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La fiesta de primero la organiza la delegación de alumnos el viernes trece de noviembre en una discoteca de la Gran Vía que por las tardes es un bingo, y a las once y media de la noche, en la cola del baño de chicas, me entero de que medio curso está enamorado de Aitor Belmonte.
La cola es larga. Veinte chicas en un pasillo estrecho con la moqueta roja y las paredes de espejo, esperando delante de una puerta que se abre cada cuatro minutos.
Y en las colas de los baños de chicas se habla de todo, porque no hay nada más que hacer, porque hay espejos, porque el volumen de la música baja un poco al fondo del pasillo y la gente se oye.
Y delante de mí hay tres de mi clase. Tres de la segunda fila, de las que se sientan siempre juntas, de las que tienen el mismo bolso de tres colores distintos. No sé cómo se llaman. Sé que una es de Lorca y otra lleva siempre una coleta muy alta.
—¿Pero tú lo has visto hoy? —dice la de la coleta—. Con la camisa azul. Remangada.
—Calla, calla.
—Es que es ilegal que un profe esté así. Debería estar prohibido por el rectorado.
Y las tres se ríen.
—El de Lenguaje —dice la de Lorca, bajando la voz, como si fuera un secreto de Estado—. El Belmonte. Está buenísimo.
·
Me quedo muy quieta en la cola.
Estoy detrás de ellas, a un metro. No me han visto, o me han visto y no les importo, que en una cola de baño es lo mismo.
Tengo un vaso de plástico con un gin-tonic en la mano y el bolso colgado y el móvil en el bolso, y en el móvil, en el chat de arriba del todo, un mensaje de hace una hora que dice «¿A qué hora te escapas? Te espero despierto».
—Mi prima, que está en tercero —dice la tercera, la del bolso rosa—, dice que el año pasado había una de primero que estaba coladísima. Que se sentaba siempre en primera fila y le hacía preguntas después de clase.
—¿Y él?
—Nada. Él es muy profesional. Mi prima dice que es de los que no hacen nada. Que es muy majo con todas y ya. Que las chicas se lo montan solas.
—Pues yo me lo montaba sola también —dice la de la coleta, y se ríen otra vez, y se abre la puerta del baño y entran las tres a la vez, como se entra en los baños de las discotecas.
Y el pasillo se queda para mí sola, con el espejo delante.
Que las chicas se lo montan solas.
Y me miro. En el espejo de la pared, con la luz roja de la discoteca, con el vaso en la mano. Y veo a una chica de veinte años muy maquillada, con el top negro de Vera, que tiene en el bolso un mensaje que dice «te espero despierto». Y siento, a la vez, dos cosas que no pegan.
La primera es orgullo. Un orgullo pequeño, sucio, que me da vergüenza reconocer: que de las setenta, de todas las que se lo montan solas, de todas las que se sientan en primera fila y hacen preguntas después de clase, soy yo.
La segunda no sé lo que es. Es una cosa fría, que me sube por la espalda. Es la palabra año pasado.
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Vuelvo a la pista.
La discoteca es enorme y está llena de primero de todas las carreras de Comunicación, trescientas personas con el mismo pelo y la misma ropa, bailando lo mismo.
Hay una tarima al fondo donde se sube la gente a bailar y a hacerse fotos.
Hay un fotógrafo contratado por la delegación, con una cámara de verdad y un flash, que va pasando por las mesas y dice «¡foto!»
y todo el mundo pone la misma cara. Y hay trescientos móviles más, grabando historias, haciendo selfis, retransmitiendo.
Y yo vuelvo a ponerme de lado. Sin pensarlo. Cada vez que veo un flash.
Román me encuentra en una esquina, al lado de una columna de espejos, con el vaso vacío.
—¡Baresa! Te he buscado por todas partes. ¿Bailas?
Y le digo que sí. Y bailamos. Una canción.
Dos. Román baila fatal, baila como bailan los chicos de pueblo que se han criado en las verbenas, con los brazos demasiado sueltos y los pies a destiempo, y se ríe de sí mismo mientras lo hace, y a mí se me pega la risa.
Y durante esas dos canciones no pienso en el móvil. Ni en el mensaje. Ni en año pasado.
Y a la tercera canción me vibra el bolso.
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«Estoy despierto. ¿Vienes o te quedas? No pasa nada si te quedas, eh. Pásalo bien.»
Lo leo en la pista. Con Román bailando delante de mí. Con la luz roja y azul pasando por la pantalla.
Y no pasa nada si te quedas es exactamente lo que hace que me vaya.
—Román —le digo al oído, por encima de la música—. Me voy.
—¿Ya? ¡Si es la una y media!
—Estoy muy cansada. La semana ha sido horrible.
Me mira. Se para de bailar. Y hace una cosa que no le he visto hacer nunca: me mira como miro yo, como mira alguien que está leyendo una cara.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo cansada.
—¿Te acompaño a casa? Mariano Padilla me pilla de camino.
Y no, no le pilla de camino. Román vive en Santa Eulalia, que está hacia el otro lado. Y él lo sabe, y yo lo sé, y los dos sabemos que lo sabemos.
—No, de verdad. Voy andando, está aquí al lado. Quédate. Pásalo bien.
Y digo pásalo bien con la misma voz con la que me lo han dicho a mí por mensaje cuatro minutos antes. Me doy cuenta cuando ya lo he dicho.
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Salgo a la Gran Vía. Hace frío. Es la una y treinta y ocho de la madrugada de un viernes y hay gente por todas partes, grupos en las puertas de los bares, taxis parados en doble fila, un chico vomitando con discreción en una papelera.
Y echo a andar. Hacia el sur. Hacia el río. Justo en dirección contraria a Mariano Padilla.
Y a los cien metros, en un semáforo, me doy la vuelta sin saber por qué.
Y en la puerta de la discoteca, entre la gente que fuma, está Román. Sin abrigo. Con las manos en los bolsillos. Mirando hacia donde yo estoy.
No me saluda. No me llama. No viene. Solo me mira, a cien metros, a la una y cuarenta de la madrugada, cómo me voy hacia el río en vez de hacia mi casa.
Y se abre el semáforo. Y cruzo. Y ya no me doy la vuelta.
·
Aitor me abre la puerta en Vistabella a las dos menos diez, con la sudadera gris y las gafas de cerca, con un libro en la mano con el dedo metido dentro para no perder la página.
—¿Qué tal la fiesta?
—Bien. —Me quito el abrigo—. Había una cola de baño muy larga.
Y no le cuento nada más. No le cuento lo de la coleta, ni lo de la camisa azul remangada, ni lo de «es muy profesional». No le cuento lo de año pasado. No le pregunto quién era la de primero que se sentaba en primera fila y le hacía preguntas después de clase, ni qué pasó con ella, ni si pasó algo.
No le pregunto porque sé lo que me va a contestar.
Me va a contestar «nada, una alumna muy maja que se colgó un poco, ya sabes cómo son en primero».
Y lo va a decir con una sonrisa, con la voz cansada y cariñosa de explicar algo obvio.
Y va a ser verdad, seguramente. Y yo me voy a sentir tonta por haberlo preguntado.
Y sobre todo no le pregunto porque, si pregunto, él va a saber que las de mi clase hablan de él en la cola del baño. Y va a pensar en ellas. En la de la coleta, en la de Lorca. Y no quiero que piense en ellas.
Y eso, que no quiera que piense en ellas, es lo que me da más miedo de toda la noche.
·
A las nueve de la mañana, en su cama, con él dormido boca abajo y el brazo colgando por el borde, abro Instagram.
La delegación ha subido las fotos del fotógrafo contratado.
Trescientas fotos. Las paso con el pulgar, una detrás de otra, buscándome sin querer buscarme.
Y no salgo en ninguna. En ninguna. Ni de lado, ni de espaldas, ni al fondo.
En trescientas fotos de una fiesta en la que he estado dos horas, no existo.
Y me da un alivio enorme. Un alivio que no entiendo.
Y en la foto doscientos doce, sale Román.
Solo. En la puerta de la discoteca, entre la gente que fuma, sin abrigo, con las manos en los bolsillos, mirando hacia la calle.
El fotógrafo le ha pillado sin que él se diera cuenta, de perfil, con la luz de neón del cartel encima.
Tiene una cara que nunca le he visto en clase.
Una cara de alguien que mira cómo se va algo y no hace nada para pararlo porque sabe que no le toca.
Y debajo, alguien ha escrito: el más guapo de la fiesta y solito 🥺
Y tiene doscientos «me gusta».
Cierro Instagram. Dejo el móvil bocabajo en la mesilla, al lado del de Aitor, que también está bocabajo.
Y me doy la vuelta hacia la pared, y cierro los ojos, y no me duermo.