Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 35
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Adri me lo contó en abril, en un banco del aparcamiento de la facultad, con los codos en las rodillas y la cara entre las manos. No me miró ni una vez mientras hablaba. Miraba los pinos.

Dijo que no pensó. Que esa es la única verdad que tiene: que no pensó nada.

Que le llegó y lo pasó, como pasa todo, como se pasa un meme, un audio, un vídeo de un gato.

Que su dedo lo hizo antes que su cabeza.

Que llevaba haciéndolo toda la vida, desde los doce años, con todo, y que nunca le había pasado nada.

Me lo dijo como una excusa, y no lo era. Y me lo dijo como una confesión, y tampoco lo era del todo. Era otra cosa, algo para lo que no hay nombre: un chico de veinte años dándose cuenta, en un banco, de que un gesto que ha hecho diez mil veces esta vez tenía una persona al otro lado.

·

A las once y cuarenta y uno del miércoles treinta y uno, Adri está en su cama de Santa María de Gracia, en casa de sus padres, con los dos perros durmiendo a los pies, viendo vídeos en el móvil.

Le llega un mensaje de un número francés.

Lo abre porque abre todo. Ve la frase. Ve el vídeo. Lo pone.

Y me reconoce en el segundo tres.

No reconoce la estantería, ni el cuarto, ni la cama.

Reconoce mi cara. La ha visto a la luz naranja de un andén de tranvía y en la cafetería de la facultad y en la fila cuatro de la izquierda todos los días desde septiembre.

Y reconoce, porque la frase se lo dice, de quién son las manos.

Y se incorpora en la cama, y los perros levantan la cabeza, y dice en voz alta, solo, en su cuarto:

—Hostia. La Baresa.

·

No lo manda enseguida.

Eso quiero decirlo, porque él me lo dijo y porque es verdad y porque no cambia nada.

Tarda diez minutos. Diez. Lo ve otra vez.

Mira el número francés. Escribe «¿quién eres?»

y no le contestan. Abre el chat de LOS DEL PLANO, donde estamos Román y yo, y lo cierra.

Abre el chat privado conmigo, el último mensaje es mío, de diciembre, un «¡gracias!» con un corazón, y lo cierra.

Y a las once y cincuenta y uno abre un grupo que se llama Los de siempre, catorce personas, sus amigos del instituto de Murcia, que no me conocen de nada, que no son de la facultad.

Y lo manda. Con el texto de la frase, copiado.

Y debajo, suyo: «esto es fuerte, es una de mi clase y el de lenguaje ??🔥».

Lo manda a catorce personas que no me conocen. Eso es lo que me dijo, con la cara entre las manos: que no se lo pasó a nadie que me conociera. Que por eso le pareció que no pasaba nada.

Y a las once y cincuenta y ocho, uno de Los de siempre, que tiene una novia que estudia Periodismo en la misma facultad, se lo pasa a su novia.

Y la novia, que está en un grupo de la facultad que se llama Espinardo Crew 26-27, con doscientas doce personas de todos los cursos, lo pasa a las doce y cuatro.

Con una pregunta: ¿alguien sabe quién es?

·

A las doce y treinta y siete, alguien de ese grupo, de segundo, lo reenvía al grupo general de mi clase, 1ºCAV 26-27, donde estamos setenta y uno.

Sin texto. Solo el vídeo.

Y lo que pasa en los siguientes veinte minutos me lo contó Román, que estaba despierto, que estaba en su piso de Santa Eulalia editando una cosa de la ferretería para su padre, que quería regalárselo a su abuela.

Le llega la notificación. Lo abre sin pensar, porque es el grupo de clase y en el grupo de clase solo hay avisos de exámenes y memes de Berruezo. Lo pone.

Y lo quita a los dos segundos.

Me dijo que no vio nada. Que vio mi cara y la quitó. Y yo le creo, porque Román no sabe mentir, y porque lo siguiente que hizo fue escribir en el grupo de setenta y una personas, a las doce y treinta y nueve:

«Borradlo. Ya. Todos. Esto es un delito y es una compañera nuestra.»

Y el grupo se calla.

Y luego no se calla. Luego empieza. Un «¿quién es?»

. Un «joder». Un «hostia puta». Un «¿es la de la cuarta fila?»

. Un emoji de ojos. Un «eso ya lo ha visto media facultad, tío, da igual».

Un «¿el de las manos quién es?». Un «el de lenguaje, lo pone en el otro grupo».

Un «NO». Un «qué fuerte lo del profe». Un «ella sabrá lo que hace».

Un «de qué va este, por qué nos manda borrar, ¿es su novio?» .

Román sale del grupo a las doce y cincuenta.

Y llama a Adri. Una vez, dos, tres. A la tercera, Adri lo coge.

—¿Se lo has pasado tú a alguien?

Y Adri, me dijo Román, tardó mucho en contestar. Y luego dijo:

—Tío, solo a los de siempre. A catorce. Ninguno la conoce.

Y Román le colgó.

No le gritó. No le dijo nada. Le colgó. Y le bloqueó.

Y se quedó sentado en la cama de Santa Eulalia hasta las cuatro de la mañana sin soltar el móvil, sin saber a quién llamar, porque no tenía el teléfono de mi padre, ni el de Lucía, ni el de Jimena, y el mío no se lo iba a coger, porque yo estaba dormida y no sabía nada,

y él no quería que me enterara por él a las cuatro de la mañana.

·

A Vera le llega a la una y cuarto, de una chica de Bellas Artes que sale con un amigo de Adri.

Con un texto: «tía, ¿esta no es la de tu piso?»

Vera no lo pone. Eso me lo dijo ella, mucho después, en junio. No lo pone. Ve la miniatura, ve mi cara pequeña en la miniatura, con los ojos cerrados, y no le da al triángulo.

Y hace una cosa que no le dice a nadie. Que no me dice a mí en semanas. Que no le dice ni a Jimena.

Hace una captura de pantalla.

Del chat de la chica de Bellas Artes, con el nombre y la hora.

Y le pregunta, con una frialdad que no le conozco, «¿de dónde te ha llegado?»

. Y la chica le dice que de su novio. Y Vera le pregunta de dónde le ha llegado a su novio.

Y hace otra captura. Y así, de uno en uno, preguntando como por curiosidad, con emojis de sorpresa y «qué fuerte», durante hora y media, en la cama de su cuarto, a cuatro metros del mío, con la luz apagada, Vera Sampedro va subiendo la cadena para atrás, eslabón a eslabón,

hasta que a las tres menos cuarto llega a un grupo que se llama Los de siempre y a un nombre que conoce.

Y guarda las capturas en una carpeta del móvil.

Y no me despierta.

Me dijo, en junio, que no supo cómo. Que se quedó de pie delante de mi puerta a las tres y cuarto, en pijama, con la mano levantada para llamar, y que no pudo. Que no sabía qué cara poner cuando le abriera. Que no sabía cómo mirarme.

Y que volvió a su cuarto.

·

Hay una cosa de esa noche que no me contó nadie. Que la vi yo, semanas después, bajando con el dedo por la historia del grupo de clase, en el móvil de Jimena, porque yo ya no estaba en ese grupo y no quería volver a entrar.

A las doce y cincuenta, cuando Román se sale, el grupo dice: Román Vidal-Quadras ha salido del grupo.

Y a las doce y cincuenta y dos, otra línea gris: Pablo Guillén ha salido del grupo.

Pablo el callado. El de la calavera que canta. El que no había dicho una palabra en todo el curso más que para reírse en la cena de Navidad. Sin escribir nada antes. Sin despedirse. Una línea gris.

Y a las doce y cincuenta y cinco, una de las tres de la segunda fila, la de Lorca, la del bolso de tres colores, escribe:

«Yo también me salgo. Esto no se hace. Borradlo.»

Y se sale.

Y a la una y dos, la chica de la primera fila, la del autobús que no llega, la que preguntó en septiembre si las novatadas no estaban prohibidas, pega en el grupo un texto largo, copiado de algún sitio,

con un artículo del Código Penal que habla de difundir imágenes íntimas sin consentimiento y de las penas que tiene.

Y debajo escribe: «Por si alguien no lo sabe.» Y se sale.

Y a partir de ahí es una cascada.

Líneas grises, una detrás de otra. Ha salido del grupo.

Ha salido del grupo. Ha salido del grupo.

A la una y diez. A la una y cuarto. A las dos.

A las tres y media. Algunos escriben algo antes: «me piro», «qué asco», «pobre chica», «yo no he visto nada y no lo voy a ver».

La mayoría no escribe nada. Solo se van.

A las siete de la mañana, cuando Jimena se despierta al otro lado de la pared, el grupo 1ºCAV 26-27, que tenía setenta y un miembros, tiene cuarenta y ocho.

Veintitrés personas se fueron esa noche.

Veintitrés personas que no me conocían bien, que la mayoría no habían hablado conmigo más de dos veces en siete meses, que me llamaban la abuela desde las novatadas.

Se fueron de un grupo de WhatsApp a las tantas de la madrugada, cuando nadie las veía, sin que nadie se lo pidiera, para no estar en el mismo sitio que ese vídeo.

No sirvió de nada. El vídeo ya estaba en todas partes. Salirse de un grupo no borra nada.

Pero cuando lo vi, semanas después, en el móvil de Jimena, las líneas grises una detrás de otra, conté las veintitrés con el dedo, una por una, como se cuentan los cafés al final de una noche en el Salitre.

Y me eché a llorar en la cocina.

No por el vídeo. Por las líneas grises.

·

A las siete de la mañana del jueves uno de abril, como todas las mañanas desde que tenía siete años, Jimena Arcos se despierta sola, sin despertador, y escucha la casa.

A ver quién está y quién no.

Oye a Vera, que no duerme; lo nota en que no hay silencio en su cuarto, en que cruje la cama, en que hay una luz de móvil por debajo de la puerta. Oye la calle. Oye el patio interior, alguien tendiendo temprano.

Y oye mi cuarto. Al otro lado de la pared. Donde estoy yo, dormida, porque he vuelto a Mariano Padilla el domingo con el gorro en la bolsa y no he vuelto a salir de noche en toda la semana.

Y oye mi móvil.

Vibrando en la mesilla. Encima de la madera.

Una vez. Otra. Otra. Otra. Sin pausa, como vibra un móvil cuando alguien lo está llamando, pero no es una llamada, porque para y vuelve a empezar y para y vuelve a empezar, cada pocos segundos, un zumbido contra la madera como un insecto atrapado en un vaso.

Jimena lo cuenta. No puede evitarlo; es lo que hace. Cuenta cuarenta y tres entre las siete y las siete y media.

Y no sabe todavía qué es.

Y yo tampoco.