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Pido la tutoría el domingo dieciocho a las once y cuarto de la noche, con un correo de cuatro líneas que escribo nueve veces.
La primera versión tenía un párrafo entero explicando por qué no la había pedido antes.
La tercera tenía un chiste. La quinta empezaba por «Estimado profesor», y la borré entera porque parecía una carta al banco.
La novena dice: «Hola, Aitor. Soy Nerea Baresa, de primero, grupo de tarde. Me gustaría pedir tutoría para el martes, si tienes hueco. Gracias».
La mando. Y cierro el portátil de golpe, como si el correo pudiera volverse atrás si lo miro.
Contesta a las once y veintidós.
«Martes 17:30. Despacho 2.14. Trae la cámara.»
·
El despacho 2.14 está al final de un pasillo del segundo piso que huele a moqueta y a fotocopiadora, y lo comparte con otro asociado al que no veo nunca en todo el curso.
Se nota enseguida qué mitad es de quién.
La mitad de la izquierda es de alguien que lo tiene todo en carpetas de colores con etiquetas.
La mitad de la derecha es de Aitor: una torre de DVD que llega hasta la mitad de la pared, una claqueta de verdad colgada de un clavo, un póster de una película en blanco y negro con letras en ruso, tres tazas de café distintas, las tres sucias,
y una ventana que da al aparcamiento y a una hilera de pinos.
No hay fotos. Eso me fijo, aunque en ese momento no sé por qué me fijo. Ni en la mesa, ni en la pared, ni en el fondo de pantalla del portátil, que es un fotograma de un paisaje nevado.
Él está de pie junto a la ventana cuando llego, con el móvil en la mano, y lo guarda en el bolsillo de atrás nada más oírme.
—Baresa —dice—. Siéntate. ¿Has traído la cámara?
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La cámara la mira durante diez minutos.
La coge con las dos manos, con cuidado, como se coge a un gato que no es tuyo. Le da la vuelta. Abre la tapa de la batería. Mira el número de disparos en el menú, que yo no sabía ni que se podía mirar, y silba.
—Cuarenta y un mil. Esta cámara ha visto cosas. ¿De dónde la has sacado?
—Me la regalaron.
—Quien te la regaló sabía lo que hacía. —Me la devuelve—. Es de las últimas que se hicieron bien antes de que todo pasara al móvil.
Y me pregunto, un momento, si sabe que acaba de decir algo bonito de alguien a quien no conoce, y si sabe que me ha dado una alegría que no tiene nada que ver con él. Creo que no. Creo que habla así siempre.
Luego coge la memoria de rodaje de encima de una pila de papeles —la tiene ahí, sacada, esperándome— y dice:
—Bueno. Cuéntame lo de las caras.
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Y se lo cuento.
Empiezo por el mostrador, porque es por donde empieza todo.
Los dos años de nocturno, las tardes en la tienda, la gente que se acerca con el producto en la mano y mira el precio.
Que hay tres caras posibles, y que se aprenden en una semana: la de «vale», la de «uf» y la de «esto no me lo llevo pero me da vergüenza dejarlo delante de ti».
Y que la tercera es la más difícil, porque la gente la disimula, pero se le escapa siempre por el mismo sitio, que es la boca, que se le queda quieta un instante de más.
Aitor no me interrumpe.
No toma notas, no mira el móvil, no hace esa cosa que hace la gente de asentir todo el rato para que parezca que escucha. Se echa hacia atrás en la silla, cruza los brazos, y me mira mientras hablo con una atención tan completa que al principio me incomoda y a los cinco minutos ya no.
Y luego, porque me escucha así, le cuento más.
Le cuento el Salitre. La barra, la lista de canciones que viene de Madrid, el bajón de las tres de la mañana.
Le cuento lo de Fran y el señor del gin-tonic, lo de «nunca expliques», lo de «aquí la razón no se cobra».
Le cuento cómo cambia la cara de la gente a las cuatro, cuando empiezan los que se ponen tristes.
Y él se ríe con lo de Fran, una risa corta y sincera, y dice:
—Ese hombre sabe más de dirección de actores que la mitad del departamento.
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A las seis y cuarto hemos dejado de hablar de caras.
No sé cuándo ha pasado. Estábamos en el Salitre y de repente estamos en las películas que he visto y las que no, y yo le confieso que no he visto casi nada de lo que se supone que hay que ver, que en mi casa la tele era para las noticias y los concursos,
y que lo poco que sé lo he aprendido mirando gente.
No se ríe. Coge un pósit amarillo de la mesa de al lado —de la mitad ordenada, de las carpetas con etiquetas— y escribe cinco títulos, uno debajo de otro, con la misma letra pequeña e inclinada de la memoria.
—Empieza por estas. No las busques en internet antes de verlas. No leas nada. Solo mira las caras.
Me da el pósit. Lo miro. Hay una francesa, una japonesa, una española que me suena de oídas y dos que no conozco.
—Y luego me cuentas.
—¿Otra tutoría?
—Lo que quieras. Tutoría, café, un correo. Lo que te sea más cómodo.
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A las seis y media, en mitad de una frase sobre un director japonés, se para y me hace una pregunta que no me espero.
—¿Y yo?
—¿Tú qué?
—¿Qué cara tengo yo ahora mismo? —Se echa hacia atrás en la silla, cruza los brazos, me mira—. Tú que lees caras. Léeme.
Y me río, porque es un juego, porque lo dice sonriendo. Y luego dejo de reírme, porque él no deja de mirarme, y entiendo que va en serio, o de que quiere que parezca que va en serio, que para el caso es lo mismo.
Así que lo miro.
Lo miro como miraba a la mujer de la parada de Lorca.
Como miraba a la gente del mostrador delante de un precio.
Como miraba a los clientes del Salitre a las cuatro de la mañana, para saber cuál iba a pedir otra y cuál iba a montar un escándalo.
Le miro la boca, los ojos, las cejas, los hombros, las manos cruzadas encima del pecho.
Y no veo nada.
No es que no haya nada. Es que no sé leerlo.
Veo a un hombre de veintisiete años con una camisa de cuadros sentado en una silla de despacho, sonriendo un poco, mirándome.
Y ya está. No hay nada debajo que se escape.
Ni la boca quieta un instante de más, ni los hombros, ni nada.
Una cara lisa, amable, perfectamente colocada, como el fondo de pantalla de su portátil, un paisaje nevado donde no pasa nada.
—No sé —digo.
—¿No sabes?
—Estás… tranquilo. Interesado. —Me encojo de hombros—. No lo sé. No te sale nada.
Y él se ríe. Una risa corta, satisfecha, como si le hubiera dado la respuesta que esperaba.
—Nadie puede —dice—. Es lo que tiene dirigir actores diez años. Aprendes a que no te lean. —Descruza los brazos—. No te preocupes. No es un fallo tuyo. Es un truco mío.
Y sigue hablando del director japonés.
Y esa frase se me queda pegada el resto de la tutoría, sin que yo lo note.
Aprendes a que no te lean. Lo dice como quien cuenta un chiste de oficio, un truco de magia que te enseña y que no tiene importancia.
Y yo lo oigo como un halago más: que el único hombre al que no sé leer es el único que me está mirando a mí de verdad.
Y no pienso, porque no se me ocurre pensarlo en un despacho a las seis y media de la tarde con una hora de tutoría por delante, que una persona que ha aprendido a que no la lean es una persona que tiene algo que no quiere que se lea.
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A las siete menos veinte me pregunta de dónde soy.
Y le digo que de Los Alcázares, y él dice «el Mar Menor», y yo digo que sí, y él dice que rodó un anuncio de una inmobiliaria en La Manga hace tres años, en febrero, con un viento que se llevó un foco al agua,
y que de todo el rodaje lo único que recuerda es un señor mayor que pescaba en el muelle y que no se apartó en seis horas por mucho que le pidieron.
—Eso es La Manga en febrero —digo.
—¿Tú vives ahí todo el año?
—Mi padre tiene un camping.
Y ahí, sin que me lo pregunte, le cuento lo del camping.
Las ochenta y dos parcelas. Los holandeses del nueve.
El señor Paco con sus limones. La depuradora que no pasa la primavera.
Mi padre en el escalón de la oficina a las nueve y cinco de los domingos.
No le cuento lo de la carpeta azul ni lo de los vencimientos, pero le cuento todo lo demás, y se lo cuento de una manera que no me reconozco, larga, detallada, con los brazos, como cuenta Adri las ideas de los planos.
Y él escucha igual que antes. Con los brazos cruzados. Sin mirar la hora.
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A las siete y cuarto llaman a la puerta.
Es un chico de tercero, con una carpeta, con cara de llevar un rato esperando en el pasillo.
—Perdona —dice—. Tenía tutoría a las seis.
Aitor mira el reloj de la pared. Pone cara de sorpresa, una sorpresa que parece sincera.
—Hostia. Perdóname, Dani. Se nos ha ido. —Se levanta—. Pasa, pasa. Baresa, ¿lo dejamos aquí?
Y yo me levanto, y cojo la cámara, y el pósit, y la mochila, y le digo gracias, y me dice que gracias a mí, y salgo al pasillo, y el chico de tercero me mira al pasar con una cara que tardo mucho en saber leer: no es enfado. Es una mezcla de curiosidad y de algo que se parece a la lástima.
Ha esperado una hora y cuarto en el pasillo. Mi tutoría era de media hora. Ha durado una hora y cuarenta y cinco minutos.
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Salgo de la facultad y es de noche, que en octubre ya pasa a las siete y media, y el aparcamiento está casi vacío y los pinos hacen un ruido suave con el aire.
No cojo el tranvía enseguida. Dejo pasar uno.
Me quedo en la parada con el pósit en la mano, leyendo los cinco títulos a la luz de la marquesina, y tengo el cuerpo ligero, como después de nadar mucho rato, como después de bailar dos horas en una sala de las Cuatro Esquinas.
Una hora y cuarenta y cinco minutos, pienso.
Una hora y cuarenta y cinco minutos con una persona que ha escuchado cada cosa que he dicho como si fuera importante.
Y cuando llega el segundo tranvía y me subo y me siento junto a la ventana, me doy cuenta de una cosa.
De que no hemos hablado de la memoria. De que la memoria estaba ahí, encima de la pila de papeles, sacada, esperándome, y no la ha vuelto a tocar después de preguntarme lo de las caras.
Y de que le he contado lo del camping.
Miro mi reflejo en el cristal, con la ciudad pasando por detrás. La última vez que le conté lo del camping a un hombre en la primera conversación de verdad que tuvimos, fue en una terraza vacía a las cuatro de la mañana, y acabé amaneciendo en un barco.
Y lo pienso así, claramente, con esas palabras.
Y luego guardo el pósit en la funda de la cámara, doblado en dos, junto a la memoria, y me pongo los auriculares, y me digo que no tiene nada que ver, que esto es una facultad y él es un profesor y no ha pasado nada más que una tutoría larga.
Y es verdad. Y me lo creo. Y es la última vez en todo el curso que me hago esa pregunta con tanta claridad.