Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 28
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Vera no dice nada. Eso es lo que tengo que contar de febrero, y es lo más difícil de contar, porque lo que no pasa no tiene escenas.

No hay una pelea con Vera. No hay un portazo.

No hay un momento en la cocina a oscuras con un vaso de agua.

Vera vuelve de Alicante el lunes uno de febrero, con la maleta y una bolsa de turrón de Jijona que le ha dado su abuela, y dice «¡holaaa!»

desde la puerta como siempre, y deja el turrón en la mesa de la cocina y dice «para todas», y se va a su cuarto a deshacer la maleta con la música puesta.

Y todo es igual.

Y nada es igual.

·

No sé qué le ha contado Jimena. Seguramente nada.

Jimena no cuenta cosas. Pero Vera tiene ojos, y oídos, y una habilidad que yo no le conocía para leer una casa: no le hace falta que nadie le cuente que ha habido un portazo si al volver la puerta del piso tiene el muelle todavía más roto y la señora del segundo la saluda en la escalera con cara de

pésame.

Y sobre todo tiene la cocina.

Porque en la cocina, desde el uno de febrero, pasa una cosa.

Cuando entro yo, Jimena sale. No enseguida.

No de forma que se note. Termina lo que está haciendo, recoge el vaso, dice «buenas», y sale.

Y a los dos minutos está en su cuarto con la puerta cerrada.

Y Vera, que está en la cocina haciéndose el colacao, nos mira a las dos, a la que sale y a la que entra, y no pregunta nada.

Y a la tercera vez ya no se queda. A la tercera vez, cuando entro yo, Vera coge el colacao y dice «me lo llevo al cuarto, que tengo que acabar una cosa», y se va.

·

El miércoles tres oigo que se ríen en la cocina.

Las dos. Jimena y Vera. Son las diez de la noche y yo estoy en mi cuarto, que es el único día de la semana que no he ido a Vistabella porque él tiene no sé qué con la productora.

Y las oigo a través de la pared, riéndose de algo, una risa larga, de las que se alimentan solas, de las del portal el día que se fue Paula.

Y me levanto. Voy a la cocina. No sé a qué. A beber agua.

Y en cuanto abro la puerta, se paran.

No de golpe. Se van parando. Vera todavía con media sonrisa, Jimena ya sin nada. Están sentadas en el suelo, contra la pared, como cenábamos las tres, con un plato de turrón en medio y dos tazas de té.

—Hola —digo.

—Hola —dice Vera—. ¿Quieres turrón? Es el blando, el bueno.

—No, gracias. Solo venía a por agua.

Me lleno un vaso. Me lo bebo de pie, de espaldas a ellas, mirando la ventana del patio. Oigo que no dicen nada. Oigo el silencio que hay detrás de mí, que es un silencio de dos personas esperando a que se vaya una tercera.

Me voy.

Y a los treinta segundos, desde mi cuarto, oigo que Vera dice algo bajito, y que Jimena contesta algo más bajito todavía. Y ya no se ríen.

·

El jueves cuatro, Vera cancela.

Teníamos un plan desde enero, desde antes de todo: ir las tres al ciclo de la Filmoteca, que el primer jueves de febrero ponía una película de Almodóvar que Vera quería ver en pantalla grande porque dice que los colores de Almodóvar en un portátil son un pecado.

Lo habíamos apuntado en la pizarra de la nevera, con su letra: 4 FEB — ALMODÓVAR — LAS TRES — NO VALEN EXCUSAS.

El jueves por la mañana, en la pizarra, alguien ha borrado LAS TRES.

Solo eso. El resto está igual. 4 FEB — ALMODÓVAR — NO VALEN EXCUSAS. Y un hueco más claro en el medio donde estaban las dos palabras, porque el rotulador de pizarra nunca se borra del todo.

Y a las siete de la tarde, Vera me escribe. Por privado. Desde su cuarto, que está a cuatro metros del mío.

«Oye, que al final vamos Jimena y yo al cine, que tú seguro que tienes planes. ¡Otro día vamos las tres!»

Con exclamación. Con un emoji de una claqueta.

Y yo miro «tú seguro que tienes planes». Y pienso que es verdad, que tengo planes, que a las ocho voy a Vistabella. Y pienso que no me han preguntado. Que han dado por hecho. Que alguien ha borrado LAS TRES de la pizarra antes de preguntarme si tenía planes.

Contesto: «¡Claro! Pasadlo genial ??».

Y a las ocho menos cuarto las oigo salir. Oigo las risas en el rellano. Oigo la puerta, que ya no cierra bien. Oigo los pasos en la escalera, rápidos, alegres, de dos personas que van a llegar tarde al cine.

Y me quedo en mi cuarto, sola, en un piso de cuatro habitaciones donde una está vacía desde octubre, otra acaba de quedarse vacía, y la tercera también.

Esa noche, antes de irme a Vistabella, hago una cosa rara.

Abro el correo de la universidad, donde lleva tres semanas sin leer un aviso de la Oficina de Relaciones Internacionales que dice Convocatoria Erasmus 2027-2028 — último día de solicitud: 5 de febrero.

Y la relleno. Entera, en veinte minutos, sentada en la cama con el abrigo puesto.

Pongo tres destinos por orden, sin pensar mucho: Bolonia, porque la tercera película del pósit pasaba allí y tenía unos soportales que me gustaron; Lisboa, porque tiene mar; Lyon, porque sí.

Lo hago medio en broma, como quien compra un décimo de lotería.

Como quien deja una puerta de emergencia dibujada en una pared, por si acaso, sin creerse de verdad que se vaya a abrir.

Le doy a enviar a las ocho menos cinco. Cierro el portátil.

Y me voy a Vistabella y no se lo cuento a nadie, ni a él, ni me lo cuento a mí misma, y en dos días se me ha olvidado.

·

El sábado seis, en Vistabella, con la lluvia golpeando la ventana del salón y el proyector apagado, Aitor me pregunta por el horario del segundo cuatrimestre.

Se lo enseño en el móvil. Las clases por colores, como las organiza la aplicación de la universidad.

Historia del Cine, lunes y miércoles a las ocho y media.

Documentación, martes y jueves a las ocho y media.

Técnicas de Guion, martes por la tarde. Lenguaje Audiovisual II, con él, lunes y jueves por la tarde.

Narrativa II, con Berruezo, miércoles por la tarde.

Aitor mira la pantalla un rato largo. Con las gafas de cerca puestas.

—Cuatro días a las ocho y media —dice.

—Sí.

—Eso es tener que irte de aquí a las siete y media cuatro noches por semana. —Me devuelve el móvil—. O dormir en Mariano Padilla.

No digo nada.

—Mira —dice, y se quita las gafas, y me coge la mano—.

No te voy a decir lo que tienes que hacer.

Pero conozco a Ramón, el de Historia del Cine.

Lleva veinte años dando los mismos apuntes.

Te los puedo conseguir yo, del año pasado, de una alumna que sacó un nueve.

Y Documentación es una asignatura de relleno, de las que se aprueban con los apuntes de otro la semana antes.

Nadie va a Documentación a las ocho y media. Pregúntale a cualquiera de tercero.

—Pero la asistencia…

—Ramón no pasa lista. Pilar, la de Documentación, tampoco.

—Me acaricia la mano con el pulgar—. Lo que digo es que no tienes que machacarte.

Que la universidad no es el instituto. Que lo importante es aprender, no calentar la silla.

Y que aprendes más aquí, viendo películas conmigo, que en tres horas de Ramón leyendo en voz alta.

Y tiene razón.

Eso es lo que pienso. Tiene razón. He ido a Historia del Cine desde septiembre y Ramón lee en voz alta sus apuntes con una voz de funeral mientras proyecta fotogramas que no se ven porque las persianas del aula no cierran.

Y Documentación es una asignatura que nadie entiende para qué sirve.

Y aquí, en este sofá, con él, he visto en tres meses más películas que en veinte años de mi vida, y he aprendido a mirarlas.

—Vale —digo—. A lo mejor alguna vez no voy.

—Haz lo que quieras, de verdad. —Me besa la mano—. Yo solo digo que aquí siempre tienes sitio. Y que por las mañanas hago buen café.

Y esa semana no voy a Historia del Cine el miércoles. Ni el lunes siguiente. Y Documentación la dejo el jueves.

Y cinco días después, en un despacho con un potus, alguien me dirá que Ramón y Pilar sí se fijan. Que no pasan lista, pero se fijan. Y que los que se fijan son precisamente los que no pasan lista.

·

Ese domingo, el siete, mi padre llama a las nueve y cinco.

Estoy en Vistabella. Él está en la ducha. Cojo el móvil y voy al pasillo, que es donde cojo ahora las llamadas de mi padre, porque en el baño él oye todo desde la ducha, y en el salón está el proyector.

—¿Qué pasa, hija?

—Nada. ¿Y tú?

—Nada.

Y espero a que me cuente el camping. Y no me lo cuenta. Hay un silencio en la línea. Oigo el escalón, que cruje. Oigo el cubito de hielo. No oigo la tele de los holandeses del nueve, porque los holandeses del nueve se fueron en noviembre.

—Nerea.

—Dime.

—¿Estás bien?

—Sí, papá. Claro. ¿Por qué?

Otro silencio.

—Por nada. Lucía me ha dicho que no le contestas los mensajes. Que lleva una semana.

Y se me pone la cara caliente, en el pasillo de Vistabella, con la ducha sonando al fondo.

—Es que estoy de exámenes —digo. Y no estoy de exámenes, los exámenes acabaron hace dos semanas, y mi padre no lo sabe, y yo lo digo igual—. Le escribo mañana.

—Vale. —Silencio—. Bueno. Pues no te entretengo.

—No, papá, si no…

Y se corta la ducha. Y la puerta del baño se abre. Y oigo los pies descalzos en el pasillo.

—Te tengo que dejar, papá. Un beso.

—Un beso, hija.

Y cuelgo.

Papá — 2 min.

Aitor sale del baño con una toalla en la cintura y el pelo mojado, y me ve en el pasillo con el móvil en la mano, y sonríe.

—¿Tu padre?

—Sí.

—¿Todo bien?

—Sí. Todo bien.

Y me da un beso en la frente, mojado, que me deja una gota fría en la ceja. Y se va al cuarto a vestirse. Sigo en el pasillo, con los ojos en la pantalla, dos minutos, y hago la cuenta sin querer, como en la barra, como con todo: cuarenta y siete en octubre. Nueve en noviembre. Dos en febrero.

Y no sé qué número viene después de dos. O sí lo sé, y no lo quiero decir.