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La primera película del pósit la veo el miércoles por la noche, en la cama, con el portátil encima de la almohada y los auriculares puestos para no despertar a Jimena, que se acuesta a las once como las señoras.
Es la francesa. Dura hora y media y casi no pasa nada: una mujer que vive sola, que pela patatas, que hace la cama, que recibe a un hombre por las tardes.
Hay un plano de ella pelando patatas que dura casi un minuto, y a mitad del plano se me escapa una carcajada, sola, a oscuras, porque es la parada de autobús de Lorca.
Es lo mismo. Una mujer haciendo algo con las manos mientras por dentro le pasa otra cosa, y la cámara quieta, esperando a que se le note.
Al terminar son las dos menos cuarto de la mañana y no tengo nada de sueño.
Y hago algo que no tenía pensado hacer: le escribo.
Un correo. A la dirección de la universidad, que es la única que tengo.
Le cuento lo de las patatas, lo de que es la parada de Lorca, lo de que se me ha escapado la risa.
Le digo que no entiendo por qué la protagonista hace lo que hace al final.
Lo escribo de un tirón, sin corregirlo nueve veces, y lo mando a las dos y diez, y me duermo en cinco minutos.
Contesta el jueves a las siete de la mañana.
Un correo largo. Más largo que el mío. Me explica que la directora rodó ese plano de las patatas en tiempo real porque quería que el espectador se aburriera y, al aburrirse, empezara a mirar de verdad.
Me dice que lo del final no hay que entenderlo, hay que aguantarlo.
Y al final, después de la firma, una línea más:
Te dejo mi número por si es más cómodo. Los correos de la universidad a veces van a spam.
Y el número.
Lo guardo como «Aitor Belmonte». Nombre y apellido, como se guarda a un profesor, a un fontanero, a alguien del banco. Y me gusta haberlo guardado así, me parece un gesto correcto, de persona sensata.
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Yago me escribe ese mismo jueves, a las ocho y diez de la tarde, como todos los jueves.
«¿Mañana?»
Le contesto el viernes a mediodía.
No porque no quiera. Es que el jueves a las ocho y diez estoy en el tranvía viendo el segundo título del pósit en el móvil, la japonesa, que dura dos horas y cuarto, y no quiero pararla.
Y luego ceno. Y luego me acuesto. Y el viernes a mediodía, en la cafetería, veo el mensaje debajo de otros once y le contesto: «Este finde no puedo, parcial el martes. ¿El siguiente?» .
Y él contesta «claro, suerte» y un emoji de un cohete, que es el único emoji que usa, y yo me quedo un momento mirando el cohete y pensando que es un chico muy majo y que la semana que viene lo veo seguro.
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El parcial es el martes veintisiete, de Narrativa Audiovisual, con Carmen Berruezo.
El fin de semana lo paso entero estudiando en la mesa de la cocina, frente a Jimena, que tiene un examen de Fisiología el mismo día.
Vera se ha ido a Alicante otra vez. El piso está en silencio salvo por el ruido de los subrayadores y el de la cafetera, que cada dos horas hace un ruido de avión despegando.
Y estudio mal.
No es que no estudie. Estudio ocho horas el sábado y siete el domingo.
Pero leo los apuntes de Berruezo como quien lee un idioma que casi entiende: todas las palabras me suenan y ninguna frase se me queda.
Diégesis. Focalización interna. Elipsis.
Tiempo del relato frente a tiempo de la historia.
Me aprendo las definiciones de memoria y a los diez minutos se me han ido, porque no las tengo pegadas a nada.
No tengo ninguna parada de autobús donde colgarlas.
Y cada vez que me atasco pienso en lo que me dijo ella el primer día. Lo bonito es de gratis. Lo que se paga es saber explicar por qué es bonito.
Y cada vez que lo pienso me cae peor Carmen Berruezo.
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El sábado por la mañana, harta de la mesa de la cocina y del ruido de la cafetera, me llevo los apuntes a una cafetería de la plaza de Santo Domingo, de esas con los veladores de mármol y los camareros con chaleco, donde un café cuesta el doble y se puede estar tres horas sin que nadie te mire mal.
Y a la media hora entra Carmen Berruezo.
Sola. Con un bolso de tela grande colgado del hombro y un montón de folios dentro, sujetos con una pinza.
Con el abrigo gris y las gafas de pasta en la cabeza.
Se sienta en una mesa junto a la ventana, a tres mesas de la mía, de espaldas a mí, y pide una tostada con aceite y un café con leche sin mirar la carta, como alguien que lleva viniendo a esa mesa todos los sábados de su vida.
Y yo me escondo detrás de los apuntes.
Literalmente. Levanto el taco de fotocopias de Narrativa Audiovisual, sus fotocopias, sus apuntes, con su nombre en la portada, y me tapo la cara con ellos como en una película de espías mala. Y me quedo así un rato, sintiéndome ridícula, mirándola por encima del papel.
Corrige. Saca los folios del bolso, se baja las gafas, destapa un bolígrafo rojo, y corrige.
Muy despacio. Leyendo cada página entera antes de escribir nada.
Hace una marca. Pasa la página. Hace otra marca.
A veces se para y mira por la ventana un rato largo, con el bolígrafo en el aire, y luego vuelve al folio y escribe algo largo en el margen.
Como Aitor con mi memoria de rodaje. Pero en rojo. Y en letra de imprenta.
A las once y cuarto le suena el móvil. Lo coge sin mirar quién es.
—Sí, hijo. —Una pausa—. No, ya lo sé. Que sí.
Que te la he dejado en el congelador, la de la carne.
—Otra pausa. Se ríe. Carmen Berruezo se ríe, una risa corta, cansada, que no le he oído nunca en clase—.
Pues porque eres un desastre, Álvaro, por eso.
Anda, dile a tu hermano que me llame él también, que esta semana no sé nada de él. Un beso.
Y cuelga. Y se queda un momento mirando la pantalla. Y luego lo deja bocabajo en la mesa y vuelve a los folios.
La sigo mirando por encima de sus apuntes, con la cara ardiendo, sin saber por qué me da tanta vergüenza haber oído eso.
Una mujer de cincuenta años en una cafetería un sábado por la mañana, con dos hijos que no la llaman lo suficiente, corrigiendo exámenes de gente de dieciocho años que no la soporta.
Una mujer que en clase trata de usted a setenta personas y que en una cafetería le dice a su hijo que es un desastre.
A las doce se levanta, paga en la barra, deja una moneda de propina en el platillo, y sale. Sin verme. O viéndome y haciendo como que no, que con ella nunca se sabe.
Y yo tardo diez minutos en volver a abrir los apuntes. Y cuando los abro, por la página de focalización interna, ya no me parece que los haya escrito una bruja. Me parece que los ha escrito alguien que los lee enteros antes de marcarlos.
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El domingo a las once menos cuarto de la noche me vibra el móvil encima de los apuntes.
Aitor Belmonte.
«¿Qué tal llevas lo de Berruezo?»
Lo miro. No lo abro. Lo leo en la notificación, que es una cosa que se hace para que el otro no sepa que lo has leído, y que yo no había hecho nunca con nadie más que con mi madre.
Jimena levanta los ojos de Fisiología.
—¿Quién es?
—Nadie. Un profe.
—¿Un profe te escribe un domingo a las once?
—Me pregunta por el parcial de mañana. Del martes. Del de pasado mañana.
Jimena vuelve a su libro sin decir nada, y yo abro el mensaje.
Contesto: «Regular. Berruezo es otro idioma».
Y contesta enseguida, como si tuviera el móvil en la mano, que seguramente lo tiene.
«Lo es. Pero yo lo hablo. Llevo tres años viendo cómo corrige, sé lo que busca y lo que la saca de quicio. Si quieres mañana por la tarde repasamos en mi casa, que en el despacho no se puede ni pensar con Dani y compañía llamando cada cinco minutos. Una hora. Para que no pierdas el nivel.»
Y la dirección. Una calle de Vistabella, un número, un piso.
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Tardo mucho en apartar los ojos de la pantalla.
Y no pienso lo que se supone que tendría que pensar, o no lo pienso primero.
Lo primero que pienso es que ha escrito «para que no pierdas el nivel», y que eso quiere decir que tengo un nivel, y que él lo ha visto.
Lo segundo que pienso es que Berruezo suspende al cuarenta y uno por ciento y que yo, este fin de semana, estoy en el cuarenta y uno.
Lo tercero que pienso es la cara del chico de tercero en el pasillo, Dani, cuando salí del despacho una hora y cuarto después de su hora.
Y lo cuarto, que es lo último, es la palabra casa.
—Me ha ofrecido repasar —digo.
Lo digo en voz alta sin haberlo decidido. Jimena levanta la cabeza.
—¿Quién?
—El profe. Para lo de Berruezo. Dice que sabe cómo corrige.
—¿Dónde?
—En su casa. En el despacho no se puede, dice. Hay mucha gente.
Jimena deja el subrayador encima del libro, con cuidado, con la punta hacia arriba para que no manche, que es lo que hace cuando va a decir algo.
—¿Qué profe?
—Uno joven. El de Lenguaje. El del plano del tranvía.
—¿El de la hoja escrita por los dos lados?
No sé cuándo le conté lo de la hoja. Debí de contárselo alguna noche. No me acuerdo.
—Sí.
Jimena me mira un momento. Luego coge el subrayador otra vez, lo destapa, lo vuelve a tapar.
—¿Y tú quieres ir?
—Es para el examen.
—No te he preguntado para qué es —dice Jimena—. Te he preguntado si quieres ir.
Y vuelve a su libro. Y no dice nada más en toda la noche sobre el tema, ni esa noche ni al día siguiente, y yo le agradezco muchísimo que no diga nada más y al mismo tiempo me molesta un poco, como molesta una piedra en el zapato que no llega a hacer daño.
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A las once y media contesto.
Lo escribo y lo borro cuatro veces, que es menos que el correo de la tutoría pero más que nada. Al final pongo:
«Muchas gracias. Creo que lo llevo bien, voy a seguir con los apuntes. ¡Otro día!»
Y el signo de exclamación lo pongo al final para que no parezca un no. Para que parezca un «ahora no» simpático, de persona ocupada. Para que no se ofenda.
Tarda cuatro minutos en contestar. Cuatro minutos exactos, que miro en la esquina de la pantalla.
«Otro día.»
Sin exclamación. Con punto.
Y me quedo mirando ese punto hasta que la pantalla se apaga sola.
Y la vuelvo a encender. Y lo vuelvo a mirar, como si fuera a decirme algo más de lo que dice, como si un punto pudiera ser un encogimiento de hombros o una sonrisa o una puerta que se cierra o una que se queda entornada, y no hubiera manera de saber cuál sin mirarle la cara.
Y a la una y media, cuando por fin apago la luz, con los apuntes de Berruezo abiertos en el suelo y el subrayador de Jimena todavía encima de la mesa de la cocina, sigo sin saberlo,
y me duermo pensando que es la primera vez en el curso que una frase de dos palabras me quita más horas de sueño que un examen.