Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 38
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Aitor llama el viernes dos a las once y veinte de la noche, treinta y nueve horas después de «ya lo sé», y la primera frase que dice es:

—Estoy abajo.

He encendido el móvil a las nueve, por primera vez desde el jueves por la mañana, porque Lucía ha tenido que volver a Los Alcázares a trabajar y antes de irse me ha dicho «enciéndelo, que tu padre va a llamar y si no lo coges se muere».

Y lo he encendido. Y han entrado doscientos mensajes.

Y los he dejado entrar sin leer ninguno, como se deja entrar la lluvia por una ventana que no puedes cerrar.

Mi padre no ha llamado. Es viernes.

Ha llamado él.

—¿Abajo dónde?

—En tu portal. Baja, por favor. No puedo subir.

·

No sé por qué bajo. Me lo he preguntado muchas veces después. Bajo en pijama, con una sudadera encima y las zapatillas de estar por casa, los cuarenta y ocho escalones despacio, agarrada a la barandilla, con las piernas como de otra persona.

Y supongo que bajo porque necesito verle la cara.

Porque llevo treinta y nueve horas sin saber qué cara tiene esto, y él es el único que la puede tener.

Porque sigo pensando, con una parte de mí que no se calla, que me va a explicar algo.

Que va a haber una explicación. Que le robaron el móvil, que alguien entró en su nube, que fue el de la ventana de enfrente.

Que me va a abrazar en el portal y me va a decir «lo siento muchísimo, lo vamos a arreglar», y va a subir conmigo, y le va a dar igual que lo vean.

Abro el portal.

Está en la acera, a dos metros, de espaldas a la farola, con la capucha de una sudadera puesta y las manos en los bolsillos. Mira a los lados antes de mirarme a mí. A la izquierda, a la derecha, a la esquina. Como miran los que no quieren que los vean.

Y no me abraza.

·

—¿Estás bien? —dice.

No contesto.

—Perdona que no te haya llamado. No podía. Tenía que pensar. —Se acerca un paso, se para—. ¿Has hablado con alguien?

—¿Con quién?

—Con quien sea. Con la facultad. Con la policía. Con Berruezo.

—No.

Y veo que respira. Veo que se le baja un poco la tensión de los hombros, un milímetro, lo justo para que se note si sabes mirar. Y yo sé mirar.

—Vale. Bien. Escúchame.

—¿Cómo ha salido?

—Escúchame un momento, Nerea.

—¿Cómo ha salido el vídeo? —Me oigo la voz, rara, muy tranquila, como si hablara otra—. ¿Por qué había un vídeo?

Y ahí se para. Se queda un momento callado. Mira al suelo.

—Era para nosotros —dice—. Era… Pensaba enseñártelo. Iba a enseñártelo. Era una cosa bonita. Era para que lo viéramos juntos algún día.

Y lo dice mirando al suelo.

Y yo conozco esa cara. La he visto en el mostrador doscientas veces. Es la cara del que dice «ahora vuelvo a por la cartera» y no va a volver. Es la boca quieta un instante de más.

·

—Mira —dice—. Lo importante ahora es no hacer ruido. ¿Me entiendes? Esto va a pasar. Estas cosas pasan. Circulan tres días, una semana, y luego sale otra cosa y la gente se olvida. Dentro de un mes nadie se acuerda.

—Setenta personas de mi clase.

—Dentro de un mes, nadie. Te lo prometo.

—Se acerca otro paso—. Pero si haces ruido, no se olvida nunca.

Si vas a la facultad, si vas a la policía, si denuncias, sale tu nombre.

En un expediente, en un juzgado, en un periódico, a lo mejor.

Y ya no eres la chica de un vídeo que circuló una semana.

Eres la del vídeo. Para siempre. Te buscan en Google y sale.

No digo nada.

—Y salen mis manos.

Lo dice más bajo. Casi para sí mismo.

—Mis manos salen en el plano, Nerea. Se me reconoce. Por el reloj, por la pulsera. Si esto llega a la facultad por la vía oficial, me cuesta el puesto. Me cuesta todo. Soy asociado. No tengo plaza. Me echan en una semana y no vuelvo a dar clase en ninguna universidad de España.

—Pero no lo he difundido yo.

—Ya lo sé. Ya lo sé que no. —Se pasa la mano por la cara—. Pero da igual quién lo haya difundido. El vídeo es mío. Lo grabé yo. En mi casa. Con mi móvil. Y tú eras mi alumna. ¿Entiendes lo que eso significa?

Y yo lo miro.

Y por primera vez en seis meses lo miro como miro a todos los demás. Desde fuera. Desde el mostrador. Como se mira una cara para saber qué va a hacer antes de que lo haga.

Y lo que veo es miedo. Mucho miedo. Y ni un solo gramo de ese miedo es por mí.

·

—Y está Núria —dice.

Lo dice sin pensar. Se le escapa. Lo sé porque en cuanto lo dice, cierra la boca y se le pone la cara blanca, como se le puso en el despacho 2.14 cuando le dije que me había parado Berruezo.

—¿Quién es Núria?

No contesta.

—Aitor. ¿Quién es Núria?

—Nadie. Da igual. Es… Mira, eso ahora no importa.

Lo que importa es que no hagas nada. Que no digas nada.

Que borres nuestras conversaciones, todas, por si acaso, por si alguien te pide el móvil.

Que si te preguntan, no sabes quién es el del vídeo.

Que no es nadie que conozcas. Un chico de fuera. Un rollo de una noche.

—¿Quién es Núria?

—¡Que da igual quién es Núria! —Y es la primera vez que lo oigo gritar. En seis meses. Nunca. Ni en Águilas—. ¡Que me vas a hundir, Nerea! ¿No lo entiendes? ¡Me vas a hundir la vida entera por un vídeo!

Y en el tercer piso de Mariano Padilla se enciende una luz.

·

Y la puerta del portal se abre detrás de mí.

Jimena.

En pijama, con el abrigo encima, las zapatillas de casa. Ha bajado los tres pisos. Lo sé porque tiene la respiración un poco rápida y porque la conozco y sé que no ha cogido el ascensor porque no hay.

No me mira a mí. Lo mira a él.

Y lo mira como no la he visto mirar a nadie nunca. Como imagino que mira en urgencias a las tres de la mañana, a un hombre que ha venido acompañando a una mujer que dice que se ha caído por la escalera.

—Tú eres el profesor —dice.

No es una pregunta.

Aitor se baja la capucha. Se recompone. Le cambia la cara en un segundo, es impresionante verlo: vuelve la de clase, la de la tutoría, la tranquila, la que convence.

—Perdona. Creo que hay un malentendido. Solo he venido a ver cómo estaba Nerea, porque es mi alumna y…

—Nerea, sube —dice Jimena.

Sin mirarme. Sin quitarle los ojos de encima a él.

—Jimena…

—Sube, por favor.

Y subo. No sé por qué obedezco a Jimena y no a él, pero subo. Paso a su lado, por la puerta del portal, y ella no se mueve ni un centímetro, se queda en el escalón, en pijama y abrigo, con los brazos cruzados, entre él y la escalera.

Y desde el primer rellano, por el hueco, la oigo.

No grita. Jimena no grita nunca. Habla con la voz del parte de hospital, la de «le he mentido a ese chico sin saber que le estaba diciendo la verdad».

—No sé cómo te llamas y no me hace falta. Si vuelves a este portal, llamo a la policía. Y les enseño la cara que tiene ella desde el jueves. Y les digo que has venido a las once y media de la noche a gritarle que borre las pruebas.

Silencio.

—Buenas noches —dice Jimena.

Y la puerta del portal se cierra. Despacio. Sin golpe. Con cuidado de que no suene.

·

Arriba, en el recibidor, Jimena se quita el abrigo y lo cuelga en el perchero. Le tiemblan las manos. Es la primera vez que le veo temblar las manos a Jimena Arcos.

Yo estoy en el pasillo, de pie, apoyada en la pared.

—¿Lo has oído? —digo—. Lo de Núria.

—Lo he oído todo. Tengo la ventana del cuarto encima del portal.

—¿Quién es Núria?

Jimena me mira un momento. Y luego hace una cosa que no ha hecho nunca: se acerca y me coge las dos manos. Con las suyas, que todavía tiemblan.

—No lo sé —dice—. Pero me parece que eso es lo que tenías que saber, Nerea. No quién lo ha mandado. Quién es Núria.

Y me suelta las manos, y se va a la cocina, y pone agua a calentar para una infusión, porque son las doce menos cuarto de la noche y Jimena, que se acuesta a las once, lleva dos noches sin dormir por mí.

Y yo me quedo en el pasillo mirando el móvil, donde hay un chat abierto con un nombre que ahora ya no sé leer. Aitor Belmonte. Nombre y apellido. Como se guarda a un profesor. A un fontanero. A alguien del banco.

No lo borro. No borro nada.

Es la primera cosa que decido sola en muchos meses. Y la decido en un pasillo, a las doce menos cuarto, sin que nadie me la explique antes.