Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 15
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Las reglas las pone el domingo, en el sofá gris, con mis pies encima de sus piernas y la luz de las siete de la tarde entrando de lado por la ventana.

No las llama reglas. Nunca las llama así. Las dice como se dicen las cosas obvias, las que cualquiera con dos dedos de frente ya sabría, con la voz tranquila y un poco cansada de quien explica algo que le preocupa por ti.

—Esto no lo puede saber nadie en la facultad —dice—. Nadie. Ni Román, ni el otro, ni tus compañeras de piso.

—Mis compañeras de piso no son de la facultad.

—Las compañeras de piso hablan, Nerea. Todo el mundo habla.

—Me pasa el pulgar por el tobillo—. No es por mí.

O no solo. Si esto se sabe, a mí me cuesta el puesto, eso es verdad.

Pero a ti te cuesta más. Tú pasas a ser la que se acuesta con el profesor.

Da igual el 8,1 de Berruezo. Da igual el diez del análisis.

Da igual el plano del tranvía. Todo lo que hagas a partir de ahí lo vas a haber conseguido por eso.

Y tiene razón. Eso es lo peor, o lo mejor: que tiene razón. Lo pienso y no le encuentro ni una grieta.

—Vale —digo.

—No quiero que parezca que te escondo.

—No lo parece.

—Es que te estoy protegiendo.

—Ya lo sé.

Y me besa en la frente, que es una cosa que no me ha hecho nadie nunca, ni mi padre, y se levanta a hacer la cena.

·

Es la tercera vez que vengo en cinco días.

El martes por la noche. El jueves por la tarde, después de clase, cogiendo el tranvía en sentido contrario al de siempre para que nadie de primero me viera bajar en la parada que no es. Y hoy, domingo, desde las cuatro.

Siempre aquí. Siempre dentro. No hemos salido juntos a ningún sitio, ni a tomar un café, ni a pasear por el río, ni a comprar el pan.

Él baja a por el pan solo y vuelve con dos napolitanas y una sonrisa, y dice «te he traído de chocolate», y yo pienso que es un detalle precioso que se acuerde de que me gusta el chocolate, y no pienso nada más.

No me molesta. Eso quiero decirlo. En ese momento, a principios de noviembre, no me molesta nada.

Tengo la sensación de estar dentro de algo, de algo que solo existe entre estas cuatro paredes y que es mío, y que fuera, en el tranvía, en la facultad, en la cocina de Mariano Padilla, nadie sabe que existe.

Y eso me gusta. Me gusta tener una cosa que es solo mía.

Aquí nadie sabe quién era. Y aquí, además, nadie sabe quién soy.

·

A las ocho y cuarto voy al cuarto de baño.

Es un baño pequeño, de azulejos blancos, muy limpio. Un vaso con un cepillo de dientes azul. Una maquinilla. Una colonia que huele a madera. Una toalla gris.

Y en el grifo del lavabo, enrollada, una goma del pelo.

Negra, de las normales, de las de tela. Con un pelo largo enredado. Castaño oscuro. Más largo que el mío.

La miro un momento. No la toco.

Luego salgo, y vuelvo al salón, y él está en la cocina cortando cebolla con una concentración muy seria, con las gafas de cerca otra vez, y le digo, como si comentara el tiempo:

—Hay una goma del pelo en tu baño.

No deja de cortar.

—Será de Mari Carmen.

—¿Quién es Mari Carmen?

—La señora que viene a limpiar los jueves. —Echa la cebolla a la sartén—. Se deja cosas por todas partes. La semana pasada se dejó las gafas.

Y suena la cebolla en el aceite, y huele bien, y él me pregunta si me gusta el picante, y le digo que sí, y me pone un poco de guindilla, y la goma del pelo se queda en el grifo del lavabo, y yo me siento en la silla de la cocina y me olvido de ella en tres minutos.

O eso me digo. Que me olvido.

La verdad es que me acuerdo de que tenía un pelo largo enredado. Y de que era castaño oscuro. Y de que Mari Carmen, si viene los jueves, estuvo aquí hace tres días, el mismo día que yo.

Pero pienso en la guindilla, y en la napolitana de chocolate, y en la frente, y me olvido.

·

A las nueve y cinco me vibra el móvil encima de la mesa.

Papá.

Lo cojo y me voy al baño, sin pensarlo, como se sale de una habitación para hablar de algo privado. Cierro la puerta. Me siento en el borde de la bañera.

—¿Qué pasa, hija?

—Nada. ¿Y tú?

—Nada.

Y me cuenta el camping. Los holandeses del nueve, que han adelantado la vuelta porque a él le ha salido algo en un análisis y quieren hacérselo mirar en Holanda.

Siete parcelas ocupadas. Una tormenta el jueves que ha tirado un pino encima de la valla del fondo.

El seguro dice que el pino es cosa suya y la valla también.

Y yo le escucho con la mitad de la cabeza. Con la otra mitad estoy oyendo, a través de la puerta, la sartén en la cocina, y la música que ha puesto él, bajita, algo de piano, y estoy calculando cuánto rato llevo aquí dentro.

—¿Y tú qué? —dice mi padre—. ¿Dónde estás, que suena raro?

—Estudiando. En casa de unas compañeras.

—Ah. Pues no te entretengo.

—No, papá, si no me entretienes.

—Que no, que estás con gente. Te llamo el domingo que viene.

Y cuelga.

Miro la pantalla. Papá — 9 min.

Me quedo sentada en el borde de la bañera un rato más, delante de la goma del pelo del grifo, y noto una cosa pequeña en el pecho, como un pellizco. Y no le pongo nombre. Me levanto y salgo.

·

Él está sirviendo dos platos en la mesa de la cocina.

—¿Tu padre?

—Sí.

—¿Todo bien?

—Sí. Un pino que se ha caído.

Y me siento, y él se sienta enfrente, y durante un momento no come. Me mira. Con esa atención completa de la tutoría, la de los brazos cruzados.

—Tu padre te quiere mucho —dice.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te llama todos los domingos a la misma hora. —Coge el tenedor—. Eso no lo hace nadie. Los míos me llaman cuando se acuerdan, que es en Navidad y en mi cumpleaños si alguien se lo recuerda.

Y me emociona. No sé por qué me emociona tanto, pero se me pone un nudo en la garganta, en la mesa de la cocina de Vistabella, delante de un plato de pollo con cebolla y guindilla.

Porque tiene razón, mi padre me quiere mucho, y lo ha visto él, que no le conoce de nada, que solo ha oído el móvil vibrar encima de una mesa.

Lo que no pienso, porque en ese momento no se me ocurre, es que acabo de colgar a mi padre a los nueve minutos para volver a esta mesa. Y que él lo sabe.

·

Después de cenar pone una película en el proyector, contra la pared vacía del salón, y a los veinte minutos la para.

Con el mando. En una cara. Una actriz francesa de unos cuarenta años, sentada en un tren, mirando por la ventanilla, con la cara quieta y los ojos un poco húmedos.

—¿Qué le pasa? —dice.

Y yo la miro. Me incorporo en el sofá. La miro de verdad, como miraba a la mujer de la parada de Lorca.

—No quiere llegar —digo—. Va a algún sitio donde la esperan, y no quiere llegar. Mira la ventanilla para no mirar el reloj.

Aitor se ríe bajito. Pone la película otra vez. Y a los dos minutos, en la estación, la mujer baja del tren, y en el andén la espera un hombre con un ramo, y ella sonríe, y la sonrisa no le llega a los ojos.

—¿Ves? —dice él—. Nadie ve eso. Nadie.

Y lo convierte en un juego. Durante una hora, para la película cada diez minutos, en una cara, y me pregunta.

Qué le pasa a este. Qué va a hacer esta.

Qué está pensando el camarero del fondo que no sale en los créditos.

Y yo contesto, y acierto casi siempre, y cada vez que acierto él hace un ruido pequeño con la garganta, de satisfacción, el de un profesor que ve a un alumno resolver un problema que lleva tiempo explicando.

Y me encanta. Me encanta ese juego. Me encanta que alguien vea lo que sé hacer y lo convierta en algo que vale algo, en lugar de algo que se aprende detrás de un mostrador por necesidad.

·

A las diez y media, con la película acabada y la luz del proyector todavía encendida contra la pared, saco el móvil.

No lo pienso. Estoy tumbada en el sofá con la cabeza en su hombro, y la luz azul del proyector nos da en la cara de lado, y los dos estamos guapos, lo sé sin mirarnos, y quiero guardarlo. Una foto. Una sola. Para mí. Para el móvil, para la carpeta que no enseño a nadie.

Levanto el brazo. Pongo la cámara frontal. Nos veo en la pantalla, los dos, la luz azul, su hombro, mi pelo.

Y él pone la mano delante del objetivo.

Riéndose. Con la palma abierta, tapando la cámara entera, como un famoso en la puerta de un juzgado.

—Nada de fotos —dice.

—Una. Para mí.

—Nada de fotos, Nerea. —Me baja el brazo con suavidad, con la mano todavía sobre el móvil—. Las fotos las carga el diablo. Se te pierde el móvil, te lo roban, lo coge una compañera de piso para mirar la hora, y ya está. Ya lo sabe todo el mundo.

—Nadie me va a coger el móvil.

—Eso dice todo el mundo. —Me besa en la sien—. No es por mí. Es por ti. Si esto sale, a ti te cuesta más. Te lo he explicado.

Y guardo el móvil.

Y no me enfado. Tiene razón. Otra vez. Siempre tiene razón en estas cosas. Y además lo ha dicho riéndose, con la mano delante de la cámara, como un juego, como el juego de las caras.

Y no pienso, porque cómo lo voy a pensar esa noche, que alguien que no quiere que exista ni una foto de los dos en ningún sitio del mundo puede estar pensando en lo contrario de lo que dice. Que el problema, para él, no son las imágenes. Es quién las tiene.

·

A las once me acompaña hasta la puerta, y ahí se para.

No baja. No me acompaña hasta el portal, ni hasta la esquina, ni hasta el puente. Me besa en el recibidor, con la puerta entornada, y se queda dentro.

—Escríbeme cuando llegues.

—Vale.

—Y Nerea. —Me coge la mano un momento—. Esto es nuestro, ¿vale? Solo nuestro.

Y lo dice de una manera que suena a regalo. Que suena a lo más bonito que me han dicho nunca. Solo nuestro.

Bajo los tres pisos sola, en la escalera oscura, con el temporizador de la luz que se apaga a mitad del segundo tramo y me deja a tientas. Salgo a la calle. Cruzo el puente.

Y le escribo cuando llego, a las once y veintiocho, «ya estoy», con un corazón.

Me contesta con otro corazón a las once y veintinueve.

Y a las once y media, en la cama, a oscuras, el móvil vibra una vez más. Es Yago. Un audio de cuarenta segundos que no escucho. Solo veo la notificación, Yago: 🎤 0:40, y la dejo ahí, y pongo el móvil bocabajo en la mesilla.

Mañana lo escucho, pienso. Mañana.