Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 4
8%

4

El sábado a las once de la mañana, Vera decide que ya está bien.

Lo anuncia en la cocina, en pijama, con el colacao en la mano, como quien lee un bando.

—Lleváis una semana entera de facultad y de tranvía y no habéis salido ni una noche. Lo de las novatadas no cuenta, abuela, eso es trabajo. En Bellas Artes eso es motivo de expulsión.

—No estamos en Bellas Artes —dice Jimena, sin levantar la vista de los apuntes.

—Por eso os lo perdono. Pero esta noche salimos.

Y nos cuenta el plan: una fiesta de bienvenida que monta gente de su facultad en una sala pequeña por las Cuatro Esquinas, entrada a cinco euros con consumición, y pincha un amigo suyo que se llama Yago y que según ella es lo mejor que le ha pasado a Murcia desde el pastel de carne.

—Yo voy —dice Jimena—. Pero no bebo.

—Ya lo sé que no bebes.

—Voy de conductora.

—No tienes coche.

—Voy de conductora igual —dice Jimena, y pasa la página.

·

Nos arreglamos las tres en un cuarto de baño de metro y medio, con la puerta abierta y un altavoz del tamaño de una lata encima de la cisterna.

Vera me presta un top negro con la espalda cruzada. Jimena me presta un rímel, porque el mío se secó en agosto y no lo he vuelto a comprar. Yo no presto nada, porque todo lo que he traído de Los Alcázares es ropa de trabajar o ropa de playa, y esta noche no es ninguna de las dos cosas.

Me miro en el espejo, detrás de las cabezas de las otras dos, y me acuerdo de que la última vez que me arreglé para salir de noche fue para el Salitre. Con la camiseta negra, el pelo recogido con dos gomas y las zapatillas que no resbalan. Me arreglaba para trabajar en la noche de los demás.

Esta noche no. Esta noche la noche es mía.

Y lo pienso así, con esas palabras, delante del espejo, y me da un poco de vergüenza lo cursi que suena, y me lo pienso otra vez.

·

La sala es un bajo con las paredes pintadas de negro, un escenario de cuarenta centímetros y una barra al fondo con dos camareras.

A la media hora ya las tengo calculadas.

No lo hago a propósito. Me sale solo, como a Saray en La Cangreja aquel martes de julio: me pido una copa y, mientras espero, cuento.

La rubia es buena. Cuarenta segundos por copa, mira a la cara al que le pide, cobra antes de servir.

La morena es nueva, se nota en cómo coge la botella, por el cuello y no por el cuerpo, y cada vez que alguien le pide dos cosas distintas se le para la cara un instante antes de moverse.

—¿Qué miras? —me dice Jimena al oído.

—A la de la barra. Es su primera semana.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque coge la ginebra como si fuera a morderla.

Jimena se ríe, con el vaso de agua con hielo y limón en la mano, que es lo que pide para que nadie le pregunte por qué no bebe, y me dice que soy muy rara, y lo dice con cariño, y yo le digo que tres meses detrás de una barra te estropean para siempre,

que ya no puedes estar en un bar sin trabajar un poco en él por dentro.

·

Yago pincha desde las doce hasta las seis.

Es alto, con el pelo rapado por los lados y largo por arriba, una camiseta con dos agujeros en el cuello y los auriculares puestos solo en una oreja.

No mira nunca a la gente. Mira la pantalla, mira los discos, se muerde el labio, y de vez en cuando levanta la cabeza para comprobar algo que solo sabe él, y vuelve a bajarla.

No me fijo en él al principio. Me fijo en otra cosa.

A las tres de la mañana, en el Salitre, era el bajón.

La media hora en que no se acercaba nadie a la barra porque estaban todos bailando, y yo aprovechaba para reponer la nevera y beberme tres vasos de agua de pie, como un caballo, mirando desde detrás del mostrador a doscientas personas que se lo estaban pasando bien.

Esta noche, a las tres de la mañana, la que baila soy yo.

Y bailo sin pensar en nada. Eso es lo que tengo que contar de esa noche y lo que no sé contar bien: que durante casi dos horas no pienso en nada.

No pienso en mi padre ni en la carpeta azul ni en lo que pone en el banco el día quince.

No pienso en Lucía ni en Hugo ni en un mensaje sobre marineras.

No pienso en si tengo veinte años o dieciocho o cuarenta.

Tengo el pelo pegado a la nuca, y el top de Vera empapado, y una canción que no conozco que sube y sube y no termina de explotar, y cuando por fin explota doscientas personas levantan los brazos a la vez y yo soy una de ellas.

No soy la que sirve. No soy la del camping. No soy la chica que llegó tarde a todo.

Soy una de doscientas.

·

A las seis se encienden las luces, que es el momento más feo de cualquier noche, y Vera me agarra del brazo y me lleva hasta el escenario.

—Yago. Esta es Nerea, la de mi piso. La que te dije.

Yago se quita el auricular de la oreja y me mira desde arriba, desde los cuarenta centímetros de escenario más su metro noventa, con la cara cansada y seria de quien lleva seis horas trabajando.

—Tú eres la que bailaba como si te debieran dinero —dice.

—¿Qué?

—Delante, a la izquierda. Con los ojos cerrados. Desde las tres y cuarto. —Empieza a enrollar un cable—. No te has movido de ahí en dos horas. Es la mejor parte del trabajo, ver a alguien así.

Y me pasa una cosa rara, que es que me acuerdo del Salitre otra vez, y de que Keko decía lo mismo de los camareros: que lo único bueno de poner copas a las tres de la mañana es ver a alguien bailar como si no hubiera nadie mirando.

—¿Qué dicen las Bellas Artes de pedir canciones? —le pregunto.

—Que aquí no se piden.

—¿Y si te la pido ahora, que ya ha acabado?

Yago deja de enrollar el cable. Me mira un momento más, como calculando si voy en serio.

—Ahora sí —dice.

Le digo cuál. Es una de Quevedo, de las de ULTIMO VERANO, y me da vergüenza nada más decirla, porque es la canción más obvia del mundo para pedirle a un DJ que pincha cosas que no conozco.

Pero Yago no se ríe. Enchufa otra vez el cable que ya había enrollado, busca la canción en el portátil y la pone, a volumen de sala vacía, mientras los de la limpieza empiezan a subir las sillas a las mesas, que es el idioma universal de «fuera».

La escuchamos los cuatro de pie, Vera, Jimena, Yago y yo, en medio de la pista vacía, con las luces encendidas.

Nadie baila. Nadie dice nada. Suena entera.

·

Salimos a las seis y media y nos sentamos en un banco de la plaza de la catedral, porque Vera dice que un sábado sin ver la fachada de la catedral de madrugada es un sábado que no ha existido.

Tiene razón. Es amarilla y enorme y está llena de santos que te miran desde arriba, y la luz de las farolas le sube por la piedra, y a esa hora no hay nadie en la plaza más que nosotros cuatro y un barrendero con una máquina que hace un ruido de aspiradora gigante.

Yago se sienta a mi lado. No muy cerca. A una distancia normal, de persona que se sienta en un banco.

—¿Me das tu número? —dice.

Así. Sin prólogo. Sin preguntarme antes qué estudio ni de dónde soy.

—¿Para qué?

—Para escribirte el jueves. Los jueves no pincho.

Y eso es lo que me convence, aunque no lo diga: que diga un día. Que no diga «ya hablamos» ni «un día de estos» ni ninguna de las frases que la gente dice para no comprometerse a nada. Que diga el jueves.

Le doy el número. Lo apunta. No me besa, no me toca, no intenta nada.

Se levanta, se cuelga la mochila con el portátil, se despide de Vera con un abrazo y de Jimena con la mano y de mí con una cabeza, y se va andando hacia la calle Trapería con las manos en los bolsillos, como alguien que se va a dormir porque tiene sueño y ya está.

—Te va a escribir el jueves —dice Vera, muy convencida.

—Ya veremos.

—Yago siempre escribe cuando dice que va a escribir. Es su único defecto.

·

Volvemos andando a Mariano Padilla a las siete menos veinte, con los zapatos en la mano y los pies negros, Vera cantando algo desafinado y Jimena caminando derecha y despejada, con la botella de agua, dos pasos detrás de nosotras, como una pastora.

En el portal, mientras Vera pelea con la llave, Jimena me mira.

—Te lo has pasado bien.

No es una pregunta.

—Sí —digo—. Muy bien.

Y es verdad. Y subo los tres pisos sin ascensor pensando que es verdad, y que hacía mucho que no me lo pasaba así, sin ninguna tarea detrás, sin nadie a quien le tuviera que salir bien la noche más que a mí.

Y ya en la cama, con la persiana bajada y el sol empezando a colarse por las rendijas, me doy cuenta de que en siete horas no he pensado ni una vez en Aitor Belmonte, y de que me doy cuenta precisamente porque, al darme cuenta, ya estoy pensando en él.