27
Lo que pasó el viernes veintidós me lo cuenta Jimena el jueves veintiocho, y para entonces ya no tiene arreglo.
Pasó así. El viernes por la tarde, el día después de Águilas, Román se presentó en Mariano Padilla con una bolsa del supermercado.
Dentro había dos botellas de Aquarius de limón, un paquete de galletas María y un termómetro digital todavía en su caja, porque, según le dijo a Jimena en el rellano, las chicas de piso nunca tienen termómetro y él tampoco, y así ya tenían uno las dos casas.
Llamó al telefonillo. Le abrió Jimena. Subió los tres pisos.
Y yo no estaba. Yo estaba en Vistabella, en el sofá gris, con los pies encima de sus piernas, viendo la quinta película del pósit.
Jimena y Román no se conocían. Se habían visto una vez de lejos, en la puerta de la facultad, en octubre. Se presentaron en el rellano. Y Román, con la bolsa en la mano, preguntó cómo estaba yo de la fiebre.
Y Jimena, según me cuenta, se quedó un momento callada.
—¿Qué fiebre?
—La de ayer. No vino al examen de Teoría. Me dijo que estaba en la cama con fiebre.
Y Jimena, que no miente nunca, que no sabe mentir, que madruga para ver llegar a la gente, le dijo la verdad sin darse cuenta de que era una verdad que no le tocaba decir:
—Ayer salió de casa a las cinco de la mañana con mi gorro. Y volvió a las nueve y media de la noche con arena en las zapatillas.
Román no dijo nada. Le dio la bolsa a Jimena. Le dijo que se quedara el termómetro, que a lo mejor le hacía falta a alguien. Y bajó.
·
Durante esos seis días no sé nada de eso. Solo sé lo que veo. Y lo que veo es a Román cambiar.
El lunes veinticinco entro en clase de Historia del Cine a las ocho y media y mi sitio, el de la cuarta fila de la izquierda, está libre.
Y el de al lado, el de Román, también. Román está en la sexta fila.
Al fondo. Al lado de Pablo el callado, el de la calavera, con el que no le he visto hablar nunca en cuatro meses.
Me siento en mi sitio. Sola. Me giro. Román está sacando los apuntes. Levanta la vista, me ve, levanta la mano. Un saludo. Pequeño. Con los dedos, sin sonreír.
Y vuelve a los apuntes.
El martes, lo mismo. El miércoles, en la cafetería, está con Adri en una mesa, y cuando me acerco con la bandeja, Adri me hace sitio con una sonrisa enorme, «¡Baresa!, siéntate, siéntate», y Román se levanta.
—Me tengo que ir, que tengo tutoría con Anselmo —dice.
Y se va. Con el bocadillo a medio comer, envuelto en una servilleta.
Y Adri se queda mirando cómo se va, con la boca llena.
—¿Y a este qué le pasa? —dice—. Lleva toda la semana rarísimo. Le pregunto y me dice que nada. Que está cansado. Será lo de su padre. Lo de la ferretería.
—Será —digo.
Y me como el bocadillo mirando la puerta por donde se ha ido Román, con una sensación de frío en la espalda que no sé de dónde viene.
·
El jueves, a la salida de Tecnología, le escribo.
«¿Estás bien? Te noto raro.»
Tarda tres horas en contestar. Román, que contesta a los mensajes en dos minutos siempre, incluso de madrugada, incluso cuando está editando.
«Estoy bien. Cansado. Cosas de casa.»
Y nada más. Ni Baresa. Ni un emoji. Ni una broma. Una frase de cinco palabras con un punto al final, como las de Aitor cuando no quiere hablar de algo.
Y la leo en el tranvía de vuelta, y entiendo que me hace más daño que cualquier cosa que pudiera haberme dicho.
Porque Román no escribe así. Román escribe Baresa y un chiste y un audio de voz de tráiler.
Román escribe con emojis hasta para decir que llega tarde.
Y si Román escribe una frase de cinco palabras con un punto al final, es porque ha decidido escribirla así. Porque ha decidido no darme nada más.
Y no sé qué he hecho.
O sí lo sé. Lo sé perfectamente. Lo sé desde la tensión baja, desde el compromiso familiar de Cieza, desde la fiebre del viernes. Lo sé y no lo quiero saber, porque saberlo sería saber que Román sabe algo, y si Román sabe algo, alguien se lo ha contado, y si alguien se lo ha contado…
Y ahí paro. Como se para en seco en un paso de cebra cuando ves que viene un coche. Y no sigo pensando.
·
Eso lo sé el jueves veintiocho, a las once de la noche, en la cocina.
Y lo sé porque llevo seis días sin entender por qué Román me saluda en clase con la mano desde lejos y no se sienta a mi lado.
Por qué en LOS DEL PLANO ha puesto «ok» a algo que ha dicho Adri, solo «ok», él, que no ha escrito «ok» en su vida.
Por qué el lunes, cuando le pregunté si nos tomábamos un café, me dijo «hoy no puedo, Baresa» sin mirarme, con los ojos en el móvil.
Y el jueves por la noche vuelvo de Vistabella a las once, y Jimena está en la cocina, a oscuras, sentada a la mesa, sin apuntes. Solo con un vaso de agua. Esperándome.
Eso es lo primero que me asusta. Jimena, sin apuntes.
—Siéntate —dice.
—Estoy cansada, Jimena.
—Siéntate, por favor.
Me siento.
Y me cuenta lo del viernes. Lo de Román en el rellano. Lo del termómetro. Lo de la arena en las zapatillas. Me lo cuenta despacio, en orden, sin adornos, como se cuenta un parte en un hospital, supongo, que es lo que está aprendiendo a hacer.
Y al final dice:
—Le he mentido a ese chico sin saber que le estaba diciendo la verdad. O le he dicho la verdad sin saber que tú le habías mentido. No sé cuál de las dos. Pero no me gusta nada.
·
No digo nada durante un rato. Miro el vaso de agua.
Y Jimena sigue.
—No sé con quién estás, Nerea. Y no te lo voy a preguntar, porque me vas a mentir.
Ya me mentiste con Yago. Lo sé desde noviembre, desde que Vera dijo lo del garaje.
—Deja el vaso en la mesa—. Pero sí sé otras cosas.
Sé que desde noviembre no duermes aquí tres noches de cada siete.
Sé que te encierras en el baño con el móvil.
Sé que has dejado de comer con nosotras.
Sé que no bajaste a tu pueblo en todo el otoño más que una vez.
Sé que has faltado a un examen. Tú. Que llegaste aquí con dos años de retraso y ganas de recuperarlo todo.
Sé que le has mentido a un chico que se presenta en tu casa con un termómetro.
Y sé que cuando vuelves de donde vuelves, a veces vuelves contentísima y a veces vuelves con una cara que yo he visto en urgencias, en las prácticas, en mujeres de cuarenta años que llegan a las tres de la mañana diciendo que se han caído por la escalera.
—Jimena.
—No digo que sea eso. No digo que te haga nada. Digo que conozco la cara.
Y lo dice. Lo que no quiero oír. Lo que no voy a poder dejar de oír en meses:
—Esto no es normal, Nerea.
·
Y aquí es donde hago lo que hago.
No lo tengo pensado. Me sale de un sitio que no sabía que tenía, un sitio pequeño y duro y caliente, detrás del esternón, un sitio que ha estado creciendo todo el invierno sin que yo me diera cuenta, a base de «esto es nuestro» y «te estoy protegiendo» y «no le cuentes nada a nadie».
—¿Y tú qué sabes lo que es normal?
Jimena parpadea.
—Tú, que te levantas a las siete desde los siete años para esperar a tu madre. —Me oigo decirlo y no me paro—. Que no bebes porque te da miedo no acordarte de las cosas. Que no has tenido un novio en tu vida, que yo sepa. Que te pasas los sábados subrayando. ¿Tú me vas a decir a mí lo que es normal?
Silencio.
La cocina a oscuras. El frigorífico haciendo su ruido. En el patio interior, alguien ha dejado una radio encendida con un partido.
Jimena no se mueve. No se le mueve nada en la cara. Solo se le queda la boca quieta un instante de más, como a Carmen Berruezo en el descansillo, como a la gente del mostrador delante de un precio que no puede pagar.
Y yo sé, en ese instante, exactamente lo que he hecho. Lo sé con toda la claridad del mundo. He cogido lo único que me dio en la escalera, con la caja diez en los brazos, lo más suyo, lo que no le había contado a nadie, y se lo he tirado a la cara.
—Vale —dice Jimena.
El mismo «vale». El de la caja trece. El de mi madre.
Pero ahora suena como una puerta que se cierra muy despacio, sin hacer ruido, con mucho cuidado de que no dé un golpe.
·
Me levanto.
Cojo el abrigo, que todavía no me había quitado del todo. Cojo la bolsa de tela del Mercadona, la del cepillo de dientes. Cojo el móvil.
—¿Dónde vas? —dice Jimena, sin levantarse.
—A donde tú sabes que voy.
Y salgo.
Y la puerta del piso, que tiene un muelle roto y que siempre cierro empujándola con el hombro para que no suene, esta vez no la empujo. La suelto.
Y da un portazo que se oye en los tres pisos, que hace ladrar al perro del primero, que hace que la señora del segundo abra su puerta en bata para ver quién se está matando.
Bajo los cuarenta y ocho escalones corriendo. Salgo a la calle. Hace frío y huele a lluvia.
Y le escribo a Aitor desde la esquina, con los dedos helados:
«¿Puedo ir? Ha pasado una cosa con mi compañera de piso.»
Contesta en un minuto.
«Claro. Ven. Ya te dije que la gente habla. Eso te pasa por contar cosas, tontita. Ven y me cuentas.»
Y un corazón.
Y yo no me paro en «eso te pasa». Ni en «tontita».
Ni en que yo no le he contado nada a Jimena, nada de nada, ni su nombre, y que él da por hecho que sí.
Me paro en «ven». En el corazón. Y cruzo el Puente Viejo con la bolsa del Mercadona colgada del hombro, a paso rápido, bajo una lluvia que empieza a caer fina, sin paraguas, pensando que por lo menos hay un sitio en Murcia donde nadie me va a decir que lo que hago no es normal.
Y en la mitad del puente me acuerdo, sin querer, de que me he dejado el gorro de Jimena en el perchero de Vistabella desde el lunes. Y de que no se lo he devuelto. Y de que ella no me lo ha pedido.