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Román me escribe el martes dieciséis, por la noche, y es el primer mensaje por privado que me manda desde el termómetro.
«Han cogido lo de la ferretería para la muestra de cortos de la facultad. El viernes 19 a las 19:00 en el salón de actos. Lo ponen el cuarto. Salimos los tres en los créditos, así que si quieres venir, es tuyo también. Mi padre viene de Cieza. Ya no tiene tienda, así que tiene tiempo. ??»
Y un emoji. Uno pequeño, la sonrisa normal, no la que llora de risa. Pero un emoji.
Lo leo cinco veces. Y a la quinta se me llena el pecho de una cosa que no sabía que echaba tanto de menos, que es Román contándome algo.
«¡¡Claro que voy!! Enhorabuena, de verdad. Me alegro muchísimo. Y tengo muchas ganas de conocer a tu padre.»
«Guay. Te guardo sitio.»
·
Se lo cuento a Aitor el miércoles, en el sofá, como se cuenta una buena noticia.
—Han cogido el documental de Román para la muestra. El de la ferretería.
—Ah, ¿sí? —No levanta la vista del portátil—. Me alegro por él.
—Es el viernes a las siete. Voy a ir.
Y ahí levanta la vista.
No dice nada enseguida. Cierra el portátil a medias, con la pantalla todavía encendida por la rendija. Me mira con la cabeza un poco ladeada, como me miraba en la tutoría, midiéndome, pero con algo más debajo.
—¿A la muestra?
—Sí.
—¿En el salón de actos?
—Sí.
—Va a estar todo el departamento, Nerea. —Lo dice despacio, como explicándole algo a una niña—. Todos los profesores. Berruezo en primera fila, que es la que la organiza. Y todo primero. Y el Adri ese, con el móvil en la mano, subiéndolo todo a Instagram.
—Ya. ¿Y?
—Y yo voy a estar. Tengo que estar. Soy del departamento. —Deja el portátil en la mesa baja—. Y tú vas a estar a veinte metros de mí en un salón de actos, delante de todo el mundo, con esa cara que pones cuando me miras.
—No pongo ninguna cara.
Se ríe. Una risa cariñosa.
—Pones una cara, tontita. Se te ve desde el pasillo. —Me coge el pie, me lo aprieta—. Berruezo ya te tiene fichada. Te lo dije. Solo le falta verte en la misma sala que yo durante dos horas.
·
No me dice que no vaya.
Eso es lo que tengo que explicar, y lo que tardaré mucho tiempo en saber explicar.
No me dice «no vayas». No me lo prohíbe.
No se enfada. Me explica, con mucha paciencia y mucho cariño, todo lo que puede pasar si voy.
Y cada cosa que me explica es verdad. Berruezo organiza la muestra, es verdad.
Adri lo sube todo, es verdad. Yo pongo una cara, seguramente también es verdad.
—Y otra cosa —dice—. Y esto te lo digo porque te quiero.
—Dime.
—Román está resentido contigo. Tú misma me lo has contado. Lo del termómetro, lo de que no se sienta a tu lado. —Me acaricia el tobillo con el pulgar—. Y ahora de repente te invita a su gran noche, con su padre, delante de toda la facultad. ¿No te parece raro?
—¿Raro por qué?
—No sé. Yo solo digo que la gente resentida hace cosas raras.
A lo mejor quiere que vayas para que se vea que te has portado mal con él.
Para que su padre te vea. Para montar una escena.
—Se encoge de hombros—. O a lo mejor no, eh.
A lo mejor es un chico majísimo y te invita porque sí. Tú lo conoces mejor que yo.
Y se queda callado. Y abre otra vez el portátil.
Miro el techo del salón de Vistabella, con los pies en sus piernas, pensando en el emoji. En la sonrisa pequeña. En «ya no tiene tienda, así que tiene tiempo». En «te guardo sitio».
Y pensando, al mismo tiempo, en Adri con el móvil. En Berruezo en primera fila. En mi cara, que se ve desde el pasillo.
—Tienes razón —digo.
—No, no. Yo no tengo razón en nada. Haz lo que quieras, de verdad.
—No. Tienes razón. Mejor no voy.
Y él no dice nada. Me aprieta el pie. Y a los dos minutos me pregunta si quiero cenar pasta o arroz.
·
Lo de Vera pasa el jueves.
Vera me escribe, por primera vez en tres semanas sin que sea para cancelar algo, para decirme que el sábado hay una fiesta en casa de un chico de Bellas Artes en Santa Eulalia, que va medio piso de Adri y medio de ella, y que si me apetece, que hace mucho que no salimos las tres.
«Las tres» otra vez. Con las dos palabras. Como si alguien las hubiera vuelto a escribir en la pizarra.
Y se lo cuento a Aitor, y esta vez ni siquiera tiene que explicarme nada.
—¿En Santa Eulalia? ¿Con la gente de Adri?
Y me mira. Solo eso. Me mira con las cejas un poco levantadas, como diciendo «¿de verdad hace falta que te lo diga?».
Y no hace falta.
«Uf, el sábado no puedo, tengo que acabar un trabajo. ¡Pasadlo genial! La próxima sí, prometido ❤️»
«Vale ??»
Y el «vale» de Vera no me lo cuento como los de Jimena. No lo apunto. No lo peso. Es un «vale» con un emoji sonriente, y me lo quedo así, sonriente, porque es más fácil.
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El viernes diecinueve, a las siete de la tarde, estoy en Vistabella.
Él está en la muestra. Me ha dado las llaves antes de irse, por primera vez, un juego de llaves con un llavero de una claqueta pequeña de plástico, y me ha dicho «así no te quedas en la calle si llego tarde». Y yo he sentido que me daba algo enorme, algo que no le había dado a nadie. Unas llaves.
Estoy sola en el piso. Me hago un té. Me siento en el sofá gris.
Y a las siete y cuarenta y dos, que es más o menos cuando deben de estar poniendo el cuarto corto, abro Instagram. Y Adri, claro, ha subido una historia.
Es el salón de actos, a oscuras, lleno. La pantalla grande.
Y en la pantalla, la persiana de la ferretería de Cieza subiendo con las dos manos del padre de Román, y el ruido de lata, seis segundos.
Y la cámara de Adri bajando un poco para enseñar la primera fila, donde está Román con los brazos cruzados y la cara tensa, y a su lado un hombre de unos sesenta años con un abrigo marrón, el mismo abrigo marrón del documental, mirando la pantalla con la boca un poco abierta.
Y al otro lado del padre de Román, una butaca vacía.
Con una chaqueta encima. Una chaqueta de Román, vaquera, doblada sobre el asiento, para guardar el sitio.
Y al final de la historia, un texto que ha escrito Adri encima, en letras blancas:
«el corto de mi bro 🔧❤️ (y el mío jajaja)»
No sale Aitor. No sale Berruezo. No sale nadie más. Solo eso. El padre de Román con la boca abierta. Y el sitio vacío con la chaqueta.
·
A las ocho y media, con el té frío y la historia de Adri todavía en la cabeza, me levanto del sofá y hago una cosa que no he hecho nunca en cuatro meses: ando por la casa sola.
No es que busque nada. Es que nunca he estado aquí sin él.
Siempre ha estado en la cocina, o en el sofá, o en la ducha, o en la cama.
Siempre ha habido alguien moviéndose, una voz, una sartén, una página pasando.
Y ahora no hay nada. Solo la nevera, el reloj de la cocina, y un vecino de arriba arrastrando una silla.
Y la casa, sin él, es otra.
Más pequeña. Más fría. El salón con el proyector apagado es solo una pared blanca y un sofá gris.
La estantería de los libros tiene polvo en las baldas de arriba, donde no llega el brazo de nadie.
En la cocina hay tres tazas en el escurridor, y la tercera no la he usado yo, ni él esta mañana, porque esta mañana tomamos café en los mismos dos vasos de siempre.
Y en el recibidor, al lado de la puerta, hay un mueble bajo con un cajón donde él deja las llaves, el correo, las facturas, los tickets.
Lo abro.
Para dejar las llaves nuevas, me digo. Las de la claqueta. Para que estén en su sitio.
Y dentro, entre una factura de la luz y un folleto de una pizzería, está el sobre marrón.
El mío. El de San Valentín. Con la foto del Puente Viejo dentro, la que me dijo por mensaje que era preciosa, que se la iba a poner en el despacho. La que revelé en la calle Platería en papel mate, veinte por veinticinco.
Está abierto. La saco.
Y tiene una esquina doblada. La de abajo a la derecha. Doblada hacia dentro, marcada, como se dobla una esquina cuando algo se mete a presión en un sitio donde no cabe. Y por detrás, mi frase, con el boli de Román: Desde el puente que cruzo para ir a tu casa.
No está en el despacho. Nunca ha estado en el despacho. Está en un cajón del recibidor, debajo de una factura de la luz, con una esquina doblada.
La miro, de pie en el recibidor, con el cajón abierto.
Y luego hago lo que he aprendido a hacer este invierno. Busco la explicación. La encuentro rápido. Se le habrá olvidado llevarla. Estará esperando a comprar un marco. La habrá metido ahí para que no se estropeara y se le ha doblado sin querer. Mari Carmen, la de la limpieza, la habrá movido.
Mari Carmen, la de la limpieza, que viene los jueves.
Y meto la foto en el sobre. Y el sobre en el cajón, debajo de la factura de la luz, exactamente como estaba. Y dejo las llaves de la claqueta encima de todo. Y cierro el cajón.
Y vuelvo al sofá. Y abro Instagram. Y me pongo a mirar historias de gente que no conozco, una detrás de otra, sin verlas, hasta que se me pasa.
·
Esa noche, cuando él vuelve a las once, me encuentra en el sofá con la libreta del Mercadona abierta en las rodillas.
La he sacado de la mochila. La llevo a todas partes desde agosto y no la había abierto desde octubre.
Y la he abierto por la última página. Por lo que escribí el diecisiete de octubre, la mañana después de Yago, debajo de las siete líneas del verano:
La primera vez en mi vida que algo pasa exactamente como yo he decidido que pase.
—¿Qué lees? —dice él, quitándose la bufanda. No la gris. Otra.
—Nada. Una cosa vieja.
Y cierro la libreta.
Y le sonrío. Y él se sienta a mi lado y me cuenta la muestra: que ha estado bien, que el de la ferretería ha gustado mucho, que Berruezo ha dicho unas palabras al final, que se ha aburrido como una ostra.
Y me besa. Y yo pienso en la frase de la libreta, y pienso que es verdad, que es bonita, que yo decidí lo de Yago, y lo de Aitor, y lo de no ir hoy, que lo he decidido yo sola en el sofá después de escuchar a alguien que me quiere explicarme las cosas.
Y me parece que todo es la misma frase. Que la frase sigue siendo verdad.
Y esa noche me duermo en Vistabella, con las llaves nuevas en la mesilla, pensando que la frase sigue siendo verdad. Y no me doy cuenta de que hace semanas que no decido nada que no haya decidido otro antes, por mí, con mucha paciencia, con mucho cariño, en un sofá gris.