AGUA SALADA Y MALAS INTENCIONES HWANG DONG-JOO #2
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HWANG DONG-JOO #2

—¡Necesitamos ayuda! ¡Vengan todos al lateral! —ordenó Seok-yeong, mirando a los tres empresarios.

El señor Kim, el señor Choi y el señor Kang no retrocedieron. Tiraron las toallas y las botellas de agua. Corrieron hacia el borde del barco, poniéndose en fila al lado de Seok-yeong.

Mantuve la caña en tensión, guiando el morro del marlin directamente hacia la puerta lateral abierta.

—¡Ahora! ¡Clávale el gancho! —grité.

Seok-yeong no dudó. Clavó el gancho de acero debajo de la agalla del monstruo con un movimiento preciso y violento. El agua salpicó en todas direcciones cuando el pez dio su último tirón de resistencia.

—¡Tiren! ¡Todos juntos! ¡Uno, dos, tres! ¡Tiren! —lideró Seok-yeong el movimiento.

Tiré la caña al suelo y corrí a agarrar la base de la espada del marlin.

Seok-yeong tiraba del gancho principal. El señor Kim, el señor Choi y el señor Kang metieron las manos en la cuerda atada a la cola del animal.

Los cinco éramos el equipo más extraño que el océano había visto jamás.

Dos universitarios pobres del pueblo pesquero y tres de los hombres más ricos e influyentes de Seúl, todos hombro con hombro, con los brazos temblando por el esfuerzo, los rostros desencajados, tirando del mismo peso.

—¡Fuerza! ¡Levanten esta mierda! —berré, tirando con todo lo que tenía.

El esfuerzo conjunto funcionó. El colosal cuerpo se deslizó por el borde del yate y cayó hacia adentro.

El impacto del marlin al caer sobre el suelo de la cubierta sacudió la embarcación entera. Era el sonido definitivo de la victoria. La enorme cola golpeó el suelo dos veces antes de que el animal dejara por fin de retorcerse. El bicho ocupaba casi toda la anchura de la parte trasera del barco.

El silencio que siguió duró exactamente tres segundos. Los cinco nos quedamos de pie, mirando al monstruo tirado en el suelo, jadeando, cubiertos de agua salada, sudor y escamas plateadas.

Y entonces, el caos absoluto se desató.

El señor Kang soltó un alarido agudo que parecía el grito de guerra de una tribu antigua. Dio un salto en el aire, con los brazos en alto y el chaleco salvavidas naranja subiéndosele hasta las orejas.

—¡Lo conseguimos! ¡Lo logramos, carajo! ¡Le hemos partido la cara a Hyundai! ¡Somos los reyes de estas aguas! —El señor Kang empezó a saltar alrededor del pez, ignorando cualquier tipo de compostura de alto mando.

El señor Kim estaba llorando. Al empresario regordete le caían lágrimas por su cara enrojecida. Corrió hacia mí, abrió sus cortos brazos y me dio un abrazo de oso tan fuerte que creí que me iba a romper las costillas.

—¡Eres un héroe, Dong-joo! ¡Eres el monstruo más grande que ha operado un carrete en este país!

¡Vamos a erigir una estatua tuya en el vestíbulo de nuestra empresa!

—hablaba el señor Kim de forma totalmente emocionada, llorando y riendo al mismo tiempo, apretándome los hombros y dándome palmadas en la espalda.

El señor Choi no se quedó atrás. Agarró a Seok-yeong en un abrazo efusivo, sacudiendo al piloto como si fuera un muñeco.

—¡Tu maniobra fue brillante, muchacho! ¡Brillante! ¡Manejaste esta embarcación como un maestro! ¡Dominamos el mar! ¡La victoria es nuestra! —El magnate del acero daba saltitos en su sitio, abrazado a Seok-yeong, completamente enloquecido.

La radio de comunicación de la cabina cobró vida. La voz del narrador oficial del torneo resonó por los altavoces, transmitiendo el mensaje a todos los barcos de la competición.

—¡Atención, equipos! ¡Los jueces aéreos confirman la captura de un marlin azul de proporciones épicas por la embarcación del consorcio Kim, Choi y Kang!

Repito, ¡captura monumental confirmada por las imágenes de los drones!

¡El tiempo del torneo ha concluido! ¡Regresen al puerto para el pesaje oficial!

El sonido del aviso de cierre fue el sello que concluía nuestra misión.

Logré soltarme del abrazo aplastante del señor Kim.

Estaba físicamente destrozado. Me temblaban los brazos, las palmas de las manos las tenía en carne viva por la fricción de la manivela y me dolía la espalda en sitios que no recordaba que existían.

Estaba sucio, empapado, con la gorra torcida en la cabeza y con el orgullo alcanzando el límite del cielo.

Giré la cara hacia el otro lado de la cubierta.

Bae Seok-yeong acababa de zafarse de las celebraciones del señor Choi. Él también estaba destrozado. La camisa arrugada, el rostro cubierto de sudor y salpicaduras de agua, el pelo oscuro cayéndole sobre la frente.

Nuestros ojos se encontraron en medio de aquel desastre millonario.

No hubo provocaciones. No hubo necesidad de gritar para encubrir la tensión. La hostilidad que siempre usábamos como escudo estaba muerta en el suelo, enterrada bajo un pez de cuatro metros de largo y la constatación absoluta de lo que acabábamos de lograr.

Habíamos operado como una sola máquina. Habíamos superado todas las probabilidades en contra.

Habíamos asegurado los trescientos millones de wones.

La deuda de nuestros abuelos con la maldita aseguradora se pagaría íntegramente.

El infierno del riesgo de bancarrota de nuestra familia quedaba oficialmente cancelado.

Volveríamos a Seúl con la cabeza alta y los bolsillos llenos.

La mirada que me lanzó Seok-yeong transmitía un respeto profundo y mudo. Un reconocimiento absoluto. Él sabía de lo que éramos capaces de hacer juntos, y yo también lo sabía. La asociación bruta que funcionaba en los peores momentos de nuestra vida había superado lo imposible.

Le devolví la mirada con la misma intensidad. Asentí afirmativamente con la cabeza, un gesto breve, una concordancia silenciosa de que habíamos ganado la guerra. Yo nunca sonreía, pero la expresión de victoria en mi cara le resultó evidente.

Los viejos siguieron cantando y bailando en la cubierta, sacándose fotos con los móviles, abrazando la aleta del marlin, viviendo el momento de gloria que habían comprado.

Ellos se quedarían con las fotos, el trofeo y las portadas de los periódicos al día siguiente.

Pero la verdadera victoria, el rescate de nuestras vidas, era solo nuestra.

Caminé hacia el cubo de agua, cogí una botella para echármela por la cabeza y limpiarme el sudor de los ojos, escuchando el ruido de los demás yates regresando al puerto en completa derrota.

El festivo nacional iba a terminar con la mayor transferencia bancaria que nuestras cuentas universitarias habían visto jamás.

La comedia de soportar a los tres ricachones raros había valido cada segundo.

El Torneo de Pesca de Élite ya tenía dueños, y nosotros éramos los reyes del muelle más increíbles que aquel mar había tenido la mala suerte de enfrentar.