Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 36
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Me despierta el ruido a las siete y cuarenta, y lo primero que pienso es que se ha muerto alguien.

Es lo que se piensa cuando el móvil no para.

Cuando lo coges medio dormida y la pantalla está llena, de arriba abajo, de notificaciones que se empujan unas a otras, y sigue vibrando en tu mano mientras intentas leer la primera.

Piensas en tu padre. Piensas en la carretera de Balsicas de noche.

Piensas en el camping, en una bombona de butano, en una depuradora.

No es mi padre.

Es el grupo de clase, con ciento doce mensajes sin leer y mi nombre en diecinueve de ellos.

Es Instagram, con cuarenta y una solicitudes de mensaje de gente que no conozco.

Es un número que no tengo guardado, luego otro, luego otro.

Es Román, tres llamadas perdidas, a las cuatro y diez, a las cuatro y cuarto, a las seis y media.

Es Adri, una sola, a las dos. Es una notificación de un chat que no reconozco, de alguien que se llama Pablo 2ºPer, y que dice, en la vista previa, ere tu la del video.

Y abro la primera de Instagram, de un perfil sin foto, porque es la de arriba, y es un vídeo.

No necesito ponerlo.

Reconozco la miniatura. Reconozco la estantería. Los dos libros de los lados. El ángulo. La lámpara de la mesilla, que tiene una tulipa verde. La colcha gris.

Y me reconozco a mí.

·

No lo entiendo.

Quiero contar esto bien, porque es lo que más me cuesta y lo que más importa: durante los primeros minutos no lo entiendo.

No hay un momento en que lo entienda todo de golpe, como en las películas, con la música subiendo.

Hay un ruido blanco. Hay una chica sentada en una cama de Mariano Padilla con el móvil en la mano y la boca abierta, mirando una miniatura, y dentro de la chica no hay nada, ninguna idea, ninguna frase,

solo un pitido como el que se queda en los oídos después de una noche entera en el Salitre junto al altavoz.

Luego empieza a haber cosas.

La primera es: eso es el cuarto de Aitor.

La segunda es: eso es el sábado. Por las margaritas no, que no salen. Por mí. Por el pelo, que me lo había lavado esa tarde y lo tenía suelto. Por la camiseta en el suelo, que es la de rayas. Por la luz.

La tercera es: yo no sabía que había una cámara.

Y la cuarta, que llega tarde, mucho más tarde, que llega cuando ya han pasado veinte minutos y el móvil ha vibrado treinta veces más en mi mano: el móvil. El móvil entre los dos libros. «Así no se me cae».

Y no. No, no, no. La aparto. La aparto con las dos manos, como se aparta un plato que huele mal.

No puede ser eso. Tiene que ser otra cosa.

Tiene que haber otra explicación. Le han robado el móvil.

Le han entrado en la nube. Alguien del edificio.

Alguien con una cámara en la ventana de enfrente. Hay explicaciones. Tiene que haberlas.

·

Lo llamo a las ocho y dos.

No lo coge.

Lo llamo a las ocho y cuatro. A las ocho y cinco. A las ocho y siete.

A las ocho y nueve me llega un mensaje.

«Ahora no puedo hablar. Ya lo sé. No hagas nada. No contestes a nadie. No digas nada. Luego te llamo.»

Ya lo sé.

Lo leo de pie, en medio del cuarto, en pijama, descalza en las baldosas frías.

Ya lo sé. Lo sabe. Desde cuándo. Cómo. Quién se lo ha dicho.

Por qué no me ha llamado él a mí, si lo sabe.

Por qué a las ocho y nueve, si el vídeo lleva circulando desde medianoche, según los mensajes, según Román, según las horas de los mensajes del grupo, que empiezan a las doce y treinta y siete.

«¿Cómo ha salido? ¿Quién lo ha grabado?»

Lo mando.

Sale un tic. Luego dos. Luego azules.

Y no contesta.

·

A las ocho y veinte llaman a la puerta de mi cuarto.

Tres golpes suaves. Un nudillo.

—Nerea. —Es Jimena—. ¿Estás bien?

No contesto.

—Tu móvil lleva sonando desde las siete. ¿Ha pasado algo? ¿Es tu padre?

Y yo miro la puerta desde la cama, donde me he vuelto a sentar sin darme cuenta, con las rodillas contra el pecho, y pienso: ella no lo sabe.

Jimena no lo sabe. No está en el grupo de clase, no está en Espinardo Crew, no está en nada, está en un grupo de Enfermería y en otro de su familia de Albacete. Jimena no lo ha visto.

Y pienso lo siguiente, que es lo que me da más vergüenza de todo este libro, más que las mentiras a Román, más que la noche de la cocina: pienso que a lo mejor sí.

Que a lo mejor lo ha visto. Que a lo mejor fue ella.

Que ella sabía lo de Vistabella, o se lo imaginaba.

Que ella me dijo «esto no es normal». Que después de lo que le dije en la cocina tenía motivos para querer hacerme daño.

Y lo pienso. En serio. Durante unos segundos, sentada en la cama, lo pienso de Jimena Arcos, que madruga para ver llegar a la gente.

—Nerea, por favor. Ábreme.

No le abro.

—Vale —dice, al rato—. Estoy en la cocina. No me voy a ir a clase.

Y la oigo irse por el pasillo.

·

Y a partir de ahí sospecho de todo el mundo.

No lo decido. Me pasa, como el ruido blanco.

Me siento en la cama con el móvil bocabajo encima del edredón, porque ya no lo puedo mirar, y la cabeza se me pone a hacer una cosa que no puede parar, que es repasar a todas las personas de Murcia que conozco, una por una, preguntándome si han sido ellas.

Adri. Adri, que lo sube todo. Que me grabó en el andén sin preguntar. Que me llamó a las dos de la mañana, una vez, y no dejó mensaje. Adri, seguro.

Pero Adri no ha estado nunca en Vistabella. Adri no sabe ni que existe Vistabella.

Vera. Vera, que conoce a medio Bellas Artes y sale con gente del círculo de Adri. Vera, que borró las tres de la pizarra. Vera, que no está en su cuarto, que se ha ido a las siete y cuarto sin hacer ruido, que he oído la puerta.

Yago. Yago, al que dejé por mensaje en un tranvía. Que me dijo «lo has hecho tarde, que no es lo mismo».

Román. Román, que me escribió «esto es un delito» en el grupo de clase y que me ha llamado tres veces esta noche. Y por un momento, lo pienso de Román. Que por qué estaba despierto a las doce y treinta y siete. Que cómo sabe tan rápido que es un delito. Que a lo mejor.

Carmen Berruezo. Que me dijo «he visto esto antes».

El chico de tercero, Dani, el de la tutoría de las seis. Mari Carmen, la de la limpieza de los jueves, que no existe. Julián Serna, el productor. Marta la de sonido. El eléctrico que roncaba en la furgoneta.

Todos. Cualquiera.

Y en toda la lista, en todo el recorrido, en las dos horas que paso sentada en la cama con las rodillas contra el pecho haciendo esa lista una y otra vez, hay un nombre que no pongo.

No lo pongo porque no puedo. Porque si pongo ese nombre en la lista, se cae todo.

Se cae el sofá gris, y las llaves de la claqueta, y el libro de Maite, y «te estoy protegiendo», y «¿estás segura?»

, y el «te quiero» de Nochevieja, y los cinco meses.

Se cae mi cara en el vídeo, que ahora mismo es una cara de alguien a quien le han hecho algo, y pasaría a ser la cara de alguien que ha sido tonta.

Y eso no lo aguanto. Esa mañana, no.

Así que no lo pongo.

·

A las diez y cuarto oigo a Jimena hablar por teléfono en la cocina.

Muy bajito. Con la voz de Albacete, la que pone con su familia y no pone nunca con nosotras. La oigo a través de la puerta de mi cuarto, que está cerrada, y del pasillo, y de la puerta de la cocina, que no está cerrada del todo. No entiendo todo. Entiendo trozos.

—No, mamá. No es por mí. —Una pausa—. Es por una compañera. La del tercero, la del pueblo. —Otra pausa, más larga—. No, no me abre. Lleva desde las siete encerrada.

Me quedo muy quieta en la cama.

—Ya lo sé que no es asunto mío. Ya lo sé. Pero tú has visto esto, ¿no? En urgencias. Chicas que… —No termina la frase—. ¿Qué hago? ¿La dejo? ¿Llamo a alguien? No tengo el teléfono de su padre.

Y se queda callada. Escuchando. La oigo decir «vale» tres veces, muy bajito, cada vez más bajito. «Vale.» «Vale.» «Vale.»

Y luego:

—Vale, mamá. No me voy. Me quedo en la cocina. Que sepa que estoy. —Una pausa—. Sí. Te quiero. Duerme, que has salido de turno. Perdona por despertarte.

Y cuelga.

Con las rodillas contra el pecho, pienso en una mujer de cincuenta años en Albacete que ha salido de un turno de noche de urgencias a las ocho menos cuarto de la mañana, y que se acaba de acostar,

y a la que su hija ha despertado a las diez y cuarto para preguntarle qué hacer con una chica encerrada en un cuarto de Murcia a la que no conoce de nada.

Y que le ha dicho que se quede en la cocina. Que sepa que está.

Y pienso, un segundo, que a lo mejor Jimena no ha sido. Que Jimena no me mandaría un vídeo a medio mundo y luego llamaría a su madre para preguntarle cómo cuidarme.

Y la pienso otra vez en la lista. Y la quito.

De todas las personas de Murcia, es la primera que quito.

·

A las diez y media borro Instagram.

No la cuenta. La aplicación. La cojo con el dedo y la arrastro hasta la papelera, y el móvil me pregunta si estoy segura, y le digo que sí.

Después silencio el grupo de clase. Después silencio LOS DEL PLANO. Después silencio a los números que no conozco, uno por uno, hasta que veo que son cuarenta y siete y de que van a seguir llegando.

Y después pongo el móvil en modo avión.

Y me quedo mirando la pantalla negra.

En la pantalla negra, en el reflejo, estoy yo. Con el pelo sucio y los ojos hinchados y la marca de la almohada en la mejilla. Me miro como miraba en el tranvía a las chicas que tenían dieciocho años. Me miro como miraba desde el mostrador a la gente que veía un precio que no podía pagar.

Y me doy cuenta de que ya no sé qué cara tengo.

De que llevo toda la vida leyendo las de los demás, y de que la mía, desde esta mañana, la tienen cuatrocientas personas en el móvil, y la miran, y la leen, y yo no.

Que yo no la he visto. Que no me atrevo a poner el vídeo y verme la cara que tenía, con los ojos cerrados, sin saber.

Y que es la única cara del mundo que no voy a saber leer nunca.