Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 9
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Yago me escribió el jueves, como dijo.

El jueves uno de octubre, a las ocho y diez de la tarde, un mensaje de once palabras: «Soy Yago. ¿Te apetece una caña mañana? Sin fiesta, solo caña».

Y Vera, cuando se lo enseñé, dio un grito en la cocina y dijo «te lo dije, es su único defecto», y Jimena levantó los ojos de los apuntes y dijo «qué hombre más raro, uno que cumple».

Desde entonces hemos quedado dos veces. Una caña el viernes en una terraza de la plaza de las Flores, que duró cuatro horas y fueron tres cañas.

Y un martes, un paseo por el río hasta el puente de los Peligros, a las once de la noche, hablando de música, que es de lo único de lo que Yago habla sin que haya que sacarle las palabras con unas pinzas.

No me ha besado. No he dejado que me bese, o no le he dado la ocasión, que no es lo mismo pero se le parece.

Las dos veces nos hemos despedido en una esquina con un «bueno» y una sonrisa, y las dos veces he vuelto a casa andando rápido y pensando que me gustaba, y que me gustaba de una manera que no me asustaba nada, y que eso era nuevo.

·

El puente del Pilar lo paso en Los Alcázares, y es exactamente como tiene que ser, y es rarísimo.

Lucía me recoge en la parada de la Ronda con el coche de su tía Chelo y el plan hecho: el sábado, arroz en casa de Chelo y tarde de sofá; el domingo, playa aunque haga fresco, porque en octubre el agua está todavía mejor que en junio; el lunes, desayuno en la churrería y autobús.

Y cumplimos el plan entero, y me río mucho, y me baño en el Mar Menor el domingo a mediodía con Lucía gritando que está helada cuando no está helada, y me dejo caer hacia atrás con los brazos abiertos y el pelo alrededor de la cara, y durante tres segundos no oigo nada.

Y es rarísimo porque todo está en su sitio y yo no.

La churrería es la misma. El paseo es el mismo.

Mi padre me pone la mano en la cabeza al llegar, como en agosto, y me despeina dos veces sin decir nada.

Y yo estoy ahí y al mismo tiempo estoy un poco por encima, mirándolo todo, como se mira desde el tranvía un barrio por el que pasas pero en el que no te bajas.

Lucía me pregunta por Murcia cuarenta veces en tres días. Le cuento lo de Jimena y la de Yecla, lo de Vera y el colacao, lo de Yago y las cañas. Le cuento lo de Carmen Berruezo y el cuarenta y uno por ciento. Le cuento lo de Román corriendo detrás del tranvía, y se ríe tanto que se atraganta.

No le cuento lo de la memoria escrita a mano por delante y por detrás.

Y Hugo no está. Hugo se ha quedado en Murcia el puente, dice Lucía, por un trabajo de la carrera. Lo dice mirándome de reojo, sin intención, o con toda la intención, con Lucía nunca se sabe, y yo digo «ah» y sigo pelando la gamba.

·

La última noche del puente, la del domingo, mi padre me pide que le enseñe a usar la página de reservas.

Estamos en la recepción, a las diez. Él detrás del mostrador, en su silla, con el ordenador viejo encendido y la pantalla llena de ventanas abiertas que no sabe cerrar. Yo en el taburete de al lado, el mío, el de los veranos, que tiene la tapicería rota en una esquina desde que tenía doce años.

—Es que ahora las reservas vienen por aquí —dice, señalando la pantalla con el dedo, sin tocarla, como si quemara—.

Por esta página. Me lo puso Juanma en septiembre, que dice que si no estás en la página no existes.

Y me llegan correos. Y no sé si están confirmados o no.

Y tengo miedo de darle a algo y que se borren.

Y yo le enseño.

Despacio. Ventana por ventana. Dónde se ve una reserva nueva. Dónde se confirma. Dónde se cancela, que eso no lo toque nunca sin llamarme antes. Cómo se contesta a un cliente sin que el mensaje salga con faltas, que hay un botón que las marca en rojo, que no se asuste si sale todo rojo.

Y mi padre lo apunta todo.

En una libreta pequeña de tapas negras, con un boli que no pinta bien y que sacude cada tres palabras. Con su letra grande de mayúsculas, la de las cajas de la mudanza. 1. VENTANA AZUL = NUEVAS. 2. BOTON VERDE = SI. 3. ROJO = NO TOCAR. LLAMAR A NEREA.

LLAMAR A NEREA. Lo subraya dos veces.

—Esto antes lo hacías tú —dice, sin levantar la vista de la libreta.

—Ya.

—No te lo digo por nada. —Sacude el boli—. Es que cuando no estás, esto me cuesta el doble. No por el trabajo. Por no saber si lo estoy haciendo bien.

Y yo no sé qué contestar. Porque es la cosa más larga que me ha dicho mi padre sobre sí mismo en años. Y porque la ha dicho mirando una libreta de tapas negras en una recepción vacía un domingo de octubre, con siete parcelas ocupadas de ochenta y dos y los holandeses del nueve viendo un concurso.

—Llámame siempre que quieras —le digo—. Para esto. Para lo que sea.

—Ya, ya. —Cierra la libreta—. Pero tú estás a tus cosas.

Y se levanta a apagar la luz de la barrera, porque son las diez y veinte y a esa hora se apaga.

Y en todo el curso, en ocho meses, mi padre no me llama ni una sola vez por la página de reservas. Ni una. Ni cuando le llega una cancelación de unos alemanes en febrero que no sabe tramitar y que resuelve Juanma. Ni cuando la página se cae una semana en marzo. Ni nunca.

LLAMAR A NEREA, subrayado dos veces, en una libreta de tapas negras en el cajón de la recepción.

Y Nerea en Murcia, a sus cosas.

·

El viernes dieciséis Yago pincha en la misma sala de las Cuatro Esquinas, y yo voy sola.

Vera se ha ido a Alicante a ver a su novio. Jimena tiene un examen el lunes y no sale ni aunque se incendie el edificio. Y yo podría quedarme en casa, y lo pienso, y a las once y media me pongo el top negro que ya es más mío que de Vera y me voy andando.

Bailo. No como la primera vez, con los ojos cerrados y la cabeza vacía. Esta vez bailo sabiendo que él me ve, y eso es otra cosa, ni mejor ni peor. Es como bailar en un sitio con un espejo.

A las seis se encienden las luces. Espero a que enrolle los cables. Salimos juntos a la calle, que está gris y fría, la primera noche de otoño de verdad, y nos quedamos en la puerta de la sala sin saber hacia dónde echar a andar.

—¿Hacia dónde vas? —dice él.

Y aquí es donde pasa lo que quiero contar.

·

Porque yo sé lo que va a decir él después.

Lo sé como sé cuánto para el tranvía. Va a decir «te acompaño» o «¿vas hacia Mariano Padilla?»

o cualquier frase de esas que dejan la puerta entornada y la pelota en tu campo sin que parezca que la ha tirado nadie.

Y yo voy a tener que decidir qué hago con la pelota, y lo voy a decidir mal, o tarde, o dejándome llevar, que es como he decidido todo lo importante que me ha pasado este año.

Y no quiero.

No quiero que me lleven. Quiero ir.

—Voy a tu casa —digo.

Yago me mira.

No se ríe. No pone cara de haber ganado nada. Se queda mirándome un momento, serio, con el cansancio de seis horas en la cara y la mochila del portátil colgando de un hombro, como si estuviera comprobando algo que solo sabe él, igual que cuando levanta la cabeza en la cabina.

—Vale —dice.

Y eso es todo. Vale. Echa a andar hacia Santa Eulalia y yo echo a andar a su lado, y durante los diez minutos del camino ninguno de los dos dice nada, y no es un silencio incómodo, es un silencio de dos personas que ya han hablado lo que tenían que hablar.

·

Vive en un segundo, en una calle estrecha detrás de la iglesia, en un piso que comparte con dos chicos que no están. Tiene una estantería entera de discos de vinilo, ordenados por colores y no por nombres, una cama sin cabecero y una ventana que da a un tejado lleno de gatos.

Me besa en el pasillo, antes de encender la luz.

No, eso no es verdad. Lo beso yo. Quiero contarlo bien, porque es lo único de esa noche que importa: lo beso yo, en el pasillo, a oscuras, con la mochila todavía colgándole del hombro, y él tarda un segundo en soltarla, y cuando la suelta hace un ruido sordo contra el suelo, el portátil,

y ninguno de los dos se preocupa por el portátil.

Y a partir de ahí todo lo que pasa lo decido yo.

Cuándo. Cómo. Cuánto. Si la luz encendida o apagada. Si despacio. Si ya. Y él lo acepta todo con una especie de atención tranquila que no he conocido nunca, preguntando lo justo, sin prisa, sin empujar, sin intentar llevarme a ningún sitio al que yo no haya dicho antes que quiero ir.

Lo que pasa después me lo quedo.

·

Me despierto a las once y veinte con un gato mirándome desde el tejado, al otro lado del cristal.

Yago está en la cocina. Huele a café. Me pongo mi ropa, no la suya, y salgo, y me da una taza sin preguntarme cómo lo tomo, y lo toma solo, y yo también.

—¿Tienes planes? —dice.

—Estudiar.

—Yo dormir.

Y nos reímos, y nos tomamos el café de pie en una cocina que tiene los azulejos de los años setenta, y no hablamos de lo de anoche, y no hablamos de lo que viene ahora, y no hacemos ninguna de esas preguntas que se hacen las mañanas siguientes para asegurarse de que el otro no se está arrepintiendo.

En la puerta me da un beso rápido en la boca.

—Te escribo el jueves —dice.

—Ya lo sé.

·

Vuelvo a Mariano Padilla andando, a las doce menos cuarto de la mañana, con la ropa de anoche y el pelo recogido de cualquier manera, cruzándome con señoras que vuelven del mercado de Verónicas con el carro lleno. Y no me importa nada. No me importa que me vean. No me importa que se note.

Jimena está en la cocina con los apuntes, como siempre, y levanta la cabeza cuando entro.

—¿Bien?

—Bien.

Y sigue subrayando, y yo me voy a mi cuarto, y me tiro en la cama bocarriba con las zapatillas puestas.

Y pienso una cosa muy concreta, que apunto esa misma tarde en la última página de la libreta del Mercadona, debajo de las siete líneas del verano, con la fecha: que es la primera vez en mi vida que algo pasa exactamente como yo he decidido que pase.

Ni más, ni menos, ni antes, ni después. Lo apunto por si acaso, por si algún día necesito acordarme de que se puede.

Y hago bien en apuntarlo, porque va a pasar mucho tiempo hasta que me vuelva a pasar.