17
Jimena me lo pregunta el domingo quince, a las ocho y veinte de la mañana, en la cocina, cuando entro con las llaves todavía en la mano.
No me esperaba que estuviera despierta. Es una tontería, porque Jimena está despierta siempre a las ocho y veinte, lleva despierta desde las siete, lleva despierta a las siete desde que tenía siete años.
Pero yo he subido la escalera de puntillas, y he girado la llave muy despacio, y he empujado la puerta con el hombro para que no chirríe, como si estuviera entrando en una casa donde duerme alguien.
Y ella está en la mesa de la cocina, con el café y los apuntes, y levanta la cabeza.
Me mira. Mira el abrigo, que es el de anoche. Mira el pelo, que llevo recogido de cualquier manera. Mira la bolsa de tela del Mercadona que llevo colgando del hombro y en la que he metido el cepillo de dientes, un cargador y una camiseta limpia, y que no llevo nunca a ningún sitio.
—Buenos días —dice.
—Buenos días.
—¿Quieres café? Está recién hecho.
—Vale.
Me sirve una taza. Me siento. Y durante un minuto entero no dice nada, sigue subrayando, y yo me bebo el café a sorbos pequeños, demasiado caliente, y el silencio se me va poniendo encima de los hombros como un abrigo mojado.
—Es la segunda noche seguida —dice.
No levanta la vista del libro.
—¿La segunda qué?
—Que no duermes aquí. Ni el viernes ni ayer. Y el martes de hace dos semanas volviste a las cinco menos veinte. —Pasa la página—. No te lo digo por nada. Es que me despierto a las siete y oigo la casa, y sé quién está y quién no.
El cuerpo se me despierta solo a ver si llega alguien. Me lo dijo en la escalera, con la caja diez en los brazos.
·
Y aquí es donde miento.
No lo tengo pensado. No he preparado nada. Pero la mentira me sale entera, redonda, con todos los detalles puestos, como si alguien la hubiera escrito antes por mí y yo solo tuviera que leerla.
—Estoy con Yago.
Jimena levanta la cabeza.
—¿Con Yago?
—Sí. Bueno. Estamos… viéndonos. Me quedo en su casa. En Santa Eulalia. Es que él pincha hasta las seis y luego ya no tiene sentido volver.
—Ah.
—No te lo he dicho porque no es nada serio. No quiero que sea nada serio. Y si se lo digo a Vera se lo va a contar a todo Bellas Artes.
Y esa última parte es verdad, lo de Vera, y por eso la digo, porque una mentira con un trozo de verdad dentro se sostiene mejor, igual que una copa bien hecha lleva el hielo hasta arriba para que no se agüe. Eso tampoco lo aprendí en ningún libro.
Jimena me mira un momento más.
—Vale —dice.
Y vuelve a los apuntes.
Y es el mismo «vale» de la escalera, el de la caja trece, el de mi madre. Pero no suena igual. Aquel sonaba a una puerta que se abre. Este suena a una puerta que alguien deja como estaba, sin abrirla ni cerrarla, porque no es su puerta.
·
Me voy a mi cuarto y me tumbo en la cama con la ropa puesta.
Y me pongo a pensar en Yago, que es lo que no debería hacer.
En que el audio de cuarenta segundos del domingo pasado lo escuché el martes.
Decía: «Oye, que el viernes pincho en una fiesta en un garaje de Santiago el Mayor, una cosa pequeña, de amigos. Si te apetece, vente. Y si no, pues nada, el jueves te escribo».
Y yo le contesté el martes por la noche, cuatro días después, con un «uf, esta semana imposible, exámenes» y una cara de agobio. Y él contestó con el cohete.
Y el jueves me escribió, a las ocho y diez, como siempre. Y yo no contesté.
Y ahora lo estoy usando.
Estoy usando su nombre y su casa de Santa Eulalia y sus gatos del tejado y sus horas de pinchar para tapar otra cosa. Y él no lo sabe. Él está en ese momento, a las ocho y media de un domingo, durmiendo en la cama sin cabecero, sin tener ni idea de que desde hace dos semanas yo estoy con él.
Me da vergüenza. Me da una vergüenza física, de las que se sienten en el estómago.
Y me dura hasta que el móvil vibra encima de la cama.
«¿Has llegado bien? Ya te echo de menos. Qué tontería, ¿no?»
Y la vergüenza se me va. No del todo. Se va a otra habitación, como se va la gente cuando alguien atiende una llamada.
·
A la hora de comer aparece Vera en la cocina, recién levantada, con el pelo en la cara y el colacao, y dice, sin que nadie le pregunte nada:
—Por cierto, el viernes estuve con Yago en lo del garaje. Qué fiestón. —Remueve el colacao—. Oye, Nerea, dice que no le contestas. Que si estás bien.
Jimena, que está fregando, no se gira. Pero deja de fregar. El agua sigue corriendo, y ella tiene las manos quietas dentro del fregadero, con un vaso.
—Es que he estado liadísima —digo—. Le escribo hoy.
—Escríbele, que es muy buen tío. —Vera bebe—. Y tiene a medio Bellas Artes detrás, ¿eh? No lo digo por nada. Pero si no lo quieres, avisa, que hay cola.
Y se ríe, y se va con el colacao a su cuarto, cantando algo.
Jimena cierra el grifo.
Seca el vaso con el trapo, despacio, muy despacio, más de lo que hace falta para secar un vaso. Lo deja en el escurridor. Se seca las manos.
Y sale de la cocina sin mirarme.
·
A las cuatro salgo a dar un paseo, porque no aguanto el piso, y sin decidirlo acabo en Santa Eulalia.
No sé cómo. Salgo de Mariano Padilla hacia la catedral, doblo por Trapería, sigo andando sin mirar, y a los veinte minutos estoy en una calle estrecha detrás de una iglesia, delante de un portal que conozco, con un tejado enfrente lleno de gatos.
El portal de Yago.
Me quedo en la acera de enfrente. No me acerco.
Miro la ventana del segundo, que tiene la persiana a medio bajar, y detrás, un trozo de la estantería de los vinilos ordenados por colores.
Y en el tejado, al otro lado de la calle, el gato que me miraba aquella mañana de octubre.
O uno igual. Negro, con una mancha blanca en el pecho.
Tumbado al sol de noviembre, con los ojos medio cerrados.
Y pienso que ahí dentro, ahora mismo, a las cuatro y veinte de un domingo, Yago está durmiendo.
Que pinchó anoche en la sala de las Cuatro Esquinas hasta las seis.
Que se levantará a las cinco con la cara cansada, se hará un café solo en la cocina de los azulejos de los setenta, y mirará el móvil.
Y que en el móvil no habrá nada mío desde el martes.
Y que hace ocho horas le dije a Jimena que es aquí donde duermo cuando no duermo en casa.
Cruzo la calle. Me pongo delante del portal. Levanto la mano hacia el telefonillo, hacia el botón del segundo, que tiene una etiqueta escrita a mano con tres nombres de chicos, el primero de ellos Yago.
Y no llamo.
No sé qué le diría. Hola, soy yo, llevo dos semanas diciéndole a mi compañera de piso que duermo contigo. Necesitaba verte la cara para saber cómo es la cara de alguien a quien le estás haciendo esto sin que lo sepa. No se puede decir. No hay manera de decirlo que no sea peor que no decirlo.
Bajo la mano.
Y el gato del tejado abre un ojo. Me mira. Y lo vuelve a cerrar, con un desprecio tranquilo que me merezco entero.
Vuelvo a Mariano Padilla por otro camino, por la plaza de Santa Eulalia, por la calle de la Merced, rápido. Y al pasar por delante de un bar pequeño con la persiana a medio subir y un cartel pintado a mano que dice Marineras y caballitos — desde 1974, no me paro. No miro.
Está abierto. Hay gente en la barra. Huele a aceite y a limón.
Y sigo andando.
·
Esa tarde no voy a Vistabella.
Le escribo a Aitor que tengo que estudiar, que es verdad, y me pongo a estudiar, y no me entra nada. Me paso tres horas delante de los mismos apuntes de Teoría de la Comunicación leyendo la misma página, y en algún momento descubro que lo que estoy haciendo en realidad es escuchar la casa.
Como Jimena. A ver quién está y quién no.
Oigo a Vera en su cuarto hablando con su novio por videollamada. Oigo a la señora del segundo con la tele. Oigo el patio interior, alguien tendiendo, las pinzas. Y oigo a Jimena en su cuarto, al otro lado de la pared, estudiando en silencio, y a las nueve y media apagando la luz.
No ha venido a mi cuarto. No ha llamado a la puerta. No me ha preguntado nada más, ni me ha dicho que sabe que Yago estaba en un garaje de Santiago el Mayor el mismo viernes que yo, según yo, estaba con él en Santa Eulalia.
No me ha pillado. Eso es lo que me digo. No me ha pillado, porque no ha dicho nada.
Y a las diez menos cuarto le escribo a Yago. Tardo un rato en decidir qué. Al final pongo: «Perdona, han sido semanas horribles. Estoy bien. Hablamos pronto».
Contesta a los dos minutos.
«Tranqui. Cuando quieras. 🚀»
Y yo miro el cohete, y pienso que es el emoji más triste que he visto en mi vida, y apago la luz.
Y lo último que pienso, antes de dormirme, es que hay dos personas en esta casa que ahora mismo saben algo de mí que no es verdad, y que una de ellas, además, sabe que no es verdad. Y que yo no sé cuál de las dos cosas me quita más el sueño.