Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 34
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Esto no lo viví. Lo he montado después, con trozos.

Unos me los dio Núria, en mayo, en una cafetería de la plaza de las Flores, con las manos alrededor de una taza que no se bebió.

Otros me los dio Adri, en abril, llorando en un banco del aparcamiento de la facultad.

Otros los he deducido yo, que es lo que se me da bien: mirar lo que queda y adivinar lo que ha pasado, como se adivina por la barra de un bar qué tipo de noche ha sido.

Lo cuento en presente, como todo lo demás, aunque yo no estuviera. Porque para mí está pasando todavía.

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Núria Ferrán tiene treinta años, es fisioterapeuta en una clínica de Molina de Segura y lleva seis años con Aitor Belmonte.

Seis años. Desde que él tenía veintiuno y ella veinticuatro, desde que se conocieron en una ruta de montaña en Sierra Espuña con un grupo de amigos comunes.

No viven juntos. Él dice que necesita su espacio para trabajar, que con los rodajes y las clases y los guiones es imposible convivir con nadie, y ella lo entiende, porque ella también tiene horarios raros y porque seis años son muchos años para no entender algo.

Tiene llaves del piso de Vistabella. Un juego con un llavero de una claqueta pequeña de plástico, que él le regaló hace cuatro años.

La Semana Santa la ha pasado en los Picos de Europa con la asociación de montaña, como todos los años. Él no ha querido ir. Le dijo que tenía que corregir, que tenía mucho trabajo, que se iba a quedar encerrado toda la semana en Vistabella sin ver a nadie. Que le vendría bien una semana de soledad.

Vuelve el lunes de Pascua por la noche. Duerme en su casa. Y el martes treinta, al salir de la clínica, a las siete de la tarde, va a Vistabella a darle una sorpresa, con una bolsa de embutido de León y una botella de sidra.

Él no está. Tiene reunión con la productora, le ha dicho por mensaje. Vuelve a las nueve.

Y ella abre con su llave, y entra.

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Lo primero que ve son las margaritas.

En una jarra de agua en la encimera de la cocina, porque en esa casa no hay floreros. Blancas y amarillas, ya un poco mustias, con los pétalos de los bordes empezando a ponerse marrones.

Núria me dijo, en la cafetería de la plaza de las Flores, que se quedó mirándolas mucho rato. Que en seis años Aitor no le había comprado flores ni una vez. Que decía que las flores cortadas eran una cosa muy triste, flores muertas que tardan unos días en darse cuenta.

Y luego vio lo demás. Las cosas que no se ven si no las estás buscando, y que se ven todas a la vez cuando empiezas.

Dos tazas en el escurridor. Un cepillo de dientes rosa en el vaso del baño, al lado del azul.

Un libro de fotografías en blanco y negro en la mesa baja del salón, abierto boca abajo, con una dedicatoria a lápiz en la primera página que no era para ella.

Un pelo largo en el sofá gris. Más claro que el suyo.

Y en el perchero de la entrada, un hueco.

Un hueco donde durante tres meses había colgado un gorro de lana que no era de nadie que ella conociera, y que ella había visto en enero, y del que él le había dicho «es de una alumna, se lo dejó en el despacho, me lo traje para devolvérselo y se me olvida siempre».

Y el gorro ya no estaba.

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Aitor vuelve a las nueve menos cuarto.

Y Núria no dice nada. Eso es lo que me cuesta más imaginar y lo que ella me contó con más cuidado.

No le dijo nada. Sacó el embutido, abrió la sidra, cenaron.

Le preguntó por la reunión, y él le contó una reunión que ella supo, mientras la escuchaba, que no había existido.

Le preguntó por las margaritas, y él dijo que se las había regalado una vecina, la del cuarto, que tiene un puesto en Verónicas y le sobraron.

Y ella dijo «qué maja», y él dijo «sí, es muy maja».

Y se quedó a dormir.

Y a las tres de la mañana, con él dormido boca abajo, como duerme siempre, con el brazo colgando por el borde de la cama, ella se levantó, cogió el móvil de su mesilla, se lo llevó a la cocina, y lo desbloqueó con el código.

Sabía el código. Era la fecha de su primer aniversario. Él no lo había cambiado nunca.

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No buscó mucho. No le hizo falta.

En WhatsApp había un chat fijado arriba del todo. No tenía nombre de persona. Tenía un nombre raro, Baresa, que ella al principio creyó que era una empresa, un proveedor, algo de la productora. Lo abrió.

Y estaba todo. Cinco meses. Los corazones.

Los «ya estoy». Los «te echo de menos, qué tontería».

El «te quiero» de Nochevieja a las doce en punto, y el de él a las doce y dos.

Las fotos de la ventana de Jumilla, la parra seca, el perro viejo, que eran las mismas que él le había mandado a ella esas Navidades. Exactamente las mismas.

Y en la galería, en una carpeta oculta que ella encontró porque el móvil se la sugirió sola al buscar una palabra, un vídeo del sábado veintisiete a la una menos cuarto de la mañana.

Núria me dijo que lo vio dos segundos. Que no pudo más. Que vio la estantería, el ángulo, la cama, y las manos de él, que conocía mejor que las suyas. Y una cara de chica muy joven, con los ojos cerrados, que no sabía que estaba ahí.

Y que lo cerró.

Y que se quedó sentada en la cocina de Vistabella a las tres de la mañana, a oscuras, con las margaritas mustias en la jarra delante de ella, durante casi una hora.

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Lo que hizo después no me lo justificó. No me pidió perdón por ello, tampoco. Me lo contó, sin más, mirando la taza.

Se mandó el vídeo a sí misma. No a su móvil de siempre: a un número antiguo, de una tarjeta que tenía de cuando trabajó un verano en Francia y que nunca había dado de baja, que llevaba en la cartera por si acaso.

Lo reenvió, lo borró del chat de él, borró el rastro.

Dejó el móvil en la mesilla, boca abajo, donde estaba. Se metió en la cama. Él no se despertó.

Y por la mañana se fue a la clínica como siempre, con un beso en la puerta.

Y esa tarde, en su casa, buscó quién era Baresa.

No le costó. Una chica de primero de Comunicación Audiovisual con un apellido raro no es difícil de encontrar.

Su perfil de Instagram, el mío, no tenía nada: tres fotos de cuando tenía quince años.

Pero en una historia destacada de otra persona, de un tal Adri Pastor, perfil abierto, con mil doscientos seguidores, había una foto de un folio doblado con un nueve, y una etiqueta con una flecha.

Y más atrás, un vídeo de dieciséis segundos de dos personas mirando la pantalla de una cámara en un andén de tranvía, iluminadas de naranja, con la canción de moda y un texto: rodaje con los cracks.

Y Núria vio a Adri. Un chico de la clase de ella, de la facultad de él. Alguien que estaba dentro.

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El miércoles, en la clínica de Molina, Núria atiende a nueve pacientes.

Me lo contó así, con el número. Nueve. Como si contarlos la hubiera mantenido de pie.

Una señora con una prótesis de rodilla. Un chaval de un equipo de fútbol con un esguince.

Un camionero con la espalda destrozada de veinte años de volante.

Un niño con una escoliosis y una madre que no dejaba de mirar el móvil. Y otros cinco que no recuerda.

Dice que no se equivocó en nada. Que trabajó perfectamente.

Que cuando le tocaba poner las manos en la espalda de alguien, las manos sabían lo que hacer solas, como saben los pies conducir un coche que conoces.

Y que mientras las manos trabajaban, ella estaba en otro sitio.

En una cocina de Vistabella a las tres de la mañana, con unas margaritas mustias delante.

A las once, entre el camionero y el niño, se encerró en el baño de la clínica y le escribió a Aitor.

«¿A qué hora sales hoy?»

Y él contestó en un minuto. «A las siete. ¿Cenamos? Te echo de menos. Qué tontería, ¿no?»

Te echo de menos. Qué tontería, ¿no?

Núria me dijo que al leer eso se sentó en la tapa del váter del baño de la clínica y se quedó ahí diez minutos sin moverse, con la bata blanca puesta, mirando la pantalla.

Porque esa frase la había leído a las tres y cuarto de la madrugada, en otro chat.

En el chat de Baresa. Exactamente igual.

Con la misma coma, con el mismo qué tontería, con la misma interrogación al final.

La misma frase para las dos. Copiada. O no copiada: dicha tantas veces que ya le salía sola, como me salían a mí las copas en el Salitre, sin pensar, con las manos.

«Esta noche no puedo. Mucho trabajo», le contestó.

Y él contestó «Vale, otro día».

Con punto.

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A las siete salió de la clínica. Se metió en el Golf blanco. Condujo hasta su casa, en Molina, un piso pequeño con una terraza llena de plantas. Se sentó en el sofá con el abrigo puesto.

Y abrió el móvil antiguo, el de la tarjeta francesa, el que llevaba en la cartera por si acaso.

Y estuvo cuatro horas y media con él en la mano.

Me dijo que durante esas cuatro horas y media pensó en hacer muchas cosas.

En llamarle y gritarle. En ir a Vistabella con la llave de la claqueta y tirarle el móvil a la cara.

En llamar a la policía. En buscar a la chica del vídeo y escribirle.

En borrarlo todo y no volver a verle nunca y no decírselo a nadie en toda su vida.

Y que no hizo ninguna.

Que hizo la única que no pensó. La que le salió a las once y cuarenta, con el dedo, antes que con la cabeza. Como a Adri, diez minutos después. Como a todos.

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El miércoles treinta y uno de marzo, a las once y cuarenta de la noche, desde un número de teléfono francés sin foto de perfil, Núria Ferrán le manda a Adrián Pastor un vídeo y una frase.

La frase es: «Pregúntale a tu profesor de Lenguaje Audiovisual de quién son estas manos.»

Núria me dijo en la cafetería que lo hizo por él.

Para que se supiera lo que era él. Para que en su facultad, delante de sus alumnos, delante de Berruezo, delante de todos, se viera quién era Aitor Belmonte, y no pudiera seguir dando clase a chicas de dieciocho años con su camisa de cuadros y su café de máquina.

Me dijo que no pensó en mí.

Que pensó en sus manos.

Y que eso es lo que no se va a perdonar nunca: que para castigarle a él tuvo que usar mi cara, y que no se dio cuenta hasta que ya no se podía hacer nada, porque en el vídeo las manos eran de él, pero la cara que se reconocía era la mía.