Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 14
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La nota de Berruezo sale el lunes dos de noviembre a las tres de la tarde, en el aula virtual, sin aviso, como salen todas las cosas que importan.

Un 8,1.

Lo miro en el móvil, en la cafetería, con Román al lado comiéndose un bocadillo de tortilla, y no digo nada durante tanto rato que Román deja de masticar.

—¿Qué? ¿Cuánto?

Le enseño la pantalla. Román mira el número y luego me mira a mí y luego vuelve a mirar el número, y dice «¡Baresa!» tan alto que se gira media cafetería, y me da un abrazo con el bocadillo todavía en la mano, y me mancha la sudadera de aceite, y me da igual.

Él ha sacado un 5,2. Dice que la peli de Disney le ha salvado la vida.

Y el examen corregido lo podemos ver escaneado.

Lo abro. Los dos folios y medio de la tercera pregunta tienen marcas en rojo por todas partes: un tic aquí, un subrayado allí, un «bien» en el margen al lado de isocronía.

Y al final, al lado de la frase que casi tacho, la de el tiempo del relato es lo que decide el que mira, Carmen Berruezo ha escrito con su letra de imprenta, grande, sin florituras:

Esto sí puntúa.

Me quedo mirándolo mucho tiempo.

Y después pienso en lo que dijo Aitor en la escalera: te pone un ocho mínimo. Y pienso que ha acertado. Que sabía exactamente lo que iba a pasar, y cuánto, y por qué. Y lo que me queda de todo eso, esa tarde, no es la frase en rojo de Carmen Berruezo. Es que él lo sabía.

·

El martes por la noche tengo que entregar un análisis de secuencia para Lenguaje Audiovisual. Cinco folios. Una escena de dos minutos de cualquier película, plano a plano.

He elegido una escena de la japonesa del pósit, la segunda, una cena familiar en la que nadie dice lo que piensa. Llevo toda la tarde con ella. Tengo cinco folios escritos. Y a las once y cuarenta de la noche, releyéndolos en la cama, veo que no valen nada.

No es que estén mal. Es que describen. Plano uno: la madre sirve el arroz. Plano dos: el hijo mira el cuenco. Plano tres: la abuela dice algo. Cinco folios de alguien que ha visto la escena con muchísima atención y no ha entendido para qué sirve.

Y se entrega mañana a las nueve.

·

Escribirle es idea mía.

Quiero que eso quede muy claro, porque durante mucho tiempo va a ser lo más importante de toda esta historia: que la primera frase la escribo yo, a las once y cuarenta y ocho, en la cama, con el portátil en las rodillas.

«Siento escribir a estas horas. ¿Puedo hacerte una pregunta del análisis de mañana?»

La respuesta llega en un minuto.

«Pregunta.»

Le explico lo que me pasa. Que he descrito la escena y no la he entendido. Que no sé qué me falta.

«Mándamelo.»

Se lo mando. Tarda doce minutos. Doce minutos en los que me muerdo la uña del pulgar hasta que me sangra un poco, que es una cosa que no hacía desde los catorce años.

Y luego:

«Tiene cosas muy buenas y un problema gordo. Es difícil de explicar por escrito, es de estructura. Por aquí va a ser un rollo.»

Y nada más.

No dice «llámame». No dice «ven». No dice nada que me obligue a nada. Dice que por escrito va a ser un rollo, y se queda ahí, esperando, con el «en línea» encendido debajo de su nombre.

Y yo miro el «en línea» y pienso en los cinco folios que no valen nada y en las nueve de la mañana y en el 8,1 que él ya sabía, y escribo:

«¿Estás muy lejos?»

Lo escribo yo. Lo mando yo.

«Vistabella. Ya tienes la dirección.»

·

Salgo del piso a las doce y cuarto con el portátil en la mochila y un abrigo encima del pijama, porque el pijama es un pantalón de chándal y una camiseta y nadie va a saber que es un pijama.

Jimena duerme. Vera no ha vuelto. Cierro la puerta sin hacer ruido, con la llave por dentro para que no suene el pestillo, que es una cosa que aprendí a los diecisiete para salir de casa sin que mi padre se enterara y que no había vuelto a hacer.

Cruzo el río por el Puente Viejo. Hace frío de verdad, el primer frío de noviembre, un frío húmedo que sube del agua. El río está negro y lleno de hojas. No hay nadie, solo un repartidor en bici con la mochila cuadrada que me adelanta sin mirarme.

Y voy pensando todo el camino que es por el análisis.

Que es un profesor que me va a explicar un problema de estructura.

Que es tarde, sí, pero que la entrega es a las nueve.

Que él lo ha dicho claro: es difícil por escrito.

Que no hay nada raro en cruzar Murcia a medianoche para arreglar un trabajo.

Que si fuera Román el que me ofreciera ayuda a medianoche, también iría.

Y sé que eso último es mentira, y lo pienso igual, y sigo andando.

·

El piso es un tercero en una calle tranquila, con una puerta de madera oscura y un felpudo que no dice nada.

Me abre descalzo, con una sudadera gris muy vieja y unas gafas de ver de cerca que no le he visto nunca en clase. Parece más joven con las gafas. Parece alguien que estaba leyendo en el sofá y se ha levantado a abrir.

—Pasa. Perdona el desorden.

No hay desorden. Hay un salón con una estantería que ocupa una pared entera, un proyector apuntando a otra pared vacía, un sofá gris, una mesa de cocina de madera con dos sillas y una lámpara encima que da una luz amarilla de bar antiguo.

Hay una copa de vino a medias en la mesa, una sola.

Y el portátil abierto con mi análisis en la pantalla.

—¿Quieres algo? ¿Agua? ¿Vino?

—Agua.

Me pone agua. Se sirve él un poco más de vino.

Imprime mis cinco folios en una impresora que está debajo de la mesa y que hace un ruido de tractor, y los pone delante de mí, y se sienta a mi lado —no enfrente, a mi lado, en la otra silla, que está pegada a la mía porque la mesa es pequeña—, y saca un boli rojo.

Y durante dos horas trabajamos.

Eso también quiero que quede claro. Trabajamos de verdad.

Me explica lo que me falta, que es una cosa muy sencilla y que no se me había ocurrido: que la escena no va de la cena, va de la silla vacía.

Que hay una silla vacía en la mesa que sale en seis de los catorce planos, y que yo la he descrito seis veces sin darme cuenta de que era el personaje principal.

Que el padre está muerto y nadie lo dice. Que la madre sirve un cuenco de más.

Me lo señala en los folios con el boli rojo, en cada plano donde está la silla, un círculo, un círculo, un círculo, y a la tercera se me pone la piel de gallina, y a la sexta lo tengo.

Y reescribo el análisis entero en su mesa, con mi portátil, desde la una hasta casi las dos, mientras él lee en el sofá, en silencio, con las gafas de cerca, y de vez en cuando le pregunto algo y él contesta sin levantar la vista del libro.

·

A las dos menos cinco lo termino.

Lo leo en voz alta. Los cinco folios nuevos. Él escucha desde el sofá con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo, y cuando termino no dice nada durante tanto rato que creo que se ha dormido.

Y luego abre los ojos.

—Esto es un diez —dice.

Y yo me río, porque no me lo creo, y porque son las dos de la mañana, y porque estoy en pijama con un abrigo encima en el salón de un profesor en Vistabella y la situación es tan absurda que solo se puede uno reír.

Y él se levanta del sofá y se acerca a la mesa, y se pone de pie a mi lado, y mira la pantalla por encima de mi hombro, y dice «la silla», muy bajito, como quien dice el nombre de alguien. Y yo giro la cabeza para mirarle, y lo tengo muy cerca, y él no se mueve.

No se mueve. Eso es lo que recuerdo. No se acerca ni un centímetro.

Se queda ahí, quieto, mirándome con las gafas de cerca todavía puestas, esperando, como si fuera yo la que tuviera que decidir algo.

Y lo decido yo.

Lo beso yo.

·

Lo que pasa después no lo voy a contar entero, porque no hace falta y porque me lo quiero guardar.

Solo una cosa. En un momento, más tarde, él se para, y me aparta el pelo de la cara con los dedos, y me pregunta en voz muy baja:

—¿Estás segura?

Y yo le digo que sí. Y me parece la pregunta más respetuosa que me ha hecho nadie nunca, y lo pienso, con esas palabras, en ese momento. Que me ha preguntado. Que me ha dejado decidir.

·

Vuelvo a Mariano Padilla a las cuatro y veinte de la mañana, andando, con el análisis de diez guardado en el portátil y el abrigo cerrado hasta el cuello.

Cruzo el Puente Viejo otra vez. El río sigue negro. No hay nadie, ni el repartidor. Hace tanto frío que me duele la cara, y no me importa, porque llevo dentro una cosa caliente que me dura todo el camino.

Y lo repaso. Paso a paso, como una secuencia.

Que le he escrito yo. Que he preguntado yo si estaba lejos.

Que he cruzado el río yo. Que lo he besado yo.

Que cuando me ha preguntado si estaba segura, le he dicho que sí yo.

Todo, cada paso, lo he decidido yo, como con Yago, como en la libreta del Mercadona: la primera vez que algo pasa exactamente como yo he decidido.

Y me meto en la cama a las cinco menos veinte sin hacer ruido, y me duermo pensando eso, y es verdad, cada una de esas cosas es verdad.

Lo que tardaré mucho tiempo en preguntarme es quién escribió «por aquí va a ser un rollo» y se quedó esperando.

Y quién me había dado la dirección nueve días antes, un domingo por la noche, por si acaso.