23
Aitor me escribe todos los días de las vacaciones.
Todos. Sin fallar uno. El primer mensaje llega a las nueve y media de la mañana, más o menos, y el último a la una, a veces a las dos.
Entre medias, fotos: la ventana de la cocina de sus padres en Jumilla, con una parra seca y un cielo muy azul.
Un plato de gazpacho jumillano, que no se parece al gazpacho, que es una torta con carne de conejo y caracoles.
Una estantería de su cuarto de niño, con cintas de VHS etiquetadas a mano.
Un perro viejo tumbado al sol. Nunca una persona. Nunca él. Nunca sus padres.
Y frases. «Me aburro.» «Mi madre me ha preguntado si tengo novia.» «¿Qué haces?» «Te echo de menos, qué tontería.» «¿Has visto la cuarta del pósit?» «Mi padre ronca como un tractor.» «¿Estás?»
Y yo contesto todas.
Y las contesto desde el cuarto de baño.
·
No lo decido. Pasa.
El primer día, el veinticuatro, estoy en la cocina con mi padre pelando gambas para la cena de Nochebuena, que somos él y yo y la tía Encarna, que viene de Balsicas con un flan.
Y me vibra el móvil en el bolsillo del delantal, y lo saco, y lo miro, y mi padre me mira a mí mirándolo.
Y yo me levanto, y digo «voy al baño», y me meto en el baño, y contesto sentada en la tapa del váter.
Y al día siguiente, igual. Y al otro.
A la semana ya es una costumbre. El móvil vibra y yo me levanto.
Da igual dónde esté. En el sofá viendo la tele con mi padre.
En la mesa comiendo. En la recepción del camping, ayudándole a ordenar las reservas de Semana Santa, que ya empiezan a llegar por correo de alemanes previsores.
Vibra y me levanto y voy al baño, y cierro con pestillo, y me siento en la tapa, y contesto.
El baño de mi casa tiene los azulejos azules que eligió mi madre en el año dos mil tres, con una cenefa de conchas a media altura. Una de las conchas está rota desde que tengo memoria. La miro mientras escribo. Me la sé de memoria, a estas alturas, cada grieta.
·
El día veintinueve, mi padre llama a la puerta del baño.
Dos golpes suaves, con un nudillo.
—Nerea, ¿estás bien?
—Sí, papá.
—Es que es la cuarta vez esta mañana.
No me muevo.
—Estoy bien.
—¿Te ha sentado mal algo? ¿El cordero de Chelo?
—Que no, papá.
Un silencio al otro lado de la puerta. Lo oigo respirar. Lo oigo pensar, casi, que es un ruido que conozco.
—Vale —dice—. Si necesitas algo, estoy en la recepción.
Y se va.
Sentada en la tapa del váter, con la cara ardiendo, pienso que mi padre, que tiene cincuenta años y un camping que se hunde y una bomba de depuradora que no pasa la primavera, se está preocupando porque cree que me ha sentado mal un cordero.
Y aun así termino de escribir el mensaje antes de salir.
·
El treinta por la tarde me pide que le ayude con los números.
Estamos en la recepción. Él tiene la carpeta azul abierta encima del mostrador, la misma de agosto, más gorda, con más papeles dentro, y la libreta de las cuentas al lado, y la calculadora de botones grandes que le regalé hace cinco años.
—Es lo de enero —dice—. El banco y lo de Juanma y el seguro de lo del pino. No me cuadra. Me falta algo y no sé qué. Tú eres más rápida que yo con esto.
Y es verdad. En agosto me senté con él en esta misma recepción, a la una de la mañana, y lo hicimos juntos, el sobre y la libreta, y le cuadró. Y se quedó más tranquilo. Lo vi. Se le relajaron los hombros.
—Vale —digo—. Dame un segundo.
Y me vibra el móvil.
Y lo miro. «¿Estás? Necesito hablar contigo un momento, es una tontería.» Y el corazón me hace una cosa rara, porque Aitor nunca dice «necesito hablar contigo», y me imagino cosas, me imagino que se ha enfadado, que se ha acabado, que alguien lo sabe.
—Papá, ahora vuelvo.
Y me voy al baño de la recepción, que es el de los clientes, el que tiene el secador de manos que no funciona.
Y la tontería es que quiere saber qué libro me regalarían mis compañeras de piso si me conocieran de verdad, porque está pensando en qué regalarme para Reyes, y no se le ocurre nada, y le da rabia, y quiere que sea perfecto.
Y hablamos. Veinte minutos. Por escrito, de pie, apoyada en el lavabo, con el secador de manos que no funciona al lado. Y me río, y me dice cosas bonitas, y le digo cosas bonitas, y cuando salgo de nuevo a la recepción, mi padre ya ha cerrado la carpeta azul.
—¿Lo has cuadrado?
—Más o menos —dice—. Ya lo miro mañana con calma.
Y guarda la carpeta en el cajón de abajo, el que tiene llave. Y no me la vuelve a pedir. Ni ese día, ni al siguiente, ni en todas las vacaciones.
·
El treinta y uno por la mañana bajo sola a la playa del camping.
Mi padre está en la recepción con la radio puesta.
Yo cojo un café en un vaso de cristal de los de la cocina y bajo por el camino de tierra entre las parcelas vacías, la catorce, la quince, la diecisiete, la del niño que se tiraba a la piscina en agosto con los manguitos puestos.
Todo está en silencio. Las farolas del camino apagadas.
Los enchufes de las parcelas con las tapas cerradas.
Un gato del vecino durmiendo encima de una mesa de merendero.
Y al final del camino, el embarcadero pequeño. Las tablas grises, gastadas, con los clavos oxidados. Y el Mar Menor.
Quieto. Quieto como un plato, como le dije a Jimena en octubre en la tostada de Santa Catalina.
Sin una ola. Sin un barco. Con la luz blanca del invierno encima y las luces de La Manga apagadas al otro lado, porque es de día y en La Manga en diciembre no hay nadie.
Huele a salitre y a algas secas. Hace frío, pero un frío limpio, de sol.
Me siento al final del embarcadero con los pies colgando sobre el agua. Me bebo el café.
Y por primera vez en todas las vacaciones, el móvil se queda en el bolsillo del abrigo.
No porque no vibre. Vibra dos veces, a las once y veinte y a las once y media.
Sino porque aquí, al final de las tablas, con el agua quieta debajo, no me dan ganas de sacarlo. Es como sacar el móvil en una iglesia.
Aquí he aprendido a nadar. Aquí me enseñó mi padre, a los cuatro años, con un flotador de patitos y la mano debajo de mi barriga.
Aquí me senté el día que se fue mi madre, a los diecisiete, a las seis de la mañana, y estuve hasta las nueve sin llorar, mirando el agua, esperando a que me doliera algo, y no me dolió nada hasta la semana siguiente.
Aquí me dijo Lucía, a los catorce, que le gustaba un chico, y aquí me dijo a los quince que ya no.
Aquí vine en agosto, a las cinco de la mañana, después de la noche del barco.
Y me doy cuenta de que en Murcia no tengo un sitio así. Un sitio donde sentarme y que el sitio me conozca.
Vistabella no es un sitio así. Vistabella es un sofá gris y un proyector y una puerta de madera oscura que se cierra detrás de mí, y en el que todo lo que pasa pasa porque lo decide otra persona que me pregunta si estoy segura.
Mariano Padilla tampoco. Mariano Padilla es un piso de estudiantes donde una puerta al fondo del pasillo lleva tres meses abierta sin que nadie entre.
Y este embarcadero, en cambio, me conoce los pies.
·
A la una, mi padre baja a buscarme.
No me llama. Baja. Lo oigo en el camino de tierra, los pasos, la tos de fumador que no fuma desde hace diez años. Y se sienta a mi lado, en las tablas, con un crujido de rodillas, y deja los pies colgando también, con las zapatillas del camping, sin calcetines, en pleno diciembre.
No dice nada. Mira el agua.
—El año que viene —dice, al rato— hay que cambiar tres tablas. Esa, esa y esa. —Las señala con la barbilla—. Están podridas por debajo.
—Vale.
—Si vienes en Semana Santa, lo hacemos juntos. Como la valla de la entrada hace dos años.
—Vale, papá. En Semana Santa.
Y lo digo. En Semana Santa. Sentada al final del embarcadero, con los pies colgando sobre el agua quieta, el treinta y uno de diciembre a la una de la tarde, se lo prometo.
Y mi padre asiente despacio, mirando el agua, como quien apunta algo en una libreta de tapas negras.
·
Nochevieja la paso en la azotea de Chelo.
Es la fiesta de siempre, la de todos los años desde que tenemos catorce: la tía Chelo, la madre de Lucía, dos vecinos, los primos de Lucía, Keko y Nando, que suben con una nevera de playa llena de hielo y botellas,
y una tele pequeña enchufada con un alargador para ver las campanadas de la Puerta del Sol.
Lucía está bien. Normal. Como si no hubiera pasado nada en la churrería. Me pinta los ojos en su cuarto antes de subir, como cuando teníamos quince años, y me presta unos pendientes de su madre, y me dice que estoy guapísima, y yo le digo que ella más.
Y es bonito.
Y a las doce menos cinco, en la azotea, con las uvas en un vaso de plástico y la tele con Ramón García o con quien sea, con las guirnaldas de tres euros de Chelo encendidas y el Mar Menor negro al fondo, con los fuegos artificiales de La Manga empezando a verse a lo lejos, me vibra el móvil.
Y me voy al baño.
·
El baño de la azotea de Chelo es un cuarto minúsculo con una ducha exterior y un lavabo con el espejo roto. Me encierro. Leo.
«Quiero ser el primero en decírtelo este año. Aunque sea desde Jumilla y con mi padre roncando. Feliz año, Nerea. Este va a ser el nuestro.»
Y fuera empiezan los cuartos.
Oigo a Keko gritando «¡los cuartos, los cuartos, que no son campanadas!» y a todo el mundo riéndose. Oigo a Chelo diciendo «¿dónde está Nerea?».
Y empiezo a escribir. Tengo que contestarle antes de las doce. Tiene que ser lo primero que lea. Escribo «feliz año», lo borro, escribo otra cosa, lo borro.
Y empiezan las campanadas.
Dong.
Y llaman a la puerta del baño. Tres golpes, fuertes.
—¡Nerea! —Es Lucía—. ¡Nerea, las uvas!
Dong.
«Feliz año. Te quiero.»
Lo mando.
Dong.
No se lo había dicho nunca. Ni él a mí. Lo he escrito en un baño con el espejo roto, sentada en el borde de una ducha exterior, con Lucía golpeando la puerta y las uvas en un vaso de plástico en la mesa de la azotea, sin comer.
Dong.
—¡Nerea!
Abro.
Lucía está al otro lado, con el vaso de uvas en una mano y el mío en la otra, con los ojos pintados y los pendientes de su madre, y la cara de alguien que no se cree lo que está viendo.
Dong. Dong.
No dice nada. Me da mi vaso.
Y nos comemos las últimas seis uvas las dos juntas, en la puerta de un baño, a toda prisa, atragantándonos.
Y cuando acaba la última campanada, todo el mundo grita, y Keko descorcha una botella que salpica a la tía Chelo, y los primos se abrazan, y el cielo de La Manga se llena de fuegos, y Lucía me abraza.
Me abraza fuerte, como siempre. Y al oído, muy bajito, para que no la oiga nadie más, me dice:
—Feliz año.
Y luego, más bajito todavía:
—Me has dejado sola en las uvas, Nerea. En las uvas. Desde que tenemos nueve años.
Y me suelta, y se va con sus primos, y se ríe, y brinda.
Y yo me quedo en la puerta del baño con el vaso vacío, y el móvil vibrando en el bolsillo, y no lo miro.
Por primera vez en todas las vacaciones, no lo miro.
Me quedo quieta, mirando a Lucía de espaldas entre sus primos, brindando con un vaso de plástico, con el pelo moviéndose con el viento de la azotea.
Y después lo miro.