Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2)
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Aquí nadie sabe quién era, y el lunes veintiuno de septiembre, a las siete y cuarenta de la mañana, en la parada del tranvía de la plaza Circular, lo compruebo por primera vez.
Somos unas sesenta personas esperando. Casi todas con la misma mochila, la misma botella de agua de las que se rellenan y la misma cara de no haber dormido, y ninguna me mira dos veces.
En Los Alcázares, a esta hora, en la parada de la Ronda, ya me habrían saludado tres: la de la farmacia, el padre de las gemelas Nicolás y un señor del que no sé ni el nombre pero que sabe perfectamente de quién soy hija.
Aquí no. Aquí soy una chica con una sudadera gris y el pelo todavía mojado, y eso es todo lo que soy.
Me dura hasta que llega el tranvía y me doy cuenta de que todo el mundo a mi alrededor tiene dieciocho años.
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Lo de la edad no lo había pensado.
Lo había sabido, que es distinto. Sabía que llegaba con dos años de retraso, dos años de nocturno y de mostrador, de contar cambio y de pedir cada noche lo mismo. Pero saber una cosa y tenerla de pie delante en un vagón no se parecen en nada.
Las chicas de enfrente hablan de la EBAU como de algo que les pasó ayer, porque les pasó ayer: en junio, con diecisiete años, con los padres esperando fuera en el coche con el aire puesto.
Una dice que su madre le ha dejado tápers para toda la semana.
Otra dice que la suya también, pero que los suyos llevan etiqueta con el día, y se ríen.
Yo llevo en la mochila un sándwich de pavo que me he hecho a las siete menos cuarto, en una cocina que no es la mía, con un cuchillo que es de Jimena.
No me da pena. Eso quiero dejarlo claro desde el principio. Me da una cosa más rara, la de llegar a una fiesta cuando ya han repartido los sitios y ver que queda una silla libre, y que es buena, y que nadie te la va a quitar, pero que la has cogido tú sola.
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Jimena es la única del piso que estaba despierta.
Eso ya lo sé después de cuatro días, y es la primera ley del tercero sin ascensor de Mariano Padilla: Jimena Arcos madruga.
Madruga siempre, madruga en domingo, madruga sin despertador.
A las siete menos cuarto ya estaba en la cocina, en pijama, con un café y unos apuntes de Anatomía que no sé de dónde ha sacado si las clases empiezan hoy, subrayando con un rotulador verde que no le he visto soltar desde el jueves.
—¿Nerviosa? —me ha dicho sin levantar la vista.
—Qué va.
—Vale. —Ha pasado la página—. Llevas la sudadera del revés.
Me la he mirado. Era verdad.
Vera dormía. Vera, por lo que llevo visto, duerme hasta que el día se le impone por la fuerza, y entonces aparece por la cocina con los ojos a medio abrir, dice «buenos días» con tanta alegría que no hay manera de reprocharle nada, y se prepara un colacao como si tuviera nueve años.
La de Yecla ya se había ido. Se llama Paula, pero en el piso ya va a ser la de Yecla para siempre, porque la primera noche dijo que se cambiaba de piso en octubre y desde entonces ninguna ha hecho el esfuerzo de aprenderse su nombre.
Eso tampoco pasa en un pueblo. En un pueblo no hay nadie de paso. Hasta los holandeses del nueve vuelven cada año a la misma parcela, y mi padre les tiene guardada la sombra.
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El tranvía tarda veinte minutos en llegar a Espinardo, y los veinte los paso mirando por la ventanilla una ciudad que todavía no me sé.
Avenidas anchas. Concesionarios con los coches brillando detrás del cristal.
Un centro comercial con el aparcamiento vacío.
Rotondas con palmeras. Y de vez en cuando, metido entre dos bloques, un trozo de huerta con un limonero y una caseta, como si se hubiera quedado ahí por despiste cuando construyeron todo lo demás.
A mitad de camino me doy cuenta de una cosa: que por primera vez en veinte años miro por una ventana y no hay agua en ningún lado.
Saco el móvil para no pensarlo. Tengo el mensaje de Hugo todavía arriba del todo, porque no he vuelto a escribirle y él tampoco a mí: «En Murcia hay un bar en la Merced que pone unas marineras que están muy bien. Por si acaso».
No lo he buscado. No sé ni en qué calle está.
Lo tengo guardado como se guardan las cosas que no quieres gastar todavía.
Guardo el móvil.
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La mañana en la facultad es como me habían dicho que iba a ser, y aun así me pilla por sorpresa.
Tres profesores en tres horas, y los tres dicen lo mismo con palabras distintas: que la guía docente está en el aula virtual, que el examen vale un sesenta por ciento, que las tutorías son los martes y que hay que pedirlas por correo con dos días de antelación.
El aula es grande, de las de gradas, y huele a pintura nueva y a gel de manos.
Somos unos setenta. Me siento en la cuarta fila, a la izquierda, que es donde se sienta la gente que quiere que la vean llegar pronto pero no demasiado.
El chico de mi derecha, a la segunda vez que alguien dice «la guía docente», la repite en voz muy baja con voz de tráiler de película.
«La guía docente.»
A la tercera me río, y se me escapa por la nariz, y dos filas se giran.
—Perdón —me dice él, sin ningún arrepentimiento—. Román.
—Nerea.
—Román Vidal-Quadras. Con guion —añade, como quien pide disculpas por algo que no ha elegido—. Mi abuelo era de Barcelona. No tengo dinero, que conste. Me lo preguntan mucho.
—No te lo iba a preguntar.
—Ya, pero lo pensabas.
No lo pensaba. Pero me cae bien que lo diga antes de que nadie pueda decirlo por él, y me paso el resto de la mañana sentada a su lado, pasándonos un boli que es suyo y que al final me quedo.
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A las doce toca Lenguaje Audiovisual.
Y el profesor llega cinco minutos tarde, con un café de máquina en la mano y sin ordenador, y lo primero que hace es apagar la luz.
No se presenta. No dice nada de la guía docente.
Se sienta en el borde de la mesa —vaqueros, camisa de cuadros remangada hasta el codo, el pelo castaño cortado de cualquier manera— y durante un momento se queda mirándonos a oscuras, como si fuéramos nosotros los que le tuviéramos que explicar algo a él.
No parece un profesor. Parece el hermano mayor de alguno de los que están en la primera fila.
Luego me enteraré de que tiene veintisiete años, de que se llama Aitor Belmonte, de que es asociado y de que por las tardes trabaja de realizador en una productora de la avenida de la Libertad.
Esa mañana no sé nada. Esa mañana es solo un señor joven a oscuras con un café.
—La guía docente la tenéis en el aula virtual —dice por fin—. Leedla. Yo no la he escrito.
Se ríen setenta personas a la vez, y yo también.
Aprieta algo en el móvil y se enciende el proyector.
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Es un plano fijo.
Una parada de autobús de pueblo, de las de marquesina de chapa, en una carretera secundaria, a media tarde.
Una mujer de unos cuarenta años sentada en el banco con un bolso en las rodillas.
No pasa nada. No suena nada, solo el viento y un perro muy lejos.
La mujer mira la carretera hacia la izquierda, por donde tendría que venir algo.
Pasan diez segundos. Veinte. Alguien tose en las gradas.
—¿Dónde cortaríais? —pregunta él, sin parar el vídeo.
Silencio. Luego una chica de la primera fila:
—¿Cuando llegue el autobús?
—No llega.
Risas. Otro, desde atrás, más seguro:
—Ya. Tendría que haber cortado ya, a los diez segundos. Se hace muy largo.
—Se hace largo —repite él, como tomando nota—. ¿Y eso es malo?
Nadie contesta. El plano sigue. Treinta segundos. Cuarenta. La mujer se coloca el bolso. Mira la hora. Vuelve a mirar la carretera.
Y yo la miro a ella.
Porque esa cara la conozco. La he visto doscientas veces desde detrás de un mostrador y otras cien desde detrás de una barra: la cara de alguien que espera algo que no va a venir.
Es una cara que tiene dos tiempos. Primero se espera con el cuerpo, con el cuello estirado, con los ojos donde tiene que aparecer lo que sea.
Y luego hay un momento, pequeño, en que la persona deja de esperar, aunque se quede exactamente en el mismo sitio.
No se levanta. No hace nada. Solo le cambia dónde tiene puestos los ojos.
A los cincuenta y tantos segundos la mujer deja de mirar la carretera y se mira las manos.
—Ahí —digo.
Lo digo demasiado alto para lo que es un aula a oscuras, y setenta cabezas se giran hacia la cuarta fila, a la izquierda.
El profesor para el vídeo con el pulgar.
La imagen se queda congelada en la mujer mirándose las manos.
—¿Por qué ahí?
—Porque ya no está esperando —digo—. Sigue sentada, pero ya no espera. Si cortas antes, es una mujer esperando un autobús. Si cortas ahí, es una mujer a la que no van a venir a buscar.
Se me calienta la cara nada más decirlo. No sé de dónde me ha salido «a la que no van a venir a buscar». Suena a frase de alguien que se ha preparado la frase.
Él no dice nada durante un rato. Luego deja el café en la mesa.
—¿Cómo te llamas?
—Nerea.
—Nerea qué.
—Baresa.
—Baresa —repite.
Y me pasa una cosa tonta, que es que la última persona que me llamó por el apellido fue Fran Olivares, en el Salitre, a las cuatro de la mañana, quitándome un trapo de las manos.
Y desde el diecisiete de septiembre no me lo había vuelto a llamar nadie, y ahora me lo llama un desconocido a oscuras, y suena distinto.
Suena a que alguien ha apuntado mi nombre en algún sitio.
—Eso no lo ve casi nadie con dieciocho años —dice.
Y yo, que llevo toda la mañana escondiéndolo, digo lo único que no tenía que decir:
—Tengo veinte.
Lo digo como una disculpa. Como se dice «perdón, no tengo cambio».
Y él sonríe por primera vez desde que ha entrado, y se encoge de hombros, y dice:
—Mejor.
Solo eso. Mejor. Y vuelve a poner el vídeo en marcha, y la mujer sigue un rato mirándose las manos, y la pantalla funde a negro.
—El plano es mío —dice él a la clase, encendiendo la luz—. Lo rodé con veintitrés años, en una pedanía de Lorca, y lo pongo el primer día desde hace tres cursos. —Recoge el café—. Hasta hoy nadie había dicho dónde está el corte.
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A la salida, Román me alcanza en el pasillo.
—Baresa —dice, imitando la voz del profesor, grave, lenta—. Eso no lo ve casi nadie.
—Cállate.
—Casi nadie, Baresa.
Y me río, porque es imposible no reírse con él, y me invita a un café de máquina que está malísimo, y nos lo tomamos de pie junto a la puerta, al sol, mientras me cuenta que es de Cieza y que su padre tiene una ferretería y que él quería hacer Bellas Artes pero no le llegaba la nota.
Tardo tres días en darme cuenta de que esa mañana no le pregunto nada a él. Solo escucho a medias, con el vaso en la mano, y pienso en una mujer mirándose las manos en una parada de autobús de Lorca.
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En el tranvía de vuelta me escribe Lucía.
«¿Qué tal el primer día, universitaria?»
Y un audio, y un sticker de un pato con birrete, y otro audio.
Escribo: «Bien. Mucho niño de dieciocho. Me he hecho amiga de uno de Cieza que es tontísimo». Y añado un emoji de la cara que llora de risa, y lo mando.
No le cuento lo de la clase de las doce.
No se lo cuento porque no hay nada que contar: un profesor ha puesto un vídeo, yo he dicho una frase en voz demasiado alta y él ha repetido mi apellido.
Eso es todo lo que ha pasado, de verdad que es todo, y lo repaso entero cuatro veces seguidas, fotograma a fotograma, entre Espinardo y la plaza Circular.