28 #4
—Creo que tenemos a un retrasado —se rio Ted Sorenson.
—Bien. Dame tu maldita pistola, Ted —dijo sir Roland.
—¿Qué?
—He dicho que me des tu puta pistola. Voy a rematarlo, tú vas a encontrar mis malditos documentos del proyecto, y Kristin me va a traer a esa estúpida vaca suya. Y a sus hijos. Pero primero, le voy a meter una bala en la cabeza a este gilipollas babeante. Casi nos lo jode todo. Se acabó.
Cooper Fox no dio muestras de que le importara nada de aquello.
Schneider se detuvo en la entrada de la biblioteca, se volvió y enderezó la espalda.
—Sir Roland, no. Es una mala decisión.
—Y tú también puedes irte a la mierda —gruñó sir Roland—. Pero no muy lejos. No he terminado contigo. Tienes un buen marrón que limpiar, colega, a menos que quieras ayudar a Mikey a dar de comer a los peces.
Ted Sorenson metió la mano en la chaqueta y sacó su arma. Era nueva. La pistola que Cooper le había quitado estaba en la bolsa de deporte en East Hampton, junto con la documentación del proyecto de Schneider.
Cooper gimió, pero no se movió.
—Ten cuidado —advirtió Kristin mientras el multimillonario avanzaba hacia su objetivo.
Pero era demasiado tarde.
Sir Roland había dado un paso de más.
El bulto quejumbroso y gimoteante hecho un ovillo que había sido Michael Garner estalló en un torbellino borroso de violencia repentina cuando Cooper Fox emergió de su pantomima de estupor inducido por las drogas. Todo lo que ocurrió después ocurrió deprisa.
Cooper barrió las piernas de sir Roland y, enroscándose sobre sí mismo, se lanzó contra el multimillonario mientras caía.
Kristin Hegel soltó el taco de billar que había cogido como pica improvisada y metió la mano en el abrigo en busca de sus armas, pero el medio segundo de retraso al cambiar de arma resultó crítico.
Ted Sorenson, por supuesto, estaba desarmado, y se palpó los bolsillos en la extraña pantomima de quien ha perdido la cartera y las llaves.
Los cuatro tipos nerviosos que Cooper había identificado como los eslabones débiles del equipo de seguridad se habían quedado paralizados o habían reaccionado torpemente.
La otra mitad del equipo, todos ellos asesinos a sangre fría, intentaban encuadrarlo en el punto de mira para un disparo letal.
Estaban muy bien entrenados. No modificados genéticamente como Cooper Fox, pero operadores altamente capacitados y disciplinados, y no podían disparar porque su principal —el hombre que pagaba sus honorarios—, sir Roland Sewell, estaba ahora directamente en su línea de fuego.
Cooper le había quitado el arma y lo estaba usando como escudo humano.
Parapetado tras la relativa seguridad del multimillonario medio aturdido, Cooper efectuó cuatro disparos y mató a los cuatro operadores más peligrosos en poco más de un segundo. Una neblina de sangre y salpicaduras de sesos llenaron el idilio hasta entonces prístino de la biblioteca de sir Roland.
Un solo disparo respondió al ataque de Cooper, pero pasó de largo y destrozó la tetera del carrito.
Giró el arma y el escudo hacia la más peligrosa de sus adversarios restantes, Kristin, pero ella ya se lanzaba a cubierto tras el sofá. Le disparó, pero la lucha desesperada de sir Roland por liberarse le arruinó la puntería.
Cooper bajó a una postura más profunda para anclarse con más firmeza y ajustó el agarre sobre sir Roland a una estrangulación por la espalda, cortándole el riego sanguíneo al cerebro. Mientras lo hacía, mató a otros dos hombres.
Los dos últimos se movían ya, buscando cobertura en lugar de dispararle.
Ted Sorenson, todavía desarmado, también se movía: cargaba contra Cooper con los brazos abiertos para atraparlo en un placaje.
Harían falta otros ocho o nueve segundos para dejar inconsciente a sir Roland, pero Cooper no tenía ni de lejos tanto tiempo.
Pivotó sobre sí mismo, hizo girar el cuerpo de sir Roland y lo arrojó a los pies de Ted.
Sorenson tropezó y cayó encima de su jefe.
Cooper se movió rápidamente hacia un lado, agarró la pesada licorera de cristal y se la arrojó a Sorenson a la nuca. Le dio de lleno con un golpe sordo, y Sorenson quedó inerte, atrapando a sir Roland bajo su peso muerto.
Cooper, desarmado, ya se movía de nuevo, pero los dos hombres que necesitaba matar ya estaban en el suelo.
Cada uno con un disparo en la sien.
—Kristin —gritó—. ¿Estás viva?
Nada.
—Eres la única si lo estás —dijo Cooper.
Esperó tres latidos.
Nada.
—Puedes salir de esta si quieres —dijo Cooper—. Te doy una oportunidad, por los viejos tiempos.
Pero ella ya se había ido.
Había matado a dos de sus hombres y se había marchado, posiblemente llevándose a Schneider con ella.
Ted estaba vivo. Cooper lo apartó de encima de sir Roland arrastrándolo, sin dejar de apuntarle con el arma, el gatillo a medio apretar.
Pero Sorenson tenía una conmoción cerebral grave.
Por segunda vez en una semana, Cooper Fox se quedó de pie sobre él y luchó contra el impulso de matarlo.
Ya había segado bastantes vidas ese día.
Todos eran hombres que lo habrían matado sin remordimientos, pero él no era como ellos.
Tenía que ser diferente, o si no, ¿qué sentido tenía?
Ató las manos y los pies de Ted con un cordón que arrancó de las cortinas.
No costaría mucho liberarse de las ataduras, pero no pretendían retenerlo para siempre, solo darle a Cooper el tiempo suficiente para escapar.
Buscó a Kristin de nuevo por la habitación, pero se había ido, y el profesor con ella.
Ella lo había salvado, pero Cooper no entendía por qué.
Puso en pie al hombre mayor. Sir Roland estaba consciente pero aturdido. La estrangulación y el fuerte golpe en la cabeza lo habían dejado atontado. Cooper recogió un par de armas antes de volver a arrodillarse junto al otro hombre.
Sacó la segunda megadosis del bolsillo y la sostuvo en alto. Los ojos de sir Roland estaban llorosos e inyectados en sangre.
—Placebo —dijo Cooper—. Agua destilada. Las cambié antes de venir aquí. Schneider vio el sello roto. Pero no dijo nada. Deberías haberle hecho caso, Rolly. Deberías haberme dicho la verdad.
Cooper sacó un blíster de pastillas del bolsillo.
—¿Pero estas? Estas sí son las auténticas, Rolly. Es hora de tomarte la medicina, colega.
Le puso las pastillas en la mano a Sewell y retrocedió con ambas armas apuntándole.
Los guardias de seguridad en el vestíbulo de las oficinas del New York Times no reconocieron a sir Roland Sewell.
Solo vieron a un caballero mayor de aspecto distinguido que parecía perdido, deambulando con un fajo de documentos apretado contra el pecho.
Su traje era de corte exquisito, sus zapatos parecían costar más de lo que ellos ganaban en una semana y, lo más revelador de todo, olía bien.
Los guardias no lo reconocieron, pero Matt Phillips, un reportero de la sección de negocios, sí.
Phillips volvía de una comida tardía con una fuente y cruzaba el vestíbulo a toda prisa, consciente del cierre de edición que se avecinaba en unas horas.
Tenía una pista sólida sobre un nuevo desarrollo en la historia de Archegos Capital Management, que llevaba meses persiguiendo.
De hecho, estaba tan concentrado en llegar a su escritorio que casi chocó con los dos guardias que intentaban escoltar amablemente a un sir Roland desconcertado fuera del edificio.
—Eh, ese es sir Roland Sewell —dijo Phillips después de esquivar a uno de los guardias en el último segundo—. Es...
Phillips se interrumpió.
Sir Roland estaba claramente en apuros.
—¿Se encuentra bien, señor? ¿Necesita ayuda? ¿Quiere que le sujete eso mientras se sienta? Hay que traerle un vaso de agua —dijo Phillips.
—Agua —dijo Sewell con su marcado acento londinense. Le pasó el paquete de documentos a Phillips.
—Agua —dijo.
A Phillips se le escapó el paquete de las manos y los documentos se desparramaron por el suelo.
—¿Qué demonios es esto? —murmuró mientras los recogía.