Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 30
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San Valentín, dice Aitor el jueves once, en el sofá, con la voz de explicar algo obvio, es una tontería comercial inventada por unos grandes almacenes para vender bombones en febrero, que es el mes en que menos se vende.

—Es verdad —dice—. Lo leí en un artículo. Antes de San Valentín, febrero era el peor mes del año para el comercio. Es marketing puro.

—Ya.

—Tú no eres de esas, ¿verdad? De las de los globos en forma de corazón.

—No.

—Ya lo sabía. —Me besa en la frente—. Por eso me gustas.

Y luego me dice que el fin de semana se va a Jumilla, que el domingo es el cumpleaños de su madre, sesenta años, que le han preparado una comida con toda la familia y que no puede faltar. Que vuelve el lunes por la mañana, directamente a clase.

—El domingo catorce —digo.

—El domingo catorce. —Se ríe—. Mira qué casualidad. Mi madre nació el día más cursi del año. Ella lo odia. Dice que por su culpa nunca le han hecho un regalo de cumpleaños que no tuviera un corazón.

Y me río también, porque tiene gracia. Y no pienso nada más.

·

El sábado trece, el piso de Mariano Padilla es un sitio raro.

El novio de Vera ha venido de Alicante. Se llama Nacho, es alto, lleva una chaqueta de piel y tiene la risa de alguien que se ríe mucho de sus propios chistes.

Ha traído una caja de bombones con forma de corazón y un ramo de rosas rojas del súper, envuelto en celofán, que Vera ha puesto en un cubo de fregar porque en el piso no hay jarrones.

Se pasan el día en el cuarto de Vera con la música alta y la puerta cerrada, y salen solo para ir al baño y para calentar algo en el microondas, cogidos de la mano, como si el pasillo fuera un sitio peligroso.

Y Jimena está en su cuarto. Estudiando. Desde las siete. Con la puerta cerrada.

Desde el veintiocho de enero, desde el portazo, Jimena y yo no hablamos.

No nos hemos peleado más. No nos hemos dicho nada más.

Simplemente, no hablamos. Si yo entro en la cocina, ella termina lo que está haciendo y sale.

Si ella entra, yo salgo. Nos cruzamos en el pasillo con un «hola» que no es nada.

Y la puerta de su cuarto, que antes estaba siempre entornada, ahora está siempre cerrada.

Y yo estoy en el mío. Con la puerta cerrada también.

Y la de Paula, al fondo, sigue abierta. Es la única.

·

Paso el sábado viendo películas.

La quinta del pósit, que me faltaba. Y luego otras dos que busco sola, del mismo director, sin preguntarle a nadie.

Y luego una comedia romántica americana de las que ponen en la tele los domingos por la tarde, porque no tengo fuerzas para nada más, con una chica que corre por un aeropuerto para decirle a un chico que le quiere antes de que se suba al avión.

Y la veo entera. Y lloro al final, en la cama, con el portátil encima de las piernas, por una película que es malísima y que lo sé.

Y a las doce de la noche le escribo a Aitor.

«¿Qué tal la cena familiar?»

No contesta hasta el domingo a las once de la mañana.

«Bien. Mucha familia. Mucho ruido. Te echo de menos. Mañana te veo.»

Y una foto. La ventana de la cocina de Jumilla. La parra seca. El cielo azul.

La misma foto. La misma que me mandó en Navidad. Exactamente la misma parra, el mismo ángulo, el mismo cielo.

Y pienso que es normal. Que es su casa. Que la ventana de la cocina de su casa siempre va a tener la misma parra. Que es lógico que haga la misma foto. Que yo, si tuviera que mandarle a alguien una foto de mi casa, le mandaría siempre el escalón de la oficina del camping.

Y no la amplío. No miro si la parra tiene las mismas hojas secas en el mismo sitio. No miro nada.

·

El domingo catorce por la noche hago una cosa que no sé por qué hago.

Me he pasado la tarde haciéndole un regalo.

No un regalo de San Valentín, porque él dice que es una tontería comercial.

Un regalo normal, de un domingo cualquiera que resulta que es catorce de febrero.

Una foto. La he hecho yo, con mi cámara, una tarde de enero desde el Puente Viejo: el río, los árboles pelados del Malecón, la luz amarilla del atardecer en el agua marrón.

La he revelado en una tienda de la calle Platería, en papel mate, veinte por veinticinco.

Y le he escrito por detrás, con el boli de Román, una sola frase: Desde el puente que cruzo para ir a tu casa.

Y la he metido en un sobre marrón.

Y a las once de la noche, con el abrigo encima del pijama como la primera vez, salgo de Mariano Padilla para dejársela en el buzón. Para que se la encuentre mañana al llegar de Jumilla. Para que sea lo primero que vea.

Cruzo el puente. El que sale en la foto. Hace frío y huele a lluvia.

Y llego a su calle a las once y veinte.

·

Y la luz del tercero está encendida.

La veo desde la esquina, antes de llegar al portal. La ventana del salón, la que da a la calle, la del proyector. Encendida. Con la persiana a media altura y una luz amarilla detrás, de lámpara, la luz de bar antiguo de la lámpara de encima de la mesa de la cocina.

Me quedo parada en la esquina.

Y pienso: habrá vuelto antes. Se habrá aburrido en Jumilla. Habrá cogido el coche después de la comida.

Y pienso, un segundo después: Aitor no tiene coche.

Y pienso, otro segundo después: habrá venido en autobús. O le habrá traído su padre. O alguien.

Y justo delante del portal, aparcado en doble fila con los intermitentes apagados, hay un coche.

Un Golf blanco, no muy nuevo. Con una pegatina en el cristal de atrás.

Una pegatina redonda, verde, de una asociación de montaña, con el dibujo de unas montañas y unas letras que no alcanzo a leer desde la esquina.

Y el coche me suena.

Me suena mucho. Me suena de algún sitio. Lo tengo en la punta de la lengua, como una palabra que no sale, como el nombre de un actor que has visto en cien películas. Un Golf blanco con una pegatina de montaña. Lo he visto. Sé que lo he visto.

Y no me sale de dónde.

·

No llamo al telefonillo.

Me quedo en la esquina tres minutos, cuatro, cinco, mirando la ventana encendida del tercero. No se ve a nadie. No se mueve nada detrás de la persiana. Solo la luz amarilla.

Y luego me acerco al portal. Despacio. Con el sobre marrón en la mano. Y lo meto por la ranura del buzón del tercero, el que tiene una etiqueta escrita a mano que dice A. Belmonte, con la misma letra pequeña e inclinada de la memoria de rodaje de octubre.

Y me voy.

No miro atrás. No miro el coche. No leo la pegatina. Cruzo el puente otra vez, el de la foto, el que cruzo para ir a su casa, con la cabeza baja, y me voy repitiendo una cosa en la cabeza todo el camino, al ritmo de los pasos, como la canción de Román para aprenderse el obturador:

Ha vuelto antes. Ha vuelto antes. Ha vuelto antes.

·

El lunes quince, a las diez de la mañana, me escribe.

«Acabo de llegar de Jumilla y me he encontrado tu sobre en el buzón. Qué bonito, Nerea. De verdad. Qué foto más bonita. Me la voy a poner en el despacho. Esta tarde te veo, ¿vale? Te he echado mucho de menos este finde. ❤️»

Acabo de llegar de Jumilla.

A las diez de la mañana del lunes. Directamente. Como dijo el jueves.

Y yo lo leo en el tranvía, camino de Espinardo, con la frente contra la ventanilla.

Y pienso en la luz del tercero a las once y veinte de la noche del domingo.

En la luz amarilla de la lámpara de la cocina.

En el Golf blanco en doble fila. En que alguien estaba en ese piso anoche, con la luz encendida, a las once y veinte, y en que ese alguien, según el mensaje que acabo de leer, no era él.

Y en que él no me ha preguntado cuándo dejé el sobre.

Y me doy cuenta de que tengo dos opciones.

Que puedo escribirle «anoche había luz en tu casa».

Solo eso. Seis palabras. Y ver qué contesta.

Y leerle la cara en la respuesta, aunque sea por escrito, que se puede, que he aprendido a hacerlo con los mensajes de mi padre, con los de Lucía, con los de Román.

O puedo no escribirle nada.

Y escribo: «¡Me alegro de que te guste! Esta tarde nos vemos ❤️».

Y guardo el móvil. Y miro por la ventanilla los concesionarios, las rotondas, los trozos de huerta entre los bloques. Y me concentro mucho en ellos. En los limoneros. En las casetas. En no pensar en la luz.

Y lo consigo. Casi del todo. Durante semanas.

Lo único que no consigo es quitarme de la cabeza la pegatina del coche.

Las montañas verdes. Las letras que no leí.

Y la sensación, que me vuelve en momentos raros —fregando, en la ducha, en el tranvía—, de que ese coche lo he visto antes, en otro sitio, en un día nublado, con alguien dentro esperando con mucha paciencia a alguien que siempre llega tarde.