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Mi padre me llama los domingos a las nueve y cinco de la noche.
No lo hemos hablado nunca. No hay un acuerdo.
Simplemente el primer domingo llamó a esa hora, y el segundo también, y ahora ya es una ley, como la de que Jimena madruga: a las nueve cierra la recepción del camping, apaga el ordenador, se sirve un vaso de agua con una rodaja de limón, se sienta en el escalón de la oficina y marca mi número.
Lo sé porque se oye todo. Se oye el escalón, que cruje.
Se oye el cubito de hielo. Se oye, de fondo, la tele de los holandeses del nueve, que siempre tienen puesto un concurso.
Este domingo, el cuatro de octubre, yo tendría que estar ahí.
Cada dos fines de semana, dijo Lucía en la parada de la Ronda. Cada dos. Y ya han pasado dos, y yo sigo en Murcia.
Le escribí el jueves: «Esta semana no puedo bajar, tengo mogollón de trabajos, lo siento muchísimo».
Me contestó a los cuatro minutos: «Vale. El puente del Pilar entonces, ¿no?»
. Le dije que sí. Me mandó un pulgar. Solo un pulgar, sin nada más, sin el pato con birrete ni el audio de seis minutos, y yo miré el pulgar un rato largo y decidí que era un pulgar normal.
No tenía mogollón de trabajos. Tenía un examen de inglés sin importancia el martes y ganas de estar aquí. Eso es todo. Ganas de estar un fin de semana más en un sitio donde nadie sabe quién era.
·
A las ocho y cuarenta, con la resaca ya convertida en un dolor sordo detrás de los ojos, hago una cosa que no he hecho nunca: busco el camping en Google.
Supongo que porque estoy tumbada en la cama sin fuerzas para nada, y porque dentro de veinte minutos va a llamar mi padre y quiero tener algo de qué hablar que no sea yo.
Y ahí está. Camping Los Alcázares — Mar Menor. Un pin rojo en un mapa, al lado de una mancha azul que es el agua. Tres coma nueve estrellas. Ciento doce reseñas.
Las leo todas.
No es una forma de hablar. Me paso veinte minutos leyendo, una por una, lo que ha escrito sobre el sitio donde me he criado gente que ha pasado allí una semana. Y es rarísimo. Es como leer lo que dicen de tu casa unos desconocidos que han dormido en tu cuarto.
El dueño, Luis, un encanto. Nos dejó la sombra de la parcela nueve cuando vio que íbamos con un bebé. Cinco estrellas.
Instalaciones antiguas. Las duchas necesitan una reforma urgente. El agua caliente se acaba a las diez. Dos estrellas.
Llevamos nueve años viniendo. Es como volver a casa. Cinco estrellas. Firmado por alguien que se llama Hans y que tiene de foto de perfil una caravana.
La piscina tiene algas. Nadie contesta al teléfono por la tarde. Por el precio hay sitios mucho mejores en La Manga. Una estrella.
Y debajo de la de una estrella, una respuesta. Respuesta del propietario. La abro.
Muchas grasias por su comentario, lo tendremos en cuenta. Por la tarde estamos solo una persona y a beces no llegamos al telefono. Disculpen las molestias y esperamos verles pronto. Luis.
Con dos faltas de ortografía. Con una coma donde no va. Escrita con dos dedos, lo sé, lo veo, la veo escribir, en el ordenador viejo de la recepción, de noche, con las gafas de cerca que se niega a llevar, buscando cada letra en el teclado.
Por la tarde estamos solo una persona.
El año pasado, por la tarde, estábamos dos.
Miro la fecha de la reseña. Es de agosto. De este agosto. De una semana en que yo estaba en el Salitre por las noches y durmiendo por las mañanas, y por las tardes, que era cuando se suponía que tenía que estar en la recepción, estaba en la playa, o en un barco, o en cualquier sitio menos allí.
Y bajo hasta la última. La más antigua. De hace seis años.
La niña de la recepción, muy simpática. Nos explicó todo con mucha paciencia en inglés aunque tenía catorce años. Volveremos.
Y me detengo en esa. La niña de la recepción. Mucho rato. Con el móvil en el pecho y la resaca detrás de los ojos y el patio interior oscureciéndose por la ventana.
Y pienso que tendría que escribirle a mi padre y decirle que conteste a las reseñas con el corrector puesto. Que se lo puedo hacer yo, desde aquí, desde Murcia. Que me pase la contraseña.
Y no se lo digo. Esa noche, en la llamada, no se lo digo. Y la semana siguiente tampoco. Y en todo el curso no vuelvo a abrir esa página.
·
A las nueve y cinco vibra el móvil.
—¿Qué pasa, hija?
—Nada. ¿Y tú?
—Nada.
Es el principio de siempre. Es el principio de todas nuestras conversaciones desde que tengo uso de razón, y hasta este verano no me había dado cuenta de lo raro que es: dos personas que se llaman para decirse que no pasa nada.
En esta casa nos pasamos el día diciendo «nada», y a cincuenta kilómetros seguimos igual.
Luego empieza a contarme el camping, porque el camping es lo único de lo que mi padre sabe hablar sin que le cueste.
Quedan once parcelas ocupadas de ochenta y dos.
Los holandeses del nueve se quedan hasta el quince de noviembre, como todos los años.
El señor Paco se ha ido el martes, y antes de irse le ha dejado a mi padre una bolsa de limones de su huerto de Albacete y le ha dicho que el año que viene vuelve si Dios quiere, y mi padre le ha dicho que Dios querrá.
Juanma vino el miércoles a mirar la depuradora y dice que aguanta el invierno pero que la primavera no la pasa.
Hay que cambiar la bomba antes de abril. Eso son mil cuatrocientos euros.
Mi padre dice «mil cuatrocientos euros» con la misma voz con la que ha dicho «limones».
—¿Y los tienes? —digo.
—Los tendré.
—Papá.
—En abril los tendré, Nerea. Estamos en octubre.
Y cambia de tema, porque es lo que hace, y yo lo dejo, porque es lo que hago.
·
Hay una cosa en su voz esta noche que no estaba la semana pasada.
No es tristeza. Mi padre no es un hombre triste, o no de los que se les nota.
Es otra cosa. Es como cuando una bombilla no se ha fundido todavía pero ya da menos luz, y tú no sabes si es la bombilla o si son tus ojos.
Habla un poco más despacio. Hace pausas en sitios donde antes no las hacía.
Dos veces empieza una frase y la deja a la mitad, y la segunda vez la termina con un «bueno, da igual».
—¿Estás cansado?
—Es domingo.
—Ya, pero ¿estás cansado?
—Estoy como siempre en octubre —dice—. En octubre se va la gente y te quedas con el cuerpo de agosto.
Y es verdad, y me acuerdo, porque lo he visto veinte octubres. Mi padre en octubre duerme la siesta, que no la duerme en todo el año. Se sienta en la recepción con el crucigrama del periódico y no lo termina. Pasa el rastrillo por la arena de la entrada aunque nadie vaya a pisarla.
Pero el año pasado, en octubre, estaba yo.
Y no lo digo, y él tampoco.
·
—¿Y tú qué? —dice—. Cuéntame algo de la carrera.
Y aquí es donde tendría que contarle lo del plano.
Lo tengo en la punta de la lengua. Lo tengo desde el viernes.
Tendría que decirle: papá, hemos hecho un trabajo, lo he pensado yo, lo he rodado con la cámara, nos han puesto un nueve, y el profesor ha escrito por detrás de la hoja que el año que viene lo va a poner en clase el primer día en lugar del suyo.
Y él diría «¿un nueve?» con esa voz que pone cuando algo le hace ilusión y no sabe dónde meterla.
Y a lo mejor preguntaría de qué iba, y yo le contaría lo del tranvía y lo de Román riéndose con las manos en las rodillas, y él se reiría también.
No se lo cuento.
No sé por qué. Sé que abro la boca para contarlo y lo que sale es:
—Bien. Mucho trabajo. Una de las profesoras es durísima, dice que suspende al cuarenta por ciento.
—Pues tú al sesenta.
—Eso intento.
Y le cuento lo de Jimena, que madruga en domingo.
Y lo de Vera, que duerme hasta que el día la obliga.
Y lo de la de Yecla, que se va el viernes, y que ninguna se sabe su nombre.
Y mi padre se ríe con lo de la de Yecla, una risa corta, por la nariz, la suya, y dice que eso en el camping pasa con los alemanes, que vienen quince días y cuando se van ya se les ha olvidado a todos cómo se llamaban y se les queda para siempre el número de la parcela.
—Los del veintitrés —dice—. Llevan nueve años viniendo y siguen siendo los del veintitrés.
Y me río, y es bonito, y es verdad, y no es lo que tenía que contarle.
·
Al final, antes de colgar, me pregunta lo que me pregunta siempre.
—¿Te llega el dinero?
—Me sobra.
—No mientas.
—No miento, papá. Tengo lo del verano casi entero.
Es verdad a medias. Tengo tres mil seiscientos de los tres mil ochocientos, porque en dos semanas me he gastado doscientos en cosas que no sabría enumerar: un abono de transporte, unos apuntes, un rímel, cuatro cenas de pizza en el suelo,
una camiseta negra en Zara que me he puesto una vez y la entrada a la fiesta de Vera, que eran cinco euros pero luego fueron cuarenta.
—Te he mandado lo del piso —dice.
—No hacía falta, ya te dije que lo pago yo.
—Lo del piso lo pago yo. Lo tuyo es para lo tuyo.
Y cuelgo sabiendo lo que son doscientos ochenta euros en el camping un cuatro de octubre, con once parcelas ocupadas de ochenta y dos y una bomba que no pasa la primavera.
Lo sé porque este verano he tenido la carpeta azul encima de la mesa.
Lo sé porque he visto los vencimientos, y los teléfonos apuntados, y la lista de septiembre que hicimos a la una de la mañana los dos, con el sobre y la libreta.
Y aun así se lo dejo pagar, porque decírselo sería decirle que lo sé, y en esta casa las cosas se saben pero no se dicen.
·
Después de colgar me quedo en la cama con el móvil en el pecho.
Desde el salón llega la voz de Jimena hablando con su madre por videollamada, en ese tono de Albacete que tiene cuando habla con su familia y que no tiene nunca con nosotras. Vera está en la ducha cantando. En el patio interior alguien está friendo algo con ajo.
Miro la pantalla. En el registro de llamadas pone Papá — 47 min.
Cuarenta y siete minutos. Me parece mucho. Me parece una llamada larga, de hija que se preocupa, de hija que ha estado atenta, y me quedo con eso, con los cuarenta y siete minutos, como quien se queda con un recibo para demostrar algo.
Todavía no sé que va a ser la más larga de todo el curso.