Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 22
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El documental de la ferretería lo veo en el autobús de Balsicas, el martes veintidós de diciembre, con los auriculares puestos y la frente contra el cristal.

Román lo mandó al grupo el día diecisiete, el de la entrega, a las once y cincuenta y ocho de la noche, con un mensaje que decía solo «ya está». Adri contestó con doce emojis. Yo contesté «¡qué ganas de verlo!» y no lo vi. Cinco días. Lo tenía en el móvil y no lo abrí en cinco días.

Dura tres minutos y cuatro segundos.

Empieza con la persiana. Un plano fijo, de noche todavía, la calle vacía, y un hombre de espaldas con un abrigo marrón que se agacha, mete la llave en el candado del suelo y sube la persiana con las dos manos, y la persiana hace un ruido de lata larguísimo que dura seis segundos enteros.

Román no lo ha cortado. Ha dejado los seis segundos.

Y luego los cajones. Cajones de madera oscura, decenas, cientos, del suelo al techo, cada uno con una etiqueta escrita a mano con tinta que ya es marrón: Tornillos 4x30.

Arandelas. Bisagras latón. Tacos 8. Y la mano del padre abriendo uno, sin buscar, sin mirar la etiqueta, sabiendo dónde está cada cosa como se sabe dónde está la propia nariz.

Y un señor mayor que pide una cosa que no se oye. Y el padre que se la busca y se la explica. Y el señor que asiente como si no supiera para qué sirve, por educación, para que dure un poco más la conversación.

Y el final es el padre solo, detrás del mostrador, mirando la calle por el cristal del escaparate, sin hacer nada, un minuto entero. Un minuto. Con las manos quietas encima del mostrador.

Y negro.

Y en los créditos, abajo, en letra pequeña: Román Vidal-Quadras, Adrián Pastor, Nerea Baresa.

Mi nombre. En un trabajo en el que no he puesto ni un plano. Román lo ha puesto igual.

Apago el móvil. Miro por la ventanilla los invernaderos del Campo de Cartagena, blancos, uno detrás de otro, brillando con el sol de mediodía, y tardo un buen rato en poder respirar normal.

·

Lucía me recoge en la parada de la Ronda, como en octubre, con el coche de su tía Chelo.

Y me abraza, y me dice «¡por fin!», y me coge la maleta, y en el coche pone la radio muy alta y canta villancicos en versión reguetón que ponen en una emisora de Cartagena, y yo me río, y es como tiene que ser.

Y a los diez minutos, en el semáforo de la avenida de la Libertad, me vibra el móvil en el bolsillo.

Lo miro. Lo leo. Lo guardo.

Y Lucía, que sigue cantando, me mira de reojo.

Y en el siguiente semáforo me vuelve a vibrar. Y lo miro, lo leo, sonrío sin querer, escribo algo con el pulgar muy rápido, lo guardo.

Y Lucía deja de cantar.

·

No me dice nada en el coche. Me dice algo al día siguiente, el veintitrés, en la churrería, a las diez de la mañana, con dos cafés con leche y una docena de churros entre las dos.

Y no me lo dice de golpe. Lucía no dice nunca nada de golpe. Empieza de lejos, dando vueltas, como hacía su abuela cuando quería saber si te habías peleado con alguien.

—¿Qué tal Jimena?

—Bien. Muy bien.

—¿Y la otra, la de Alicante?

—Vera. Bien. Se ha ido antes, tenía exámenes adelantados.

—¿Y el de Cieza, el que corre?

—Román. Bien. Hizo un documental precioso de la ferretería de su padre.

—¿Hicisteis? ¿O hizo?

Me quedo con el churro a medio camino.

—Hizo. Yo no pude ir.

—Ah.

Moja un churro en el café. Se lo come. Se chupa los dedos.

—¿Y con quién estás? —dice.

·

Lo dice así, sin cambiar de tono, en el mismo tono de «¿qué tal Jimena?»

. Y yo, que llevo dos meses preparada para esa pregunta en Murcia, que tengo la respuesta de Yago lista y ensayada, que he pensado veinte veces qué decir si alguien de la facultad me ve bajar del tranvía en la parada que no es,

no estoy preparada para que me la haga Lucía Espín en la churrería de la Ronda un veintitrés de diciembre.

—Con nadie.

Lucía me mira.

Y no dice nada. Coge otro churro, y lo parte en dos, y se come una mitad, y la otra la deja en el plato, y me sigue mirando.

Y yo conozco esa mirada desde los nueve años, desde cuarto de primaria, desde el día que le dije que no había sido yo la que había roto el bote de témperas de la señorita Maite.

—Nerea —dice—. Te conozco desde que tenías nueve años.

—Ya lo sé.

—En el coche has mirado el móvil once veces. Las he contado. Y cada vez que lo miras se te pone una cara que no te había visto nunca. Ni con Hugo, ni con el del barco, ni con nadie.

—Lucía…

—No te estoy pidiendo que me lo cuentes. —Se limpia los dedos con la servilleta—. Te estoy diciendo que me he dado cuenta.

·

Y aquí la cosa se tuerce, y se tuerce por mi culpa.

Porque en vez de decirle «no te lo puedo contar», que es la verdad, o de decirle «estoy con alguien, pero es complicado», que también es la verdad, le digo lo que no tenía que decirle.

—¿Y a ti qué más te da?

Lucía deja la servilleta encima de la mesa.

No se enfada. Eso es lo peor. Lucía se enfada gritando, y se le pasa en diez minutos, y la conozco. Esto no es enfado. Es otra cosa. Es como cuando se va la luz en casa y durante un segundo todo sigue igual, la tele, la nevera, todo, y luego se oye el silencio.

—Pues me da —dice—. Me da que en septiembre dijimos cada dos fines de semana.

Y desde septiembre has bajado una vez. El puente del Pilar.

Una. Y ahora bajas por Navidad porque es Navidad y porque tu padre está solo, no por mí.

—Se encoge de hombros—. Y no pasa nada. De verdad.

Tienes tu vida allí, lo entiendo. Pero no me digas «a ti qué más te da» como si yo fuera una vecina.

Y se levanta a pagar.

Y paga ella. Los dos cafés y los churros. Y cuando vuelve a la mesa ya ha cambiado la cara, ya está otra vez sonriendo, ya me está preguntando qué voy a regalarle a mi padre, y hablamos de eso, y de la cena de Nochebuena, y de que su tía Chelo va a hacer cordero y está nerviosísima.

Pero la media churro que se ha dejado en el plato sigue ahí. Y yo la miro todo el rato mientras hablamos de mi padre y del cordero. Lucía no deja nunca comida en el plato. Lucía se come hasta los bordes de la pizza de los demás.

·

Por la tarde, mi padre pone las luces en la barrera.

Las mismas de siempre. La tira de colores del chino, con tres bombillas fundidas que no cambia nunca porque dice que así se sabe que son las nuestras.

La desenreda en la mesa de la recepción durante veinte minutos, con una paciencia de pescador, y luego salimos los dos a la entrada, él con la escalera y yo con la tira, y la enrollamos en la barrera de rayas rojas y blancas, vuelta a vuelta, como todos los años desde que tengo memoria.

No hablamos mucho. Nunca hablamos mucho mientras ponemos las luces. Él dice «un poco más a la izquierda» y yo digo «así» y él dice «así».

Y cuando termina, se baja de la escalera, enchufa el alargador en la recepción, y la barrera se enciende. Rojo, verde, azul, amarillo, rojo, verde, apagada, apagada, apagada. Las tres fundidas.

—Ya está —dice.

—Ya está.

Nos quedamos un momento mirándola. Una barrera de camping con luces de colores en una carretera vacía de Los Alcázares, a las seis de la tarde del veintitrés de diciembre, sin nadie que la vea.

Y mi padre, sin mirarme, con las manos en los bolsillos de la cazadora del camping, dice:

—¿Tienes novio?

Me quedo helada.

Mi padre no me ha preguntado eso nunca. Nunca. Ni cuando salía con el de San Javier a los dieciséis, que lo sabía todo el pueblo. Ni con Hugo. Ni con el del barco, que lo sabía medio Los Alcázares. Mi padre no pregunta esas cosas. Mi padre pregunta si te llega el dinero y si has comido.

—No —digo.

Y lo digo rápido. Demasiado rápido. Como se dice «no» en un mostrador cuando alguien te pregunta si hay más cambio y no quieres abrir la caja.

Mi padre asiente despacio. Mirando la barrera.

—Vale —dice—. Te lo pregunto porque… —Se para. Se rasca la nuca—. Porque si lo tienes, que sepas que aquí hay sitio en la mesa de Nochebuena. Que la tía Encarna trae flan para cuatro. Siempre trae para cuatro. Nunca sé por qué.

Y se ríe por la nariz. Y se va a la recepción a desenchufar la escalera del alargador, que la ha enchufado sin querer, y me deja sola en la entrada del camping, delante de una barrera con luces de colores, con el móvil vibrando en el bolsillo del abrigo.

Sitio en la mesa de Nochebuena.

Y pienso en Aitor sentado aquí. En la mesa de la cocina del camping, con el hule de cuadros, entre mi padre y la tía Encarna, comiéndose el flan. Contándole a mi padre lo del foco que se llevó el viento en La Manga. Llamándole «Luis». Diciéndole «su hija tiene muy buen ojo».

Y no puedo. La imagen no se forma. Lo intento y se me deshace, como cuando intentas recordar la cara de alguien que has visto en un sueño.

No es que no quiera. Es que no cabe. En esa mesa, con ese hule, con ese flan, no cabe.

Y lo que no pienso, porque no se me ocurre, es que a lo mejor eso quiere decir algo. Que a lo mejor, si una persona no cabe en ninguna de las mesas de tu vida, el problema no son las mesas.

·

Esa noche, en mi cuarto de siempre, con la persiana de siempre y el ruido de siempre de la depuradora de la piscina del camping, que mi padre sigue encendiendo aunque no haya nadie, le escribo a Lucía.

«Perdón por lo de antes. Me he pasado.»

Y tarda.

Tarda cuarenta minutos, que en Lucía es una eternidad, porque Lucía contesta a los mensajes antes de que termines de escribirlos.

«Ya.»

Y luego, un minuto después:

«Mañana a las 12 en la azotea de Chelo, que hay que ayudarla con el cordero. No llegues tarde.»

Y un corazón.

Y yo respiro. Y le contesto con otro corazón. Y me duermo tranquila, pensando que ya está, que era una tontería, que Lucía es Lucía y que con Lucía las cosas se arreglan siempre.

Y al día siguiente llego a la azotea a las doce y media.