Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 21
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La cena de Navidad de la clase es el viernes once de diciembre en un restaurante de menú de la calle Alfaro que tiene un salón al fondo para grupos, veinte euros con bebida, y la organiza un grupo de WhatsApp que se llama CENA NAVIDAD 1ºCAV 🎄🍷 y que tiene,

a las nueve de la noche del día de la cena, novecientos catorce mensajes.

Novecientos catorce. Para decidir un restaurante, un menú y un amigo invisible de diez euros.

Lo he silenciado tres veces. Lo he vuelto a activar tres veces, porque cada vez que lo silencio me da miedo perderme algo, aunque lo único que hay que perderse son cuarenta personas discutiendo si el postre es tarta de queso o tarta de la abuela.

Y en el mensaje novecientos catorce, a las nueve y dos, Adri ha puesto una foto del salón vacío, con la mesa larga puesta, los vasos boca abajo y un árbol de plástico en la esquina, y ha escrito: «YA ESTOY AQUÍ, SOIS UNOS LENTOS» 🎅🔥.

·

A mí el amigo invisible me ha tocado con Pablo.

No el de la bota. Otro Pablo, de mi clase, uno de los de atrás, que no ha dicho una palabra en todo el cuatrimestre y que lleva siempre la misma sudadera de un grupo de metal.

Le he comprado un llavero de una calavera que canta, en una tienda de chinos, por nueve euros con cincuenta, y me he pasado dos días pensando que es un regalo horrible y que me va a odiar.

No me odia. Lo abre en la mesa, entre el primer plato y el segundo, y le da al botón, y la calavera canta un villancico con voz de pito, y Pablo el callado se ríe por primera vez en tres meses, una risa aguda, inesperada, que hace que se gire media mesa.

Y luego no deja de darle al botón en toda la noche, y a las once la calavera ya es la mascota de la cena y la gente se la pasa por la mesa como un micrófono.

Y a mí me toca Román.

No es un secreto. En el grupo de WhatsApp han hecho el sorteo con una aplicación, pero Adri, que no sabe guardar nada, se lo ha dicho a medio mundo el martes.

Así que cuando Román me da el paquete por encima de la mesa, envuelto en papel de periódico y con un lazo hecho con una goma del pelo, ya lo sé. Y él sabe que lo sé. Y nos da igual.

Lo abro.

Es un trípode. Un trípode muy pequeño, de los flexibles, con las patas como tentáculos de pulpo que se pueden enroscar en cualquier sitio, en una barandilla, en una rama, en la barra de un tranvía.

—Para que no tiembles —dice Román—. En el tranvía. La cuarta toma se te movió.

Y me quedo mirando el trípode en la mano.

Porque la cuarta toma se me movió. Y él se acuerda. En septiembre, en la parada de la plaza Circular, con la luz naranja. La cuarta toma, de las ocho. Se acuerda de que se me movió y ha ido a una tienda y ha buscado un trípode que se pueda enroscar en una barra de tranvía.

—Gracias —digo.

—Es de diez euros exactos. No me he pasado ni un céntimo. —Levanta el dedo—. Soy un hombre de normas.

·

A las doce ya no queda nadie sobrio en el salón del fondo.

No es una exageración. Román no bebe mucho, pero bebe.

Adri se ha subido a la silla dos veces para hacer un brindis y la segunda se ha caído.

Pablo el callado está cantando con la calavera.

Las tres de la segunda fila, las del bolso de tres colores, están haciéndose fotos con el árbol de plástico como si fuera un famoso.

El camarero, un chico de mi edad, nos mira desde la puerta con la cara que yo ponía en el Salitre a las cuatro y media de la mañana, la cara de «por favor, idos ya».

Y yo he bebido. Más que en la Fica. Más que en ningún sitio.

Me he bebido tres copas de vino tinto de la cena, que era de garrafa, y luego dos gin-tonics en la barra del restaurante, y luego un chupito de algo que ha traído Adri de su casa en una botella de plástico y que según él es licor de café de su abuela y que sabe a gasolina con azúcar.

Y a las doce y veinte, en el baño del restaurante, con la puerta cerrada y la cabeza dando vueltas, saco el móvil.

·

No le he escrito en todo el día. Él tampoco. Me dijo el miércoles que el viernes tenía cena con la productora, que no podía quedar, que ya hablábamos el sábado.

Y le escribo.

Y no le escribo uno. Le escribo catorce.

Los veo al día siguiente, en la pantalla, a las ocho de la mañana, con una resaca que me parte la cabeza por la mitad, y me muero de vergüenza leyéndolos uno detrás de otro, como se muere uno de vergüenza cuando lee algo que ha escrito otra persona con su nombre.

«Estoy en la cena de clase.»

«Hay una calavera que canta.»

«Román me ha regalado un trípode.»

«Te echo de menos.»

«Mucho.»

«¿Por qué no puedo ir a tu cena y tú no puedes venir a la mía?»

«Es una pregunta de verdad.»

«Todas se hacen fotos con sus novios y yo no tengo ni una foto contigo.»

«Ni una.»

«¿Tú tienes alguna foto mía?»

«Seguro que no.»

«Te q»

«Nada. Se me ha ido el dedo.»

«Me voy a dormir.»

·

No me contesta esa noche.

No me contesta a la una, cuando salgo del restaurante con Román agarrada del brazo porque la calle Alfaro se mueve.

No me contesta a la una y media, cuando Román me deja en el portal de Mariano Padilla y me pregunta tres veces si puedo subir sola y le digo tres veces que sí.

No me contesta a las dos, cuando me meto en la cama sin desmaquillar con el trípode de pulpo en la mano.

Me contesta a las ocho y cuatro de la mañana.

Un solo mensaje. Largo. Con mayúsculas al principio de cada frase y puntos al final. Como una carta.

«Anoche me escribiste catorce mensajes, Nerea. Te los he contado. Catorce. Desde una cena de clase, rodeada de gente de la facultad, con el móvil en la mano. Me preguntaste por qué no puedo ir a tu cena. Me preguntaste si tengo fotos tuyas. ¿Y si alguien te coge el móvil?

¿Y si alguien lee por encima de tu hombro? ¿Y si Adri, que lo graba todo, te graba escribiendo? Ya sé que no lo haces con mala intención. Ya sé que habías bebido. Pero esto no puede pasar. No por mí. Por ti. Te lo he explicado muchas veces. Hablamos cuando se te pase.»

Y nada más. Ni un corazón. Ni un «buenos días». Ni un «¿qué tal la cabeza?».

·

Le contesto tres veces.

«Perdón. Tienes razón. Había bebido mucho.»

Y no contesta.

«Perdóname de verdad. No va a volver a pasar.»

Y no contesta.

«Borro los mensajes, ¿vale? Ya los he borrado. Perdón.»

Y los borro. Los catorce. Uno a uno, con el pulgar, sentada en la cama con la resaca y el trípode de pulpo en la mesilla, mirándome con sus patas enroscadas. Los borro de mi móvil, que es el único sitio de donde los puedo borrar.

Y a las once y media contesta.

«Vale. No pasa nada. Ya está. Ven esta tarde si quieres, te hago esa pasta que te gusta. ??»

Con un emoji. Con una carita sonriente. La primera carita en toda la mañana.

Y el alivio que siento es tan grande, tan físico, que me tumbo en la cama y me echo a llorar. Por una carita. Por un «ven esta tarde». Por una pasta.

Y a las cinco estoy en Vistabella. Y me hace la pasta.

Y está cariñosísimo, más que nunca, más que en noviembre, me abraza en el recibidor y me dice que me ha echado mucho de menos y que ayer lo pasó fatal en la cena de la productora pensando en mí, y que por eso le sentó así lo de los mensajes, porque le dio miedo, porque me quiere,

porque no quiere que me pase nada. Y yo le creo. Le creo entero.

·

Pero esa noche, en Mariano Padilla, antes de dormir, abro el trípode de pulpo y lo enrosco en el cabecero de la cama, y pongo encima el móvil, y abro la cámara.

Y me hago una foto.

Sola. En la cama. Con el pelo sucio y la cara de resaca y los ojos todavía un poco hinchados. Sin filtro. Sin sonreír.

La miro. Es la única foto que me he hecho en tres meses. No hay ninguna de las dos, él y yo, en ningún sitio. No hay ninguna en su móvil, que yo sepa. No hay ninguna en el mío. En cinco semanas no existe ni una sola imagen de nosotros juntos en ningún sitio del mundo.

Y pienso, por primera vez, con esas palabras, una cosa que se me queda en la garganta como una espina de pescado:

Que si mañana me muero, nadie podrá demostrar que esto existió.

Y no pienso lo contrario. No se me ocurre. No se me ocurre pensar que a lo mejor alguien sí tiene una imagen. Que a lo mejor la tendrá. Que a lo mejor el problema no va a ser nunca que no haya pruebas, sino quién las tenga.

Guardo la foto en una carpeta del móvil que no enseño a nadie. Desenrosco el trípode. Y me duermo.