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Los padres de Adri se van a Benidorm el puente de Todos los Santos, y a las once de la mañana del viernes treinta Adri ya ha creado un grupo que se llama HALLOWEEN EN MI KASA 🎃🔪 con ochenta y siete personas dentro.
Ochenta y siete. Lo miro dos veces. Somos setenta en la clase.
Hay gente de Periodismo, de Publicidad, de Bellas Artes, de un equipo de balonmano del que Adri fue portero en el instituto, primos, vecinos, gente de Molina que nadie sabe de qué conoce.
Y el primer mensaje, de Adri, es la ubicación de su casa en el mapa, un chalé con piscina en Santa MarÃa de Gracia, y debajo: Normas: 1) Disfraz obligatorio.
2) No se entra en el cuarto de mis padres.
3) Los perros están en el garaje, NO LOS SAQUÉIS.
4) Lo que pasa en mi kasa se queda en mi kasa (mentira, subidlo todo) ? ?.
Y Román, desde la silla de al lado en la clase de Historia del Cine, me enseña su móvil por debajo de la mesa con el mensaje abierto, y pone cara de funeral.
—Va a morir alguien —susurra.
—¿Tú vas a ir?
—Claro que voy a ir. Alguien tiene que estar sobrio cuando llegue la policÃa.
·
Me disfrazo de camarera zombi.
No lo pienso mucho. Me pongo la camiseta negra del Salitre, la de verdad, la que me traje de La Manga en la maleta sin saber para qué, con el logo pequeño en el pecho.
Me recojo el pelo con las dos gomas, como en agosto.
Vera me pinta la cara con sombra de ojos gris y una herida en el cuello con pintalabios y un poco de café, y me hace unas ojeras hasta la barbilla.
—¿De qué vas? —pregunta Jimena, que no va, que tiene un examen de BioquÃmica el martes y ha decidido que el puente es para eso.
—De camarera en agosto.
Jimena me mira un rato.
—Da bastante miedo —dice—. Más que un zombi normal.
Yago viene a buscarme a las once a Mariano Padilla.
Va de nada. Va con su camiseta de los dos agujeros en el cuello y una máscara de carnaval veneciano que se ha comprado en una tienda de chinos de camino, dorada, con plumas, que le queda ridÃcula encima de la cabeza rapada por los lados.
Me mira de arriba abajo en el portal y dice:
—La camiseta es de verdad.
—La camiseta es de verdad.
—Da mucho miedo —dice, igual que Jimena, y me da un beso, y nos vamos en el Uber más caro que he pagado en mi vida.
·
El chalé de los padres de Adri es blanco, grande, con una verja verde y un jardÃn de césped artificial y una piscina tapada con una lona azul.
A las once y media ya hay ciento veinte personas dentro.
Por lo menos. No se puede contar, porque la gente entra y sale y se mueve y se mete en habitaciones y sale por ventanas.
Y yo, al entrar, hago lo que no puedo evitar: miro la barra.
La barra es la isla de la cocina, de mármol blanco, con doscientas botellas encima, abiertas, medio vacÃas, sin orden, con los vasos de plástico apilados en una torre que se cae cada cinco minutos.
No hay hielo, porque el hielo se ha acabado a las once y cuarto.
No hay nadie sirviendo. Cada uno se echa lo que quiere, como quiere, y lo deja donde quiere.
Y el suelo ya está pegajoso. Y hay una botella de ron de mil euros, de las del padre de Adri, abierta y con el tapón perdido, al lado de un cartón de vino de un euro.
Y a los diez minutos, sin darme cuenta, estoy detrás de la isla.
No lo decido. Me pasa. Coloco las botellas por tipos: blancas a la izquierda, oscuras a la derecha, refrescos delante.
Apilo los vasos en cuatro torres pequeñas en vez de en una grande.
Busco en el congelador de abajo y encuentro tres bolsas de guisantes congelados y un pollo, y meto los refrescos en el fregadero lleno de agua con los guisantes, para que se enfrÃen.
Le quito la botella de ron de mil euros a un chico de Publicidad que se la iba a echar entera en un vaso con Fanta, y la escondo en el horno.
Y a las doce, sin que nadie me lo pida, estoy sirviendo copas.
—Abuela —dice uno de segundo, el de la bota, Pablo, disfrazado de cura—. ¿Tú qué haces ah�
—Trabajar.
—Pero si es una fiesta.
—Por eso.
·
Yago pincha desde un móvil conectado a un altavoz del tamaño de una nevera. Pone cosas que la gente no quiere oÃr y la gente se queja y él no cambia, y a la tercera canción la gente deja de quejarse y baila.
Y Adri lo graba todo.
Todo. Desde la puerta. En directo. Con el móvil en alto, andando entre la gente, diciendo «¡saludad, saludad, que esto lo están viendo cuatrocientas personas!»
. Graba a los de balonmano tirándose a la piscina con la lona puesta.
Graba a una chica de Bellas Artes vestida de Frida Kahlo besando a un chico vestido de plátano.
Graba a su primo vomitando en una maceta. Lo sube todo.
Y cuando se acerca a la isla, con el móvil por delante como una linterna, diciendo «¡y aquà la camarera zombi de la casa, la abuela!», yo hago una cosa que no sé por qué hago.
Me agacho. Detrás de la isla. Como si se me hubiera caÃdo algo.
Y me quedo agachada, con las rodillas en el suelo pegajoso y la cara a la altura de los armarios de abajo, hasta que oigo que Adri se ha ido a grabar otra cosa.
Y cuando me levanto, Román está al otro lado de la isla, disfrazado de fantasma con una sábana de cuadros con dos agujeros, mirándome.
—¿Se te ha caÃdo algo? —dice, por debajo de la sábana.
—Un hielo.
—No hay hielo, Baresa.
—Por eso lo estaba buscando.
·
A las dos y cuarto miro el móvil.
Estoy detrás de la isla, sirviendo un gin-tonic sin hielo a una chica vestida de Wednesday Addams, y me vibra en el bolsillo del vaquero, y lo saco, y no es nada, es el grupo HALLOWEEN EN MI KASA con doscientos mensajes. Pero al sacarlo lo veo.
El chat de Aitor Belmonte. Abajo del todo, debajo del de LucÃa, debajo del de mi padre. Con el último mensaje del domingo, el que lleva seis dÃas ahÃ.
Otro dÃa.
Con punto.
Y en una cocina de Santa MarÃa de Gracia llena de ciento veinte personas disfrazadas, con Yago pinchando algo que suena a un tren descarrilando y un chico vestido de plátano llorando en el sofá, abro el chat.
Y escribo: «¿Qué haces?»
Y lo miro. Dos palabras. Un signo de interrogación. Las dos y dieciséis de la madrugada de un viernes. Una alumna de primero con la cara pintada de zombi y la camiseta de un chiringuito de La Manga, escribiéndole a su profesor de Lenguaje Audiovisual.
Y lo borro.
Letra a letra. Con el pulgar. Como se borra algo que alguien podrÃa ver por encima de tu hombro.
Y guardo el móvil. Y le pongo el gin-tonic a la chica de Wednesday Addams. Y me pregunta si soy la camarera de verdad, y le digo que sÃ, que me han contratado, y se lo cree, y me deja dos euros de propina en la isla, que me guardo.
·
La PolicÃa Local llega a las tres y cuarenta.
No es nada dramático. Es un coche patrullando despacio por la calle, con las luces pero sin sirena, que se para delante de la verja verde, y dos agentes que se bajan con cara de haber hecho esto mil veces, y un vecino en bata en la acera de enfrente con los brazos cruzados y el móvil en la mano.
Y la fiesta se acaba en cuatro minutos. Como se acaba una fiesta de verdad: no bajando la música, sino desapareciendo.
Ciento veinte personas que se evaporan por la puerta, por el jardÃn, por encima de la valla de atrás, con los disfraces a medio quitar, corriendo, riéndose, algunos grabando la huida.
Frida Kahlo sin una zapatilla. El plátano sin plátano.
Y Adri, en la puerta, hablando con los agentes, con la máscara de Scream en la mano, diciendo «sÃ, señor agente, no, señor agente, es que mis padres están en Benidorm», con una cara de niño de diez años que me da muchÃsima ternura, y que a los agentes también,
porque se van a los diez minutos con una advertencia.
Y se cierra la verja.
Y en el chalé quedan cuatro personas: Adri, Yago, Román y yo.
·
Yago se duerme en el sofá a las cuatro y cuarto, con la máscara veneciana en el pecho, como un rey muerto.
Adri se va a su cuarto a las cuatro y media diciendo que ahora mismo vuelve a ayudar, y no vuelve. Lo oÃmos roncar desde la cocina a los cinco minutos.
Y Román y yo recogemos.
Sin hablarlo. Él se quita la sábana de fantasma y la deja en una silla.
Yo me recojo mejor el pelo. Y empezamos por la cocina, porque en todos los sitios se empieza por la cocina.
Bolsas de basura: él mete y yo aguanto. Botellas: yo separo, él tira.
Vasos de plástico: todos a la misma bolsa.
El suelo: fregona, cubo, dos pasadas, la segunda con agua limpia, como en el Salitre.
Y luego el salón. Y luego el jardÃn, donde hay un zapato de Frida Kahlo flotando en la lona de la piscina y una bandeja de ganchitos volcada en el césped artificial que los perros, desde el garaje, huelen y lloran.
Nos dan las seis y veinte.
Y salimos a la acera, a la verja verde, y nos sentamos en el bordillo, porque no tenemos fuerzas para nada más, y vemos amanecer detrás de los chalés de enfrente, detrás de las palmeras, un amanecer naranja y sucio de octubre, sin mar, sin agua por ningún lado.
·
Román saca dos latas de Aquarius del bolsillo del abrigo. No sé de dónde las ha sacado. Me da una.
—Eres muy rara, Baresa.
—Ya.
—No, digo en serio. —Abre la lata—. Te metes detrás de la barra de una fiesta en la que no trabajas. Organizas las botellas. Escondes un ron en el horno. Te agachas cuando te graban. Y a las seis de la mañana estás fregando el suelo de un chalé que no es tuyo con una fregona que no es tuya.
—Es lo que sé hacer.
—Ya lo sé. Por eso digo que eres rara. —Bebe—. Todo el mundo hace eso en la fiesta de otro. Beber, bailar, irse. Y tú haces lo que sabes hacer. Es como si no supieras estar en un sitio sin trabajar en él un poco por dentro.
Y me quedo mirándole.
Porque es casi lo mismo que le dije a Jimena el primer sábado, en la sala de las Cuatro Esquinas, con palabras casi iguales. Tres meses detrás de una barra te estropean para siempre. Y él no estaba allÃ. Y lo ha visto solo.
—¿Estás bien? —dice Román.
—Mejor que nunca.
Y lo digo de verdad. Y lo pienso de verdad, sentada en un bordillo de Santa MarÃa de Gracia a las seis y media de la mañana, con la cara pintada de zombi medio borrada, oliendo a fregona y a ron, con un Aquarius de limón en la mano y un chico de Cieza al lado que no me pide nada.
Y me dura hasta que me meto en el taxi, a las siete, y saco el móvil para ver la hora, y veo el chat de Aitor Belmonte, abajo del todo, con el Otro dÃa. con punto.
Y con, debajo, en gris, en letra muy pequeña, una cosa que no habÃa visto a las dos y dieciséis y que veo ahora: Escribiendo…
No es él. Es un error. El móvil a veces se equivoca, se queda enganchado, enseña cosas que no son. Lo cierro y lo vuelvo a abrir y ya no está.
Pero durante los veinte minutos del taxi hasta Mariano Padilla, con la frente contra la ventanilla y los polÃgonos pasando y la ciudad despertándose, no pienso en Román, ni en el bordillo, ni en el Aquarius.
Pienso en que a lo mejor, a las siete de la mañana de un sábado, alguien en Vistabella ha empezado a escribirme algo y se lo ha pensado mejor. Igual que yo.