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El jueves tres de diciembre, a las once de la noche, en el sofá gris, se me enciende el móvil encima de la mesa baja.
Yago: ¿Te hace algo el sábado? Pincho en la de siempre, última antes de Navidad 🚀
Aitor lo ve. No puede no verlo: la pantalla está a medio metro de su mano, bocarriba, iluminando la mesa entera.
No dice nada enseguida. Termina la frase que estaba leyendo. Subraya algo con el lápiz. Y luego, sin levantar la vista del guion:
—¿Quién es Yago?
—Un amigo de Vera. Pincha en una sala de las Cuatro Esquinas.
—Ah.
Y nada más.
No pregunta si es un amigo mío o de Vera.
No pregunta por qué me escribe a las once de la noche.
No pregunta nada de nada. Pasa la página del guion y sigue leyendo, y yo cojo el móvil y lo pongo bocabajo, y durante el resto de la noche él está igual que siempre, cariñoso, atento, me hace un té, me pone la manta por encima de los pies.
Solo que un poco más callado.
No mucho. Una o dos frases menos por hora. Un beso en la frente en lugar de uno en la boca al despedirme. Una cosa tan pequeña que si la cuento suena a nada, y si no la cuento me la invento, y no sé cuál de las dos es verdad.
En el recibidor, con la puerta entornada, me dice «escríbeme cuando llegues», como siempre. Y cuando llego a Mariano Padilla y le escribo «ya estoy» con el corazón, tarda once minutos en contestar. Normalmente tarda uno.
·
A Yago le escribo el viernes por la mañana, en el tranvía.
Lo decido sola. Eso quiero que quede claro. Nadie me dice que lo haga. Aitor no me ha pedido nada, no me ha hecho ni una pregunta más, no ha vuelto a pronunciar su nombre. Lo decido yo, con la frente apoyada en la ventanilla, mirando los concesionarios, porque me parece lo justo.
Porque llevo tres semanas usando su casa de Santa Eulalia como coartada. Porque él me escribe todos los jueves a las ocho y diez y yo le contesto los martes. Porque es muy buen tío, como dice Vera, y no se merece un cohete triste detrás de otro.
Y porque, si soy honesta, me pesa. Me pesa tenerlo ahí, en el móvil, encendiéndose encima de la mesa baja.
Escribo:
«Yago, te tengo que decir una cosa y prefiero no dar más vueltas. Estoy con alguien. No es nada que pueda contar, pero es serio, o yo creo que lo es. Contigo he estado muy bien, de verdad. Lo del banco de la catedral y lo de tu casa y la canción con las luces encendidas.
No te lo he dicho antes porque no sabía cómo, y lo he hecho fatal. Perdóname.»
Lo leo tres veces. Lo mando.
Contesta a los veinte minutos. Me imagino que estaba dormido.
«Vale. Gracias por decírmelo. Y no lo has hecho fatal, lo has hecho tarde, que no es lo mismo. Suerte, Nerea. De verdad.»
Y un cohete.
Lo miro hasta que llega mi parada. Y bajo del tranvía, y cruzo el aparcamiento, y subo las escaleras de la facultad, y en el pasillo del segundo piso, delante de la puerta del 2.14, que está cerrada, noto que tengo los ojos húmedos.
No lloro. Pero me dura hasta la primera clase.
Y lo que pienso, en la primera fila, mientras Anselmo explica la diferencia entre un objetivo de 35 y uno de 50 milímetros, es que he terminado con Yago igual que empecé: decidiéndolo yo. El cuándo. El cómo. Hasta el final.
Y que eso está bien. Y que es mío.
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La cena del piso es el sábado cinco.
La organiza Vera, que se va el lunes al puente a Alicante y luego ya casi no vuelve hasta enero, porque ha adelantado sus exámenes.
La llama «la Navidad del piso». Compra guirnaldas de tres euros, como las de la tía Chelo en la azotea de Lucía, y las cuelga de la lámpara del salón, y pone un árbol de cartón del tamaño de una botella encima de la tele.
Jimena hace una tortilla. Vera hace una ensalada con granada que ha visto en TikTok. Yo compro dos pizzas y una botella de cava, porque las pizzas son lo que he aportado a este piso desde el primer día y ya es una tradición.
Y cenamos en el suelo, como la primera noche, porque seguimos sin mesa en el salón, con la espalda contra la pared y los platos de plástico en las rodillas.
En la habitación de Paula, al fondo del pasillo, la puerta sigue abierta. Nadie la ha cerrado todavía. Nadie ha venido a ocuparla.
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La ensalada de Vera es un desastre.
Lo ha visto en TikTok: rúcula, queso de cabra, granada, nueces caramelizadas y una vinagreta de miel.
Y en TikTok, dice, quedaba preciosa, con los granos de granada brillando como joyas.
En la realidad, en un plato de plástico en el suelo de Mariano Padilla, las nueces caramelizadas se han pegado todas en un bloque que no hay quien separe, la granada ha teñido el queso de rosa y la rúcula se ha quedado mustia debajo de la vinagreta, como una planta que alguien ha olvidado regar.
—Está buenísima —dice Jimena, con la boca llena.
—Está horrible —dice Vera.
—Está horrible y buenísima —digo yo.
Y Vera se ríe tanto que se atraganta con una nuez.
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A las diez y media, con las pizzas por la mitad y la tortilla de Jimena en triángulos, hablamos de Navidad.
De las Navidades de cada una. De lo que vamos a hacer dentro de dos semanas, cada una en su sitio.
Vera se va a Alicante, a casa de su abuela, que hace una cena para veintiocho personas y que todavía cocina ella sola, con ochenta y cuatro años, y que no deja entrar a nadie en la cocina.
Que el novio de Vera va a ir a la cena por primera vez y que está aterrado, porque la abuela de Vera le va a preguntar a qué se dedican sus padres y a qué parroquia van.
Jimena se va a Albacete. Y dice, con la tortilla en la mano, sin darle importancia:
—Mi madre trabaja en Nochebuena. Casi siempre.
Pide ese turno porque se paga doble. Así que cenamos a las siete de la tarde, antes de que se vaya, mi abuela, mi madre y yo.
Y a las nueve y media se va a urgencias con un táper de turrón para los compañeros.
Y mi abuela y yo vemos el discurso del rey y nos acostamos.
—¿Y en Nochevieja?
—En Nochevieja libra. Pero está tan cansada que a las doce y cinco se ha dormido en el sofá. Llevo desde los doce años comiéndome las uvas con mi madre dormida al lado, con la boca abierta.
Y se ríe. Y lo dice riéndose. Pero yo pienso en la escalera, en la caja diez, en una niña de siete años con un colacao esperando a que llegue su madre a las ocho menos cuarto.
Y luego me toca a mí.
Y les cuento el camping en Navidad. Que se queda vacío.
Que mi padre pone luces de colores en la barrera de la entrada, una tira de las del chino, desde hace veinte años, aunque no haya nadie para verlas más que los holandeses del nueve, que se van en noviembre, y el perro del vecino.
Que cenamos él y yo y una tía de Balsicas que trae un flan.
Que después de cenar mi padre y yo bajamos a la playa, al embarcadero pequeño del camping, a ver si se ven las luces de La Manga al otro lado, y que se ven siempre, y que no decimos nada, y que eso es la Navidad.
Vera me mira con los ojos brillantes.
—Qué bonito, tía.
—Es muy triste —digo.
—Es triste y bonito —dice Jimena.
Y nos reímos las tres, porque es la frase de la ensalada.
Y en ese momento, en el suelo, a mi lado, debajo del plato de pizza, me vibra el móvil.
Y no lo miro. Por una vez. Lo dejo vibrar. Una vez, dos. Y sigo hablando del embarcadero y de las luces de La Manga, y noto a Jimena mirándome las manos, que no se mueven hacia el móvil.
A los cinco minutos, cuando Vera va a la cocina a por más cava, lo miro. Por debajo del plato. Rápido.
Y Jimena lo ve.
·
A las once, Vera se pone de pie con el vaso de cava en la mano.
Lleva tres vasos. Tiene las mejillas rojas y la voz un poco más alta de lo normal, y el pelo recogido con un lápiz, y es la persona más feliz de todo Murcia.
—Quiero hacer un brindis.
—Siéntate —dice Jimena.
—No me da la gana. —Levanta el vaso—. Por este piso. Por los cuarenta y ocho escalones. Por la de Yecla…
—Paula.
—… por Paula, que Dios la tenga en su gloria de Yecla. Por la cocina, que es horrible. Por Jimena, que madruga por las tres. Y por Nerea, que ha llegado aquí sin conocer a nadie y ahora… —se para, busca la palabra— ahora es la más misteriosa de todas.
Y se ríe, y Jimena no se ríe.
—Y por el mejor cuatrimestre de nuestras vidas —dice Vera, y bebe.
—Por el mejor cuatrimestre —digo yo, y levanto el vaso, y sonrío, y bebo.
Y no es verdad. O no sé si es verdad. O es verdad en una parte muy concreta y muy pequeña de mí, la que está en Vistabella, y es mentira en todas las demás partes, las que están en este suelo, y no sé cuál de las dos es más grande.
Jimena bebe agua. Y me mira por encima del vaso.
No dice nada. Solo me mira. Durante dos segundos, mientras Vera vuelve a sentarse y pone música en el móvil. Y en esos dos segundos yo sé que ella ha hecho la misma cuenta que yo, y que le ha salido otro resultado.
·
A la una, Vera se queda dormida en el suelo con la cabeza en un cojín y la guirnalda torcida encima.
Jimena y yo recogemos.
Lo hacemos en silencio, en la cocina, ella fregando y yo secando, como una pareja de señoras que llevan cuarenta años haciendo lo mismo. El agua corre. La lavadora del piso de al lado centrifuga. En el patio interior alguien ha colgado una bandera de España con luces de Navidad.
Y cuando ya casi hemos terminado, con el último plato de verdad —el de la tortilla, que es de Jimena, que es de su madre—, Jimena dice, sin girarse:
—¿Ya no estás con Yago?
Me quedo con el plato a medio secar.
—¿Por qué lo dices?
—Porque Vera me ha dicho esta tarde que le escribiste ayer para dejarlo. —Cierra el grifo—. Se lo ha contado él.
No contesto enseguida. Seco el plato. Lo dejo en el armario.
—Sí —digo—. Ya no.
—Vale.
Y se seca las manos, y se va a su cuarto, y antes de cerrar la puerta dice:
—Buenas noches, Nerea.
Sola en la cocina, con el trapo en la mano, pienso en todo lo que Jimena no me ha preguntado.
Que no me ha preguntado con quién estoy ahora, si ya no es Yago.
Que no me ha preguntado dónde duermo, si ya no es en Santa Eulalia.
Que no me ha preguntado por qué he dejado a un chico con el que, según yo, llevaba un mes durmiendo los fines de semana, justo la misma semana en que he dejado de tener excusa para no dormir aquí.
No me ha preguntado nada. Y yo sé que no me pregunta porque sabe que le voy a mentir. Y ella sabe que yo lo sé. Y así, sin decirnos nada, en una cocina de Murcia a la una y media de la mañana de un cinco de diciembre, Jimena Arcos y yo firmamos un acuerdo que no nos va a gustar a ninguna de las dos.