CAPÍTULO 7
BAE SEOK-YEONG
La tarde del sábado en el centro de Seúl reunía todos los requisitos para convertirse en el escenario de una película adolescente de alto presupuesto.
El sol brillaba en lo alto, las aceras rebosaban de gente vestida a la moda y se respiraba un ambiente de total desconexión.
Para alguien que había pasado la semana entera haciendo malabarismos entre las insoportables clases de estadística, el estrés financiero derivado de una deuda colosal y los alaridos de un gerente de restaurante con delirios de grandeza, ese sábado debería suponer mi oasis de tranquilidad.
Y el artífice de este oasis pasajero se encontraba justo frente a mí, empuñando un disco de plástico verde y riéndose de un modo que le haría perder el hilo de sus pensamientos a cualquier persona en su sano juicio.
Song Jae-ik no me había llevado a una cafetería silenciosa de corte minimalista.
No me había invitado a un restaurante elitista donde tuviéramos que fingir conocimientos sobre añadas de vino.
Me había arrastrado al salón recreativo más bullicioso, anárquico y plagado de luces de neón del barrio de Hongdae.
El recinto era un oscuro laberinto iluminado por letreros de colores estridentes, pantallas de alta resolución parpadeantes y adolescentes correteando de aquí para allá.
Y, en medio de aquel maremágnum, el heredero de la Facultad de Arquitectura estaba demostrando poseer un espíritu absurdamente competitivo en una mesa de air hockey.
—Eres demasiado predecible, Seok-yeong. Siempre intentas golpear el disco por el flanco derecho.
Tienes que diversificar tu estrategia —dijo Jae-ik, con sus ojos oscuros clavados en el disco que se deslizaba sobre la mesa de aire.
Llevaba una cazadora vaquera clara sobre una camiseta negra, con las mangas remangadas hasta los codos. Desprendía un aire de total soltura.
—No estoy siendo predecible. Simplemente me estoy conteniendo para no hacer pedazos tu ego en nuestra primera cita oficial. Es una cuestión de cortesía —respondí, agarrando el mazo con firmeza y siguiendo sus rápidos movimientos al otro lado de la mesa.
Soltó una carcajada sincera, de esas que dejaban a la vista una dentadura perfecta.
—¿Conteniéndote? El marcador va siete a dos a mi favor. Si te estás conteniendo, te aconsejo que empieces a tomarte esto en serio, porque el perdedor pagará la siguiente ficha —devolvió el disco con un movimiento veloz.
El disco de plástico rebotó en el borde de la mesa y se coló directamente en mi portería, encendiendo las luces rojas de mi lado y sumando un punto más a su marcador. Ocho a dos. Una humillación en toda regla.
—La suerte del principiante —mascullé, soltando el mazo sobre la mesa y cruzándome de brazos, fingiendo indignación—. Exijo una revancha en una máquina que no requiera de reflejos físicos tan rápidos. Vayamos a los juegos de disparos. Soy un experto en liquidar zombis.
Jae-ik rodeó la mesa y se detuvo a mi lado.
Se situó muy cerca. El aroma de su perfume amaderado era sutil, pero lo suficientemente perceptible como para destacar por encima del olor a moqueta vieja de salón recreativo y refresco derramado.
Me sonrió, recorriéndome con la mirada de pies a cabeza con una expresión que denotaba lo sumamente divertido que le resultaba mi actitud de mal perdedor.
—Acepto el desafío. Con antes de ir a cazar zombis, necesitamos comprar más fichas. He agotado mis reservas —señaló el pequeño cesto de plástico vacío que reposaba en el borde de la máquina de air hockey.
—Iré yo. Como he sido aniquilado en el air hockey, esta ronda corre por mi cuenta —dije, sacando la cartera del bolsillo del pantalón.
—No voy a permitir que pagues tú. Yo te invité a salir —intentó intervenir, sacando ya su tarjeta de crédito.
—Ni hablar. Si lo pagas todo tú hoy, mi orgullo saldrá mal parado.
Y ya lo tengo bastante maltrecho después de ese ocho a dos.
Quédate aquí y guárdanos el sitio en la máquina de disparos.
Vuelvo en dos minutos —le di una palmadita amistosa en el hombro y me di la vuelta, dirigiéndome hacia la caja central del salón.
Mientras sorteaba a los grupos de adolescentes arremolinados en torno a las máquinas de baile y los simuladores de carreras, me di cuenta de que estaba sonriendo para mis adentros. Una sonrisa tonta e involuntaria.
La cita estaba resultando fantástica. Jae-ik era la encarnación misma de la persona que sabe disfrutar de la vida sin esfuerzo.
Era inteligente, gozaba de una conversación amena y no se pasaba el tiempo alardeando del dinero de su familia.
Se interesaba por mí, escuchaba mis quejas sobre la universidad y era capaz de convertir cualquier tema trivial en una charla apasionante.
Era la clase de dinámica a la que siempre había aspirado, pero que mi caótica rutina jamás me había permitido experimentar.
El problema radicaba en que mi cerebro estaba estropeado.
Me detuve en la fila de la caja para adquirir las fichas y solté el aire lentamente.
La cruda realidad era que no lograba relajarme por completo.
Una parte de mi mente, la más neurótica e irascible, permanecía en estado de máxima alerta.
La culpa de ello tenía nombre, apellido y residía en la habitación contigua a la mía en la residencia de estudiantes.
Desde la absurda trifulca en el pasillo de madrugada, cuando Choi Gun-woo irrumpió dando gritos en pijama, mi capacidad para hallar la paz mental se había esfumado.
Las palabras del desesperado vecino seguían resonando en mi cabeza.
Él exigiéndonos que nos besáramos de una vez por todas.
El silencio que se apoderó del pasillo tras su intervención.
La mirada de Dong-joo clavada en mi boca.
Sacudí la cabeza con brusquedad, tratando de desterrar ese recuerdo de mi mente.
Pensar en Hwang Dong-joo en medio de una cita perfecta con el chico más prometedor del campus era un delito.
Tenía que centrarme en el presente. Jae-ik representaba la realidad.
Jae-ik era el tipo de persona que trataba a los demás con respeto.
Dong-joo no era más que un accidente de recorrido, un obstáculo ruidoso que me veía obligado a soportar hasta saldar la franquicia del maldito barco siniestrado.
Compré las fichas, llené el cesto de plástico y emprendí el camino de regreso hacia la zona de los juegos de disparos, donde Jae-ik me aguardaba.
Fue durante ese trayecto cuando mi radar de problemas dio la voz de alarma.
No sé cómo explicar el funcionamiento de la intuición.
Es simplemente una extraña sensación en la nuca, un cosquilleo molesto que te advierte de que hay algo fuera de lugar en el ambiente.
El salón recreativo estaba atestado y en penumbra, repleto de luces intermitentes, pero mi mirada se sintió atraída hacia una de las máquinas de gancho de peluches, situada justo en una esquina del recinto.
Había un individuo parado allí. Me daba la espalda, fingiendo observar los juguetes al otro lado del cristal, pero su postura resulta del todo forzada.
Llevaba una holgada sudadera negra, una gorra oscura con la visera calada y, el colmo de la estupidez de su disfraz, llevaba puestas unas gafas de sol.
Nadie en su sano juicio se pone gafas de sol en el interior de un salón recreativo sin ventanas.
Aceleré el paso, obligando a mis ojos a enfocar los detalles de aquella figura ridícula.
El tipo dio un paso hacia la izquierda, intentando ocultarse tras el lateral de la máquina de color rosa.
El movimiento dejó a la vista unos vaqueros descoloridos y, lo que era más revelador, un par de botas militares desgastadas y cubiertas de polvo.
Me detuve en seco. El cesto de fichas que llevaba en la mano pareció volverse más pesado.
No podía ser. Era inconcebible. Mi cerebro debía de estar fabricando alucinaciones a causa del estrés acumulado.
Reanudé la marcha, tratando de obviar la figura y de centrarme en llegar hasta donde estaba Jae-ik.
Se encontraba apoyado en la máquina de disparos, empuñando una de las pistolas de plástico del juego, esperándome con una sonrisa apacible.
Pero mi estado de hipervigilancia ya se había disparado.
Pasé de largo la máquina de peluches y, por el rabillo del ojo, vi cómo el individuo de la gorra giraba el cuello rápidamente para seguir mi movimiento, agachándose de inmediato como si se le hubiera caído algo al suelo.
Me acerqué a Jae-ik, le entregué la mitad de las fichas y descolgué la otra pistola de plástico del panel.
—Has tardado. ¿Había mucha cola en la caja? —preguntó, introduciendo las fichas en la ranura de la máquina.
—Un poco. Había un grupo grande de adolescentes comprando fichas para las cabinas de karaoke —mentí. Mi voz sonó algo más tensa de lo que pretendía.
La pantalla del juego se iluminó, mostrando las instrucciones en letras rojas gigantescas.
Los zombis comenzaron a brotar en el escenario virtual.
Empezamos a disparar. Jae-ik se lo estaba pasando en grande, bromeando sobre los pésimos gráficos del juego anticuado, pero mi concentración se había esfumado.
Disparaba a la pantalla de forma automática, mientras mis ojos escudriñaban los reflejos en los cristales de las otras máquinas a nuestro alrededor.