25
En época de exámenes, la sala de estudio de la biblioteca de Espinardo abre veinticuatro horas, y el sábado dieciséis de enero, a las once de la noche, es el sitio más lleno de toda Murcia.
No es una forma de hablar. Hay más gente que en la Fica.
Cuatrocientos puestos y cuatrocientas personas, con los portátiles abiertos, los apuntes en montones, las botellas de agua, los tápers de pasta fría, los auriculares puestos, las capuchas subidas.
Y un silencio que no es silencio, que es un zumbido: cuatrocientas personas pasando páginas, tecleando, suspirando, abriendo bolsas de patatas con muchísimo cuidado y haciendo, aun así, un ruido tremendo.
Huele a café de máquina, a desodorante y a miedo.
Y Román y yo estamos en la mesa catorce, junto a la ventana, con el examen de Tecnología Audiovisual el lunes a las nueve y los apuntes de Anselmo, que son doscientas páginas de fotocopias con dibujos de lentes y diagramas de sensores que ninguno de los dos entiende.
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Fue idea de Román.
Me escribió el jueves, después del examen de Lenguaje, un mensaje largo y ordenado, como escribe él cuando está nervioso.
«Baresa. Tecnología. Anselmo. Lunes. Tú no te has enterado de nada desde noviembre y yo no he entendido nada desde octubre. Propongo sábado en la biblio de Espinardo, desde las cinco de la tarde hasta que caigamos. Yo llevo los apuntes y los bocadillos. Tú llevas tu cerebro. Trato.»
Y yo contesté «trato» antes de pensarlo. Y luego lo pensé. Y pensé en Vistabella, en el sábado, en que Aitor tiene el sábado libre, que me lo dijo el miércoles. Y no se lo dije a Aitor hasta el viernes por la noche, en su sofá, como de pasada.
—Mañana tengo que estudiar Tecnología. Con Román. En la biblio.
—Ah. —No levantó la vista del libro—. ¿Toda la tarde?
—Y parte de la noche. Abren veinticuatro horas.
—Ya. —Pasó la página—. Bueno, es normal. Son exámenes.
Y no dijo nada más. Y yo sentí en el pecho una cosa rara, como un peso pequeño, como cuando se te olvida algo en casa y no sabes qué es.
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Román es un compañero de estudio espantoso.
Lee los apuntes de Anselmo en voz alta, bajito, con la voz de tráiler de película, la de la guía docente.
«En un mundo… donde la distancia focal… determina el ángulo de visión…»
Y yo me tapo la boca con la mano para no reírme y la chica de la mesa de al lado nos manda callar con un «chsss» que suena a rueda pinchada.
Se inventa canciones para aprenderse las cosas.
«Obturador, obturador, cuanto más rápido, menos luz, amor», con la melodía de algo que no reconozco.
Dibuja los diagramas de Anselmo en el margen, pero con caras: la lente es un señor con bigote, el sensor es una señora con rulos, la luz es un perrito que corre de uno a otro.
Hace preguntas imposibles, de examen de verdad, y cuando no sé contestarlas no me dice la respuesta: me hace un dibujo.
Y a las nueve de la noche, a las cuatro horas, descubro que me lo sé.
No todo. Pero me lo sé. Me sé lo del diafragma y lo de la profundidad de campo y lo de los fotogramas por segundo, y me lo sé porque tengo en la cabeza a un señor con bigote, a una señora con rulos y a un perrito que corre,
y en cuatro horas ha conseguido lo que Anselmo no ha conseguido en cuatro meses.
—Eres muy buen profesor —le digo, en la máquina de café, a las nueve y cuarto.
—Soy un profesor horrible. Pero soy un alumno horrible con buena memoria para las caras. —Mete una moneda—. El perrito es mi perro. Se llama Chispa. Tiene doce años y está sordo.
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A las once cenamos en la escalera de fuera de la biblioteca, sentados en los escalones fríos, con los bocadillos que ha traído él: de tortilla de patatas, envueltos en papel de aluminio, hechos por su madre,
que se los mandó el jueves en un táper desde Cieza por un compañero de piso que había ido a su casa.
—Mi madre dice que en Murcia se come fatal —dice Román—. Que aquí la gente no sabe hacer tortilla.
—Tu madre tiene razón.
—Mi madre tiene razón siempre. Es su mayor defecto.
—Muerde el bocadillo—. Mi padre dice que cerró la ferretería porque mi madre tenía razón.
Que llevaba cinco años diciéndole que la cerrara y él cinco años diciéndole que no, y que al final la cerró porque ya no podía soportar que ella tuviera razón un día más.
—¿Y está bien? Tu padre.
Román tarda en contestar. Mira el aparcamiento, que está oscuro, con las farolas naranjas y los pinos.
—Está raro. Se levanta a las siete y media, como siempre, se viste para ir a la ferretería, y a las ocho menos cuarto se da cuenta de que no hay ferretería.
Y se sienta en la cocina. Mi madre dice que se queda ahí hasta las diez, con el café, mirando la puerta.
—Hace una pausa—. Como en el documental.
El último minuto. Con las manos encima del mostrador.
Y yo me acuerdo del último minuto del documental. Del padre de Román mirando la calle por el escaparate. Y de que ese documental lo vi en un autobús cinco días tarde.
—Lo siento —digo—. Lo del documental. Que no fui a Cieza.
Román me mira.
—Ya me lo has dicho.
—Te lo he dicho por mensaje. No es lo mismo.
Y él se queda un momento callado. Y luego me da un trozo de su bocadillo, el de la punta, que es el que tiene más tortilla.
—Vale —dice—. Aceptado. Come.
·
A la una de la madrugada, con la sala todavía llena, con cuatrocientas personas ya muertas de sueño y algunas durmiendo directamente con la cabeza encima de los apuntes, me vibra el móvil en la mesa.
Aitor Belmonte.
«¿Sigues estudiando?»
«Sí.»
«¿Con Román?»
«Sí. Nos queda el último tema.»
Tarda un minuto.
«Ah.»
Y luego, a la una y seis:
«Estoy despierto. No puedo dormir. Si quieres, vente y estudias aquí el último tema, que en la biblio con tanta gente no se concentra nadie. Te hago un café. Y mañana te llevo yo a la biblio si quieres volver. No pasa nada si no, eh.»
Y lo leo tres veces. Y miro a Román, que está al otro lado de la mesa dibujando un perrito sordo en el margen de un diagrama de balance de blancos, con la lengua fuera por la concentración.
No pasa nada si no.
·
—Román.
Levanta la cabeza.
—Me está entrando mucho sueño. Creo que me voy a casa.
Me mira. Mira el móvil, que tengo en la mano, con la pantalla todavía encendida. Mira la hora en el reloj de la pared.
—No hay tranvía. El último es a las doce.
—Cojo un taxi.
—Te acompaño a la parada de taxis.
—No hace falta.
—Está en el otro lado del campus, Baresa, a las dos de la mañana, por el aparcamiento. Te acompaño.
Y me acompaña. Recoge sus cosas en diez segundos, deja sus apuntes a la chica del «chsss» para que le guarde el sitio, y cruzamos juntos el campus de noche, por el aparcamiento vacío, entre los pinos, con el frío de enero cortando la cara.
No hablamos.
En la parada hay un taxi, uno solo, con la luz verde. Román me abre la puerta. Se inclina hacia el taxista.
—Calle Mariano Padilla, en el centro.
Y me mira.
—Escríbeme cuando llegues —dice.
Y es la misma frase. Exactamente la misma. Escríbeme cuando llegues. Y la he oído tantas veces en el recibidor de Vistabella, con la puerta entornada, que me da un escalofrío oírla en otra voz.
—Vale.
Y cierra la puerta. Y el taxi arranca. Y yo me giro en el asiento de atrás y veo a Román por el cristal, de pie en la parada, con las manos en los bolsillos, mirando cómo me voy. Otra vez. Como en la puerta de la discoteca de la Gran Vía.
Y en la rotonda de la salida del campus, cuando ya no se le ve, me inclino hacia delante.
—Perdone. Al final no es a Mariano Padilla. Es a Vistabella.
El taxista me mira por el retrovisor. Un hombre mayor, con bigote, como el señor de la lente de Román.
—Usted manda —dice.
·
Le escribo a Román a las dos y veintidós, desde el sofá gris.
«Ya estoy. Gracias por todo. Por los apuntes, por el bocadillo, por Chispa. Mañana lo repasamos.»
«Buenas noches, Baresa. Duerme.»
Y el lunes saco un 6 en Tecnología Audiovisual. Un 6. Lo sé el miércoles, en la cafetería, cuando lo miro en el móvil con Román al lado, que ha sacado un 7,5 y me enseña la pantalla con los dos brazos arriba como Adri en las novatadas.
Y pienso que el 6 es mío. Del señor con bigote, de la señora con rulos, del perrito sordo. De las cuatro horas de la mesa catorce.
Y que el 1,5 que me falta para el 7,5 de Román es de las cuatro horas que no estuve.
Las que pasé en un sofá gris estudiando el último tema con alguien que no me hizo ningún dibujo, que se durmió a las tres y que a las nueve de la mañana del domingo no me llevó a la biblio porque tenía que ir a Jumilla a ver a sus padres.
No me lo había dicho el viernes. Me lo dijo el domingo, a las nueve, con un beso en la frente, en el recibidor.
Y volví sola a la biblioteca en el primer tranvía. Y Román estaba en la mesa catorce, con mi sitio guardado, con un café para mí en un vaso de cartón, frío ya, esperando.