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El segundo trabajo en grupo es para Tecnología Audiovisual, con un profesor de sesenta años que se llama Anselmo y que explica los objetivos de las cámaras como quien explica los órganos de un cuerpo.
Tres minutos de documental. Un oficio. Entrega el diecisiete de diciembre.
Y esta vez la idea no es mía ni de Adri. Es de Román.
Nos lo cuenta el lunes en la cafetería, sin su voz de tráiler, sin chistes, con las manos alrededor del vaso de café como si tuviera frío.
—Mi padre cierra la ferretería en enero.
Adri deja el bocadillo.
—Hostia, Román.
—Cuarenta y un años. Era de mi abuelo antes. Han abierto un Leroy Merlin en Molina y ya no entra nadie más que los viejos, y los viejos compran tornillos de uno en uno. No da. Lo ha decidido él, nadie le obliga. Pero cierra.
Y luego dice lo que quiere hacer: rodar los últimos días de la ferretería.
A su padre abriendo la persiana. A su padre buscando un tornillo en los cajones de madera que tienen cuarenta y un años y etiquetas escritas a mano con letra de su abuelo.
A su padre explicándole a un señor mayor para qué sirve una cosa que el señor ya sabe para qué sirve.
Tres minutos. Sin entrevista, sin música, sin voz en off.
—Como lo del tranvía —dice, mirándome—. Solo mirar.
·
Y yo digo que sí. Claro que sí. Que es precioso. Que es lo mejor que va a entregar nadie.
Y lo pienso de verdad.
Y luego no voy.
Quedamos el jueves a las cinco en la cafetería para hacer el plan de rodaje: días, horas, planos, quién lleva qué. Adri crea un nuevo grupo, «FERRETERÍA 🔧❤️», y pone un mensaje a las cuatro diciendo que llega tarde, que ha pillado atasco en la Ronda Norte. Román contesta con un pulgar.
Y a las cuatro y veinte me escribe Aitor.
«Estoy en casa. He terminado antes. ¿Vienes?»
Y yo miro el mensaje. Y miro la hora. Y hago una cuenta muy rápida, como en la barra: la cafetería es una hora, como mucho una hora y media; Vistabella está a cuarenta minutos en tranvía y andando; si voy a la cafetería llego a su casa a las siete y cuarto,
y él a las siete a veces ya ha quedado con alguien, o está cansado, o dice «mejor mañana».
Y mañana es viernes, y los viernes nunca puede, no sé por qué, nunca me lo ha explicado.
Y escribo en FERRETERÍA:
«Chicos, me ha dado un bajón de tensión horrible, estoy en casa tumbada. Lo siento muchísimo. Hacedlo vosotros y mañana me decís qué me toca, ¿vale? ??»
Y a Aitor: «Voy».
·
El bajón de tensión lo he tenido una vez en mi vida, a los quince, en una procesión de Semana Santa en Los Alcázares, de pie tres horas al sol. Me acuerdo perfectamente de lo que se siente. Por eso me sale tan bien.
Adri contesta enseguida: «nooo, cuídate!!! 💪».
Román tarda. Tarda veinte minutos. Y cuando contesta, yo ya estoy en el tranvía, sentada en el lado de la ventana, en sentido contrario al de siempre.
«Cuídate. Bebe agua con azúcar. Mañana te cuento.»
Y luego, un minuto después, por privado:
«¿Te llevo algo? Estoy al lado de Mariano Padilla.»
Leo el mensaje dos veces con el tranvía en marcha.
Está al lado de Mariano Padilla. Román vive en Santa Eulalia, en un piso de chicos de Cieza. Si viene a mi casa con una botella de Aquarius, que es lo que haría, llamará al telefonillo y le abrirá Jimena, y Jimena le dirá que no estoy.
«No, no, de verdad, estoy bien, me voy a dormir un rato. ¡Gracias! ❤️»
«Vale. Descansa.»
Y el corazón que he puesto al final, el rojo, que es el que pongo siempre, se me queda mirando desde la pantalla durante todo el trayecto como si fuera de otra persona.
·
El viernes por la noche, en Vistabella, con Aitor dormido boca abajo a mi lado y el brazo colgando por el borde de la cama, me vibra el móvil en la mesilla.
Es el grupo FERRETERÍA 🔧❤️.
Román ha mandado una foto. Un folio escrito a mano, apoyado en la mesa de la cafetería, con su letra torcida de chico que escribe rápido. El plan de rodaje. Lo hicieron ayer, Adri y él, mientras yo estaba aquí con la tensión baja.
SÁBADO 28 — CIEZA 8:00 — Persiana (plano fijo, desde la acera de enfrente) 8:15 — Cajones (detalle, manos de papá) 9:00-13:00 — Clientes (esperar, no forzar nada) 13:00 — Arroz de mi madre (esto no se graba, esto se come)
Y abajo, en otro color, en boli azul:
Cámara: Román / Sonido: Adri (boda, NO PUEDE) / Nerea: cámara 2 (si puede)
(si puede).
Entre paréntesis. Con un punto dentro. Escrito antes de preguntarme nada. Escrito el jueves, mientras yo le decía por mensaje que estaba tumbada en casa con la tensión baja.
Y debajo de la foto, un mensaje de Adri: qué pro tío 🔥🔥. Y un pulgar de Román. Nada más.
Miro el paréntesis, con la luz del móvil en la cara y la respiración de Aitor al lado, lenta, tranquila, la respiración de alguien que se duerme en cinco minutos y no se despierta hasta las ocho.
(si puede).
Román ya lo sabía. Antes de pedírmelo. Antes del domingo, antes del arroz con conejo, antes de «te pago el bus». Ya sabía que a lo mejor no podía. Lo escribió entre paréntesis para que no pesara. Para que si yo no iba, no hubiera un hueco en el folio. Para que el plan funcionara igual con o sin mí.
Es lo más amable que ha hecho nadie por mí en semanas. Y es un paréntesis.
Apago el móvil. Lo pongo bocabajo en la mesilla. Y me quedo despierta hasta las tres, mirando el techo de Vistabella, que no tiene ninguna mancha con forma de nada, que es blanco y liso y perfecto, y en el que no se puede encontrar ningún conejo aunque lo mires toda la noche.
·
El domingo por la tarde, Román me pide ayuda.
No en la cafetería, ni en el grupo. Me escribe a las cuatro, por privado.
«Oye, una cosa. El sábado que viene rodamos en Cieza el primer día, a las ocho de la mañana, cuando mi padre abre. Adri no puede, tiene una boda. Yo sé grabar, pero no como tú. No sé dónde ponerme. ¿Te vendrías? Te pago el bus y te invita mi madre a comer,
que hace un arroz con conejo que te cambia la vida. Y así me enseñas un poco a usar la cámara bien, que yo con el móvil no llego.»
Lo leo en el sofá de Vistabella, con la cabeza en las piernas de Aitor, que está leyendo un guion con un lápiz en la boca.
El sábado que viene.
El sábado que viene Aitor tiene un rodaje de un anuncio en Águilas y me ha dicho que a lo mejor me puedo venir de auxiliar, a aprender. Que no me lo promete, que depende del productor. Que me dice algo el jueves.
—¿Quién es? —dice Aitor, sin sacarse el lápiz de la boca.
—Román. Que si le ayudo a grabar en Cieza el sábado.
—¿El de la ferretería?
No sé cuándo le he contado lo de la ferretería. Se lo habré contado alguna noche.
—Sí.
—Es una idea muy bonita. —Pasa una página del guion—. Un poco obvia, pero bonita. El padre, el cierre, el oficio que se pierde. Lo he visto veinte veces en primero. —Hace una marca con el lápiz—. Pero haz lo que quieras, eh. Si prefieres ir a Cieza, ve a Cieza. Lo de Águilas ya veremos si sale.
«Haz lo que quieras.»
Y lo dice sin ningún tono. Sin molestarse. Sin pedirme nada. Me deja decidir a mí, como siempre.
Y yo escribo a Román:
«Uf, el sábado no puedo, tengo un compromiso familiar que no me puedo saltar. ¡Lo siento muchísimo! Pero te explico cosas de la cámara antes, el jueves en clase, y te dejo la mía si quieres.»
Y es la primera vez en mi vida que uso a mi familia como excusa para algo.
·
Román contesta a los diez minutos.
«Vale, no te preocupes. Y no hace falta la cámara, me apaño con el móvil. Gracias igual.»
No pone emoji. Ni el cohete de Yago, ni el pulgar, ni nada. Román, que pone emojis hasta para decir que llega tarde. Una frase, un punto, y «gracias igual», que es lo que se dice cuando no hay nada que agradecer.
Y me doy cuenta, leyendo esas once palabras en el sofá de Vistabella, de que en tres días le he mentido a Román dos veces.
Que le he dicho que tengo la tensión baja y que tengo un compromiso familiar.
Que las dos mentiras han sido para estar en el mismo sitio, en este sofá, con esta cabeza en estas piernas.
Y que Román Vidal-Quadras, que vive a cinco minutos de mi casa, que me ofreció un Aquarius y el arroz con conejo de su madre, que me presta un boli desde el primer día de clase y todavía no me lo ha pedido de vuelta, que me da igual, que no me duele,
es exactamente la persona a la que menos me cuesta mentir de todo Murcia.
Y eso, precisamente eso, es lo que tendría que haberme asustado.
Pero Aitor me pregunta si tengo hambre, y si quiero que pidamos algo, y yo digo que sí, que tailandés. Y pedimos tailandés. Y lo de Águilas, al final, el jueves, no sale.