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El miércoles, al final de la clase, Aitor Belmonte escribe en la pizarra una frase de seis palabras y se va sin explicarla.
Un minuto. Un plano. Un cambio.
Debajo, más pequeño: Grupos de tres. Para el lunes.
Y la gente empieza a mirarse como se mira en un andén cuando anuncian que el tren viene lleno, calculando a quién tiene más cerca y quién tiene pinta de trabajar.
Román no calcula nada. Se gira hacia mí con el boli —el suyo, el que ya es mío— levantado como una bandera.
—Tú y yo.
—Somos dos.
—Ya. —Se da la vuelta hacia la fila de atrás—. ¡Adri!
·
Adrián Pastor es la primera persona de Murcia que conozco que es de Murcia.
Eso tiene más importancia de la que parece.
En el aula, al tercer día, ya se han formado dos países: los que duermen en pisos compartidos y los que duermen en casa de sus padres.
Los primeros llegan con el desayuno en la mano y los segundos llegan desayunados.
Los primeros hablan de lavadoras y los segundos de su perro.
Adri es de los segundos, y lo lleva con una alegría que no le puedo reprochar.
Vive en Santa María de Gracia con sus padres y dos perros.
Tiene coche, un Peugeot de su madre con una pegatina del Real Murcia en el cristal de atrás.
Conoce a todo el mundo, o conoce a alguien que conoce a todo el mundo, y ya tiene el móvil lleno de grupos de gente que yo no he visto nunca.
Y lo primero que hace, antes de saber mi apellido, es crear uno más.
«LOS DEL PLANO», se llama. Con un emoji de cámara y otro de fuego.
—¿Por qué fuego? —pregunto.
—Porque lo vamos a petar —dice, ya escribiendo en otro chat.
Román me mira por encima de la cabeza de Adri y levanta las cejas, y ahí sé que lo conoce desde hace tiempo y que lo quiere mucho y que no se fía nada de él para trabajar.
·
Quedamos a las cinco en la cafetería de la facultad para decidir qué rodamos.
Y a las cinco y veinte llevamos dieciséis ideas, y las dieciséis son de Adri.
Una pareja que discute en un banco. Un chico que abre un sobre con las notas.
Un perro esperando a su dueño en la puerta del Mercadona.
Una tarta de cumpleaños que se cae. Alguien que se corta el pelo al cero.
Cada una la cuenta con las manos, como si ya la estuviera viendo en una sala a oscuras con aplausos al final, y cada una tiene el mismo problema, que Román le va señalando con muchísima paciencia.
—¿Y de dónde sacamos una pareja que discuta?
—Mis primos.
—¿Tus primos van a discutir en un banco un minuto seguido porque tú se lo pidas?
—Mis primos discuten gratis, Román.
Yo no digo nada durante un rato. Me bebo el café, que es igual de malo que el de la máquina pero en taza, y los miro, y noto que me estoy aburriendo de una manera muy concreta,
que es la manera en que me aburría en el Salitre cuando a las once de la noche entraba un grupo de doce a pedir y ninguno sabía lo que quería.
En el Salitre eso tenía solución. Fran me la enseñó el tercer día: no se pregunta «¿qué os pongo?». Se dice «tengo cerveza, tinto de verano y mojitos, ¿cuántos de cada?». La gente no quiere elegir. La gente quiere que alguien le quite la carta de las manos.
—El tranvía —digo.
Se callan los dos.
—Alguien que corre para cogerlo —digo—. Plano fijo desde dentro del vagón, mirando a la puerta.
Se ve el andén, se ve a la persona llegando de lejos, corriendo.
La puerta pita. El cambio es si llega o no llega.
Un minuto justo, porque el tranvía para cuarenta segundos en cada parada y le sumas lo que tarda en frenar.
Adri me mira con la boca un poco abierta.
—¿Tú cómo sabes cuánto para el tranvía?
—Porque lo he cogido cuatro veces y lo he contado.
No es del todo verdad. Lo he contado una vez, esta mañana, sin saber para qué.
Pero es el tipo de mentira pequeña que en una barra te ahorra diez minutos de conversación, y funciona igual aquí: Adri asiente despacio, sorprendido, y dice «vale, pero que llegue, que si no es muy triste», y Román se echa a reír el primero, tan fuerte que la señora de la barra levanta la cabeza.
—¿Quién corre? —pregunta Adri.
Y los dos miramos a Román.
·
Rodamos el jueves a las ocho de la tarde, en la parada de la plaza Circular, con mi cámara.
La cámara es la de segunda mano, la del clac pequeño, la que hace fotos preciosas y vídeo regular. La llevo colgada desde que llegué a Murcia como otros llevan un amuleto, y es la primera vez que la uso para algo que no sea mío.
El plan es sencillo y es un desastre desde el principio.
Adri y yo nos subimos al tranvía en la parada anterior.
Yo me pongo de pie junto a la puerta con la cámara apoyada en la barra para que no tiemble.
Adri se pone detrás de mí para que nadie se cruce delante del objetivo, que es un trabajo para el que tiene un talento natural: abre los brazos y dice «perdona, perdona, estamos rodando» con tanta seguridad que la gente se aparta como si viniera de la tele.
Y Román espera en la calle, a cien metros, pendiente del móvil, a que le mande un audio que diga «ya».
Primera toma: Román sale demasiado pronto y llega sobrado. Se queda en el andén, jadeando, mirando a la cámara, sin saber qué hacer con su vida.
—¡Que no llegues tan pronto! —le grita Adri por la ventana.
—¡Que me avises bien!
Segunda toma: sale demasiado tarde y el tranvía se va con él todavía cruzando el paso de cebra. Bajamos en la parada siguiente. Volvemos andando. Veinte minutos.
Tercera toma: una señora con un carro de la compra se pone justo delante de la puerta y no hay «perdona, estamos rodando» que la mueva.
Cuarta: sale bien pero se me mueve la cámara.
Quinta: sale bien pero Román se ríe a mitad de carrera y se tiene que parar.
A la séptima son las nueve y cuarto, ha anochecido, y la luz del andén es naranja y fea, y Adri ya no dice «estamos rodando» sino «es un trabajo de clase, lo siento, lo siento mucho», y a mí me duele el brazo de tenerlo apoyado en la barra, y Román lleva corridos, según su reloj,
tres kilómetros y medio.
Y en la octava pasa.
·
Pasa así.
La puerta pita. Román viene corriendo desde el fondo del plano, con la mochila rebotándole en la espalda, esquivando a un chico con patinete. Llega a dos metros. La puerta empieza a cerrarse. Él estira el brazo.
Y no llega.
La puerta se le cierra a un palmo de la mano, y el tranvía arranca, y durante los últimos ocho segundos del plano se le ve a él en el andén, quieto, con el brazo todavía un poco levantado, y lo que hace con la cara es lo que convierte ocho tomas malas en una buena.
Se ríe.
No se enfada, no da una patada al suelo, no hace el gesto de «¡venga ya!» que haría todo el mundo. Se queda mirando cómo se va el tranvía, se ríe solo, bajito, con las manos en las rodillas, y luego levanta una mano y dice adiós al vagón como quien despide a un amigo en una estación.
Y sale del plano.
Paro de grabar.
—¿Está? —dice Adri detrás de mí.
No contesto. Estoy mirando la pantalla pequeña de la cámara, repitiendo los últimos ocho segundos. Otra vez. Otra vez.
—Está —digo.
·
En la parada siguiente nos bajamos, y Román nos alcanza diez minutos después, sudado, con la camiseta pegada, y le enseño la toma en la pantalla y se ve a sí mismo riéndose en el andén y se ríe otra vez, igual, con las manos en las rodillas.
—Se me ha escapado —dice—. Perdona. Te lo he estropeado.
—No. Es lo que la hace buena.
—¿Que me ría?
—Que no te importe —digo—. El cambio no es si llegas o no llegas. Es que no llegas y te da igual.
Román me mira un momento, con la respiración todavía agitada, como si fuera a decir algo, y no lo dice. Se pasa el antebrazo por la frente.
—Me da igual porque no tenía que ir a ningún sitio —dice al final—. Si tuviera que ir a algún sitio me habría dado un ataque.
—Ya. Pero eso no lo sabe el que lo ve.
—Eso es trampa.
—Eso es cine.
Y se ríe otra vez, que parece que es lo único que sabe hacer, y me descubro riéndome con él sin haberlo decidido, que es una cosa que no me pasaba desde el cumpleaños de Lucía y que en el cumpleaños de Lucía tampoco me pasó.
·
Esa noche, a las doce y diez, el móvil vibra dos veces.
La primera es LOS DEL PLANO. Adri ha mandado un vídeo de dieciséis segundos: somos Román y yo en el andén, mirando la pantallita de la cámara, las dos cabezas juntas, iluminados de naranja. Lo ha grabado sin que ninguno de los dos se diera cuenta. Debajo ha escrito: «el making of 🔥🔥».
La segunda notificación es de Instagram. Adri Pastor ha publicado una historia.
Es el mismo vídeo.
Lo abro. Tiene música, una canción de las que están sonando en todas partes, y un texto encima que dice «rodaje con los cracks», y una etiqueta con el usuario de Román, y otra etiqueta que es una flecha apuntando a mí, porque yo en Instagram no tengo nada que etiquetar:
mi perfil se llama como me llamaba a los quince y tiene tres fotos.
Y la historia la han visto ya cuarenta y siete personas.
Cuarenta y siete personas que no conozco me han visto la cara a la luz naranja de un andén, sin maquillar, con la boca un poco abierta, mirando una pantalla. No es nada. Es una tontería. Es un vídeo de dieciséis segundos que dentro de veinticuatro horas no existirá.
Escribo en el grupo: «Adri, ¿puedes quitar la historia? No me gusta cómo salgo».
Tarda un minuto.
«jajajaj pero si sales guapísima»
«Ya, pero quítala, porfa»
«vaaale ??»
Y la quita. Veo cómo desaparece. Y a los dos segundos, otro mensaje:
«aunq ya la han visto 60 eh ??»
No contesto. Dejo el móvil bocabajo en la mesilla y miro el techo, que tiene una mancha de humedad con forma de nada.
Y a la una menos cuarto el móvil vibra una vez más, y no es Adri.
Es Román, por privado, que es la primera vez que me escribe fuera del grupo.
«Perdona lo de Adri. Es así con todo, no lo hace con maldad, pero ya le he dicho que te pregunte antes. Y que la toma es muy buena. Buenas noches, Baresa.»
Lo leo dos veces. Le contesto «gracias, buenas noches» y un emoji de la luna, que es el emoji que se manda cuando no quieres mandar ninguno.
Y luego hago una cosa que no le contaría a nadie: vuelvo a coger la cámara de la mesilla, la enciendo a oscuras, y pongo otra vez los últimos ocho segundos de la octava toma, a Román riéndose en el andén con las manos en las rodillas.
Y no lo estoy mirando a él. Me doy cuenta a la tercera vez.
Estoy mirando el plano, y el encuadre, y dónde termina, y me estoy preguntando, con una intensidad que no le he dedicado a nada desde junio, qué va a decir el lunes Aitor Belmonte cuando lo vea.