AGUA SALADA Y MALAS INTENCIONES HWANG DONG-JOO #2
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HWANG DONG-JOO #2

Seok-yeong emitió un sonido gutural, un rumor sordo en la garganta que era a partes iguales asombro y desconsuelo.

Intentó apartarme. Sus manos se apoyaron en mi pecho, empujando mis hombros hacia atrás, pero su resistencia se esfumó en exactamente tres segundos.

Cuando le apreté la cintura y pegué su pelvis contra la mía con brusquedad, haciendo que la erección que ya palpitaba bajo mis pantalones rozara su abultamiento, su oposición se desmoronó por completo.

Sus manos dejaron de empujar mi pecho. Sus dedos ascendieron, se aferraron a mi ropa, estrujando la tela con vehemencia, y acercó mi cuerpo aún más al suyo.

Correspondió al beso con idéntica agresividad salvaje.

Clavó las uñas en mi nuca, tirando de mi cabello, abriendo más la boca y succionando mi lengua con una premura que hizo que la vista se me nublara.

El beso se erigió en una pugna por el poder. Ambos ansiábamos dominar, tomar las riendas de la maldita situación. Lo empujé a lo largo del pasillo, sin interrumpir el beso, tropezando con nuestros propios pies hasta dar con la puerta abierta de mi habitación.

Entramos en el dormitorio como una exhalación. Cerré la puerta de madeira de una patada con el talón de la bota, asegurando la cerradura con la llave. Estábamos a solas. La planta entera se encontraba desierta. El mundo exterior había dejado de existir y nada más tenía importancia.

—Eres un miserable... —masculló contra mi boca, con la voz entrecortada mientras trataba de recuperar el aliento.

—Cállate y bésame de una vez —respondí, asaltando su boca de nuevo, aprisionando su espalda contra la sólida madeira de la puerta.

Descendí mis besos hacia su mentón, succionando la pálida piel de su cuello, mordisqueando la base de su clavícula a través de la fina tela de su camiseta. Inclinó la cabeza hacia atrás, jadeando sonoramente, y sus manos descendieron presurosas por mis brazos, arañándome la piel.

Así de la basta de su chaqueta negra y tiré de ella hacia abajo, obligando a sus brazos a zafarse de las mangas, y arrojé la prenda al suelo de la habitación.

Él hizo lo propio con mi sudadera, arrancándomela de los hombros y lanzándola a cualquier parte.

Agarré su camiseta blanca y tiré de ella hacia arriba, quitándosela por la cabeza de forma violenta y precipitada.

La contemplación de su torso, iluminado tan solo por la luz crepuscular que se filtraba a través de la sucia ventana, pulverizó cualquier vestigio de cordura que pudiera albergar.

Era delgado, pero fibroso. Su piel relucía a causa del sudor fruto de nuestra refriega, su pecho subía y bajaba frenéticamente, y sus pezones ya se mostraban erguidos y sensibles.

Era la puta persona más atractiva que había contemplado en mi vida, y la mera idea de que aquel estirado del salón recreativo ansiara tocar aquella piel me imbuía de instintos asesinos.

Me arranqué mi propia camiseta y la arrojé a una esquina.

Al entrar en contacto nuestros torsos desnudos, la fricción de la piel abrasadora nos arrancó un gemido simultáneo.

Le sujeté la nuca y reanudé el beso, esta vez agarrándole el muslo y elevando su pierna, forzándole a enroscarla alrededor de mi cintura.

Lo transporté en volandas por el reducido espacio del dormitorio y lo lancé de espaldas sobre mi colchón individual.

Los gastados muelles de la cama emitieron un sonoro quejido.

Seok-yeong cayó de espaldas sobre las sábanas revueltas.

Me miró. Sus ojos oscuros y arrogantes estaban dilatados, sometidos, rebosantes de esa lujuria impúdica y obscena que habíamos pasado meses, años, tratando de camuflar bajo un manto de insultos.

Me encaramé a la cama, gateando hasta situarme sobre él. Apoyé las rodillas a ambos lados de su cadera, acorralando su cuerpo por completo.

—¿Adónde ibas a ir con ese cretino después de jugar? —pregunté, con voz ronca, deslizando la mano por su abdomen, percibiendo cómo sus músculos se contraían a mi paso—. ¿Ibas a acostarte con él en algún cuchitril del centro de la ciudad?

—Vete a la mierda, Dong-joo... —jadeó, cerrando los ojos cuando mis dedos alcanzaron la hebilla de su cinturón.

—Ya me encuentro en la mierda. Y pienso arrastrarte conmigo —desabroché su cinturón de un tirón y desabotoné el botón de sus vaqueros.

No albergaba paciencia para prolegómenos delicados.

No disponíamos de tiempo para el romanticismo.

Aquello era la guerra. Aquello consistía, simple y llanamente, en marcar territorio.

Tiré de sus vaqueros hacia abajo con brusquedad, arrastrando con ellos el calzoncillo oscuro que vestía, dejando su cuerpo totalmente al descubierto ante mí.

Su erección palpitaba, rígida y apuntando hacia el teto, exudando una gota de líquido preseminal en la punta. El tipo que se pasaba los días ignorando mi existencia se encontraba allí, rezumando deseo, enloquecedor por sentir mis manos recorriendo su anatomía.

Me desabroché el pantalón, despojándome de la tela con torpeza, apartándola hacia los pies de la cama junto con los zapatos.

Así de los muslos de Seok-yeong y le abrí las piernas con firmeza, acomodándome en el espacio habilitado. Escupí un par de veces en la palma de mi mano, reuniendo abundante saliva, y la apliqué directamente sobre su estrecha cavidad.

Dio un respingo en el colchón, arqueando la espalda y profiriendo un gemido agudo cuando mis dedos franquearon su entrada sin previo aviso.

—¡Joder, Dong-joo! ¡Mierda... ve más despacio, animal! —maldijo, aferrando la sábana de la cama con ambas manos, estrujando la tela hasta que los nudillos le crujieron.

—Cállate la boca y aguanta. Te encanta hablar por hablar, ahora atente a las consecuencias —gruñí, introduciendo un segundo dedo y forzando la dilatación.

Su interior se mostraba excesivamente ceñido, increíblemente candente y contrayéndose en torno a mis dedos.

Ejecuté movimientos de tijera rápidos y contundentes, ensanchando la vía, oyendo cómo su respiración se entrecortaba y se transformaba en gemidos apagados que pugnaba por contener en la garganta.

No quería que permaneciera en silencio. Deseaba que gritara.

Extraje mis dedos, posicioné la cabeza de mi miembro directamente en su entrada e impulsé las caderas hacia delante con un movimiento decidido, sepultando toda mi longitud en su interior de una sola vez.

El alarido que brotó de los labios de Seok-yeong reverberó en toda la habitación.

Echó la cabeza hacia atrás contra la almohada, con el cuello tenso y los ojos fuertemente apretados.

Su cavidad apresó mi miembro con una fuerza inusitada, succionando y dejándome a las puertas del clímax en los primeros cinco segundos.

El dolor inicial de la brusca penetración le hizo aferrarse a mi espalda con ambas manos, clavando sus uñas en mi piel con fiereza.

—Puta madre... eres un auténtico salvaje... —jadeó, parpadeando con los ojos arrasados en lágrimas, tratando de aclimatarse al dolor y a la sensación de plenitud absoluta.

—Repítelo. Háblame ahora del niño rico. Intenta recordar su nombre mientras te follo en mi cama, Seok-yeong —le provoqué con un gruñido, sujetando sus caderas con mis grandes manos, hincando los dedos en los huesos de su pelvis.

No le concedí tregua alguna. Retraje mi cadera y volví a embestirle una y otra vez, iniciando una serie de acometidas violentas y profundas.

El chasquido de la carne impactando contra la carne inundó la estancia vacía.

El rumor de sus gemidos, las uñas rasgando mi espalda, el crujido del colchón golpeando contra la pared.

Me estaba hundiendo en su ser con todas mis fuerzas, valiéndome de mi vigor para doblegar su cuerpo, acometiendo aquel refugio perfecto con una fiereza que no trataba de refrenar.

Quería demoler su resistencia. Ansiaba dejar mi impronta en cada milímetro de aquella anatomía altiva y arrogante.

Seok-yeong cesó en su empeño por resistirse.

Su cuerpo se distendió alrededor de mi miembro, y la excitación se impuso al dolor.

Empezó a elevar las caderas al compás de cada una de mis estocadas, recibiendo las embestidas y gimiendo sin recato, un sonido lascivo y desinhibido que me trastornó la mente por completo.

—Más fuerte... ¡joder, Dong-joo, fóllame como es debido! —clamaba, con la cabeza agitándose sobre la almohada, deslizando las manos por mi espalda hasta aferrarse a mis nalgas, instándome a penetrarle aún más hondo.

Su atrevimiento al reclamar más fuerza era el único estímulo que precisaba.

Varié la postura, atrayendo sus piernas hacia mí y apoyando sus rodillas sobre mis hombros.

Esta posición le dejaba totalmente expuesto y encorvaba su columna sobre el colchón.

Me zambullí en su cavidad, alcanzando una profundidad tal que le arrancó un sollozo quejumbroso de placer, con los ojos en blanco.

Embestí con saña. Mis testículos golpeaban contra sus glúteos.

Me inclinaba hacia delante, succionando sus pezones endurecidos, mordisqueando su pálido pecho, dejando marcas rojizas que, a buen seguro, amoratarían al día siguiente.

No le importaba. Se aferraba a mi pelo, tirando de mi cabeza mientras castigaba su boca con chupones y mordiscos desbocados.

—Eres mío, joder. No vas a sonreírle a ningún maldito playboy. ¿Te queda claro? —mascullaba frases inconexas en su oído, con mi respiración entrecortada fundiéndose con el sudor que goteaba de mi frente directamente sobre su pecho.

—Te odio... te odio tanto, pedazo de cabrón... —jadeaba, gimiendo entre palabras, oprimiendo la pierna contra mis costillas—. Dale... ahn... joder, dale con fuerza...

La cadencia se transformó en una carnicería.

La fricción enloquecida, sus prietas paredes ordeñando mi erección, el malsano afán de posesión que me embargaba.

Todo confluyó en un punto de no retorno.

La tensión acumulada a lo largo de los años en el pueblo, en la residencia, en las absurdas riñas por la basura o el ruido, la humillación sufrida en el restaurante.

El orgullo mancillado. Todo aquello se desvaneció, dando paso a la inenarrable sensación de follar al tipo al que siempre había deseado tener en mi cama.

Seok-yeong comenzó a agitarse bajo mi cuerpo. Llevó su mano hasta su propio miembro, que se sacudía al compás de mis violentas embestidas, y empezó a masturbarse con premura, con los ojos cerrados y los dientes clavados en el labio inferior.

La imagen de él frotando su verga mientras recibía mis acometidas colmó el vaso de mi contención. Mi cuerpo se tensó de pies a cabeza.

—Me voy a correr... ¡joder, Seok-yeong, me corro! —gruñí, acelerando el ritmo de las estocadas hasta límites desesperados, impactando con tal contundencia que la cama se desplazó varios centímetros sobre el suelo de la habitación.

—Córrete... córrete ya, maldita sea... ¡dale!

—vociferó, arqueando el cuerpo en toda su extensión.

Apretó la mano en torno a su propio miembro con fuerza, su cuerpo se agarrotó en un espasmo violento y expulsó el semen ardiente, salpicando su propio pecho sudoroso y su abdomen, profiriendo una obscenidad mientras los músculos de su interior se contraían con fiereza en torno a mi base.

Las contracciones de su esfínter me exprimieron por completo. No resistí ni un segundo más. Hundí mi miembro hasta la empuñadura, comprimiendo mi pelvis contra sus nalgas, eché la cabeza hacia atrás y liberé todo lo que había estado conteniendo.

Mi fluido seminal brotó ardiente y copioso en lo más profundo de sus entrañas.

La descarga fue tan intensa que vi las estrellas.

El éxtasis cegador sumió mi mente en la oscuridad.

Continué propulsando las caderas, liberando las últimas embestidas de mi semen en su interior, respirando con la boca abierta, con el cuerpo entero temblando por el impacto del orgasmo colosal.

Mis piernas cedieron y me desplomé sobre su cuerpo.

Aplasté su pecho sudoroso con mi peso inerte.

La habitación se hallaba impregnada de un fuerte aroma a sexo, sudor y semen.

El silencio volvió a enseñorearse del lugar, interrumpido únicamente por nuestras respiraciones aceleradas, jadeantes y desacompasadas.

Ambos yacían exhaustos sobre el colchón desvencijado.

Carecía de fuerzas para moverme. Mi miembro aún palpitaba en su interior, percibiendo las leves contracciones pos orgásmicas de aquel desgraciado.

Su mejilla descansaba contra la mía. Su brazo, que minutos antes parecía dispuesto a partirme la cara, reposaba ahora sobre mi cintura de un modo extrañamente reconfortante.

Nos quedamos así. Permitiendo que la adrenalina se disipara.

Dejando que la realidad llamara de nuevo a nuestra puerta.

Lo que acabábamos de consumar no cancelaba la deuda, no reparaba los barcos y, desde luego, no borraba los años de odio acumulado.

Pero la maldita tensión que rondaba los pasillos de aquella residencia acababa de estallar por los aires.

Habíamos cruzado la línea de no retorno y volado los puentes.

Y era plenamente consciente de que, a partir de ese instante, seguir compartiendo lugar de trabajo en el restaurante y residiendo pared con pared se convertiría, o bien en la peor de mis pesadillas, o bien en la adicción más potente de toda mi vida.