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Lo de Águilas sale el martes diecinueve de enero, a las diez de la noche, por mensaje.
«Julián dice que sí. Necesitan un auxiliar más, el jueves 21. Salimos a las 5:30 de la gasolinera de la Ronda Sur. Vuelta a las 21:00 o así. No te pagan, pero comes y aprendes más en un día que en un cuatrimestre.»
Lo leo sentada en la cama de Mariano Padilla con los apuntes de Teoría de la Comunicación abiertos encima de las piernas, subrayados en tres colores.
El jueves veintiuno a las nueve de la mañana tengo el examen final de Teoría de la Comunicación.
Se lo digo.
«Ah, no me acordaba. Pues nada, no pasa nada, otra vez será. Ya habrá más rodajes.»
Y un emoji de una mano diciendo adiós. Y nada más.
No insiste. No me dice que vaya. No me dice que no vaya. Me dice «otra vez será», que es la frase más tranquila del mundo, y me deja a mí sola con ella.
·
Tardo una hora en decidirlo.
Miro la guía docente de Teoría de la Comunicación.
Hay convocatoria extraordinaria en julio.
Miro mis apuntes. Los tengo bien, sé que los tengo bien, podría sacar un siete.
Miro las notas del cuatrimestre: el 8,1 de Berruezo, el diez del análisis de la silla vacía, el nueve del plano del tranvía.
Hago una cuenta, como en la barra: si no me presento en enero y me presento en julio, pierdo seis meses con esa asignatura colgando y un verano.
Si voy a Águilas, gano un rodaje de verdad, con un productor de verdad, que me ha dado la mano en el vestíbulo y sabe cómo me llamo.
Y con él. Un día entero con él, fuera de Vistabella, fuera de las cuatro paredes. Aunque sea trabajando. Aunque nadie pueda saber nada.
Lo que no hago es preguntarme por qué me lo ofrece para el único día de enero en que tengo un examen. Ni si él tiene la lista de exámenes de primero, que la tiene, porque es profesor de primero. Ni si alguien que no se acuerda de un examen se acuerda de la hora exacta de salida de una gasolinera.
A las once y cinco le escribo.
«Voy.»
«¿Seguro? No quiero que pierdas el examen por esto.»
«Seguro. Hay convocatoria en julio.»
«Vale. Tú sabrás. Nos vemos el jueves. Abrígate, en la playa en enero se pasa mucho frío.»
·
El jueves a las cinco y veinte de la mañana estoy en la gasolinera de la Ronda Sur con el abrigo, dos jerséis debajo, un gorro de lana de Jimena que le he cogido sin preguntar y la cámara en la mochila, por si acaso.
Hace dos grados. No hay nadie. Solo el chico de la gasolinera detrás del cristal, que me mira con cara de preguntarse qué hago aquí.
A las cinco y treinta y cuatro llega una furgoneta blanca grande, sin rotular, con los cristales de atrás tintados.
Se abre la puerta lateral. Dentro hay cuatro personas dormidas con la cabeza contra la ventanilla, y Aitor en el asiento de delante, junto al conductor, con un café en la mano y la cara seria.
—Sube. Siéntate atrás.
No me da un beso. No me sonríe. Me dice «sube» y «siéntate atrás» como se le dice a alguien que trabaja para ti.
Y yo subo y me siento atrás, entre una chica con el pelo rapado que se llama Marta y es la de sonido y un chico enorme que ronca y es el eléctrico.
Y la furgoneta arranca. Y durante una hora y cuarto, hasta Águilas, nadie dice nada, y yo miro la nuca de Aitor por el hueco entre los asientos y pienso que es la primera vez en mi vida que voy a un rodaje de verdad.
·
Es un anuncio de un banco.
Una pareja de actores de cincuenta años paseando por la orilla de una playa de Águilas en enero, en manga corta, sonriendo, como si fuera junio.
Tienen que parecer felices y relajados porque han contratado un plan de pensiones.
Entre toma y toma se meten corriendo debajo de dos mantas térmicas plateadas, tiritando, con los labios morados.
Mi trabajo es sujetar un reflector.
Un disco plateado de un metro de diámetro que rebota la luz del sol en la cara de la actriz. Lo tengo que sujetar a la altura exacta, con el ángulo exacto, sin moverme, durante tomas que duran dos minutos, con el viento de enero intentando arrancármelo de las manos como si fuera una vela.
Y lo hago mal.
A la tercera toma el viento me lo gira y le da un destello en los ojos a la actriz, que cierra los ojos, y hay que repetir. A la sexta me muevo un paso sin darme cuenta y mi sombra entra en el plano, en la arena, junto a los pies del actor.
—¡Corten!
Y Aitor viene hacia mí desde el monitor. Andando rápido por la arena. Con la cara que no le he visto nunca.
—¿Tú sabes lo que cuesta cada toma?
Lo dice en voz alta. Delante de todos. Delante de Marta, del eléctrico, de Julián, de los dos actores tiritando debajo de las mantas plateadas.
—Perdón.
—No, perdón no. Mírate los pies. Tu sombra. Ahí. —Me señala la arena—. Dos pasos para atrás y no te mueves. No te mueves, Baresa. Aunque te caiga un rayo.
Y se vuelve al monitor.
Y nadie dice nada. Marta me mira un segundo y luego mira sus auriculares. El eléctrico se rasca la barba. Y yo doy dos pasos para atrás, y me clavo en la arena, y sujeto el reflector con los brazos temblando del frío y de otra cosa, y durante el resto de la mañana no me muevo ni un milímetro.
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A las once y diez me vibra el móvil en el bolsillo del abrigo.
No lo miro hasta la pausa de la comida, que es a la una y media, en una carpa en el paseo, con bocadillos de tortilla y un termo de café.
Es Román.
«¿¿Dónde estás?? No has venido al examen de Teoría!! ¿Estás bien?»
Y dos llamadas perdidas.
Me como el bocadillo mirando el mensaje. El mar de Águilas es gris y está revuelto, con espuma, y las gaviotas se pelean por un trozo de pan en la orilla.
«Me he puesto mala esta mañana. Fiebre. Me presento en julio. ¡Gracias por preocuparte! 🤒»
«Joder, cuídate. ¿Necesitas algo?»
«Nada, estoy en la cama. Gracias ❤️»
La tercera. La tercera mentira a Román. La tensión, el compromiso familiar, la fiebre.
Las cuento como se cuentan los cafés en la libreta del Salitre al final de la noche: una, dos, tres.
Y no me pesan. Se me deslizan por dentro como el agua fría de Águilas por los pies de la actriz, que dice que ya no los siente.
·
Por la tarde lo hago bien.
Me doy cuenta a la segunda toma de que he entendido el reflector.
De que no hay que sujetarlo contra el viento, sino con el viento, dejando que se mueva un poco y corrigiendo con las muñecas.
De que la luz que rebota se ve en la cara de la actriz como una segunda luz, más suave, y que si la miro a ella en vez de mirar el reflector sé exactamente dónde tiene que estar.
Miro caras. Es lo que sé hacer.
A la sexta toma de la tarde, Julián Serna se acerca, se pone a mi lado, mira la cara de la actriz en el monitor pequeño que lleva colgado, y dice:
—Así sí.
Y se va.
Y yo tengo ganas de llorar en una playa de Águilas en enero con un reflector de un metro en las manos, por dos palabras de un señor que no me conoce.
En la pausa de las cinco, la actriz se me acerca.
Viene envuelta en la manta térmica plateada, con los labios todavía morados y el pelo mojado de la última toma en la orilla, y se sienta a mi lado en una caja de material, en la arena, fuera del plano.
Tiene cincuenta años y una cara que he visto en algún anuncio de yogures, y me ofrece un caramelo de menta de un bolsillo que no sé dónde lleva.
—Gracias por la luz —dice—. Por la tarde. Por la mañana me dejabas ciega, pero por la tarde me has quitado diez años.
Y me río, y le digo que perdón por lo de la mañana, y ella hace un gesto con la mano, como quitándole importancia.
—Todos empezamos así. Yo en mi primer rodaje me caí dentro de una piscina con el vestido de la protagonista puesto. —Chupa el caramelo—. Y a mí también me gritaron delante de todos.
No digo nada.
Ella mira hacia el monitor, donde Aitor está hablando con Julián, con los brazos cruzados y la cara del rodaje, la que no le he visto nunca en Vistabella.
—Hay directores que gritan porque tienen prisa —dice, sin bajar la voz, sin mirarme—. Y hay directores que gritan porque les gusta que se vea que pueden. —Se ajusta la manta—. Con los años se aprende a distinguirlos. Tú tienes buen ojo. Ya aprenderás.
Y se levanta, y vuelve a la orilla, porque el ayudante de dirección está gritando «¡posiciones!».
Sigo sentada en la caja con el caramelo de menta en la boca, pensando que es una frase bonita y que no va por nadie en concreto. Que es una cosa que dicen las actrices mayores a las chicas que empiezan.
Y me levanto, y cojo el reflector, y me coloco dos pasos atrás, donde él me dijo.
·
Volvemos de noche. La furgoneta va a oscuras y todos duermen, otra vez, con la cabeza en las ventanillas, y huele a arena mojada y a bocadillo.
Aitor se ha cambiado al asiento de atrás en la última parada, en una gasolinera de Mazarrón. Nadie se ha dado cuenta. O nadie ha dicho nada.
Y en la oscuridad, en la autovía, con Marta roncando a mi izquierda, me coge la mano por debajo del abrigo.
Y me dice al oído, tan bajito que casi es solo aire:
—Perdona lo de esta mañana. En rodaje soy otro. No lo puedo evitar. Si no me pongo así, no sale nada. —Me aprieta la mano—. Y delante de ellos tenía que tratarte como a cualquiera. Lo entiendes, ¿verdad?
Y lo entiendo. Claro que lo entiendo.
—Has estado muy bien por la tarde —dice—. Julián me lo ha dicho. Que tienes ojo.
—Me lo ha dicho a mí también.
—Ya. —Sonríe en la oscuridad—. Eso se lo dije yo, que te lo dijera.
No sé si es una broma. Él se ríe muy bajito, y yo me río con él, y nos quedamos así, con las manos juntas debajo del abrigo, hasta la gasolinera de la Ronda Sur.
Me baja allí a las nueve y cuarto. Me dice «hasta mañana» delante de los demás, con la voz de clase.
Y vuelvo andando a Mariano Padilla con el gorro de Jimena puesto y los pies helados, y en el portal miro por fin la aplicación de la universidad, y ya han puesto las listas del examen de la mañana.
Setenta nombres. Y el mío, el de Nerea Baresa Escalante, con una cosa al lado que no había visto nunca junto a mi nombre en ninguna lista de ningún examen de mi vida.
No presentado.
Y lo miro, y no siento casi nada, y lo que me asusta, lo único que me asusta subiendo los cuarenta y ocho escalones, es eso: lo poco que siento.