajar a la farmacia con Jimena, una vez, a por unas pastillas para dormir sin receta que no me han servido de nada.

Dos semanas en las que Lucía ha venido dos veces más, el martes y el sábado, con el coche de Chelo y un táper de su tía.

Dos semanas en las que Vera no ha vuelto de Alicante y la puerta de su cuarto está cerrada y la de Paula abierta.

Y hoy vuelvo.

No lo decido por valentía. Lo decido porque el lunes me escribió la secretaría de la facultad un correo automático diciendo que tenía un número de faltas en Historia del Cine que me dejaba al borde de perder la evaluación continua. Y porque me dio más miedo perder eso que ir.

Román lleva el abrigo marrón y una mochila y dos cafés en vasos de cartón. Me da uno sin decir nada.

Y cuando llega el tranvía y se abren las puertas, se pone delante de mí. No detrás, como Adri en el rodaje del andén, apartando a la gente. Delante. Sube primero, se coloca en el pasillo, y cuando yo subo me quedo detrás de él, entre su espalda y la ventana.

Y me doy cuenta a las dos paradas de lo que está haciendo.

Me está tapando.

Con su cuerpo, con su abrigo marrón, con su mochila, sin decir nada, sin mirarme, mirando el móvil como si no pasara nada.

Me está tapando de las sesenta personas que van en el tranvía a Espinardo a las ocho y veinte de la mañana, de las cuales no sé cuántas han visto el vídeo, y yo no lo voy a saber nunca, y él tampoco, y por eso se pone delante.

No le digo nada. No puedo.

Me bebo el café.

·

En la parada de la Universidad se sube una señora mayor con un carro de la compra y se sienta enfrente de mí.

No me conoce. No puede conocerme. Tiene setenta años, un abrigo de lana en abril y una bolsa de naranjas asomando por el carro. Y me mira. Como mira la gente mayor en el transporte público, sin disimular, con la cara quieta y los ojos curiosos, como se mira un escaparate.

Y yo me pongo tiesa en el asiento.

Y entiendo que esto va a ser así. Que durante un tiempo, no sé cuánto, cada vez que alguien me mire en un tranvía, en una cola, en una cafetería, voy a pensar que lo sabe.

Aunque tenga setenta años y una bolsa de naranjas.

Aunque no tenga móvil. Aunque solo me esté mirando porque tengo la cara pálida y los ojos hinchados y el pelo recogido de cualquier manera, que es lo que tengo.

Román, de pie delante de mí, agarrado a la barra, lo ve. Ve que me he puesto tiesa. Ve a la señora. Y hace una cosa que no me espero.

Se gira hacia ella.

—Qué naranjas más buenas lleva usted —dice.

La señora lo mira. Parpadea.

—Son de Alhama. De mi cuñado.

—Se nota. Mi padre dice que las de Alhama son las únicas que valen. Que las de Valencia tienen fama pero no tienen sabor.

—¡Eso digo yo! —dice la señora, y se le ilumina la cara—. ¡Eso digo yo siempre! Mi nuera es de Valencia y no hay manera de convencerla.

Y durante cuatro paradas, hasta Espinardo, Román Vidal-Quadras, de pie en un tranvía a las ocho y media de la mañana, con dos cafés en la mano, habla de naranjas con una señora de setenta años que se llama Remedios.

De las de Alhama y las de Valencia. De cómo se sabe si una naranja es buena por el peso.

De que las naranjas de supermercado las cogen verdes y las pintan con cera.

Remedios se ríe. Le cuenta lo de su cuñado, que tiene un huerto con cuarenta naranjos y que regala las naranjas a todo el barrio porque no sabe qué hacer con ellas.

Y no me mira más. Ni una vez. Le mira a él.

Y cuando llegamos a mi parada, Remedios mete la mano en la bolsa y le da a Román dos naranjas. Grandes. Con la piel gorda y brillante.

—Para usted y para su novia —dice—. Que está muy pálida la muchacha. Que coma fruta.

Y Román coge las naranjas y le da las gracias, y no la corrige. Ni en lo de novia ni en lo de pálida.

Y en el andén, con el tranvía alejándose y Remedios diciéndonos adiós por la ventanilla, me da una naranja.

—Tu naranja de Alhama —dice—. Para que comas fruta, que estás muy pálida.

—¿Tu padre de verdad dice lo de las de Valencia?

—Mi padre no ha dicho nada de naranjas en su vida. —Se guarda la otra en el bolsillo del abrigo—. Pero Remedios necesitaba que alguien le diera la razón. Y tú necesitabas que dejara de mirarte.

Y echa a andar hacia el aparcamiento. Y yo voy detrás, con la naranja en la mano, pesada, fría, oliendo a huerto.

·

Adri nos está esperando en el aparcamiento.

Sentado en un banco, el de al lado de los pinos, con los codos en las rodillas. Se levanta cuando nos ve. Tiene los ojos rojos y la cara de alguien que no duerme desde hace días.

Román se para en seco. Se pone otra vez delante.

—Román, por favor —dice Adri—. Solo un momento. Solo quiero hablar con ella.

—No.

—Román…

—He dicho que no.

Y yo, detrás de Román, le toco el brazo.

—Déjalo —digo.

Román se gira. Me mira. No dice nada. Se aparta. No mucho. Un paso. Lo justo para que yo pueda ver a Adri y él me pueda ver a mí, pero no tanto como para irse.

Y Adri se sienta otra vez en el banco, porque no puede estar de pie, y yo me siento en el otro extremo, lejos, con el café en la mano.

Y me lo cuenta.

Lo del número francés, lo de los catorce de Los de siempre y los diez minutos que tardó en mandarlo: me lo cuenta ahí, en ese banco, sin mirarme, mirando los pinos. Me lo cuenta todo, con las horas exactas, porque se las sabe de memoria, porque las ha mirado mil veces en el móvil desde el jueves.

Y al final dice:

—No pensé. Te lo juro, Nerea. No pensé nada.

Me llegó y lo pasé. Como paso todo. Como te grabé en el andén.

Como subí lo del folio del nueve. —Se tapa la cara con las manos—.

Me pediste que quitara la historia del andén y la quité, y te dije «ya la han visto sesenta», y me reí.

Y no me di cuenta. Nunca me di cuenta de que había alguien al otro lado.

·

No le digo nada.

No le digo que le perdono, porque no le perdono. No le digo que le odio, porque tampoco le odio. No sé lo que le tengo. Es una cosa rara, como mirar un accidente de tráfico en el que no sabes si el conductor iba borracho o se le cruzó un perro.

Lo que sí hago es mirarle la cara.

Y es de verdad. Eso es lo peor. Que es de verdad.

Que no es la boca quieta de Aitor en el portal, ni la de nadie que me está vendiendo algo.

Es la cara de un chico de veinte años que ha hecho algo que no se puede deshacer y que se acaba de dar cuenta de que existe una cosa que se llama no se puede deshacer.

—¿Quién te lo mandó? —digo.

—No lo sé. Un número francés. No contesta. Lo he llamado cincuenta veces.

—¿Tienes el mensaje todavía?

Adri me mira por primera vez.

—Sí. Lo he guardado todo. No he borrado nada. —Saca el móvil—. Román me dijo que no borrara nada. La noche del jueves, antes de bloquearme, me lo dijo. Me dijo «no borres nada, gilipollas, que eso es lo único que vas a poder hacer bien».

Me giro hacia Román, que está a un paso, con el abrigo marrón. Román no me mira. Mira los pinos.

·

Adri se va a clase. Solo. Se va hacia la puerta de la facultad con la mochila colgando de un hombro, despacio, y se nota desde lejos que la gente que está en la puerta se aparta un poco cuando pasa. Que alguien le dice algo. Que él no contesta.

Y Román y yo nos quedamos en el banco.

—No tienes que entrar hoy —dice—. Si no quieres.

—Tengo que entrar. Historia del Cine. Me quedan dos faltas.

—Vale.

Y nos quedamos callados. Los pinos. El aparcamiento. Un coche blanco que no es un Golf aparcando en la primera fila.

—Román.

—Dime.

—Te mentí. Tres veces. Lo de la tensión, lo del compromiso familiar de Cieza, lo de la fiebre.

—Cuatro —dice él.

—¿Cuatro?

—Lo de Águilas. En noviembre me dijiste que a lo mejor ibas a Águilas de auxiliar y que estabas muy contenta.

Y el sábado que te pedí que vinieras a Cieza me dijiste que era un compromiso familiar.

—Se encoge de hombros—. No era mentira del todo.

Era una mentira y una verdad a la vez. Pero te la cuento, porque si vamos a contar, hay que contar bien.

Y yo me río.

No sé de dónde me sale. Es la primera vez en dos semanas. Me río en un banco del aparcamiento de la facultad, con los ojos llenos de lágrimas, porque Román Vidal-Quadras lleva la cuenta de mis mentiras mejor que yo, y me la corrige.

—Perdóname —digo.

—Ya estás perdonada, Baresa. Desde lo del termómetro. —Se levanta—. Solo que no te lo podía decir porque no me cogías el teléfono.

Y me tiende la mano para que me levante.

Y en la mano, me doy cuenta cuando se la cojo, no hay nada. Pero en mi bolsillo sí. En el bolsillo del abrigo, donde lo llevo desde septiembre, desde el primer día, el boli. Su boli. El que me dejó en la clase de la guía docente y nunca me ha pedido de vuelta.

Lo saco.

—Tu boli.

Román lo mira. Me mira a mí.

—Es tuyo. Te lo quedaste el primer día.

—Es tuyo, Román.

—Pues quédatelo igual —dice—. Para que tengas algo mío que no te pida nada.

Y echa a andar hacia la puerta de la facultad, delante de mí, un paso por delante, con el abrigo marrón. Y yo guardo el boli y echo a andar detrás de él. Y cuando llegamos a la puerta y la gente que está ahí se gira a mirarme, él no se aparta. Se queda delante.

Y entramos.