Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 3
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Las novatadas empiezan el viernes veinticinco a las siete de la tarde en un bar de la calle Santo Cristo, a dos minutos del campus de la Merced, y nadie de primero sabe quién las ha convocado.

Nadie lo sabe porque nadie las ha convocado.

Eso es lo primero que aprendo. Aparecen.

A las once de la mañana, en el grupo de clase —que se creó el martes y ya tiene ciento sesenta mensajes y un nombre, 1ºCAV 26-27, y una foto de perfil de una claqueta con un gorro de Papá Noel que nadie ha sabido quitar—, alguien que no está en la clase escribe:

«Bienvenida a los novatos de Comunicación. Hoy 19h. Bar El Brocal, c/ Santo Cristo. Obligatorio ??»

Y un minuto después, otro:

«El que no venga se lo apuntamos.»

Y setenta personas de dieciocho años se ponen a escribir a la vez.

·

La pantalla se mueve sola. No da tiempo a leer.

«¿Esto es de verdad?» «¿Quién es este?» «Es de segundo, es primo de uno de mi pueblo.»

«¿Qué nos van a hacer?» «Mi hermana dice que en Periodismo les hicieron beberse un litro de sangría en un zapato.»

«Qué asco.» «Yo voy.» «Yo también.» «¿Qué nos ponemos?»

«Algo que se pueda manchar, dice mi hermana.»

«¿Manchar de qué?» Un emoji de una calavera.

Otro de un diablo. Uno que se ríe llorando. Cuarenta más.

Y en medio, una cosa que me hace gracia sin querer: una chica de la primera fila, la del autobús que no llega, escribe «¿pero las novatadas no están prohibidas en la universidad?», y le contestan ocho personas a la vez que sí, que claro, que por eso las hacen en un bar.

Y yo miro el móvil en la cafetería de la facultad, con el café en la otra mano, y pienso que en el Salitre esto tenía otro nombre.

En el Salitre esto era la noche del sábado de agosto en que venía la despedida de soltero de alguien del pueblo, con las camisetas iguales y un señor vestido de bebé, y Fran decía «ojo con esos, que esos rompen».

—¿Vas a ir? —me dice Román, sentándose enfrente.

—No sé. ¿Tú?

—Yo voy seguro. —Le da un mordisco a una napolitana—. Si no vas a las novatadas, eres el que no fue a las novatadas. Para siempre. Hasta cuarto. Mi primo de Cieza no fue a las suyas en Económicas y le siguen llamando «el de la gripe».

—¿Tenía gripe?

—Tenía gripe. Da igual. Es «el de la gripe».

Y Adri, que viene detrás con la bandeja, se sienta y dice «¡novatadaaaas!» con los dos brazos arriba, y ya está decidido, porque con Adri las cosas se deciden solas, como se decide un río.

·

El Brocal es un bar pequeño con la barra de madera, las paredes llenas de fotos de gente de la facultad de los últimos veinte años y un olor a cerveza derramada que me llega nada más entrar y me hace sentir, sin querer, en casa.

Somos unos cuarenta de primero. Y hay unos quince de segundo, que se reconocen porque están detrás de una línea imaginaria, junto a la barra, con las cervezas en la mano y las caras de haber hecho esto el año pasado desde el otro lado.

Algunos de tercero, más al fondo, mirando, sin participar, como se mira un partido de fútbol de chavales desde la valla.

El que manda se llama Pablo. Es de segundo de Periodismo, lleva una gorra del revés y una camiseta de un grupo que no conozco, y tiene diecinueve años. Lo sé porque lo dice. Lo dice varias veces, como si fuera un cargo: «Tengo diecinueve años y llevo un año en esta facultad, así que aquí mando yo».

Y ahí se me escapa la sonrisa. La primera.

·

Las pruebas son las que son. Lo que se ha hecho siempre, supongo, con alguna novedad que alguien ha visto en TikTok.

Nos ponen a todos un cartel colgado del cuello, un folio con un cordel, que pone NOVATO en rotulador rojo y debajo un número.

Yo soy el 23. Nos hacen cantar el himno de la Universidad de Murcia, que nadie se sabe, y cuando nadie se lo sabe nos hacen cantar el del Real Murcia, que se saben la mitad, y Adri entero, a gritos, con la mano en el pecho.

Nos hacen bebernos un chupito de algo verde que sabe a jarabe para la tos.

Nos hacen hacer una fila india por la calle Santo Cristo cantando una canción de Bad Bunny con la letra cambiada, y la gente de las terrazas nos graba con el móvil, y se ríen, y nosotros nos reímos también, porque es lo que se hace.

Y todo el rato, todo el rato, hay treinta móviles levantados.

Los de segundo grabando a los de primero.

Los de primero grabándose unos a otros. Adri grabándolo todo en directo para su Instagram, con el móvil en alto como una antorcha.

Y yo me doy cuenta a la media hora de que estoy haciendo una cosa sin pensarla, que es ponerme siempre de lado.

Un poco detrás de alguien. Con el pelo en la cara.

No sé por qué. No lo decido. Es el cuerpo, que sabe algo que yo todavía no sé.

·

A las nueve menos cuarto llega la del zapato.

No es un zapato. Es una bota de montaña vieja, enorme, de alguien de tercero que la trae en una bolsa del Carrefour cada año para esto, y Pablo la llena de sangría de una jarra, hasta arriba, y la pone encima de una mesa.

—Los novatos de rodillas. De uno en uno. Un trago largo.

Y la gente se ríe y grita. Y el primero es un chico de Yecla muy alto que se arrodilla, bebe, se atraganta, escupe la mitad por la nariz, y todo el bar aplaude.

La segunda es una chica que llora un poco de la risa y bebe.

El tercero es Adri, que bebe tres tragos en vez de uno y luego se pone la bota en la cabeza como un sombrero, y es el héroe de la noche.

Y el número 23 soy yo.

·

—Novata veintitrés —dice Pablo—. De rodillas.

Y me quedo de pie.

No lo decido tampoco. Me quedo de pie como me quedaba de pie detrás de la barra del Salitre cuando un cliente de cuarenta años me decía «ponme otra, guapa» con la mano encima de la mía en el mostrador. Con los pies clavados. Con la cara quieta.

—No —digo.

Se hace un silencio pequeño. No en todo el bar. En las cinco o seis personas que están cerca.

—¿Cómo que no? —Pablo se ríe—. Es una novatada, tía. Venga. Es sangría.

—Ya sé lo que es. —Me quito el cartel del cuello, despacio, y lo dejo encima de la mesa, al lado de la bota—.

Tengo veinte años. Me he pasado el verano detrás de una barra en La Manga limpiando del suelo exactamente esto.

Sé cuánto cuesta esa sangría, sé de qué está hecha y sé lo que hay en el fondo de esa bota.

No me arrodillo delante de un chaval de diecinueve años para beberme algo que he fregado.

Y lo digo sin gritar. En el tono de Fran. En el tono de «aquí la razón no se cobra».

Pablo me mira. Mira a los de segundo, que ahora me miran también. Uno de tercero, al fondo, se ríe con ganas y levanta la cerveza hacia mí, como un brindis.

—Vale, abuela —dice Pablo, y se ríe, y los de segundo se ríen con él, y la cosa se afloja—. Siguiente.

Y le da la bota al número veinticuatro.

·

Abuela.

Me lo dicen el resto de la noche. Me lo dicen los de segundo y luego, a la hora, también algunos de primero, que ya se han dado cuenta de que es un chiste que se puede hacer.

«¿Qué tal, abuela?» «Cuidado con la cadera, abuela.»

«Abuela, ¿nos pagas una ronda?» Y me río, porque qué voy a hacer, y porque no es cruel, o no del todo, y porque tiene gracia, porque es verdad: soy la abuela de primero de Comunicación Audiovisual, con veinte años, en septiembre de 2026, en un bar de la calle Santo Cristo que huele al Salitre.

Y a las diez y media, cuando la cosa ya se ha convertido en otra cosa —en una fiesta normal, en gente que se abraza sin conocerse y se promete amistad eterna gritando por encima de la música—, Román aparece a mi lado en la barra,

con el cartel de NOVATO 11 todavía colgado y la camiseta manchada de sangría en el pecho.

—Me he arrodillado —dice—. Que conste. Dos tragos. Por los dos.

—¿Por los dos?

—Uno por mí y otro por ti. Le he dicho a Pablo que la abuela había delegado. —Se encoge de hombros—. Así el veintitrés queda limpio en las estadísticas.

Y me río tanto que me atraganto con la cerveza.

·

Salimos a las doce menos cuarto, Román y yo. Adri se queda, claro. Adri se quedará hasta que cierren, y luego se irá con los de segundo a otro sitio, y el lunes contará que ha dormido en un banco de la plaza de Santo Domingo, y no será mentira.

Y echamos a andar hacia el centro por calles estrechas que todavía no me sé, con olor a jazmín y a basura de viernes, con la gente saliendo de los bares y entrando en otros.

Y en una esquina, al lado de una iglesia, en la acera de enfrente, hay un bar pequeño con la persiana a medio bajar y un cartel pintado a mano que dice Marineras y caballitos — desde 1974.

Me paro.

—¿Qué? —dice Román.

—Nada.

Y no es nada. Es un bar cerrando. Es un cartel.

Es la calle de la Merced, o una de ellas, y en la Merced hay treinta bares, y a lo mejor no es este.

Y tengo en el móvil, arriba del todo, sin contestar desde hace una semana, un mensaje que dice «En Murcia hay un bar en la Merced que pone unas marineras que están muy bien. Por si acaso».

Y miro la persiana a medio bajar el tiempo justo para que un camarero, desde dentro, me haga un gesto con la mano de «cerrado, lo siento».

—¿Tienes hambre? —dice Román—. Conozco un sitio de kebabs que abre hasta las cuatro. Es asqueroso. Es el mejor de Murcia.

—Vale.

Y seguimos andando.

·

En la cama, a la una y media, el móvil no para.

El grupo de clase tiene cuatrocientos mensajes nuevos.

Vídeos de la bota. Vídeos de la fila india.

Fotos de la gente con el cartel. Un vídeo de Adri cantando el himno del Murcia subido encima de una silla.

Todo el mundo etiquetándose a todo el mundo.

Veintitrés personas han pedido seguirme en Instagram, en el perfil que se llama como me llamaba a los quince y que tiene tres fotos.

Y en uno de los vídeos, uno cualquiera, de treinta segundos, grabado por alguien que no sé quién es, salgo yo.

Al fondo. De pie. Quitándome el cartel del cuello y dejándolo encima de la mesa, al lado de la bota.

No se oye lo que digo, solo la música y los gritos.

Solo se ve a una chica muy seria, más mayor que los demás, que no se arrodilla.

Y debajo, alguien ha escrito: la abuela 👵🔥.

Y tiene cuarenta y un «me gusta».

Lo miro tres veces. Me veo desde fuera, desde el móvil de alguien, en un bar, con el pelo recogido y la cara quieta.

Y me gusta lo que veo. Me gusta muchísimo.

Me gusta ser la que no se arrodilla. Y me duermo con esa imagen, sin pensar ni un segundo en que alguien a quien no conozco me ha grabado sin preguntarme, lo ha subido a un grupo de setenta personas y ahora eso es mío y no es mío, y está en cuarenta y un móviles,

y ya no hay manera de que deje de estarlo.