Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 5
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El lunes Aitor Belmonte proyecta los veintitrés planos de la clase uno detrás de otro, sin pausa, a oscuras, y comenta cada uno en menos de una frase.

A la pareja que discute en un banco —que al final sí eran primos de alguien, pero no de Adri— le dice «se nota que se quieren».

Al perro esperando en la puerta del Mercadona le dice «el perro, muy bien; el plano, no».

A un chico que abre un sobre con las notas le dice «¿y qué nota era?»

, y cuando el chico contesta que no se ve, dice «ya».

Tiene una manera de ser cruel que no parece crueldad, porque la dice con media sonrisa y en voz baja, y la clase se ríe cada vez, incluidos los que acaban de recibirla.

El nuestro es el diecisiete.

Lo reconozco desde el primer fotograma, por la luz naranja del andén, y se me pone el cuerpo tieso en la silla como si fuera yo la que va a salir corriendo.

Román, a mi derecha, se tapa la cara con las dos manos y mira entre los dedos.

Adri, detrás, dice «ahí va, ahí va, ahí va» en voz baja, como en un penalti.

La puerta pita. Román corre. No llega. Se ríe con las manos en las rodillas. Dice adiós al vagón.

Y la clase entera se ríe con él, setenta personas a la vez, una risa buena, de las que salen sin permiso, y Román se hunde tanto en el asiento que casi desaparece.

Se acaba el plano. Negro.

Y Aitor dice:

—Siguiente.

Y pone el dieciocho.

·

No comenta nada más en toda la clase. Ni al final, ni al salir, ni en el pasillo, donde pasa a dos metros de nosotros con el café de máquina y mira el móvil.

—Ni lo ha comentado, tío —dice Adri—. A los del perro les ha dicho algo. A nosotros nada.

—Ha dicho «siguiente» —dice Román—. Y lo ha dicho muy bien.

—Eso no es un comentario.

—Es el mejor comentario que se puede hacer de mí corriendo.

Y se ríen los dos, y yo me río también, un poco tarde, y me paso el resto del día con una piedra pequeña en el estómago que no me explico.

Porque es un trabajo de clase de primero de carrera.

Porque lo hemos hecho en dos tardes con una cámara de segunda mano.

Porque ni siquiera cuenta para nota más que un diez por ciento.

Y porque llevo una semana entera pensando en qué iba a decir él, y ha dicho «siguiente».

·

Esa noche, a las once y media, cojo la cámara y salgo sola a la calle.

No se lo digo a nadie. Jimena ya duerme. Vera está en su cuarto con la música. Bajo los cuarenta y ocho escalones con la cámara colgada y la sudadera gris, y echo a andar hacia la plaza Circular, por la calle vacía, con las persianas de las tiendas bajadas y los contenedores esperando al camión.

No sé muy bien a qué voy. Sé que llevo todo el día con una piedra en el estómago, con el «siguiente» metido entre las costillas, y que en el piso no se me va, y que a lo mejor andando sí.

La parada del tranvía a esa hora está vacía.

No hay nadie. Ni un solo pasajero. El último tranvía ha pasado a las once y cuarto, y el andén se queda así, iluminado con esa luz naranja fea que Aitor dijo que funcionaba precisamente porque nadie se había molestado en ponerla bonita.

La marquesina. El banco de metal. La máquina de billetes con la pantalla encendida, diciendo Bienvenido a nadie.

Una bolsa de plástico que el aire arrastra por el andén, despacio, de un lado a otro, como si también estuviera esperando algo.

Y me siento en el banco. Y enciendo la cámara.

Y grabo.

Un plano fijo, desde el banco, con la cámara apoyada en las rodillas.

El andén vacío. La luz naranja. La bolsa de plástico.

Nada más. No hay nadie que corra. No hay ninguna puerta que pite.

No hay ningún cambio. Solo un andén vacío a las once y cuarenta de la noche de un lunes de septiembre, con una bolsa de plástico que va y viene.

Grabo tres minutos. Sin moverme. Sin respirar casi.

Y cuando paro, lo veo en la pantalla pequeña. Entero. Los tres minutos. Y a los dos minutos y diez segundos, la bolsa de plástico se engancha en la pata del banco, justo delante de la cámara, y se queda ahí, quieta, temblando un poco con el aire, sin poder irse.

Y ahí está el corte.

No lo he buscado. Ha pasado. Una bolsa de plástico que deja de moverse. Un plano donde no pasa nada que, de repente, a los dos minutos y diez segundos, se convierte en un plano sobre algo que se ha quedado atrapado.

Y me quedo mirando la pantalla, sola en un andén vacío, con el corazón latiéndome fuerte, porque es la primera vez que grabo algo que es solo mío. Que no es para una clase. Que no es para un nueve. Que no lo va a ver nadie, ni Román, ni Adri, ni el profesor que ha dicho «siguiente». Nadie.

No se lo enseño a nadie en todo el curso.

Lo guardo en la tarjeta de la cámara, en una carpeta sin nombre.

Y a veces, en invierno, en noches malas, en el sofá de Vistabella con él dormido al lado o en mi cama de Mariano Padilla con la mancha del techo, lo pongo.

Los tres minutos. Y espero a los dos minutos y diez segundos, a que la bolsa se enganche en la pata del banco.

Y no sé por qué me tranquiliza tanto. Tardo mucho en saberlo.

Me tranquiliza porque es el único plano de todo ese año en el que decido yo dónde está el corte.

·

El jueves tenemos la primera clase de Narrativa Audiovisual, que se retrasó por un congreso, y llego dos minutos tarde.

Dos minutos. El tranvía se paró en la rotonda de Juan de Borbón por un camión atravesado, y yo me bajé corriendo, y crucé el aparcamiento de la facultad corriendo, y subí las escaleras de dos en dos.

Y cuando abro la puerta del aula, sin aliento, la profesora ya está de pie delante de la pizarra y se calla.

No me dice nada. Se calla y me mira mientras busco sitio, y setenta personas me miran mientras busco sitio, y el único libre está en la primera fila, justo delante de ella.

Me siento.

Y ella espera tres segundos más, en silencio, antes de seguir.

Se llama Carmen Berruezo, tiene unos cincuenta años, el pelo gris cortado muy corto y unas gafas de pasta negra que se quita y se pone todo el rato. Habla sin micrófono y se le oye en la última fila. No cuenta chistes. No se sienta en la mesa. No apaga la luz.

—En esta asignatura se suspende —dice—. El año pasado suspendió el cuarenta y uno por ciento en primera convocatoria. No lo digo para asustarles. Lo digo porque alguno de ustedes ha oído que primero es fácil, y quiero que salgan de aquí sabiendo que conmigo no.

Nos trata de usted. A setenta personas de dieciocho años, de usted.

A la media hora hace una pregunta. Proyecta un fotograma —una mujer en una cocina, de espaldas, con una ventana al fondo— y pregunta qué nos cuenta esa imagen que no estaría en el guion.

Nadie contesta. Y yo, que tengo la cabeza todavía en la parada de autobús de Lorca y en la frase que me salió aquel lunes, levanto la mano.

—Que está esperando a alguien —digo—. Que lleva tiempo esperando. Se le nota en los hombros.

Carmen Berruezo se quita las gafas.

—Eso es bonito —dice—. Ahora dígamelo con un término técnico.

Me quedo en blanco.

No es que no lo sepa: es que no sé ni por dónde se empieza a saberlo. No sé si lo que he dicho tiene nombre. No sé si se llama de alguna manera ver una cosa en los hombros de alguien.

—No lo sé —digo.

—Pues para eso ha venido. —Se pone las gafas—. Lo bonito en esta asignatura no puntúa, señorita. Lo bonito es de gratis. Lo que se paga es saber explicar por qué es bonito.

Y sigue con la clase.

Román, a la salida, me da una palmada en la espalda.

—Bienvenida al cuarenta y uno por ciento.

—Cállate.

—Somos muchos, Baresa. Tenemos camisetas.

·

El viernes, al final de Lenguaje Audiovisual, Aitor devuelve las memorias de rodaje.

Era un folio por grupo, obligatorio, explicando qué se quería contar y por qué se había rodado así.

La nuestra la escribí yo el domingo por la noche, en la cama, con el portátil en las rodillas, porque Adri dijo que él ya había hecho mucho abriendo los brazos en el tranvía y Román dijo que él había corrido tres kilómetros y medio, y los dos tenían razón.

La mayoría de la gente recibe su folio con dos líneas impresas pegadas al final: una nota y una frase. «6,5. Buena idea, ejecución floja.» «5. El perro, bien.»

El nuestro vuelve escrito a mano.

Por delante y por detrás. Con una letra pequeña, inclinada, en tinta azul, que llena los márgenes y sigue por el reverso y dobla la esquina.

Lo leo de pie en el pasillo, con Román leyéndolo por encima de mi hombro y Adri preguntando «¿qué pone?, ¿qué pone?, ¿cuánto nos ha puesto?».

Nos ha puesto un nueve.

Y luego viene todo lo demás.

Habla del encuadre, de por qué la barra del tranvía entra un poco en el lado izquierdo y por qué eso ayuda en vez de molestar.

Habla del chico del patinete, que yo ni había visto, y que según él es lo que hace que la carrera de Román parezca de verdad, porque se tiene que apartar.

Habla de la luz naranja, de que es fea y de que precisamente por eso funciona, porque nadie se ha molestado en ponerla bonita.

Y luego llega a la frase que escribí yo a la una de la mañana, al final del folio, la última, la única que no sabía si poner: El cambio no es si llega. Es que no llega y le da igual.

Y debajo, en azul:

Esto es lo que casi nadie entiende en primero, y muchos no lo entienden nunca. El «siguiente» del lunes no era para vosotros. Era para no decir delante de setenta personas lo que pienso de este plano, que es que el año que viene lo voy a poner el primer día en lugar del mío.

Y más abajo, casi en la esquina, más pequeño:

Tutoría, martes. Pide cita. Quiero que me cuentes de dónde sacas lo de las caras.

·

—Te habla a ti —dice Román.

—Nos habla a los tres.

—Pone «de dónde sacas». En singular.

—Porque la memoria la escribí yo.

—Ya —dice Román, y me devuelve el folio, y no dice nada más. Y es la primera vez desde que lo conozco que Román Vidal-Quadras se calla algo que está pensando, y yo lo noto, y decido no notarlo.

Adri no se entera de nada. Adri ha visto el nueve y ya lo ha mandado a LOS DEL PLANO, a sus padres, a un grupo que se llama «Murcia Centro 2026» y a una chica que conoció el sábado.

Y ha puesto de nuevo una historia, esta vez con una foto del folio doblado para que solo se vea el número, y esta vez sí me ha preguntado antes, y me he reído, y le he dicho que vale.

·

En el tranvía de vuelta leo la memoria tres veces más.

La última vez no leo lo del encuadre ni lo del patinete ni lo de la luz naranja. Leo solo las dos últimas frases. Quiero que me cuentes de dónde sacas lo de las caras.

Y decido que no voy a pedir la cita.

O no enseguida. No mañana. No el lunes. Porque sé perfectamente lo que es ser la chica que contesta a un mensaje a los dos segundos, porque lo fui todo el verano, y me prometí en el autobús de Balsicas, entre otras cosas, que no lo iba a volver a ser.

Así que guardo el folio doblado en cuatro dentro de la funda de la cámara, que es el sitio donde guardo las cosas que no quiero que se arruguen, y me pongo los auriculares, y miro por la ventanilla los concesionarios y las rotondas.

Tardo dieciséis días en pedirla. Y no es que se me pase en esos dieciséis días, que no se me pasa. Es que necesito demostrarme que puedo esperar.