37
El piso se rompe ese jueves por dentro, y no hace ningún ruido.
No hay gritos. No hay portazos. Hay una cosa peor, que es una casa donde tres personas se mueven con cuidado de no cruzarse, como en esos aparcamientos donde los coches dan vueltas buscando un hueco y nunca coinciden en el mismo pasillo.
Jimena está en la cocina. Toda la mañana. No va a clase, lo ha dicho y lo cumple. La oigo hacer café a las nueve, a las diez y media, a las doce. La oigo fregar una taza que no hace falta fregar. La oigo sentarse. La oigo pasar páginas de algo que no está leyendo, porque pasa demasiado rápido.
No sale al pasillo. No vuelve a llamar a mi puerta. Está. Solo está. Como un faro, que no va a buscar a nadie pero no se apaga.
Y yo no salgo.
·
Vera vuelve a la una y media.
La oigo en la escalera, la reconozco por los pasos, que suben la escalera de dos en dos siempre, porque siempre llega tarde a algo. Hoy no. Hoy sube de uno en uno. Despacio. La oigo meter la llave. La oigo entrar.
Y la oigo pararse en el pasillo. Delante de mi puerta.
Mucho rato.
La sombra de sus pies por debajo de la puerta, dos manchas oscuras en la raya de luz. No se mueven. Oigo que respira. Oigo que coge aire para decir algo.
Y no lo dice.
Las manchas se van. Oigo su puerta. Oigo que la cierra, despacio, con cuidado de que no suene.
Y a las tres y media la oigo salir otra vez, con la maleta de ruedas. Las ruedas en el pasillo. Las ruedas en el rellano. Las ruedas en la escalera, golpe a golpe, bajando.
Me llega un mensaje suyo a las tres y cuarenta. Es el primero en seis semanas que no es para cancelar algo.
«Me voy unos días a Alicante. No sé qué decirte. Perdóname. No sé cómo mirarte y no quiero mirarte mal.»
Y nada más. Ni emoji. Ni exclamación.
Y yo lo leo, y me parece la cosa más honesta que me han dicho en todo el día, y es la que más me duele.
·
A las cinco y cuarto suena el telefonillo.
No lo cojo. Lo coge Jimena. La oigo en la entrada, preguntando «¿quién es?»
, y oigo una voz metálica al otro lado que no distingo.
Y oigo a Jimena abrir el portal, y oigo pasos subiendo.
Rápidos. Muy rápidos. Alguien que sube los cuarenta y ocho escalones corriendo, sin pararse en los rellanos, como se sube a una azotea cuando empiezan los cuartos.
Y la puerta del piso. Y una voz en el recibidor.
—¿Dónde está?
Y reconozco la voz.
Y me levanto de la cama. Por primera vez en todo el día. Me levanto y voy descalza hasta la puerta de mi cuarto y giro el pestillo y la abro.
Y Lucía está en el pasillo, con la chaqueta vaquera de siempre y el pelo recogido de cualquier manera y la cara roja de subir corriendo, con las llaves del coche de la tía Chelo todavía en la mano, y detrás de ella, en la puerta de la cocina, Jimena, con una taza.
Lucía no dice nada.
Viene. Me abraza. Me abraza tan fuerte que me hace daño en las costillas, como en la parada de la Ronda en septiembre, como en Nochevieja, como desde los nueve años. Y me dice al oído, muy bajito:
—No te voy a preguntar nada. Nada. ¿Vale? Nada.
Y yo me echo a llorar.
Por primera vez en todo el día. Desde las siete y cuarenta.
Me echo a llorar de pie en el pasillo de Mariano Padilla, con la cara en el hombro de Lucía, con la chaqueta vaquera que huele a su casa, a la azotea, al coche de Chelo, al Mar Menor.
Y lloro de una manera que no me conocía, con un ruido que no me conocía, un ruido de animal, que me sale de un sitio muy hondo y que no puedo parar.
Y Lucía no me suelta.
·
Más tarde, en la cama, con la persiana bajada, tumbadas las dos como cuando dormíamos en su casa a los doce años, le pregunto cómo lo ha sabido.
Y Lucía tarda en contestar.
—Me ha llamado Hugo.
Me quedo quieta.
—Hugo estudia Biología en Espinardo. Le ha llegado por un grupo de su facultad a las nueve de la mañana.
Me ha llamado a las nueve y diez. —Me pasa la mano por el pelo—.
No me ha dicho lo que era. Me ha dicho «Lucía, ve a Murcia ahora mismo, que a Nerea le ha pasado una cosa y no va a querer ver a nadie. Pero a ti sí».
Y lo demás no me lo cuenta. Si Hugo lo vio o no lo vio. Qué más dijo. Cómo tenía la voz. No me lo cuenta y yo no le pregunto.
—He salido del trabajo a las doce —dice—. He tenido que esperar a que Chelo me dejara el coche.
—¿Y cómo sabías la dirección?
—Me la dio tu padre en septiembre. Por si acaso. —Me aprieta la mano—. Me la dio a mí, no a ti. Las cosas de «por si acaso» tu padre se las da siempre a otra persona.
·
A las ocho, Jimena llama a la puerta y trae dos platos de tortilla.
No entra. Los deja en el suelo, en la puerta, como se deja la comida a un gato asustado. Y Lucía se levanta y los coge y le dice «gracias», y Jimena dice «de nada», y se miran las dos un momento en el umbral, dos personas que no se conocen y que están cuidando a la misma.
—Tú eres Jimena —dice Lucía.
—Y tú eres Lucía.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque es la única persona a la que ha abierto la puerta en todo el día —dice Jimena—. Y porque habla de ti cuando duerme.
Y se va.
Y Lucía se queda con los dos platos en las manos, en la puerta de mi cuarto, mirándome. Y yo miro al techo.
—No sabía que hablaba en sueños —digo.
—Desde los nueve años —dice Lucía—. Pero nunca dices nada que se entienda.
·
Antes de cenar, Lucía me mete en la ducha.
No me pregunta. Me coge de la mano, me levanta de la cama, me lleva por el pasillo hasta el baño de metro y medio, abre el grifo, espera a que salga caliente con la mano debajo, y me dice:
—Dentro.
Y me meto. Con la camiseta del pijama. Con los pantalones. No me da tiempo a quitármelos, o no tengo fuerzas, o me da igual. Me meto bajo el agua caliente con la ropa puesta, y me quedo de pie, con los brazos colgando, y el agua me cae por la cabeza y me pega la camiseta al cuerpo.
Y Lucía no dice nada de la ropa. Se remanga la chaqueta vaquera hasta los codos. Coge el champú de Vera, el que huele a coco, que es el que está más a mano. Y me lava el pelo.
Como cuando teníamos diez años. Como en su casa, los veranos, después de la playa, cuando su madre nos metía a las dos en la bañera para quitarnos la sal y Lucía se empeñaba en lavarme el pelo a mí porque decía que el mío era más largo y más difícil y que eso era un trabajo para expertas.
Me frota la cabeza con los dedos. Despacio. Con la espuma. Me echa agua con las manos haciendo cuenco para aclararme. Me aparta el pelo de la cara. Vuelve a echar champú. Otra vez.
Y yo lloro debajo del agua. Y no se nota, porque es agua. Y Lucía lo sabe, y hace como que no, y sigue frotándome la cabeza.
—Te huele el pelo a Vistabella —dice, al rato, muy bajito.
Me quedo quieta.
No le he dicho nada. No le he dicho la palabra. En todo el día no he dicho la palabra Vistabella delante de ella.
—No sé qué es Vistabella —dice Lucía—. Lo has dicho esta tarde, cuando te has quedado dormida en mi hombro. Dos veces. Y la palabra margaritas. —Me echa agua en la nuca—. No te voy a preguntar. Te lo he dicho. Nada. Pero te voy a lavar el pelo hasta que deje de oler a eso.
Y me lo lava tres veces.
Con el champú de coco de Vera, en un baño de metro y medio de Mariano Padilla, con la puerta abierta y Jimena en el pasillo, sentada en el suelo con la espalda contra la pared, escuchando sin mirar, por si hace falta algo.
Y cuando termina, me envuelve en una toalla, con la ropa mojada todavía debajo, y me frota los brazos.
—Ya está —dice—. Ahora hueles a Vera.
Y me río. Una risa pequeña, mojada, que me sale de debajo de la toalla. La primera del día.
—Vera huele a coco —digo.
—Vera huele a Bellas Artes —dice Lucía—. Que es peor. Pero es mejor que lo otro.
·
Comemos la tortilla sentadas en la cama, con los platos en las rodillas.
El móvil sigue en modo avión, bocabajo, en la mesilla. No lo he vuelto a tocar desde las diez y media. Y Lucía no me pregunta por él, ni me dice que lo encienda, ni me dice que no lo encienda. Lo mira de vez en cuando, como se mira un perro dormido que muerde.
No le cuento nada esa noche. Ni de Vistabella, ni del sofá gris, ni de las llaves, ni de las margaritas. Ni de quién son las manos.
Y ella no me pregunta. Cumple lo que ha dicho en el pasillo: nada.
A las once apaga la luz. Se queda en mi cama, vestida, con la chaqueta vaquera puesta, encima del edredón. No va a volver a Los Alcázares esta noche. No lo dice. Se tumba.
Y a oscuras, cuando ya creo que se ha dormido, dice:
—Estoy donde he estado siempre, Nerea. Te lo dije en el audio.
—El audio no te lo contesté.
—Ya lo sé. Por eso he venido a decírtelo en persona. —Se da la vuelta hacia la pared—. Duérmete.
Y me duermo.
Y lo último que oigo, antes de dormirme, es a Jimena en la cocina, al otro lado del pasillo, todavía despierta a las once y media de la noche, ella, que se acuesta a las once como las señoras. Fregando algo. Dejándolo en el escurridor. Apagando la luz.
Y sin cerrar la puerta de la cocina.