29
Carmen Berruezo me para en el pasillo del segundo piso el jueves once de febrero, a las cinco y veinte de la tarde, a tres puertas del despacho 2.14.
No me para. Eso sería mucho decir. Está en la puerta del 2.09, con una taza en la mano, hablando con una chica de tercero, y cuando paso por delante —rápido, con la cabeza baja, como paso siempre por ese pasillo— dice mi nombre. El apellido, en realidad.
—Señorita Baresa.
Me paro.
—¿Tiene un minuto?
La chica de tercero se despide. Carmen Berruezo se aparta de la puerta y me hace un gesto con la taza hacia dentro del despacho, un gesto sin ninguna prisa, como quien invita a alguien a pasar a su casa.
Y yo miro, sin querer, hacia el final del pasillo, hacia la puerta del 2.14. Está cerrada. Él me está esperando dentro. Le he dicho que llegaba a las cinco y media.
—Un minuto —digo.
·
El despacho de Carmen Berruezo es lo contrario del de Aitor.
No tiene carteles. No tiene claquetas. No tiene torres de DVD.
Tiene una estantería con carpetas de cartón azul marino, todas iguales, con el año escrito en el lomo con rotulador negro, desde 2004.
Tiene una planta, un potus enorme que cuelga desde lo alto de la estantería hasta casi el suelo.
Tiene una mesa con dos sillas delante, y en la mesa, un marco con una foto de dos chicos de unos veinte años en una playa, riéndose, que deben de ser sus hijos.
Tiene fotos. Me fijo, y no sé por qué me fijo.
—Siéntese.
Me siento. Ella se sienta enfrente, no detrás de la mesa sino en la otra silla, de lado, con la taza en las rodillas.
—Me han asignado como su tutora académica —dice—. Supongo que le llegó el correo.
—Sí.
—Casi nadie viene. Es una formalidad, en la práctica. Pero a mí me gusta mirar las notas de mis tutorizados al final de cada cuatrimestre, porque me parece que si me han puesto de tutora es para algo. —Bebe de la taza—. Y he mirado las suyas.
No digo nada.
—Un 7,8 conmigo en la final. Muy bien, después del 8,1 del parcial.
Un 9,5 en Lenguaje Audiovisual. Un 6 en Tecnología, que no le pega nada.
Y un no presentado en Teoría de la Comunicación.
—Deja la taza encima de la mesa—. Y ahora, en el segundo cuatrimestre, en dos semanas, tres faltas en Historia del Cine a primera hora y dos en Documentación.
—¿Cómo sabe lo de las faltas?
—Porque le he preguntado a Ramón y a Pilar. Soy su tutora. No es ningún secreto, señorita Baresa. Son cosas que se ven.
·
Y me pregunta.
No, todavía no. Tarda. Me mira, con las gafas en la mano, sin decir nada, como si me estuviera dando tiempo para decir algo yo primero. Y yo no digo nada. Miro el potus.
—¿Por qué falta tanto?
Y lo tengo preparado, claro. Lo tengo preparado desde que me ha dicho mi apellido en el pasillo.
—He estado un poco mala. Con la gripe. Y lo de Teoría fue fiebre, justo ese día.
Carmen Berruezo asiente despacio. Como quien apunta algo que ya sabía que le iban a decir.
—Vale —dice.
Y es el tercer «vale» del curso que me dice alguien que no se lo cree. Los cuento. Jimena en la cocina en noviembre, con lo de Yago. Jimena en diciembre, fregando. Y este.
—No le voy a preguntar nada más —dice—. No es asunto mío. Usted es una mujer adulta y yo soy su profesora, no su madre. —Se pone las gafas—. Pero le voy a decir una cosa, porque llevo veintidós años en esta facultad y me he ganado el derecho a decir cosas que nadie me pide.
Y espera. Hasta que la miro.
—He visto esto antes —dice—. Lo que le está pasando a sus notas, quiero decir.
Una alumna muy buena en octubre, muy buena en noviembre, que en enero falta a un examen y en febrero empieza a no venir a primera hora.
No siempre es por lo mismo. A veces es un padre enfermo.
A veces es dinero. A veces es la cabeza.
A veces es otra cosa. —Hace una pausa—. Pero casi nunca es la gripe.
No digo nada.
—Los martes estoy aquí de cuatro a siete. Sin cita. No hace falta que pida nada por correo con dos días de antelación, ni que me cuente nada que no quiera contarme. Puede venir a sentarse en esta silla y mirar el potus, si le apetece. —Coge la taza otra vez—. Eso es todo. Ya puede irse.
·
Me levanto. Cojo la mochila. Y cuando ya tengo la mano en el pomo de la puerta, Carmen Berruezo dice:
—Espere.
Abre un cajón de la mesa. Rebusca. Saca un folio doblado en dos, de los de la fotocopiadora del departamento, un poco arrugado, como si llevara tiempo en ese cajón esperando a alguien.
Me lo da.
Lo desdoblo. Es una lista. Escrita a máquina, o a ordenador pero con una letra que imita una máquina de escribir, con los títulos en mayúsculas y el año entre paréntesis. Ocho películas. No conozco ninguna.
—No es para clase —dice—. No entra en ningún examen.
—¿Qué es?
Carmen Berruezo se pone las gafas. Mira la lista desde su silla, al revés, como si se la supiera de memoria.
—Hay gente que le enseña a una a mirar caras —dice—. Eso está bien. Es útil. Usted lo hace muy bien, se lo he dicho. —Hace una pausa—. Estas películas no son para mirar caras. Son para mirar a quién mira. Quién tiene la cámara. Quién decide dónde está el corte. Quién se queda fuera del plano.
Miro la lista. Ocho títulos. Ocho años entre paréntesis.
Y pienso en otro papel, amarillo, un pósit, escrito con una letra pequeña e inclinada en tinta azul, con cinco títulos, y una frase: Solo mira las caras.
—Gracias —digo.
—No me las dé. No sé si le van a gustar. —Vuelve al examen que estaba corrigiendo—. Probablemente no. Son películas incómodas. Yo tardé veinte años en entender la tercera.
Y doblo el folio en dos. Y no lo meto en la funda de la cámara, donde está el pósit amarillo, junto a la memoria de rodaje doblada en cuatro. Lo meto en la libreta del Mercadona. Entre las páginas del verano.
Supongo que porque la funda de la cámara ya está llena. O supongo que porque, sin saberlo, empiezo a no querer que las dos listas estén juntas.
·
Salgo del 2.09 y el pasillo huele igual que siempre, a moqueta y a fotocopiadora, y me parece que huele distinto.
Camino las tres puertas hasta el 2.14. Llamo con los nudillos, como se llama a la puerta de un profesor. Él dice «adelante» con la voz de clase. Entro. Cierro.
Y su cara, cuando cierro, ya no es la de clase.
—Llegas diez minutos tarde.
—Me ha parado Berruezo.
Se queda muy quieto.
No se levanta. No cambia de postura. Está sentado detrás de la mesa con el portátil abierto, y no se mueve nada, pero se le va el color de la cara de una manera muy concreta, como cuando un plano pasa de color a blanco y negro sin corte.
—¿Qué te ha dicho?
—Nada. Que es mi tutora. Que ha visto mis notas y mis faltas.
—¿Qué más?
—Nada más. Que si necesito algo, los martes está en su despacho.
—¿Qué le has dicho tú?
—Que he estado con gripe.
—¿Nada más?
—Nada más, Aitor.
Y me hace contárselo. Todo. Palabra por palabra, desde el pasillo.
Dónde estaba ella, con quién hablaba, cómo me ha llamado, qué ha dicho exactamente, en qué orden, con qué cara.
Me lo pregunta tres veces, de tres maneras distintas, como un policía en una película, y a la tercera vez entiendo que me está buscando una contradicción.
—¿Ha dicho mi nombre?
—No.
—¿Seguro?
—Seguro. No ha dicho el nombre de nadie. Ha dicho que ha visto esto antes.
—¿Que ha visto qué antes?
—Esto. Lo de las notas. Alumnas que empiezan bien y luego faltan.
Aitor se echa hacia atrás en la silla.
Y se ríe. Una risa corta, sin ninguna gracia.
—Claro que lo ha visto antes. —Cierra el portátil—.
Esa mujer lleva veinte años viendo cosas donde no las hay.
Tiene una teoría para cada alumno que falta a clase.
Es su manera de sentirse importante. —Se levanta, se acerca—.
No vuelvas a entrar en ese despacho, ¿vale?
No te lo digo por mí. Te lo digo porque te va a comer la cabeza. Es lo que hace.
Y me abraza.
Y yo me dejo abrazar, en el despacho 2.14, con la puerta cerrada y la ventana dando a los pinos, y apoyo la cara en su hombro, en la camisa de cuadros que huele a su colonia de madera.
Y con la cara en su hombro, donde él no me la ve, pienso en el potus. En las carpetas azul marino desde 2004. En la foto de los dos chicos riéndose en la playa. En que la silla de Carmen Berruezo estaba de lado, sin una mesa en medio.
Y en que me ha dicho que puedo ir a mirar el potus sin contarle nada. Y en que es lo único que me ha ofrecido nadie en todo el curso que no me pide nada a cambio.
No voy. Ese martes no voy. Ni el siguiente.
Pero me aprendo el horario.