Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 32
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Marzo pasa como pasan los meses cuando no te fijas: de golpe, entero, sin fechas.

Si me preguntaran qué hice en marzo, no sabría decirlo.

Sé que duermo en Vistabella cinco noches de cada siete.

Sé que tengo las llaves con la claqueta de plástico en el bolsillo del abrigo y que las toco en el tranvía, como se toca un amuleto.

Sé que voy a clase por las tardes y casi nunca por las mañanas.

Sé que Román me saluda con la mano y ya no espera a que conteste.

Sé que en Mariano Padilla la pizarra de la nevera tiene un plan nuevo cada semana escrito con la letra de Vera, y que ninguno lleva las tres.

Sé que mi padre me llama los domingos a las nueve y cinco y que cuelgo antes de que me cuente el camping.

Y sé que voy a pasar la Semana Santa en Los Alcázares.

Lo sé desde enero. Se lo prometí a mi padre en Nochevieja, al final del embarcadero, con los pies colgando sobre el agua.

Semana Santa es la primera semana fuerte del año en el camping: vienen los alemanes previsores, los de Madrid que abren la temporada, los de Murcia que bajan cuatro días, y mi padre solo no puede con la recepción y el bar y las duchas y el teléfono.

Siempre he estado yo. Desde los catorce años, siempre.

«Este año bajo toda la semana», le dije. «Del viernes al lunes de Pascua.»

Y él dijo «vale» con la voz de junio.

·

El miércoles diecisiete, cuatro días antes de irme, Aitor me dice que tiene la semana libre.

—Toda. Del viernes al domingo de Pascua.

Sin clases, sin rodajes, sin nada. —Me lo dice en la cama, con la luz apagada, con la voz de quien cuenta un secreto—.

Mis padres se van a Benidorm con sus amigos de la parroquia.

Y yo no tengo que ir a Jumilla. Es la primera vez en tres años que tengo una semana entera para mí.

—Qué bien —digo.

—Una semana entera —repite—. Tú y yo. Sin tener que mirar el reloj. Sin que tengas que irte a las once. Sin nadie.

Y no dice nada más.

No me pide que me quede. No me dice «quédate». Me cuenta lo de la semana libre, lo de sus padres en Benidorm, lo de «tú y yo», y se queda callado en la oscuridad, respirando, esperando. Como el día del análisis de la silla vacía. Como con «por aquí va a ser un rollo».

—Yo me voy a Los Alcázares —digo.

—Ya lo sé. —Me pasa la mano por el pelo—. Tu padre te necesita. Claro que te tienes que ir.

Y se da la vuelta hacia la pared.

Y al rato, en la oscuridad, sin girarse:

—Solo digo que es una pena. Que no sé cuándo vamos a volver a tener algo así. Pero es una pena mía, no tuya. Olvídalo.

·

No lo olvido.

No lo olvido el jueves, ni el viernes por la mañana, con la mochila hecha encima de la cama de Mariano Padilla y el billete de autobús de las cuatro comprado en el móvil. Lo tengo encima todo el rato, como una piedra en el bolsillo.

Y el viernes diecinueve, a las dos de la tarde, le escribo a mi padre.

«Papá, me ha salido una cosa de la facultad. Un rodaje, de auxiliar, con un profesor. Es muy importante para el curso. No puedo bajar hasta el lunes o el martes. Lo siento muchísimo.»

Y miro el mensaje antes de mandarlo. Y pienso en la recepción. En los alemanes previsores. En mi padre solo con el teléfono sonando y alguien en la barrera esperando que le abran y alguien en el bar pidiendo un café y la depuradora nueva que todavía no sabe si ha pagado.

Y lo mando.

Mi padre tarda dos horas en contestar. En mi padre, que contesta con un «ok» a los dos minutos siempre, dos horas son un siglo.

«Vale hija. Si es importante, es importante. Aquí me apaño. Suerte con el rodaje.»

Sin tilde en «hija». Mi padre no pone tildes en el móvil. Nunca. Y yo lo sé, lo sé desde siempre, y aun así me quedo clavada en la palabra sin tilde como si fuera un síntoma.

·

No hay rodaje.

La semana la paso entera en Vistabella. Siete días. Sin salir.

Y es, durante los primeros tres días, exactamente lo que dijo que iba a ser.

Él y yo. Sin reloj. Películas en el proyector hasta las cuatro de la mañana.

Desayunos a la una de la tarde. Él cocinando cosas complicadas con recetas del móvil, un risotto que tarda cuarenta minutos, un pescado al horno con sal gorda.

Yo leyendo el libro de Maite en el sofá, cara por cara, mientras él lee guiones.

No salimos. Ni una vez. Él baja a por el pan y a por el periódico. Yo no.

—Esta semana hay medio primero por la calle —dice—. Semana Santa en Murcia. Te va a ver alguien.

Y tiene razón. Murcia en Semana Santa es una ciudad que se sale a la calle entera.

Se oye desde el piso. Los tambores empiezan el viernes de Dolores y ya no paran.

Por la noche pasan las procesiones por el otro lado del río, y desde la ventana de la cocina, si te asomas mucho, se ve el resplandor de las velas y se oye la música de la banda, lenta, muy lenta, un paso cada tres segundos.

El sábado por la noche me asomo a esa ventana. Es la procesión del Silencio, o eso creo. No se oye nada, solo los pasos. Miles de pasos a la vez sobre el asfalto, sin música, sin tambores, y un murmullo de gente que no se ve.

Y yo estoy en una cocina de Vistabella, en camiseta, con un vaso de agua, oyendo pasar una ciudad entera por la calle de al lado.

Como desde detrás de una barra. Como el bajón de las tres de la mañana en el Salitre. Doscientas personas pasándoselo bien y yo detrás del mostrador, con la nevera abierta.

Pero aquí no hay mostrador.

·

El domingo veintiuno, mi padre no llama.

Me doy cuenta a las nueve y veinte. Estoy en el sofá, viendo una película. Miro el móvil, que está bocabajo en la mesa baja, y lo giro, y no hay nada. Ni una llamada perdida. Ni un mensaje. Las nueve y veinte de un domingo.

Lo miro a las nueve y media. A las diez menos cuarto.

Y me digo que es Semana Santa, que el camping está lleno, que estará en la recepción o en el bar, que no le da la vida. Que es normal. Que me llamará mañana.

No me llama mañana.

·

Quien llama es Lucía.

El martes veintitrés, a las once de la noche. Aitor está en la ducha. El móvil vibra en la mesa baja y sale su nombre, Lucía 🐚, con la concha que le puse a los doce años y que nunca he cambiado.

No lo cojo.

Lo miro vibrar. Doce veces. Y se para.

Y a los treinta segundos, un audio. Tres minutos y cuarenta segundos.

No lo pongo. Lo tengo ahí, en la pantalla, Lucía 🐚 — 🎤 3:40, y no lo pongo, y oigo la ducha, y oigo los tambores del otro lado del río, que hoy son muchos y muy fuertes, y no aparto los ojos de su nombre hasta que la pantalla se apaga.

Lo pongo el miércoles por la mañana, en el baño, con la puerta cerrada y el grifo abierto para que no se oiga.

Y Lucía no grita. Eso es lo que más miedo me da. Lucía, que grita siempre, que se enfada gritando y se le pasa en diez minutos, habla bajo. Habla con la voz que pone cuando está muy cansada.

«Nerea. Soy yo. Estoy en el camping. Llevo aquí desde el viernes, echándole una mano a tu padre en la recepción, porque tú no has venido y él no podía solo y no me ha llamado a mí, ha llamado Chelo, porque tu padre no llama a nadie para pedir ayuda y tú lo sabes. Le he ayudado yo, con los alemanes,

que no entiendo ni la mitad de lo que dicen. Tu padre está bien. Está cansado, pero está bien. No te llamó el domingo porque a las nueve estaba cambiando una bombona de butano a unos de Madrid y se le olvidó. Se le olvidó, Nerea. Es la primera vez en veinte años que se le olvida algo tuyo.»

Un silencio en el audio. Se oye el viento de fondo. El viento del Mar Menor.

«No te voy a echar la bronca. Estoy harta de echarte la bronca y estoy harta de que me canceles y estoy harta de mandarte audios que escuchas a los tres días. Solo te digo una cosa. Tu padre me ha dicho que estás en un rodaje. Y yo no me lo creo. No sé dónde estás ni con quién,

y ya no te lo voy a preguntar. Pero no estás en un rodaje.»

Otro silencio.

«Ya está. No te voy a escribir más. No porque esté enfadada. Porque ya no sé qué decirte. Cuando quieras algo, sabes dónde estoy. Estoy donde he estado siempre.»

Y se acaba.

·

Me quedo sentada en el borde de la bañera de Vistabella, con el grifo abierto, con el agua corriendo.

Abro el chat de Lucía. Pongo el dedo en el teclado.

Y no escribo nada.

No es que no quiera. Es que no sé qué poner que no sea otra mentira. Y no me quedan verdades que se puedan decir.

Cierro el grifo.

Aitor llama a la puerta con los nudillos.

—¿Estás bien? Llevas mucho rato.

—Sí —digo—. Ya salgo.

Y guardo el móvil en el bolsillo del pantalón, con el chat de Lucía abierto y vacío. Y salgo. Y desayunamos a la una de la tarde, él y yo, con los tambores de fondo.

Y esa semana no le contesto. Ni la siguiente.

Y así es como se rompe. No con una pelea en una churrería ni con un portazo en una cocina. Se rompe con un chat abierto que nadie cierra, con un cursor parpadeando en una conversación que llevaba once años sin tener ni un solo silencio.