AGUA SALADA Y MALAS INTENCIONES HWANG DONG-JOO
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HWANG DONG-JOO

El trayecto de regreso desde el centro de Seúl a la residencia universitaria supuso el descenso a los infiernos más pronunciado que he experimentado a lo largo de toda mi vida.

No hallaba ni una sola excusa que pudiera esgrimir para justificar mi comportamiento.

Ninguna en absoluto. Había atravesado la ciudad de punta a punta, me había pertrechado con una gorra y unas gafas ridículas al más puro estilo de un espía de película de serie B, y había desperdiciado una hora entera agazapado tras unas máquinas de gancho de peluches con el único propósito de espiar al tipo al que fingía aborrecer.

Y, como colofón final a mi desastrosa actuación, había logrado la proeza de tropezar con un cubo repleto de fichas y propiciar que el salón entero clavara sus ojos en mi cara de imbécil asustado.

La mirada fulminante de Bae Seok-yeong, dirigida hacia mí en medio de aquel océano de monedas desparramadas por el suelo, constituía una imagen que había quedado grabada a fuego en mi mente.

Entré en mi habitación, ubicada en la tercera planta, estrellé aquella estúpida gorra contra la pared y propiné una patada al borde de la cama, sintiendo cómo el dolor ascendía por mi pierna.

Me hallaba prisionero de mi propia insensatez.

Mi ego había quedado reducido a añicos. El orgullo del que había hecho gala durante toda mi vida se había esfumado.

Había cruzado la línea que separaba los celos de la categoría de acosador perturbado, y todo ello por culpa del cortocircuito que sufría mi cerebro cada vez que evocaba la sonrisa que aquel niñato de la Facultad de Arquitectura le dedicaba a Seok-yeong.

Me senté en el borde del duro colchón, pasándome las manos por el cabello, tirando de los mechones con fuerza.

La ira que sentía ya no iba dirigida al playboy o al restaurante.

La rabia era enteramente mía. Me odiaba por no ser capaz de controlar semejante obsesión.

Me detestaba por ansiar de tal manera la atención de un sujeto arrogante al que mi existencia le importaba un bledo, hasta el punto de preferir hallarme en medio de un abarrotado salón recreativo haciendo el ridículo a permanecer en casa intentando descansar.

Fue en ese instante cuando el mutismo de la tarde del sábado se vio quebrado por una sucesión de golpes brutales en mi puerta.

El estrépito de la madeira vieja temblando bajo los puñetazos provocó que la sangre se me helara por una fracción de segundo, para, acto seguido, comenzar a hervir de inmediato.

—¡Abre esta porta, Hwang! —la voz de Seok-yeong retumbó en el desierto pasillo, desgarrada, atronadora y preñada de una furia homicida—. ¡Abre ahora mesmo o te juro que echaré abajo esta porquería y haré añicos todo lo que tengas ahí dentro!

Me erguí de la cama como un resorte. La adrenalina se propagó por mis venas como gasolina. No iba a darme a la fuga. No iba a pedir perdón. El mal ya estaba hecho, mi tapadera se había ido al traste y la única opción que me quedaba era plantarle cara.

Me dirigí hacia la puerta y giré el pestillo con un movimiento seco, abriendo la hoja de madeira de par en par.

Seok-yeong se hallaba apostado en el pasillo, con una respiración tan agitada que su pecho subía y bajaba a un ritmo enloquecido.

Tenía el rostro encendido. Sus ojos oscuros, desorbitados, refulgían con un odio tan puro y reconcentrado que parecía dispuesto a hacerme trizas con sus propias manos.

Su chaqueta negra se mostraba ligeramente ladeada sobre sus hombros.

Había dejado de ser el camarero educado o el universitario aplicado.

Su aspecto evocaba al de una fiera enjaulada.

—¿Qué diablos quieres? ¿Vienes a recriminarme que arruinara tu romántica cita con tu particular entidad bancaria? —escupí las palabras, apoyando el brazo en el marco de la puerta y alzando la barbilla, bloqueándole el paso.

Deseaba infligirle dolor. Ansiaba golpear donde más le dolía, puesto que mi propio ego ya yacía moribundo en el suelo y precisaba nivelar la contienda.

—¡Eres un maldito enfermo! —grité, avanzando un paso y apuntándome a la cara con el dedo.

Sus uñas estuvieron a punto de rozar mi ojo—.

¡Has perdido el poco juicio que te quedaba!

¡¿Cruzar la ciudad entera para esconderte tras una máquina de salón recreativo y espiar lo que hago?

! ¡¿Quién te has creído que eres, Dong-joo?

! ¡¿Acaso te crees el dueño de mi vida?!

—¡Alguien tenía que vigilar para comprobar hasta dónde llegaba tu desvergüenza!

¡Te ofrecías en bandeja al primer niño rico que te invitaba a jugar!

—le espeté, elevando la voz, que resonó en las paredes del pasillo—.

¡Eres patético, Seok-yeong! ¡Sonriendo como un desesperado a un tipo que se piensa que el mundo es su patio de recreo!

—¡Vete al infierno, Hwang! —su mano se proyectó en un movimiento rápido y brutal.

El puñetazo impactó de lleno en la comisura de mis labios. El golpe fue certero, contundente y fulminante. Mi cabeza giró hacia un lado por la violencia del impacto. El sabor a sangre inundó mi paladar casi al instante. El dolor punzó en mi labio inferior, extendiéndose por todo el rostro.

Volví a girar la cabeza hacia él, escupiendo una gota de sangre sobre el suelo del pasillo. El raciocinio se desconectó. El ínfimo barniz de civismo que aún conservaba fue aniquilado por completo.

—Ah, ¿así es como vamos a jugar ahora, princesita? —dije, con la voz grave y teñida de peligro.

Me abalancé sobre él con todas mis fuerzas.

Agarré las solapas de su chaqueta negra con ambas manos y empujé su cuerpo hacia atrás.

Tropezó con sus propios pies y estrelló la espalda con una fuerza descomunal contra la pared del pasillo opuesto.

Sin embargo, no se quedó quieto aguardando mi siguiente movimiento.

Seok-yeong levantó la rodilla y golpeó de lleno en mi muslo, intentando de alejar, mientras su mano libre se enredaba en mi cabello, tirando de los mechones con una violencia desmedida.

Nos enzarzamos en una pelea en toda regla.

No se trataba de los habituales empujones fruto de la irritación.

Eran golpes. Se trataba de un odio físico contenido durante años que por fin se manifestaba en forma de agresión pura y dura.

Liberé una mano de su solapa y le asesté un puñetazo en el lateral del rostro, justo en la línea de la mandíbula.

Profirió un quejido de dolor, pero no retrocedió.

Me devolvió el golpe, rozándome la mejilla, y clavó sus uñas en mi cuello.

—¡Te odio! ¡Lo has destruido todo! ¡Destrozaste el barco de mi abuelo, y ahora quieres destrozar mi maldita vida! ¡Eres un fracasado! —bramaba, mientras forcejeábamos en un amasijo de miembros, golpeándonos contra las estrechas paredes del pasillo, pateando las puertas cerradas de los vecinos.

—¡Basta que yo soy un fracasado?! ¡Tú eres un maldito hipócrita!

¡Ansías la atención de esa gente adinerada porque te avergüenzas de quién eres!

¡Eres un cobarde que necesita lamerle las botas a un playboy para sentirse alguien!

—grité, utilizando el peso de mi cuerpo para arrinconarlo de nuevo contra la pared, aprisionando su cuerpo contra el hormigón.

Comenzó a retorcerse, intentando patear mis espinillas.

Nuestras respiraciones se acompasaban en el mismo ritmo frenético.

El sudor ya empezaba a adherir mi camiseta a la espalda.

La agresividad de nuestros movimientos estaba mermando nuestras energías a pasos agigantados.

Logré aferrar sus dos muñecas con mis manos y forcé sus brazos contra la pared, inmovilizándolo por encima de la cabeza.

—¡Suéltame, pedazo de psicópata! ¡Suéltame el maldito brazo! —gruñía, tensando sus músculos para contrarrestar mi fuerza, pero mi cuerpo era más ancho y pesado. Trabe mi pierna derecha entre las suyas, apoyando la rodilla en su muslo para impedir que continuara propinándome patadas.

Nos quedamos allí, enzarzados en mitad del pasillo.

Jadeaba con la boca abierta. Su rostro exhibía el enrojecimiento provocado por mi puñetazo, sus ojos oscuros ardían con una furia líquida, y las venas de su cuello sobresalían.

Su pecho subía y bajaba, impactando directamente contra el mío.

La piel de su cuello, al descubierto, relucía con una fina pátina de sudor fruto del forcejeo físico.

—¡Dilo! ¡Di que te encanta la atención de ese engreído! ¡Di que quieres ir a su apartamento a abrirte de piernas mientras él te costea los lujos! —proseguí lanzando improperios, acercando mi rostro al suyo.

—¡Me acuesto con quien me dé la gana! ¡Es mi vida, y es mi cuerpo! ¡A ti no te importa en absoluto! ¡Te obsesionas conmigo porque sabes que jamás seré tuyo, Hwang! ¡Te mueres de rabia porque preferiría acostarme con cualquier indeseable de la calle antes que dejar que me pongas un dedo encima!

Su réplica atravesó mi mente como una cuchilla afilada. La crudeza de aquellas palabras colisionó con mi obsesión, desencadenando una detonación incontrolable.

No me paré a pensar en nada más. El odio alcanzó cotas tan elevadas que se transmutó en otra cosa.

La ira mutó en una necesidad violenta y angustiosa de cerrarle la boca, de demostrarle cuán equivocado estaba, de quebrar su resistencia y trastornarle la mente de la misma manera en que él estaba trastornando la mía.

Solté sus muñecas, llevé ambas manos a su nuca, hundiendo los dedos en su cabello empapado de sudor, y atraje su rostro hacia el mío.

Mi boca chocó contra la suya de forma agresiva, torpe y desesperada.

No hubo atisbo de ternura. Ni preámbulos.

Saboreé la mezcla de mi propia sangre con el amargo regusto a sorpresa en su lengua.

Mordí su labio inferior con fuerza, obligando a su boca a abrirse a base de dolor, y la invadí con mi lengua, explorando cada milímetro de aquel territorio con un afán de posesión irracional.