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La primera resaca de mi vida la tengo con veinte años, el domingo cuatro de octubre, y me despierta a la una y diez de la tarde en una cama que no es la mía, con purpurina en las pestañas y un pie descalzo fuera del edredón.
La cama es de Vera. Lo sé por el techo, que tiene pegadas estrellas de plástico de las que brillan en la oscuridad, y porque Vera está a mi lado, boca abajo, con el pelo en la cara, roncando muy flojito, como un gato con catarro.
No me acuerdo de haber llegado.
Eso es lo primero que me asusta. Lo segundo es la cabeza. Lo tercero es la boca, que la tengo como si me hubiera comido la arena del Carmolí. Y lo cuarto, que es lo que me hace incorporarme de golpe y marearme, es que no sé dónde está el móvil.
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Tengo que contar esto bien, porque parece una tontería y no lo es.
He pasado el verano entero rodeada de borrachos.
He servido, a ojo, unas seis mil copas en tres meses.
He limpiado vómito de la barra del Salitre, de los baños del Salitre y una vez, a las cinco de la mañana, del asiento del copiloto del coche de Keko.
He visto a chicos de mi edad llorar abrazados a una farola del paseo de La Manga diciéndole a la farola que la querían.
He sujetado el pelo de chicas que no conocía mientras se agachaban en el aparcamiento.
Y yo nunca. Ni una vez. En todo el verano me bebí, contadas, cuatro cervezas, y las cuatro después de cerrar, sentada en la barra con Saray y con Keko, a las seis de la mañana, cuando ya daba igual.
Porque detrás de una barra no se bebe. Porque el que bebe detrás de una barra se equivoca con las vueltas.
Porque mi padre, cuando empecé, me dijo una sola cosa, y fue esa: «Tú no bebas, que tú estás trabajando».
Y anoche no estaba trabajando.
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Fue en la Fica.
La Fica es una sala de conciertos de Murcia que según Vera es «la única sala de verdad de esta ciudad», y según Jimena es «un sitio donde el suelo se pega».
Las dos tienen razón. Tocaba un grupo de amigos de Vera, de cuarto de Bellas Artes, que se llama algo en inglés que no recuerdo, y que hace una música que Vera define como «post-algo» y que a mí me sonó a gente enfadada con guitarras.
Jimena vino de conductora, como siempre, con su agua con hielo y limón.
Vera vino con un grupo de ocho personas de Bellas Artes con los pantalones anchos y el pelo de colores.
Y yo vine con el folio de Aitor Belmonte doblado en cuatro dentro de la funda de la cámara, que llevaba colgada como siempre, y un nueve en la cabeza.
Y a las doce me pedí una copa. Y a las doce y media otra. Y a la una me di cuenta de que no estaba contando, que es algo que no me había pasado en todo el verano, que siempre cuento, siempre, las copas de los demás y las mías. Y me dio igual. Me dio tanto igual que me pedí la tercera.
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Lo que recuerdo de la noche viene a trozos, como una película mal montada.
Recuerdo a Vera subida a los hombros de un chico de pelo verde gritando el nombre del cantante.
Recuerdo a Jimena en una esquina, con la espalda contra la pared, vigilándonos a las dos como se vigila una piscina llena de niños.
Recuerdo un baño con una cola de veinte minutos donde una chica que no conocía me prestó un pintalabios y me dijo que tenía una cara muy bonita y muy triste, y yo le dije que no estaba triste, y ella dijo «ya, nadie lo está», y se fue.
Y recuerdo, esto sí muy bien, a las dos y pico, sentada en un escalón de la puerta de atrás, al fresco, con Vera al lado, sacar el folio de la funda de la cámara y desdoblarlo y ponérselo delante de la cara.
—Mira —le dije—. Mira lo que me ha escrito un profesor.
Vera lo cogió. Lo leyó a la luz del móvil, con los ojos entornados, moviendo un poco los labios. Por delante y por detrás.
—Uuuuh —dijo al terminar, alargando mucho la u—. El profe.
—No es eso.
—Nerea. Un tío que escribe por los dos lados de un folio con esa letrita no te está corrigiendo un trabajo. —Me devolvió el folio—. Te está escribiendo una carta.
—Es un profesor.
—Ya. Por eso. —Se rió, y me dio un beso en la mejilla que me dejó purpurina—. Cuidadito con los profes, abuela. En Bellas Artes tenemos un dicho.
—¿Cuál?
Y Vera, que había bebido más que yo, abrió la boca para decírmelo y se le olvidó, y se echó a reír, y yo también, y no me lo dijo nunca.
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El móvil está en la cocina.
Lo encuentra Jimena. Está en el bolso de Vera, entre un monedero con forma de fresa y un paquete de chicles, y Jimena lo saca y me lo pone en la mano cuando aparezco en la cocina, a la una y veinte, en camiseta y bragas, arrastrando los pies.
Jimena lleva levantada desde las siete, claro. Ha hecho una tortilla. Ha puesto en la mesa dos vasos de agua grandes, un ibuprofeno en una servilleta y una lata de Aquarius de limón.
—Siéntate —dice—. Bebe. No hables.
Me siento. Bebo. No hablo.
—Llegamos a las cinco y cuarto —dice ella, mientras parte la tortilla en triángulos, como en los bares—. Vera y tú cantando. Tú te empeñaste en dormir con Vera porque decías que tu cuarto tenía una energía rara. Te quitaste los zapatos en el portal y los dejaste allí. Los he subido esta mañana.
—Gracias.
—Y le dijiste a la señora del segundo, que había salido a ver quién gritaba, que tenía una bata preciosa.
Me tapo la cara.
—Le gustó —dice Jimena—. La bata. Es verdad que es bonita.
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El móvil tiene seis llamadas perdidas de Lucía.
De las once de la noche, de las doce, de la una, de la una y media. Y un mensaje de las dos y cuarto, cuando yo estaba sentada en el escalón de la Fica enseñándole a Vera un folio.
«Bueno, ya veo que te lo estás pasando bien ?? Mañana hablamos. Te quiero, pesada.»
Y otro, de esta mañana, de las diez:
«¿Estás viva?»
Y yo, en la cocina, con la cabeza partida en dos, con el ibuprofeno en la boca y la tortilla de Jimena delante, me acuerdo de que Lucía me llamó anoche porque era la primera noche del fin de semana que teníamos que haber pasado juntas.
La primera de cada dos. La que cancelé el jueves con un mensaje que decía «mogollón de trabajos».
Y me llamó seis veces para ver qué tal estaba, y yo estaba en la Fica, con la tercera copa, sin contar.
Le escribo: «Viva de milagro 🥴 Anoche salí con las del piso, me lié. Te llamo luego, te quiero».
Y me manda un audio de dos minutos riéndose de mí, y me dice que eso me pasa por no bajar al pueblo, que en el pueblo no me dejaría beber más de dos, y que qué tal está la resaca, y que se alegra muchísimo, de verdad, de que me lo esté pasando bien.
Y yo escucho el audio con la cabeza apoyada en la mesa de la cocina, y la voz de Lucía me llega desde el móvil un poco lejos, como desde el otro lado de una pared.
Y le mando un corazón.
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Vera aparece a las tres, cuando ya he recogido la cocina, con el pelo en la cara y una estrella de plástico del techo pegada en el hombro, y se hace un colacao, y se sienta en el suelo con la espalda contra la nevera.
—¿Qué tal, abuela?
—Muerta.
—Bienvenida a Murcia. —Sopla el colacao—. Oye. Lo del profe.
Me quedo quieta con el trapo en la mano.
—¿Qué pasa con el profe?
—Que me acordé esta mañana del dicho. El de Bellas Artes. —Bebe—. «Al profe que te escribe por los dos lados, contéstale solo por uno.»
Y se ríe, y se levanta, y se va a su cuarto con el colacao.
Me quedo en la cocina con el trapo, pensando que es un dicho absurdo, que seguramente se lo acaba de inventar, que en Bellas Artes se inventan cosas así todo el rato.
Y pensando, al mismo tiempo, en la funda de la cámara colgada en la silla de mi cuarto, y en el folio doblado en cuatro que llevo dentro desde el viernes, y en que anoche, a las dos y pico, borracha por primera vez en mi vida,
de todas las cosas del mundo que podía haber sacado del bolso para enseñarle a alguien, saqué esa.
Y a las nueve y cinco me llama mi padre.