Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 8
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El padre de la de Yecla aparca la furgoneta en doble fila en Mariano Padilla a las nueve y media de la mañana del viernes, pone los cuatro intermitentes y sube los tres pisos en cuarenta segundos, que es una cosa que solo sabe hacer un hombre que lleva treinta años cargando cajas de vino.

Y a los diez minutos ya se ha hecho daño en la espalda.

No mucho. Lo suficiente. Coge la primera caja —libros, la más pesada, la que nadie en su sano juicio coge primero— y al levantarla hace un ruido con la garganta y se queda doblado, con la mano en los riñones, mirando al suelo del rellano como si el suelo le debiera algo.

—Papá, te lo dije —dice la de Yecla.

—No me ha pasado nada.

—Siéntate.

—No me ha pasado nada, Paula.

Y yo pienso que es la primera vez que oigo a alguien llamarla por su nombre en tres semanas, y que tiene que ser su padre, doblado en un rellano, el que lo haga.

·

Vera tiene clase a las diez. Eso es lo que dice, desde la cama, con la puerta cerrada y la voz hundida en la almohada, cuando Jimena llama con los nudillos.

Así que bajamos las cajas Jimena y yo.

Son catorce cajas, una maleta, un espejo de cuerpo entero envuelto en una toalla, una planta que ha sobrevivido tres semanas de milagro y una silla de escritorio con ruedas que Paula se trajo de su casa porque dice que las sillas de los pisos de estudiantes te destrozan la espalda,

y lo dice mirando a su padre.

El padre se queda abajo, sentado en el asiento del conductor con la puerta abierta, colocando lo que le subimos como si fuera un Tetris.

Paula baja y sube con nosotras, pero Paula es de las que llevan una caja cada tres viajes y el resto del tiempo lo pasan en el rellano con el móvil diciendo «ya casi, ya casi».

Tres pisos sin ascensor. Cuarenta y ocho escalones, que los cuento a la segunda bajada. Catorce cajas.

A la quinta caja ya no hablamos. A la séptima Jimena se quita la sudadera y la cuelga del pomo de la puerta del segundo, donde vive una señora mayor que asoma la cabeza cada vez que pasamos.

A la novena yo me recojo el pelo con una goma de la muñeca, como en el Salitre cuando había que subir hielo de la cámara, y me sale sola la cuenta: veintidós kilos cada cubo, cuatro cubos, todas las noches. Esto es lo mismo, pero en escalera.

·

Es en la décima caja cuando empieza a hablar Jimena.

Vamos subiendo, las dos de vacío, con las manos todavía marcadas por el cartón, y ella dice, sin girarse, entre el segundo y el tercero:

—Mi madre es enfermera de noche.

No le he preguntado nada. Llevamos veinte minutos sin hablar y lo dice como si continuara una conversación que yo no recuerdo haber empezado.

—En el General de Albacete —dice—. En urgencias. Lleva veintidós años de noches. Por eso madrugo.

—¿Porque tu madre trabaja de noche?

—Porque cuando era pequeña ella llegaba a casa a las ocho menos cuarto de la mañana.

Y si yo me levantaba a las siete, estaba despierta cuando llegaba.

Y desayunábamos las dos juntas un cuarto de hora antes de que ella se acostara y yo me fuera al colegio.

—Se para en el rellano del tercero, se apoya en la barandilla—.

Si me levantaba a las ocho, no la veía hasta la noche.

Se encoge de hombros.

—Y ya está —dice—. Ahora no puedo dormir más de las siete aunque quiera. El cuerpo se me despierta solo a ver si llega alguien.

Y coge la caja once, y baja.

Me quedo un momento en el rellano, sola, con la puerta del piso abierta y la habitación de Paula casi vacía al fondo del pasillo, pensando en una niña de siete años en una cocina de Albacete con el colacao hecho, mirando la puerta.

·

En la caja doce le pregunto lo de la bebida.

No lo tenía pensado. Me sale, porque ella me ha dado una cosa suya y me parece de mala educación no darle nada a cambio, y lo único que tengo a mano en ese momento es una pregunta.

—¿Y por qué no bebes?

Jimena no se para. Sigue bajando, un escalón detrás de otro, con la caja contra el pecho.

—Porque no me gusta no acordarme de las cosas —dice.

Y no explica nada más, y yo no pregunto nada más, y es la primera vez en mi vida que alguien me contesta una pregunta con una frase que parece que no dice nada y que dice exactamente lo que quería decir.

·

En la caja trece se lo cuento yo.

Lo de mi madre.

No se lo he contado a nadie en Murcia. No lo he contado en ningún sitio, en realidad, más que a Lucía, que no hace falta porque estaba, y a mi padre, que no hace falta porque es mi padre.

Y se lo cuento a Jimena Arcos, a la que conozco desde hace tres semanas, entre el primero y la calle, con una caja de ropa de invierno entre los brazos.

—Mi madre se fue cuando yo tenía diecisiete.

Jimena no dice nada. Sigue bajando.

—Volvió este verano —digo—. Tres años después. Llamó un día, así, por teléfono, como si nada.

—¿Y?

—Y fue peor.

Salimos al portal. La luz de la calle nos da en la cara. El padre de Paula está en la furgoneta, de espaldas, recolocando por tercera vez la silla de ruedas.

Jimena me coge la caja de las manos, la deja en el suelo de la furgoneta, se sacude las palmas en los vaqueros, y dice:

—Vale.

No dice «lo siento». No dice «qué fuerte» ni «¿quieres hablar de ello?» ni ninguna de las cosas que dice la gente y que te obligan a contestar algo para que se queden tranquilos. Dice «vale», y se da la vuelta, y sube a por la última caja.

Y yo me quedo ahí, en la acera, con la furgoneta en doble fila y los intermitentes haciendo tic tic, y pienso que es la mejor respuesta que me han dado nunca a esa frase.

·

A las once menos cuarto la furgoneta se va, con Paula en el asiento de al lado y su padre conduciendo muy recto, con la espalda separada del respaldo.

Nos dice adiós con la mano por la ventanilla. Nosotras le decimos adiós desde el portal. Y cuando dobla la esquina, Jimena dice:

—Paula.

—Paula —digo yo.

—Ahora que se ha ido.

Y nos da la risa, en el portal, a las once menos cuarto de la mañana de un viernes, sudadas, sin desayunar, con las manos rojas del cartón.

Una risa de esas que no se pueden parar, que se alimenta sola, que cada vez que una la está parando mira a la otra y vuelve a empezar.

La señora del segundo se asoma a la ventana a ver qué pasa y todavía nos da más risa.

Vera aparece a las dos de la tarde, en pijama, con el pelo en la cara.

—¿Ya se ha ido la de Yecla?

—Paula —decimos las dos a la vez.

—¿Quién?

·

A las once y media, sin desayunar y con las manos todavía rojas del cartón, Jimena dice que si no desayuna algo ya se va a desmayar en el portal y que va a tener que subirla yo en brazos los tres pisos.

Y bajamos a la plaza de Santa Catalina.

Es la primera vez que salimos juntas a algún sitio.

Las dos solas. Sin Vera, sin la de Yecla, sin la excusa de la compra.

Un bar pequeño con la barra de acero y un camarero mayor que nos llama «jóvenes» y nos pone dos cafés y dos tostadas sin preguntar, porque a esa hora, dice, todo el mundo quiere lo mismo.

Jimena se come la tostada con tomate de una forma muy concreta: primero el borde, alrededor, como quien ataca un castillo por las murallas, y luego el centro. Me fijo porque lo hago yo también, desde pequeña, y no se lo he visto hacer nunca a nadie.

—Mi madre dice que es de gente que deja lo mejor para el final —dice, cuando ve que la miro.

—La mía decía que era de gente desconfiada.

Y lo digo en pasado. Decía. Y Jimena lo oye, lo sé, porque se le para la tostada un instante a medio camino de la boca. Pero no dice nada. Y sigue comiendo por el borde.

Hablamos de Albacete. Jimena dice que Albacete es una ciudad que no sale en ningún sitio, que cuando dice de dónde es la gente pone cara de estar buscando algo en un mapa que no existe.

Que tiene la feria más grande de España y que eso es lo único que sabe todo el mundo.

Que en invierno hace un frío que se te mete en los huesos y que ella echa de menos ese frío, y que es la única persona del mundo que lo echa de menos.

Yo hablo del Mar Menor. De que en invierno el agua está quieta como un plato, de que los flamencos vienen a las salinas de San Pedro, de que la gente de fuera cree que es un sitio de verano y que el verano es la peor parte.

—¿La peor? —dice Jimena.

—La más ruidosa. —Me encojo de hombros—. En verano es de todos. En invierno es tuyo.

Jimena asiente despacio.

·

A la vuelta, en un bazar de la calle Platería, Jimena se para delante de un expositor y coge una pizarra blanca magnética de las de nevera, con un rotulador atado con un cordel.

—Para las cosas de la casa —dice—. Si no se apuntan, no existen.

La paga ella. Tres euros con noventa. Y cuando llegamos al piso, antes de quitarse la chaqueta, la pega en la puerta de la nevera, recta, midiendo con los ojos que quede a la altura justa, y escribe con una letra redonda de enfermera:

COMPRA: leche, huevos, lejía.

Me da el rotulador.

Y yo, debajo, escribo: pizza.

Jimena lo mira. Y se ríe. Y no lo borra.

Y esa pizarra, con la letra de las tres, con planes que se cumplen y planes que alguien borra a medias, se va a quedar ahí todo el curso, en la puerta de la nevera, a la altura justa.

·

Esa tarde hago la mochila para el puente.

Mañana a las diez cojo el autobús de Balsicas en sentido contrario.

Tres días en Los Alcázares. Lucía me ha mandado un audio de tres minutos con un plan para cada hora, y mi padre me ha preguntado dos veces si ceno el sábado o el domingo, y le he dicho que los dos, y ha dicho «vale» con una voz que no le oía desde junio.

Por la noche, antes de dormir, paso por el pasillo y veo que la puerta de la habitación de Paula está abierta.

La habitación está vacía. Somier sin colchón, un clavo en la pared donde estaba el espejo, una marca más clara en el suelo donde estaba la alfombra. La ventana da al patio interior y entra la luz del piso de enfrente, amarilla.

La voy a cerrar. Pongo la mano en el pomo. Y no la cierro, no sé por qué. La dejo abierta.

A la una, cuando voy a beber agua, sigue abierta. Jimena ha pasado, porque su cuarto está al lado y se oye su luz. Vera ha pasado, porque se oye su música. Ninguna de las tres la ha cerrado.

Y nos acostamos las tres, esa noche, con una habitación vacía abierta en medio del pasillo, como se deja una silla libre en una mesa por si llega alguien, sin que ninguna lo haya dicho y sin saber todavía quién.