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Esa noche la cuento dos veces. Una como lo viví y otra como lo sé ahora. No hay manera de contarlo solo una vez sin mentir.
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Como lo viví.
El sábado veintisiete, víspera de Pascua, es el último día de la semana libre, y Aitor lo prepara como si fuera un rodaje.
Baja a comprar por la mañana y vuelve con dos bolsas: un pescado entero, limones, una botella de vino blanco que según él es de una bodega de Bullas que no conoce nadie, y un ramo de flores del mercado de Verónicas envuelto en papel de periódico. Margaritas. Blancas y amarillas.
—Para la última noche —dice.
—No es la última noche. El lunes vuelvo.
—La última de esta semana. —Me da las flores—. Esta semana ha sido otra cosa. Déjame que la cierre bien.
Y yo pongo las margaritas en una jarra de agua porque no tiene floreros, y me parece lo más bonito que ha hecho nadie por mí nunca, más que el libro de Maite, más que las llaves. Porque las flores no sirven para nada. Porque se mueren en tres días. Porque las ha comprado para una noche.
A la una baja otra vez, a por hielo, y yo me quedo sola en la cocina con las margaritas.
Y le escribo a mi padre.
Llevo desde el viernes diecinueve sin escribirle, desde «Suerte con el rodaje», sin tilde en «hija». Y de repente, con las margaritas en la jarra y el olor a azahar entrando por la ventana, me entran unas ganas enormes de saber qué está haciendo.
«¿Qué tal va todo? ¿Mucha gente?»
Tarda veinte minutos. Y cuando contesta, no escribe nada. Manda una foto.
La recepción. Desde detrás del mostrador, desde su silla.
Y delante del mostrador, una cola: cuatro personas, una pareja con un niño pequeño en brazos, un señor mayor con una gorra de la Real Sociedad, una chica rubia con una mochila enorme.
Y en el mostrador, el teléfono descolgado, la libreta de tapas negras abierta, un bocadillo a medio comer envuelto en papel de aluminio.
Y al fondo, por la puerta de cristal, la barrera de rayas levantada y un coche con una caravana esperando para entrar.
Y debajo, un mensaje de tres palabras:
«Aquí estamos, hija.»
Con tilde. Esta vez con tilde. No sé cómo. A lo mejor se le ha puesto sola, el móvil, el corrector. A lo mejor no.
Y miro la foto, en la cocina de Vistabella, con el pescado entero esperando en la encimera y la botella de vino de Bullas en la nevera.
La cola. El teléfono descolgado. El bocadillo a medio comer. Y en la esquina de la foto, casi fuera del encuadre, una mano que no es la de mi padre, una mano de chica con las uñas pintadas de azul, cogiendo un bolígrafo de encima del mostrador.
Lucía. Lucía pinta las uñas de azul desde los catorce años.
Y no sé qué contestar. Escribo «qué bien, mucho ánimo». Lo borro. Escribo «siento no estar». Lo borro. Escribo «el lunes bajo». Lo borro también, porque no sé si el lunes bajo.
Y al final mando un corazón. Rojo. El que se manda cuando no sabes qué mandar.
Y oigo la llave en la puerta, y a Aitor que vuelve con una bolsa de hielo, y que dice desde el recibidor «¿qué haces?»
, y yo digo «nada, mirando el móvil», y guardo el móvil en el bolsillo del pantalón con la foto todavía abierta, con la cola y el teléfono descolgado y la mano de uñas azules, y no lo vuelvo a sacar en toda la tarde.
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Cocina toda la tarde. Yo leo en el sofá. Los tambores del otro lado del río ya casi han parado, solo queda alguno suelto, lejano, de alguna cofradía que ensaya para mañana. Por la ventana entra un aire templado que huele a azahar.
Cenamos a las diez. El pescado está perfecto.
El vino de Bullas está frío y un poco dulce.
Él me cuenta una historia de su primer rodaje, a los diecinueve años, en el que se le cayó una cámara al río Segura y tuvo que pagarla con el sueldo de tres meses, y yo me río tanto que me atraganto con una espina, y él me da golpecitos en la espalda y se ríe también.
Y después pone música.
En el cuarto, no en el salón. Coge el móvil, busca algo, y lo deja en la estantería de enfrente de la cama, apoyado entre dos libros, de pie. La música sale por el altavoz pequeño de la mesilla, conectado por bluetooth. Es algo de piano otra vez, lento.
—Así no se me cae —dice, colocando bien el móvil entre los libros—. Siempre lo tiro de la mesilla con el codo.
Y yo me río, porque es verdad, porque se lo he visto tirar tres veces.
Y lo demás me lo guardo. Como me he guardado todo lo demás en este libro.
Fue una noche bonita. Fue, lo pensé así, con esas palabras, la mejor noche de la semana, y a lo mejor del curso.
Las margaritas en la jarra de la cocina.
El olor a azahar. Él preguntándome, como la primera vez, en voz muy baja, si estaba segura. Yo diciéndole que sí.
A la una, él se levanta a por agua. Coge el móvil de la estantería al pasar, lo mira un momento, y se lo lleva a la cocina. Tarda un rato en volver. Diez minutos. Quince. Oigo el grifo. Oigo la nevera. Oigo, creo, que teclea algo.
Cuando vuelve, deja el móvil bocabajo en su mesilla, y se mete en la cama, y me abraza por detrás, y me dice al oído:
—Gracias por quedarte esta semana.
Y me duermo así.
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El domingo por la mañana desayunamos en la cama.
Él lo prepara. Café, zumo de naranja exprimido, dos cruasanes de la panadería de abajo que ha bajado a comprar a las nueve y media mientras yo dormía, y un plato con fresas cortadas por la mitad.
Lo trae todo en una bandeja de madera que no sabía que tenía, y la pone encima del edredón, entre los dos, y se mete en la cama a mi lado con el pelo todavía mojado de la ducha.
—Desayuno de domingo de Pascua —dice—. En Jumilla mi madre hacía monas con un huevo cocido encima. Esto es lo más parecido que he encontrado.
Y me río, y me como una fresa, y él me mira comérmela con una sonrisa que no le he visto nunca, una sonrisa ancha, relajada, casi infantil. Una sonrisa de alguien que está contento.
Y el móvil le vibra encima de la mesilla.
Y lo coge. Lo mira. Y la sonrisa le cambia. No desaparece: se hace otra. Más pequeña. Más para dentro. Como la de alguien que acaba de recibir una buena noticia que no puede contar. Escribe algo muy rápido con el pulgar. Deja el móvil bocabajo.
—¿Quién es? —digo.
—Trabajo. Julián. Lo de Águilas, que ya está montado y ha quedado muy bien.
—Qué bien.
—Sí. —Me pasa la mano por el pelo—. Está todo saliendo muy bien.
Y al rato le vuelve a vibrar. Y lo vuelve a mirar. Y la misma sonrisa pequeña, para dentro. Y escribe otra vez.
Y a la tercera vez, lo deja en la mesilla con la pantalla hacia abajo y dice «ya está, ya no lo miro más, es domingo», y me besa en la frente, y me pregunta si me lo he pasado bien esta semana.
—Mucho —digo.
—¿De verdad?
—De verdad. Ha sido la mejor semana del curso.
Y él asiente despacio, mirándome, con la cabeza un poco ladeada, como en la tutoría de octubre, midiendo el efecto de algo.
—Para mí también —dice—. Ha sido perfecta. Justo como tenía que ser.
Justo como tenía que ser.
Me lo quedo. Me lo quedo esa mañana como un regalo. Como el libro de Maite. Como las margaritas. Me lo guardo en el bolsillo y me lo llevo a casa y lo repaso en el tranvía.
Y tardo cuatro días en saber que era verdad. Que había sido justo como él había decidido que tenía que ser. Plano a plano. Desde las flores.
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El domingo de Pascua me voy a las doce.
Me da un beso en el recibidor, con la puerta entornada, como siempre. Me dice que mañana tiene reuniones todo el día, que ya hablamos, que le escriba cuando llegue.
Al salir, cojo del perchero el gorro de Jimena. Lleva ahí desde enero. Lo meto en la bolsa del Mercadona, doblado, con cuidado, pensando que esta semana se lo devuelvo. Que se lo dejo encima de la cama, sin decir nada, con una nota. Que a lo mejor es una manera de empezar.
Cruzo el Puente Viejo. Es domingo de Resurrección y hay gente por todas partes con ropa de domingo, familias con niños con globos, señoras con mantilla. Hace sol. El río baja con más agua que en invierno.
Y me siento bien. Me siento ligera. Me siento, por primera vez en semanas, como me sentía en noviembre.
Y le escribo «ya estoy» con un corazón al llegar a Mariano Padilla.
Y él contesta con otro corazón. En un minuto. Como al principio.
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Como lo sé ahora.
El móvil que estaba de pie entre dos libros en la estantería de enfrente de la cama no estaba ahí para no caerse.
No estaba ahí para la música. La música se podía poner desde la mesilla, desde el bolsillo, desde cualquier sitio; el altavoz era bluetooth. Y él lo sabía, porque las otras cien noches la había puesto desde la mesilla.
Estaba ahí porque desde ahí se veía la cama entera.
Y la pantalla estaba apagada porque se puede grabar con la pantalla apagada. Eso lo sé ahora también. Hay aplicaciones. Hay maneras. Hay un punto rojo pequeño en la esquina que en algunos móviles se ve y en otros no, y que desde la cama, a dos metros y medio, con la luz de la mesilla, no se ve.
Y los diez minutos, los quince, en la cocina, a la una de la mañana, con el grifo abierto, no eran para beber agua.
No lo supe esa noche. No lo supe el domingo cruzando el puente con el gorro de Jimena en la bolsa. No lo supe el lunes, ni el martes. No me lo dijo nadie, y él menos que nadie, y no lo habría sabido nunca si las cosas hubieran salido como él pensaba que iban a salir.
No me preguntó. Eso es lo único que tengo que decir de esto, y lo voy a decir una vez, y claro, para que no haya ninguna duda en ninguna página de lo que queda de libro:
Me preguntó si estaba segura. Dos veces en cinco meses, en voz muy baja, con mucho cuidado. Me lo preguntó para todo lo demás.
Para esto no me preguntó nada.