Epílogo
Por la tarde recorro el camping entero, parcela por parcela, como hacía de pequeña para aprenderme los números.
La uno, la de la entrada, la de los que llegan tarde y no quieren andar.
La nueve, la de los holandeses, que ya han vuelto, que están sentados en sus sillas plegables con la tele puesta dentro de la caravana y que al verme pasar se levantan los dos a la vez.
Y él, Hans, que tiene setenta y dos años y ha superado lo del análisis, me abraza con los brazos flacos y me dice en su español de diez veranos:
—¡La niña de la recepción! ¡Ya no niña!
—Ya no niña —le digo.
—¿Universidad?
—Universidad.
—¡Muy bien! —Me da una palmada en el hombro—. Tu padre muy contento. Todo el invierno, «mi hija la universidad». Todo el invierno.
Y yo no sabía eso. No sabía que mi padre hablaba de mí con los holandeses del nueve. Que decía «mi hija la universidad». Que había alguien en el mundo que había oído a mi padre presumir de algo.
La diecisiete, la del niño de los manguitos, vacía todavía, esperando a julio. La treinta y dos, donde en agosto hubo una guerra por la sombra que mi padre resolvió con una lona y una cerveza. La ochenta y dos, la última, al lado de la valla del fondo, donde se cayó el pino en noviembre.
Y el hueco en la valla sigue ahí. Sin arreglar. Una abertura de dos metros por donde se ve el camino de la playa y, detrás, el agua.
Y bajo por ahí. Por el hueco. Por el atajo que no existía hasta que se cayó el pino.
Y llego al embarcadero.
Y me paro.
Porque hay tres tablas nuevas.
Tres. Esa, esa y esa. Las que señaló mi padre con la barbilla el treinta y uno de diciembre, con los pies colgando sobre el agua. De madera clara, sin tratar todavía, más amarillas que las demás, con los tornillos nuevos brillando al sol de la tarde. Puestas en su sitio. Rectas. Bien atornilladas.
Si vienes en Semana Santa, lo hacemos juntos.
Y no vine. Y las cambió él. Solo. En algún momento entre abril y junio, sin decírmelo, sin pedírmelo, sin reprochármelo, con la caja de herramientas de la recepción y las rodillas que le crujen, arrodillado en este embarcadero, quitando tres tablas podridas y poniendo tres nuevas.
Me siento en las tablas nuevas. Huelen a madera. Todavía.
Y dejo los pies colgando sobre el agua, como en Nochevieja, como a los cuatro años con el flotador de patitos, como a los diecisiete el día que se fue mi madre.
Y el agua está quieta. Como un plato.
Y lloro un poco, no mucho, lo justo, al final del embarcadero, sobre las tablas que no cambié, con el sol de junio bajando detrás de La Manga. Y cuando termino de llorar, me lavo la cara con el agua del Mar Menor, que está templada y salada y sabe a todos los veranos de mi vida.
Y subo. Por el hueco de la valla. Hacia la recepción, hacia el escalón, hacia las nueve y cinco.
•
Esa noche, a las nueve y cinco, antes de subir a la azotea, estoy sentada en el escalón de la oficina del camping, al lado de mi padre.
Es la primera vez en nueve meses que estoy aquí a esta hora. En el escalón que cruje. Con el vaso de agua con una rodaja de limón en la mano, que me ha servido él sin preguntarme. Con la tele de los holandeses del nueve de fondo, porque han vuelto, como todos los años, con el concurso puesto.
El camping está a medio llenar. Cuarenta y una parcelas. La depuradora nueva hace un ruido suave y constante, mucho más bajo que la vieja. Mi padre la pagó en abril. No sé cómo. No se lo pregunto.
—¿Qué pasa, hija? —dice.
Lo dice como si fuera por teléfono. Por costumbre.
—Nada, papá. ¿Y tú?
—Nada.
Y nos reímos los dos. Él por la nariz, a su manera. Yo más fuerte.
Y a las nueve y doce me vibra el móvil.
Es un correo de la universidad. De la Oficina de Relaciones Internacionales. Con un asunto largo que tengo que leer dos veces: Convocatoria Erasmus 2027-2028 — Resolución de lista de espera — Adjudicación de plaza vacante.
Lo abro.
Y me había olvidado. Completamente. Del cuatro de febrero, de las ocho menos cinco, del abrigo puesto encima de la cama, de la puerta de emergencia dibujada en una pared por si acaso. Me había olvidado de que la había dibujado.
Tras la renuncia de un adjudicatario, le comunicamos que se le ha asignado la plaza vacante en la Università di Bologna para el curso 2027-2028, primer y segundo cuatrimestre.
•
Se lo enseño a mi padre.
Se pone las gafas de cerca, las que lleva colgadas del cuello con un cordón desde hace dos años. Lee la pantalla despacio, moviendo un poco los labios. Dos veces.
—¿Bolonia? —dice—. ¿Eso dónde está?
—En Italia. En el norte.
—¿Un año?
—Un curso. De septiembre a junio.
Mi padre se quita las gafas. Mira el camping. Las cuarenta y una parcelas, las luces de las caravanas, la depuradora nueva, los holandeses del nueve con su concurso, el pino que se cayó en noviembre y que ya no está, y el hueco en la valla del fondo, que sigue sin arreglar.
—¿Y hay agua? —dice.
Y yo tardo un momento en entender la pregunta.
—No, papá. No hay mar. Está en medio de todo.
Mi padre asiente despacio. Se bebe el agua con limón. Deja el vaso en el escalón.
—Pues ya volverás a por él —dice.
Y me pone la mano en la cabeza, como en agosto, como en la recepción, y me despeina dos veces. Y se levanta, y va a apagar la luz de la barrera, porque son las nueve y veinte y a esa hora se apaga.
Y yo me quedo sola en el escalón.
Y abro la libreta del Mercadona por la última página. Debajo de las siete líneas del verano. Debajo de lo de octubre, lo de la primera vez que algo pasa exactamente como yo he decidido. Debajo de AEPD — canal prioritario. 017.
Y escribo, con el boli de Román:
Bolonia. Septiembre. Esta vez me lo he dado yo.
Y lo miro un rato. Y no lo tacho. Lo dejo.
Y por encima de la valla del fondo, por el hueco del pino, se ve el Mar Menor quieto, negro, con las luces de La Manga al otro lado, como una fila de gente esperando a alguien que siempre llega.