AGUA SALADA Y MALAS INTENCIONES CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

—Gracias. Y discúlpame una vez más —le di la espalda y me dispuse a caminar hacia la salida del salón recreativo.

No caminaba. Marchaba. Mis pasos eran firmes, pesados y decididos.

No miré atrás para comprobar la reacción de Jae-ik.

No desvié la mirada hacia los lados para curiosear las demás máquinas.

Mi único propósito consistía en llegar a la doble puerta de cristal y salir a la calle antes de ponerme a dar gritos allí mismo.

Sin embargo, mi radar seguía activado. Mientras franqueaba la salida de emergencia y accedía al vestíbulo principal del local, miré de reojo en dirección a la máquina de cambio de monedas.

Hwang Dong-joo ya no estaba recogiendo fichas.

Se había puesto en pie. Llevaba de nuevo la gorra calada en la cabeza y avanzaba con zancadas largas y apresuradas, utilizando los pasillos laterales para no cruzarse directamente en mi camino, aunque su trayectoria era idéntica a la mía: la salida del salón recreativo.

Trataba de escabullirse antes de que lo encara. Creía que pasaría por alto el hecho de que había recorrido Seúl de punta a punta para vigilarme como si fuera su prisionero.

Empujé la puerta de cristal con fuerza, saliendo a la concurrida acera del barrio de Hongdae.

El brusco cambio de temperatura, al recibir el embate del aire cálido de la tarde, no contribuyó a aplacar mis nervios.

Crucé la calle sin fijarme demasiado en el semáforo, esquivando a un ciclista que estuvo a un tris de arrollarme y que profirió insultos hacia todos mis ancestros.

Tenía la mente en blanco. No lograba pensar en las facturas pendientes de pago, en los inminentes exámenes de la facultad ni en las interminables horas de trabajo en el bistró. Un odio puro y reconcentrado se había adueñado de todos los rincones de mi cerebro.

Me introduje en la estación de metro y descendí por las escaleras mecánicas a paso ligero.

Adquirí el billete y rebasé el torno. No aguardé en el andén habitual.

Me dirigí al extremo del pasillo de embarque, al último vagón, el rincón más solitario de la estación.

El trayecto de regreso al campus universitario me llevaría alrededor de cuarenta y cinco minutos.

Cuarenta y cinco minutos para que mi ira se cociera a fuego lento, adquiriera consistencia y mutara en una furia arrolladora.

A lo largo de todo el viaje en el interior del ruidoso convoy, permanecí de pie, asido a la barra metálica situada sobre mi cabeza, con la vista clavada en mi propio reflejo, devuelto por el cristal tintado de la puerta.

¿Cómo había tenido semejante descaro? ¿Cómo había osado enfundarse una sudadera y seguirme por el centro de la ciudad?

Su enfermizo afán de posesión me estaba arrebatando el derecho a disfrutar de un día ordinario.

Aquella cita suponía el único acontecimiento positivo que me había sucedido en las últimas semanas y él había dinamitado la experiencia con un simple y lamentable tropiezo contra un cubo de fichas de máquinas recreativas.

Me bajé en la parada de la universidad. El final de la tarde comenzaba a teñir el cielo de tonalidades más sombrías.

El campus se encontraba desierto. Siendo sábado por la tarde, la inmensa mayoría de los estudiantes se hallaba en casa de sus progenitores o empinando el codo en los bares de la zona universitaria.

Nuestro edificio de la residencia presentaba un aspecto fantasmal.

No se apreciaba movimiento en los jardines ni se escuchaba ruido en los pasillos inferiores.

Crucé la calle en dirección a la entrada del edificio con paso enérgico. Subí los tramos de escalera pisando con contundencia los escalones de hormigón.

Ignoraba si había tomado el mismo tren que yo en otro vagón, o si había aguardado en el salón recreativo a que se calmaran las aguas.

Pero no iba a conciliar el sueño sin zanjar aquel asunto.

No iba a trabajar en el bistró con él esa noche fingiendo que no había ocurrido nada.

No estaba dispuesto a consentir que me acosara como si mi vida fuera de su propiedad.

Llegué a la tercera planta. El angosto pasillo se hallaba sumido en ese agobiante silencio propio de los fines de semana.

Me dirigí directamente hacia su puerta. Me planté frente a la madeira vieja y descorchada, cerré el puño y empecé a aporrear la puerta con tal fuerza que me lastimé los nudillos.

—¡Abre esta porta, Hwang! —bramé, con mi voz ronca y rebosante de odio quebrando el silencio de toda la planta—. ¡Abre ahora mismo o te juro que echaré abajo esta porquería y haré añicos todo lo que tengas ahí dentro!

Aporreé una y otra vez, haciendo caso omiso del dolor que me atenazaba los dedos.

La frontera de la cordura había quedado atrás en el salón recreativo.

Ahora, solo restaba el ajuste de cuentas.

Y a juzgar por los fuertes latidos de mi corazón, sabía a ciencia cierta que aquel cara a cara en el pasillo no se saldaría únicamente con insultos pronunciados en voz baja.

Las puertas del infierno estaban a punto de abrirse de par en par y yo no iba a ceder ni un milímetro.