CAPÍTULO 7 #2
La paranoia iba en aumento a un ritmo vertiginoso.
Cada vez que una sombra se colaba en mi visión periférica, mis músculos se contraían.
Cada vez que alguien elevaba la voz en las máquinas de lucha del otro lado del pasillo, imaginaba que era ese tono agresivo y burlón que tan bien conocía.
Los celos posesivos que había exhibido en el restaurante y en el campus me estaban desquiciando.
¿Sería capaz de seguirme hasta allí? ¿Estaba lo suficientemente desocupado como para desperdiciar su sábado libre de la universidad jugando al espía en un salón recreativo del centro de la ciudad con el único propósito de fastidiarme la vida?
La respuesta, para mi más absoluta desgracia, era afirmativa.
Completamos el primer nivel del juego. Jae-ik bajó la pistola de plástico y soltó una carcajada, señalando el marcador.
—De acuerdo. Tienes que admitir que se te da genial.
Yo no he servido para nada. Te has cargado a casi todos los enemigos de la pantalla —comentó, relajando su postura y volviéndose hacia mí—.
Se te nota algo tenso, Seok-yeong. ¿Va todo bien?
¿El ruido de este sitio te resulta molesto?
Si lo prefieres, podemos ir a un lugar más tranquilo.
Hay una cafetería estupenda en la siguiente calle.
Lo miré. Era tan considerado. Había notado mi cambio de humor y no había hecho ningún comentario jocoso al respecto. Simplemente había ofrecido una solución práctica.
—No, el ambiente es genial. Solo me he distraído un momento —esbocé una sonrisa forzada, intentando destensar los hombros y centrarme exclusivamente en su rostro—. Podemos jugar otra partida aquí antes de ir a la cafetería. Te juro que esta vez te dejaré aniquilar a algunos zombis.
—Trato hecho —me devolvió la sonrisa, tomando unas cuantas fichas más del cesto de plástico.
Se giró hacia la máquina para introducir las monedas. Aproveché ese instante de distracción y miré por encima del hombro, oteando el ancho pasillo que separaba nuestra hilera de juegos de las máquinas de carreras tipo simulador.
El sujeto de la sudadera negra y la gorra volvía a estar allí.
En esta ocasión, se encontraba sentado en el asiento de uno de los simuladores de carreras, pero no tenía la vista fija en la pantalla del juego.
Estaba girado hacia un lado, fingiendo teclear en su móvil, aunque la posición de su cabeza formaba un ángulo perfecto para vigilar nuestra máquina de disparos.
La irritación comenzó a bullir en la boca de mi estómago. La sangre se agolpó en mis mejillas a un ritmo vertiginoso. Apreté los ojos con fuerza, contando mentalmente hasta cinco, suplicando con toda mi alma que no fuera más que un desconocido cualquiera.
Sin embargo, la envergadura de los hombros, la forma de cruzar las piernas, la tela barata de la prenda... Conocía cada mínimo detalle de esa pose insolente. Lo conocía porque me veía obligado a soportar a ese parásito a diario.
La confirmación irrefutable de que estaba siendo víctima de espionaje se produjo de una forma tan lamentable y tan bochornosa que anhelé que el suelo del salón recreativo se abriera y me tragara en el acto.
El pasillo de las máquinas de carreras registraba un intenso trasiego de personas. Mientras el tipo de la sudadera negra se afanaba en estirar el cuello para no perder detalle de lo que hacíamos, descuidó por completo el movimiento a su alrededor.
Un grupo formado por cuatro niños de unos ocho años pasó corriendo a toda velocidad por el pasillo, jugando a perseguirse. Uno de los chiquillos, que reía mientras miraba hacia atrás, se dirigió derecho hacia el simulador de carreras.
El niño colisionó violentamente contra el brazo del sujeto de la gorra.
El sobresalto fue mayúsculo. El tipo intentó echarse hacia atrás para evitar caer del asiento del simulador, pero su maniobra resultó ser de lo más patosa.
Se levantó con demasiada brusquedad. Su brazo chocó contra un enorme cesto de plástico que se hallaba en el borde de una máquina de cambio de monedas situada justo a su espalda.
El cataclismo no se hizo esperar.
El cesto volcó en el aire y se desplomó contra el suelo.
Cientos de fichas metálicas plateadas impactaron contra el pavimento del salón recreativo.
El estruendo fue colosal. Parecía como si un aluvión de monedas se hubiera precipitado desde el techo.
Las fichas rodaron en todas direcciones, desperdigándose por todo el pasillo, chocando contra los pies de los presentes y provocando un ruido agudo y prexistente que ahogó la estruendosa música del local.
Todo aquel que se encontraba en un radio de diez metros cesó en su actividad y dirigió la mirada hacia el foco del alboroto.
Giré la cabeza de forma mecánica. Jae-ik también interrumpió la introducción de fichas en la máquina y se volvió a mirar.
El individuo de la sudadera negra permanecía petrificado en medio del océano de fichas esparcidas. Con el sobresalto y el movimiento brusco al levantarse, las gafas de sol se le habían resbalado por la nariz y la gorra había ido a parar al suelo.
Hwang Dong-joo se hallaba allí, plantado de pie, con los ojos desorbitados por la sorpresa y la expresión del que acaba de ser sorprendido in fraganti perpetrando un delito federal.
Su rostro, por norma general tan centrado en el enojo y el sarcasmo, reflejaba ahora un pánico tan absurdo como paralizante.
Contempló las fichas en el suelo, observó a las personas que se mofaban de su torpeza y, finalmente, sus ojos se cruzaron con los míos.
El silencio se adueñó de mi mente.
Los contornos de mi visión se volvieron borrosos. Una ira tan pura, tan ardiente y tan indomable se apoderó de mi cuerpo que sentí un temblor en las piernas.
Me estaba espiando. Había atravesado la ciudad.
Se había pertrechado con un atuendo ridículo.
Había desperdiciado la última hora agazapado tras máquinas infantiles con el único propósito de vigilar mi cita con Jae-ik.
Su grado de obsesión, de intromisión en la privacidad y de absoluta falta de mesura había sobrepasado la frontera de los celos para adentrarse en el terreno de la locura más absoluta.
Y, por si fuera poco, me estaba poniendo en ridículo en medio de una cita impecable.
Jae-ik profirió una leve risita a mi lado, por completo ajeno a mi debacle interna.
—Vaya. Parece que alguien ha tenido un pequeño percance por ahí.
Menudo desastre —comentó en tono informal, viendo cómo Dong-joo intentaba agacharse para recoger la gorra del suelo, resbalando con sus propias fichas y estando a punto de darse de bruces contra el suelo—. Al menos nosotros nos hemos librado.
No fui capaz de reírme. Ni siquiera logré esbozar una sonrisa.
Me giré hacia Jae-ik. Mantenía la compostura, con ese sereno brillo en los ojos, el rostro distendido, a la espera de que celebrara su ocurrencia.
Me invadió un profundo sentimiento de culpa.
No tenía por qué verse involucrado en semejante espectáculo.
No merecía ser arrastrado al manicomio en el que se había convertido mi vida a causa del desequilibrado de mi vecino.
La aparición de Dong-joo allí, la mera confirmación de aquel descarado seguimiento, hizo añicos la atmósfera de la tarde. El encanto se desvaneció en el acto.
Tenía que cortar por lo sano antes de que la situación desembocara en algo mucho más grave. Antes de que a Dong-joo se le pasara por la cabeza desprenderse del disfraz y venir a pedir explicaciones en mitad de la sala. Conocía su carácter volcánico mejor que nadie.
Volví a colocar la pistola de plástico en el panel de la máquina con un movimiento brusco.
—Jae-ik. Lo lamento. De veras. Pero tengo que marcharme. Ahora mismo —mi voz sonó seca, tajante, muy alejada del tono afable que empleaba escasos minutos atrás.
Su sonrisa se esfumó en el acto, dando paso a una expresión de desconcierto inmediato. Pestañeó un par de veces, intentando asimilar el repentino cambio en mi actitud.
—¿Marcharte? ¿Ha ocurrido algo? ¿Te encuentras mal? —preguntó, dando un paso hacia mí, con un tono de voz que denotaba una preocupación sincera.
—He recordado algo importante. Una urgencia familiar.
Mi padre me envió un mensaje esta mañana sobre un asunto con el registro del seguro del barco y se me olvidó por completo contestarle.
Tengo que llamarle y arreglar unos documentos en la residencia.
Es de suma urgencia —la mentira brotó de mis labios a borbotones, atropellando las palabras.
La imperiosa necesidad de huir de allí era superior a cualquier intento de sutileza.
—Ah, ya veo. Por supuesto. Los contratiempos familiares siempre son urgentes. ¿Quieres que te acompañe a la parada de metro? Podemos coger la misma línea —se ofreció, guardándose las fichas en el bolsillo.
—¡No! —la negativa sonó demasiado precipitada, demasiado estridente.
Me aclaré la garganta, forzando una sonrisa dolorosa en un intento de mitigar el golpe—.
No es necesario. Prefiero ir solo. Tengo la cabeza hecha un lío y debo solucionar esto cuanto antes.
Muchísimas gracias por el café, por las partidas y por esta tarde tan estupenda.
Te aseguro que te lo recompensaré en otra ocasión.
Me escrutó con mirada analítica. No tenía un pelo de tonto.
Se percató de que la excusa era endeble y de que mi nerviosismo resulta desmesurado.
Dirigió una rápida mirada hacia atrás, en la misma dirección hacia la que yo apuntaba antes, hacia el pasillo donde había tenido lugar el incidente de las fichas, y luego volvió a fijar la vista en mí.
Asintió levemente con la cabeza, ajustándose la cazadora vaquera. Era todo un caballero, incluso al ser despachado de un modo tan extraño en mitad de una cita.
—De acuerdo, Seok-yeong. No te apures por eso. Arregla tus asuntos con tranquilidad. Ya hablaremos por mensaje más tarde. Ve con cuidado —dijo, conservando una actitud educada y cordial.