Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 19
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Si Mahoma no va a la montaña, dice Lucía por audio el miércoles, la montaña coge el coche de la tía Chelo y se planta en Murcia el sábado a las once.

Y se planta. El sábado veintiocho de noviembre, a las once y cuatro, suena el telefonillo de Mariano Padilla, y es ella, y sube los cuarenta y ocho escalones corriendo y gritando mi nombre por el hueco de la escalera, y la señora del segundo abre la puerta en bata para ver quién se está muriendo,

y Lucía le dice «buenos días, señora, qué bata más bonita», y la señora se ríe.

Y me abraza en el rellano del tercero como si llevara un año sin verme.

Llevo dos meses. El puente del Pilar. Seis semanas, en realidad. Pero Lucía abraza así.

—¡Qué piso más feo! —dice, entrando—. Me encanta. ¿Esta es tu habitación? ¡Qué pequeña! ¿Y la ventana da a un patio? ¡Qué horror! Me encanta.

Y deja la mochila encima de mi cama y se tira detrás, bocarriba, con los brazos abiertos, mirando el techo con la mancha de humedad con forma de nada.

—Eso parece un conejo —dice.

Y es la primera persona en tres meses que le encuentra forma a la mancha.

·

Jimena no está. Se ha ido a Albacete el viernes, al cumpleaños de su abuela.

Y me da una pena rara, porque quería que Lucía la conociera, y al mismo tiempo un alivio que no sé explicar, como cuando dos personas que te conocen de maneras distintas van a estar en la misma habitación y tú no sabes cuál de las dos versiones de ti misma poner.

Vera sí está. Y Vera y Lucía se hacen amigas en once minutos, que es lo que tarda Vera en hacerse el colacao.

A los once minutos están sentadas en el suelo de la cocina hablando de un chico de Alicante, del novio de Vera, y Lucía le está diciendo que no le conteste tan rápido a los mensajes, y Vera le está diciendo que tiene toda la razón,

y yo estoy de pie en la puerta mirándolas y pensando que Lucía siempre ha sido así, que se hace amiga de las personas como se abre una ventana.

·

Le enseño Murcia.

O lo que yo sé de Murcia, que en tres meses es menos de lo que creía.

La catedral, que Lucía mira con la boca abierta y dice «¡pero esto es enorme!»

y le hace veinte fotos. La calle Trapería, con los escaparates de Navidad ya puestos.

La plaza de las Flores, donde comemos unas tapas en una terraza con estufas y un camarero que nos llama «nenas».

El río, desde el Puente Viejo, que Lucía mira con cara de pena.

—Esto no es agua —dice—. Esto es un charco con pretensiones.

—Es el Segura.

—Pues eso. —Se asoma a la barandilla—. ¿Y tú cómo vives sin mar, Nerea?

Y no sé qué contestarle. Porque no lo había pensado. Porque en tres meses no he pensado ni una vez en que vivo sin mar. Y Lucía lo ha pensado en diez segundos desde un puente.

Y en el Puente Viejo, a la mitad, me paro sin darme cuenta.

Porque al otro lado del río, a diez minutos andando, en una calle tranquila, hay un tercero con una puerta de madera oscura y un felpudo que no dice nada.

Y por la mañana, a las nueve, cuando Lucía todavía estaba en la A-30, me llegó un mensaje de ese tercero que decía «Disfruta de tu amiga. Te echo de menos. Qué tontería, ¿no?» .

—¿Qué miras? —dice Lucía.

—Nada. Los barrios de ese lado. Vive gente de clase.

—¿Gente de clase de quién?

—De la facultad. Profesores. Gente.

Lucía me mira un momento. Luego mira al otro lado del río. Luego otra vez a mí.

—Vale —dice, y sigue andando.

·

A las cinco, antes de salir, nos echamos la siesta en mi cama, las dos, con la persiana bajada y el ruido del patio.

Y cuando me despierto, a las seis menos cuarto, Lucía está sentada en el suelo con la espalda contra la cama, con la funda de la cámara abierta en las rodillas.

Me incorporo de golpe.

—Perdona —dice, sin levantar la vista—. Se ha caído de la silla. Al recogerla se ha abierto.

Y tiene en la mano la memoria de rodaje. Doblada en cuatro, como la guardo, pero desdoblada ahora, extendida sobre sus rodillas, con la letra pequeña e inclinada en tinta azul llenando los márgenes por delante y por detrás. Y en la otra mano, el pósit amarillo con los cinco títulos.

—Es un trabajo —digo—. De clase. El del tranvía. Nos pusieron un nueve.

—Ya lo veo. Pone «9» arriba. —Pasa el dedo por la letra, sin tocarla del todo—. ¿Quién escribe así?

—Un profesor.

—¿Todos los profesores escriben así? ¿Por detrás?

—Este sí.

Lucía no dice nada. Lee. Tarda. Lucía lee despacio, siempre ha leído despacio, moviendo un poco los labios, como en el colegio. Y la veo llegar a la última línea, la de la esquina, la de la letra más pequeña. Lo sé porque se le para el dedo.

Quiero que me cuentes de dónde sacas lo de las caras.

Y la lee dos veces. Lo veo en sus ojos, que vuelven al principio de la línea.

Y luego dobla la memoria en cuatro, exactamente como estaba, por las mismas marcas. Mete el pósit dentro. Mete las dos cosas en la funda de la cámara, en el mismo bolsillo, y cierra la cremallera.

—Qué bien que te pusieran un nueve —dice.

Y se levanta, y se estira, y dice que tiene hambre y que vamos a llegar tarde a las Cuatro Esquinas y que Vera la está esperando para que le enseñe el pasodoble.

Y no dice nada más de la memoria. Ni esa tarde, ni esa noche, ni en la churrería de diciembre, ni nunca.

Pero cuando más tarde, a la una y diez, en el baño del bar, leo aunque sea un rato, y salgo, y le digo que voy a por tabaco, me doy cuenta de que Lucía me mira con la misma cara con la que miraba la última línea de la memoria.

La cara de alguien que ha leído algo en una esquina, en letra muy pequeña, y ha decidido no preguntar.

·

Por la noche salimos con Vera y dos amigas suyas de Bellas Artes a la zona de las Cuatro Esquinas.

Y Lucía es Lucía. En la primera hora ya conoce a medio bar.

Se hace amiga del camarero, de un grupo de chicos de Ingeniería que celebran algo, de una señora de sesenta años que está celebrando su jubilación con sus compañeras de Correos y que le enseña a Lucía a bailar un pasodoble en medio del bar con la música de reguetón puesta.

Y a las doce y media está subida a una silla cantando algo de Aitana con las de Correos, y Vera grabándola, y yo riéndome tanto que me duele la tripa.

Y a la una y diez, me vibra el móvil.

«¿Sigues por ahí? Estoy despierto. Si te apetece pasarte un rato, aunque sea un rato, me harías muy feliz. Pero de verdad, disfruta, que no pasa nada.»

Y lo leo en el baño del bar. Sentada en la tapa. Con la puerta cerrada. Con la música de reguetón al otro lado de la pared y la voz de Lucía cantando con las de Correos.

Aunque sea un rato.

·

—Voy a por tabaco —le digo a Lucía, al salir del baño.

Lucía está bajándose de la silla. Me mira.

—Tú no fumas.

—Es para Vera.

Vera, desde la mesa, me mira también. Con la misma cara que puso Jimena en la cocina la mañana del domingo quince. Y no dice nada.

—¿Te acompaño? —dice Lucía.

—No, no. Es aquí al lado. Hay un estanco en la esquina. Diez minutos.

Y salgo.

Y no voy al estanco, que a la una y diez de la madrugada de un sábado está cerrado. Voy al Puente Viejo. Lo cruzo rápido, casi corriendo, con el abrigo abierto y el frío de noviembre en la cara. Y llego a Vistabella a la una y veinticinco. Y llamo al telefonillo. Y me abre.

Y me quedo un rato. Como él ha dicho. Aunque sea un rato.

·

El rato son dos horas.

No me doy cuenta. De verdad que no me doy cuenta, o eso me digo después.

Él me abre con la sudadera gris y me abraza en el recibidor y me dice que estoy guapísima y que huelo a bar, y nos reímos, y me quita el abrigo, y hablamos un poco en el sofá, y luego no hablamos, y luego miro el móvil y son las tres y veinte.

Y tengo nueve llamadas perdidas de Lucía y catorce mensajes.

«¿Dónde estás?» «Nerea.» «El estanco está cerrado, he ido a mirar.» «NEREA.» «Vera dice que no sabe dónde estás.» «¿Estás bien?» «Llámame, por favor.» «Me estoy asustando.» «Nerea, de verdad, me estoy asustando.» «Estoy en la puerta del bar. No me muevo de aquí.»

Y el último, de las tres y catorce:

«Tengo frío.»

·

Vuelvo corriendo.

Cruzo el Puente Viejo en sentido contrario, a las tres y veintiocho, con el abrigo mal puesto y el pelo revuelto y la cara ardiendo.

Y le escribo a Lucía mientras corro, con los dedos que no me responden: «Perdón perdón perdón, me he encontrado a una de clase y se nos ha ido el tiempo, voy ya, cinco minutos».

Y llego a las Cuatro Esquinas a las tres y treinta y seis. El bar ya ha cerrado. La persiana está bajada. Las de Correos se han ido. Vera se ha ido con sus amigas.

Y Lucía está sentada en el bordillo de la acera, delante de la persiana, sola, con la chaqueta vaquera cerrada hasta el cuello y los brazos alrededor de las rodillas. Temblando.

Me ve llegar. Se levanta.

Y no me grita.

Eso es lo que no se me olvida. Lucía, que grita siempre, que se enfada gritando y se le pasa en diez minutos, se levanta del bordillo y me mira de arriba abajo. El abrigo mal abrochado. El pelo. La cara. Y no me grita.

—¿Una de clase? —dice.

—Sí. Me la he encontrado en el estanco. Estaba cerrado y…

—Vale.

Y echa a andar hacia Mariano Padilla, delante de mí, sin esperarme.

·

Duerme en mi cama. Las dos, de lado, espalda con espalda, como cuando teníamos doce años en su casa y su madre nos mandaba callar a las tres de la mañana.

No me dice nada más en toda la noche. Ni una palabra.

Y a las ocho y media se levanta, se viste, coge la mochila, me da un beso en la frente —en la frente, que no me lo da nunca—, y me dice, desde la puerta del cuarto:

—Me voy, que Chelo necesita el coche a las once.

—Lucía…

—Me lo he pasado muy bien. De verdad. La catedral es preciosa. Vera es un amor. Las de Correos son lo más. —Se cuelga la mochila—. Y el conejo del techo también.

Y se va.

Tumbada en la cama, miro la mancha de humedad, que es verdad que parece un conejo, y que yo no había visto en tres meses, y que ella ha visto en diez segundos. Como el río. Como el mar.

Y a las nueve y cuarto me llega un mensaje suyo, desde el coche, que debe de haber mandado en un semáforo de la autovía:

«Nerea, no me importa dónde estuvieras. Me importa que me dijeras que ibas al estanco. Tú y yo no nos decimos que vamos al estanco. Nunca. Desde los nueve años.»

Y no contesto. No sé qué contestar. Lo leo cuarenta veces y no sé qué contestar que no sea otro estanco.