Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 12
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El examen de Carmen Berruezo tiene tres preguntas y dura dos horas, y la tercera la leo cuatro veces antes de creérmela.

Explique la diferencia entre tiempo de la historia y tiempo del relato. Ilústrela con un ejemplo que no aparezca en los apuntes.

Un ejemplo que no aparezca en los apuntes.

Y me entra una cosa por dentro, en el aula de gradas, a las nueve y veinte de la mañana, entre setenta personas que escriben encorvadas, que no sé si es alegría o es miedo, pero que me pone las manos calientes.

Porque la tengo.

Tengo la parada de autobús de Lorca, un minuto de plano que en la historia son a saber cuántas horas de espera, a saber cuántos años, una vida entera esperando a alguien que no llega.

Tengo a la francesa pelando patatas en tiempo real para que el espectador se aburra y, al aburrirse, mire.

Y tengo, sobre todo, a Román corriendo detrás del tranvía: un minuto justo, un plano, sin cortes, donde el tiempo de la historia y el del relato son exactamente el mismo, y precisamente por eso la risa del final pesa tanto, porque no hay ninguna elipsis donde esconderla.

Escribo dos folios y medio en esa pregunta. Con las palabras de Berruezo, esta vez. Isocronía. Elipsis. Pausa descriptiva. Esta vez las palabras se pegan a algo. Esta vez tengo dónde colgarlas.

Y al final, cuando ya he explicado todo lo técnico, cuando ya he puesto cada término en su sitio, me permito una sola frase que no sale en ningún apunte:

El tiempo de la historia es lo que le pasa al personaje. El tiempo del relato es lo que decide el que mira.

La dejo. La vuelvo a leer. Pienso en tacharla, porque es bonita, y lo bonito aquí no puntúa. Y no la tacho.

·

Salgo a las once y diez con la cara ardiendo y la sensación rara de haber hecho algo bien, que es una sensación que no tenía desde el siete con ochenta y cuatro de junio.

Román sale detrás de mí con cara de funeral.

—¿Tú qué has puesto en la tercera?

—Lo del tranvía.

Se para en seco en medio del pasillo.

—¿El nuestro?

—El nuestro.

—¿Has puesto que yo corría?

—He puesto que un chico corría y no llegaba.

Román se lleva las dos manos a la cabeza.

—Voy a salir en un examen de Berruezo —dice—. Mi madre se va a morir del orgullo. Yo he puesto una peli de Disney.

—¿Cuál?

—No te lo voy a decir, porque ahora me da vergüenza.

Y se ríe, claro, porque todo lo acaba riéndose, y me dice que me invita a un café para celebrar que por lo menos uno de los dos va a aprobar, y echamos a andar por el pasillo hacia la escalera.

Y en la escalera están ellos dos.

·

Aitor Belmonte y Carmen Berruezo, en el descansillo del primer piso, junto a la ventana, hablando.

Mejor dicho: hablando Aitor. Carmen escucha, con el montón de exámenes todavía sujeto contra el pecho con los dos brazos, las gafas en la punta de la nariz. Él está apoyado en la barandilla, relajado, con el café de máquina en la mano, contando algo que la hace, como mucho, asentir una vez.

Nos ve bajar. Se le ilumina la cara.

—¡Baresa!

Y Román, a mi lado, que es muy listo aunque no lo parezca, dice «yo me adelanto, te espero abajo» y sigue bajando las escaleras sin mirar atrás.

Me quedo en el último escalón, un escalón por encima de ellos dos.

—¿Qué tal? —dice Aitor—. ¿Cómo ha ido?

—Bien —digo—. Creo.

—Seguro que bien. —Se gira hacia Carmen—. Esta es la del plano del tranvía, Carmen. La que te dije. El del chico que corre y se ríe.

Carmen Berruezo me mira.

Me mira por encima de las gafas, sin quitárselas, con el montón de exámenes contra el pecho, entre los que está el mío, en alguna parte, con sus dos folios y medio y su frase bonita al final.

—Ya la conozco —dice—. Llegó dos minutos tarde a mi primera clase.

Y me da muchísima vergüenza, y me pongo roja hasta las orejas, y no digo nada.

—El tranvía —digo al final—. Se paró en la rotonda. Un camión.

—No le he pedido una explicación, señorita Baresa —dice ella—. Le he dicho que la conozco.

·

Y lo que pasa después dura muy poco, y tardo mucho en entenderlo.

Aitor se ríe, una risa fácil, de quien quita hierro a algo, y le pone la mano a Carmen en el hombro un instante, un toque, como se hace con una compañera a la que se aprecia.

—No seas así, Carmen. —Y luego a mí—: El año que viene voy a poner su plano el primer día en lugar del mío, ¿te lo he dicho? Veintitrés planos y es el único que entiende lo que es un corte. Tiene muy buen ojo. —Bebe café—. Para todo.

Para todo.

Lo dice así, al final, después de una pausa pequeña, casi como una broma. Y Carmen Berruezo, que hasta ese momento tenía la cara de siempre, la de clase, la de dar malas noticias de usted, cambia.

No mucho. No se le mueve nada. Solo se le queda la boca quieta un instante de más, que es lo mismo que le pasaba a la gente del mostrador cuando veía un precio que no se podía permitir y no quería que se le notara.

Y luego mira a Aitor, no a mí. Lo mira a él, durante un segundo, con una cara que no le he visto nunca en clase.

—Seguro que sí —dice.

Y se va escaleras abajo con los exámenes, sin despedirse de ninguno de los dos.

·

Aitor se encoge de hombros.

—No se lo tengas en cuenta —dice, en voz más baja—. Es buena gente. Pero lleva veinte años en esta facultad y no soporta que nadie haga las cosas de otra manera. Conmigo es así desde que llegué.

—Ya.

—Tú a lo tuyo. Si has puesto lo del tranvía, te pone un ocho mínimo. Se hace la dura, pero sabe reconocer lo que está bien.

—¿Cómo sabes que he puesto lo del tranvía?

Aitor sonríe. Deja el vaso de café vacío en el alféizar de la ventana, donde hay otros tres vasos de café vacíos de otras personas.

—Porque es lo que habría puesto yo —dice.

Y baja la escalera, y en el segundo tramo, sin girarse, levanta una mano y dice «otro día, Baresa», y lo dice con la misma entonación que el mensaje del domingo, con punto, y desaparece por la puerta de la planta baja.

·

Me quedo en el descansillo un rato, sola, después de que se vaya.

Con la mochila colgada de un hombro. Con la cara todavía caliente de lo de la escalera.

Mirando el alféizar de la ventana, donde está su vaso de café de máquina vacío al lado de los otros tres de otras personas, todos iguales, y pensando que dentro de una hora vendrá alguien de la limpieza y los tirará todos juntos a la misma bolsa y nadie sabrá cuál era de quién.

Luego bajo.

Y en la planta baja, delante de la conserjería, está Carmen Berruezo.

Devolviendo una llave. Con el montón de exámenes todavía contra el pecho y el bolso de tela en el hombro, esperando a que el conserje, un señor mayor con un chaleco de lana, apunte algo en un cuaderno. Y me ve bajar el último tramo de escalera. Y se queda mirándome.

No puedo pasar sin pasar por delante de ella. La conserjería está justo al lado de la puerta.

Así que paso por delante de ella.

—Señorita Baresa.

Me paro.

Carmen Berruezo me mira por encima de las gafas. Y yo espero lo que viene, que es algo sobre los dos minutos tarde, o sobre la escalera, o sobre el profesor joven al que los alumnos quieren. Me preparo para eso. Pongo la cara del mostrador, la de «ya lo sé, no hace falta que me lo diga».

—Hoy ha sido usted la última en entregar —dice—. De setenta. Ha apurado hasta el último minuto. Me he fijado.

No sé qué contestar.

—Eso tampoco puntúa —dice—. Pero me he fijado.

Y coge la llave que le devuelve el conserje, que no era la suya, que era otra, y se la vuelve a dar, y el conserje se disculpa, y ella dice «no pasa nada, Paco», y coge la buena, y se va por el pasillo de la planta baja con los exámenes contra el pecho, sin mirar atrás.

En la puerta de la conserjería, el conserje me mira.

—Esa mujer da miedo —le digo, sin saber por qué se lo digo.

El conserje se ríe.

—Da miedo a los que no la conocen —dice—. A los demás les da café. Lleva veinte años trayéndome uno de la máquina todos los lunes. Y no se lo he pedido nunca.

·

Román me está esperando en la puerta de la cafetería con dos cafés.

—¿Qué quería?

—Nada. Saber qué tal el examen.

—¿Y la Berruezo?

—La Berruezo me odia.

Román me da el café. Me mira un momento, con la cabeza un poco ladeada.

—No sé yo —dice—. Yo desde abajo solo he visto la cara de ella. Y no era cara de odiarte a ti.

—¿Y de qué era?

Román se encoge de hombros y sopla el café.

—Yo qué sé, Baresa. Yo he puesto una de Disney.

Y nos reímos, y nos tomamos el café, y hablamos de otra cosa, y yo decido que Carmen Berruezo me tiene manía porque le he llegado dos minutos tarde a la primera clase y porque tiene envidia de un profesor más joven al que los alumnos quieren, y que eso es todo.

Y me lo creo. Y me lo creo durante mucho tiempo, porque es una explicación que no me obliga a pensar nada más.

Pero esa noche, en la cama, con la tercera película del pósit a medio ver en el portátil, me vuelve la cara de ella en el descansillo, la boca quieta, los ojos puestos en él y no en mí.

Y me doy cuenta de que es la cara de alguien que ha reconocido una canción en cuanto han sonado las primeras notas. Y tardo cinco meses en saber cuál.