24
El regalo de Reyes me lo da el siete de enero, en el recibidor de Vistabella, antes de que me haya quitado el abrigo.
Es un libro. Tapa dura, gris, sin sobrecubierta, de segunda mano, con el lomo un poco gastado y una dedicatoria a lápiz en la primera página que no es suya, que es de alguien que se lo regaló a otra persona en 1987: Para Maite, que mira como nadie.
Es un libro de fotografías en blanco y negro de una fotógrafa americana de los años cincuenta que retrataba a desconocidos por la calle. Caras. Solo caras. Cientos.
—Lo encontré en una librería de viejo de Madrid hace años —dice—. Lo tenía guardado sin saber para quién. Ahora ya lo sé.
Y yo paso las páginas de pie en el recibidor, con el abrigo puesto, y hay una mujer esperando en un portal y un niño comiéndose un helado con toda la cara y un señor mayor dormido en un banco con la boca abierta, y a la sexta página tengo que parar porque no veo bien.
—¿No te gusta?
—Es lo más bonito que me han regalado nunca.
Y es verdad. Y él lo sabe, porque me mira como me miró en la tutoría, con los brazos cruzados, midiendo el efecto.
Yo le he regalado una bufanda. Una bufanda gris de lana que me costó treinta y cinco euros en una tienda de la calle Platería, y que me pareció, en la tienda, una cosa preciosa y pensada. En el recibidor, al lado del libro de Maite, me parece una bufanda.
Se la pone. Dice que es perfecta. Y durante el resto de enero no se la veo puesta ni una vez.
·
Los exámenes del primer cuatrimestre empiezan el doce.
Y el martes doce, a las ocho y media de la mañana, en el correo de la universidad, entre un aviso de la biblioteca y otro de la delegación de alumnos, me llega uno con el asunto Asignación de tutor académico — curso 2026-2027.
Lo abro en el tranvía. Es una plantilla. Dice que todos los alumnos de primero tienen asignado un profesor tutor que les acompañará durante el grado, para dudas académicas, orientación y lo que necesiten. Dice que el mío es:
Dra. Carmen Berruezo Soler. Departamento de Comunicación. Despacho 2.09.
Lo leo dos veces. Lo cierro. Me río sola en el tranvía, una risa por la nariz, como mi padre.
Despacho 2.09. Cinco puertas antes del 2.14. En el mismo pasillo que huele a moqueta y a fotocopiadora.
Se lo cuento a Aitor esa noche por mensaje, como una broma: «Adivina quién es mi tutora académica».
Tarda en contestar. Más de lo normal. Siete minutos.
«No hace falta que vayas nunca. Es una formalidad, nadie va. Si necesitas algo, me lo preguntas a mí.»
Y luego, un minuto después:
«Y no le cuentes nada de nada, ¿vale? A esa mujer no se le escapa una.»
·
Estudio para los exámenes en el suelo de mi cuarto, con la espalda contra la cama y los apuntes extendidos alrededor como una baraja, y cada vez que me atasco abro el libro de Maite.
Es una manía que me entra el tercer día. No lo decido. Estoy con Historia del Cine, con las fechas de los Lumière y de Méliès, y la cabeza se me va, y alargo la mano hacia la mesilla y abro el libro por cualquier página. Y miro una cara.
Una señora con un sombrero de flores en una parada de autobús de Nueva York, en 1956, con una bolsa de la compra en cada mano, mirando hacia la izquierda, hacia donde tiene que venir algo.
Y me río sola en el suelo. Porque es la mujer de Lorca. Otra vez. La misma cara. Sesenta años antes y en otro continente, pero la misma cara: la de alguien que espera algo que no sabe si va a venir.
Y me pongo a buscar caras en el libro que se parezcan a otras caras que conozco.
Es un juego, como el juego de las caras del proyector de Vistabella.
Pero este lo juego sola. Y encuentro a Jimena: una enfermera de uniforme en la puerta de un hospital, fumando, con los ojos cerrados de cansancio, en 1953.
Encuentro a Román: un chico en una esquina, con las manos en los bolsillos, riéndose de algo que no sale en la foto.
Encuentro a Vera: una chica en un baile, con la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta, riéndose tan fuerte que se le ven las muelas.
Encuentro a mi padre: un hombre mayor detrás del mostrador de una ferretería, con las gafas en la punta de la nariz, mirando por el escaparate.
Y me quedo un rato con esa. Porque es mi padre. Y es el padre de Román, en el último minuto del documental. Y es la misma foto.
Y busco a Aitor.
Páginas y páginas. Cien caras, doscientas. Hombres jóvenes en la calle, en el metro, en la puerta de un cine. Hombres con camisa, hombres con sombrero, hombres mirando a la cámara, hombres sin darse cuenta de que los fotografían.
Y no lo encuentro.
No es que no se parezca nadie. Es que no sé qué cara buscar.
Porque cuando pienso en su cara, no veo una cara.
Veo la del recibidor, con la puerta entornada.
Veo la de la tutoría, con los brazos cruzados.
Veo la de clase, la del desconocido que reparte exámenes.
Veo la del rodaje, que todavía no he visto.
Veo muchas caras, cada una para una cosa, y ninguna es la de debajo.
Y me asusta un poco eso. Que llevo dos meses durmiendo en su cama y no sé cuál es su cara. Que sé leer la de Jimena en una foto de 1953 y no sé leer la suya a veinte centímetros.
Cierro el libro. Vuelvo a los Lumière.
Y me quedo con la foto de la enfermera fumando en la puerta del hospital metida en la cabeza toda la tarde, sin saber por qué, con los ojos cerrados de cansancio, esperando que se acabe un turno de noche que no se acaba nunca.
·
El examen final de Lenguaje Audiovisual es el viernes quince, y lo pone él.
No lo he hablado con él. No me ha dicho nada del examen, ni una pista, ni una pregunta, nada. Eso lo quiero dejar claro porque me importa. Me he negado a preguntarle, y él no ha ofrecido nada, y los dos hemos hecho como si no existiera.
Y aun así me siento en la cuarta fila de la izquierda, en el aula de gradas, con setenta personas, y cuando él entra con el montón de exámenes y el café de máquina y dice «buenos días» sin mirar a nadie en particular, se me pone el cuerpo del revés.
Porque es la primera vez que lo veo en clase desde diciembre. La primera vez desde Nochevieja. La primera desde «te quiero», que él me contestó a las doce y dos con otro «te quiero», con punto, y que desde entonces ninguno de los dos ha vuelto a escribir.
Y en clase es otro.
No es que se porte distinto. Se porta igual que en septiembre: se sienta en el borde de la mesa, hace una broma sobre la guía docente, reparte los exámenes empezando por la primera fila.
Pero yo lo veo desde fuera, desde la cuarta fila, como lo ven los otros sesenta y nueve, y es un desconocido.
Un profesor joven con vaqueros y una camisa de cuadros que no sabe cómo me llamo.
Me da el examen sin mirarme. Pasa a la fila siguiente.
Y yo pienso: lo hace muy bien. Qué bien lo hace. Y no sé si lo pienso con orgullo o con otra cosa.
·
A la salida del examen, en el vestíbulo, está con un hombre de unos cuarenta años, trajeado, con una carpeta.
Yo salgo con Román, que me está contando que ha escrito cuatro folios sobre el raccord y que no tiene ni idea de si están bien. Y Aitor nos ve, y levanta la mano.
—¡Baresa! Ven un momento.
Román se para. Me mira. Yo le digo «ahora vengo» y voy.
—Te presento a Julián Serna —dice Aitor—. Es el productor de lo de Águilas, el anuncio. Julián, esta es Nerea Baresa, de primero. Una alumna con mucho futuro.
Julián Serna me da la mano. Es una mano grande y seca.
—Aitor me ha hablado de ti. Lo del plano del tranvía.
—Ah —digo—. Gracias.
—Dice que tienes muy buen ojo.
—Para todo —dice Aitor, y se ríe, y Julián se ríe también, sin saber de qué.
Y yo me río, porque es lo que se hace.
Una alumna con mucho futuro. Lo dice delante de un productor, en el vestíbulo de la facultad, a la vista de todo el mundo, con Román a cinco metros mirando.
Y a mí se me llena el pecho de algo caliente, porque es la primera vez que me presenta a alguien.
La primera vez que existo delante de otra persona que no sea él.
Aunque sea como alumna. Aunque sea con apellido.
—Bueno, os dejo —digo—. Encantada.
—Igualmente —dice Julián.
Y Aitor ya no me mira. Ya ha vuelto a la carpeta de Julián.
·
Román me espera en la puerta.
—¿El de Águilas? —dice.
—¿Cómo sabes lo de Águilas?
Román me mira un momento.
—Me lo dijiste tú. En noviembre. Que a lo mejor ibas de auxiliar a un rodaje en Águilas. Me lo contaste un día en la cafetería, muy contenta.
No me acuerdo. No me acuerdo de habérselo contado. Y me da un frío raro en la espalda, porque si se lo conté en noviembre, se lo conté la misma semana en que le dije que no podía ir a Cieza por un compromiso familiar.
Román no dice nada más. Echa a andar hacia el aparcamiento, hacia la parada del tranvía, y yo echo a andar a su lado.
Y ahí lo veo.
·
En el aparcamiento, en la primera fila, justo delante de la puerta de la facultad, hay un coche blanco parado con el motor encendido.
Un Golf blanco, no muy nuevo, con una pegatina de una asociación de montaña en el cristal de atrás.
Y dentro, en el asiento del conductor, una mujer.
Treinta años, más o menos. El pelo largo, muy largo, castaño oscuro, recogido en una cola baja.
Unas gafas de sol puestas aunque es enero y está nublado.
Tiene el móvil en la mano y la cabeza apoyada en el reposacabezas, con la paciencia tranquila de quien espera a alguien que siempre llega tarde.
Paso a tres metros del coche. No la miro. O la miro como se mira a cualquier persona en un aparcamiento, sin verla, un bulto dentro de un coche.
Román me está contando algo del raccord.
Y a los diez metros, ya casi en la parada, oigo que se abre la puerta de la facultad detrás de mí, y oigo unos pasos rápidos, y oigo la puerta de un coche que se abre y se cierra.
Y el Golf blanco arranca, y sale del aparcamiento, y pasa por delante de la parada del tranvía despacio, por el badén.
No miro quién va de copiloto.
No miro porque estoy buscando la tarjeta del tranvía en el bolsillo del abrigo, y porque Román me está preguntando si creo que el raccord cuenta mucho, y porque es un coche blanco en un aparcamiento de una facultad en la que hay mil coches, y porque no tengo ningún motivo para mirar.
Y por eso no veo la bufanda gris.
La veo muchos meses después, en otro sitio, en la memoria, cuando ya sé lo que tengo que buscar: que por la ventanilla del copiloto de aquel Golf blanco, al pasar por el badén delante de la parada del tranvía,
asomaba un trozo de lana gris de una bufanda de treinta y cinco euros de la calle Platería que yo no se la vi puesta ni una sola vez en todo el mes de enero.