CAPÍTULO 2
BAE SEOK-YEONG
Sábado por la noche en el pueblo pesquero era el equivalente a un gran cementerio a cielo abierto, solo que con mucha más humedad y pescados muertos.
El reloj de mi móvil marcaba casi la medianoche.
La mayor parte de las casas ya tenía las luces apagadas, y el único signo de vida provenía del bar al otro lado de la calle principal, donde mi abuelo y el resto de los pescadores mayores pasaban las horas emborrachándose con soju y quejándose del gobierno.
Estaba sentado en el borde del muelle de madera, con las piernas balanceándose sobre el agua oscura.
La luz débil y amarillenta de la farola parpadeaba de una forma irritante, proyectando sombras alargadas sobre los tablones mojados.
Me dolía la espalda. Mis brazos parecían pesar diez kilos más cada uno.
El trabajo del día había sido una sesión de tortura completa.
A mi abuelo se le había ocurrido inspeccionar todas las redes de arrastre del barco, lo que significaba pasar horas jalando una malla pesada, buscando agujeros minúsculos y rehaciendo nudos de amarre hasta que mis dedos perdieron la sensibilidad.
Y, para mejorar mi situación, la deprimente escena del viernes por la noche seguía repitiéndose en mi cabeza en un bucle infinito.
Aquella pelea con Dong-joo por culpa de una manguera de agua.
Dos adultos empujándose en el muelle como si tuvieran cinco años.
La rabia que sentía hacia él era una constante en mi vida, pero, últimamente, esta irritación estaba adquiriendo un tono de urgencia.
No conseguía simplemente ignorar su presencia.
Necesitaba contra atacar. Necesitaba demostrar que era mejor.
Me subí la capucha del abrigo para intentar protegerme del viento helado que soplaba desde el mar. Estaba a punto de levantarme e irme a casa para intentar dormir unas horas antes de que comenzara el turno del domingo, pero el universo siempre tenía otros planes para ponerme a prueba.
Unos pasos resonaron en los tablones del muelle. Eran pisadas firmes, arrastradas, esa forma relajada de caminar que reconocería incluso con los ojos vendados.
Hwang Dong-joo caminaba en dirección al barco de su familia con una linterna en una mano y un cubo vacío en la otra. Llevaba la misma chaqueta oscura y desgastada de siempre, y la expresión de su rostro indicaba que él también preferiría estar en cualquier otro lugar del planeta.
Me quedé inmóvil, rezando mentalmente para que entrara en el maldito barco y desapareciera de mi vista.
Pero su principal talento era ser inoportuno.
Se detuvo a mitad del camino, giró la cabeza despacio y apuntó el haz de la linterna directamente hacia mi rostro.
La luz cegadora me deslumbró en el acto.
—¡Quita esa mierda de mi cara, imbécil! —grité, levantando el brazo para protegerme los ojos.
Él se rió. Una carcajada corta, seca y totalmente desprovista de cualquier simpatía. Bajó la linterna, pero continuó mirándome.
—¿Qué haces aquí en la oscuridad, Seok-yeong? ¿Llorando porque tu abuelo te gritó toda la tarde? —preguntó, apoyando el cubo en el suelo y cruzando los brazos, asumiendo esa ridícula postura de dueño del mundo.
—Intento tener un solo minuto de paz en mi vida, pero aparentemente eso es imposible mientras existas en la misma región del mapa —respondí, levantándome y sacudiendo la suciedad de mis vaqueros—. Ve a lavar tu barco y déjame en paz.
—Lavo el barco a la hora que me dé la gana.
Y el muelle es público. Si quieres privacidad, entra a tu habitación y echa el cerrojo —dio un paso en mi dirección, y su sonrisa de medio lado se acentuó—.
Pero lo entiendo. El día estuvo pesado para ti.
Jalar esas redes debió de destrozar tus manos de estudiante de la gran ciudad.
Es mucho esfuerzo para alguien acostumbrado a estar sentado en un aula todo el día.
Cerré los puños dentro de los bolsillos del abrigo. Siempre era así. Sabía exactamente dónde presionar para hacer que mi orgullo se inflamara. La idea de que me viera como alguien débil, como alguien que no daba la talla para el trabajo pesado, me cegaba por completo de rabia.
—Mi barco está perfectamente organizado, mis redes están listas y mi abuelo no va a tener que rehacer mi trabajo mañana.
A diferencia de ti, que te pasaste la mañana entera amarrando las boyas al revés y te ganaste un regaño frente a todo el muelle —devolví la provocación, caminando hacia él y deteniéndome a una distancia que no dejaba lugar a dudas de que no iba a retroceder.
Su expresión burlona vaciló por una fracción de segundo. Di en el blanco. Su abuelo le había metido una bronca monumental muy temprano, y yo lo había presenciado todo desde primera fila, riéndome por dentro.
—Hablas demasiado para alguien que ni siquiera sabe navegar más allá de la línea de seguridad del rompeolas —retrucó Dong-joo, entrecerrando los ojos—.
Eres muy bueno haciendo nudos a la orilla del muelle, pero a la hora de enfrentar el mar abierto, eres solo un adorno en el barco de tu abuelo. Solo obedeces órdenes.
—Estás proyectando tu propia incompetencia en mí —me burlé con ganas, cruzando los brazos también—. Navego muchísimo mejor que tú. No necesito que nadie me diga qué hacer al timón. Si quiero poner mi barco en cualquier punto del océano, lo pongo.
—Sí, claro —escupió las palabras, sacudiendo la cabeza en negación—. No tienes el valor de salir de este muelle solo ni aunque tu vida dependiera de ello. Necesitas el visto bueno del viejo para todo. Eres un niño obediente. Un perrito entrenado de Seúl jugando a ser pescador el fin de semana.
—Repite eso —avancé un paso más. Estábamos tan cerca que podía ver el contorno exacto de sus ojos oscuros desafiando cada límite de mi paciencia—. Repite eso y te juro que te tiro por el borde ahora mismo.
—Perrito. Entrenado —pausó cada palabra, inclinando el rostro hacia el frente, provocándome a propósito.
Mi cerebro registró la advertencia de que era una pésima idea continuar con esa conversación, más mi boca funcionaba de forma independiente a mi juicio.
Odiaba ser subestimado. Odiaba que me encasillaran como el tipo correcto que no rompe las reglas, especialmente alguien que creía que la fuerza bruta lo resolvía todo.
—Te crees muy superior, ¿verdad? Piensas que dominas este maldito oficio solo porque mueves unas cajas pesadas de un lado a otro —dije, y mi voz salió baja, cargada de hostilidad.
—No me creo superior, lo sé con certeza —respondió con rapidez—. El día en que consigas traer una pesca mejor que la mía sin la ayuda de tu abuelo, cerraré la boca y dejaré de molestarte. Pero ambos sabemos que ese día jamás llegará.
—¿Quieres apostar? —la frase se me escapó antes de que pudiera frenarla.
Dejó de sonreír. La provocación cedió el paso a una atención absoluta. Me miró de arriba abajo, evaluando si hablaba en serio o si solo tiraba un farol para intentar ganar la discusión.
—¿Apostar qué, loco? —preguntó, y el tono de burla desapareció, reemplazado por un interés puro.
—Una apuesta simple. Tú y yo. Ahora —apunté con el dedo en dirección al horizonte oscuro, donde el mar se fundía con el cielo sin estrellas de aquella noche cerrada—.
Tomamos los barcos. Vamos hasta la Corona de Piedra.
El primero que llene tres cajas de lenguado y regrese al muelle, gana.
E l perdedor va a tener que lavar la cubierta del barco del otro, de rodillas, en mitad de la tarde de mañana, con todo el puerto mirando.
La Corona de Piedra era un arrecife alejado.
Quedaba bastante más allá de la línea de seguridad donde solíamos trabajar sin los mayores.
El mar allí era más agitado, las corrientes eran traicioneras, e ir a ese lugar de madrugada era la clase de idea estúpida que haría que nuestros abuelos nos desheredaran en el acto. Era irresponsable. Era una locura.
Pero la cara de Dong-joo valía el riesgo. Se quedó en silencio por unos segundos, procesando la idiotez que le acababa de sugerir.
—Estás hablando de tomar los barcos a escondidas. De madrugada —dijo, casi como si estuviera sopesando las palabras para ver si tenían sentido.
—Sí. De eso hablo —confirmé, sosteniendo la mirada dura e implacable en su dirección—.
¿Qué pasa? ¿Te dio miedito? ¿El gran lobo de mar no tiene el valor de salir de la correa sin pedirle permiso al abuelo?
Si ese es el caso, puedes tomar tu cubito e irte a dormir.
Entiendo que la Corona de Piedra te queda muy grande con tu falta de talento.
Conocía su mecanismo. Sabía exactamente qué botón presionar. Decir que tenía miedo o falta de talento era lo mismo que arrojar gasolina directo a una hoguera. Me miró con una furia tan genuina que sentí un vuelco de victoria anticipada.
—Te vas a tragar cada palabra arrogante que acabas de decir, Seok-yeong —retrucó, apuntando con el dedo a mi cara—.
Te voy a destrozar en el mar. Y me voy a encargar de tomarte una foto fregando el suelo de mi barco mañana.
Voy a mandar a imprimir la puta foto y la voy a pegar en el mural de la cafetería de la universidad.
—Ya lo veremos —le di la espalda y comencé a caminar a pasos rápidos en dirección al barco de mi familia.
—¡Salimos en cinco minutos! —gritó a mis espaldas, y el sonido de sus pies corriendo por los tablones en la dirección opuesta ya evidenciaba la prisa.
Brinqué la barandilla de mi barco y caí con ambos pies en la cubierta de madera.
La adrenalina golpeó mi sistema con la fuerza de un puñetazo.
Estaba completamente demente. Ese barco era la vida de mi abuelo.
La fuente de ingresos de mi familia entera.
Y allí estaba yo, actuando como un adolescente inconsciente que acababa de robar las llaves del coche de su padre solo para no perder una pelea de ego contra el idiota del vecino.