28 #2
Desde la pesada licorera de cristal que reposaba sobre una delicada mesa antigua a menos de dos metros a su derecha hasta la docena aproximada de cucharitas de plata erguidas en una taza Wedgwood azul huevo de pato sobre el carrito preparado para el té de la mañana.
El proceso, conocido como cebado, era automático.
—Supongo que será mejor que charlemos un poco, ¿eh?
—dijo sir Roland, acercándose sin prisa al carrito preparado con una tetera y todos los accesorios—.
Los malditos quebraderos de cabeza que me has dado, Michael.
De verdad que hace pensar a un hombre. He sentido un remordimiento legítimo por todos los jodidos problemas que te pagué para que repartieras en mi nombre a lo largo de los años.
Cooper asintió con sinceridad.
—Podríamos entregarnos —dijo, abriendo las manos para incluir al profesor Schneider—. Resarcir a la sociedad —añadió con otro pequeño gesto, acostumbrando a todos a la idea de que sus manos podrían moverse en cualquier momento y que no había de qué preocuparse.
Sir Roland se detuvo en medio de su costosa alfombra turca y miró a Cooper con expresión de sorpresa cómica.
—Joder —dijo—. Nunca se me había ocurrido. ¿Crees que funcionaría, Mikey? ¿Crees que me dejarían quedarme con todo mi precioso dinero y mis cosas bonitas? ¿Si simplemente dijera que lo siento por haber sido tan villano?
—No —dijo Cooper.
La sonrisa de sir Roland era casi juvenil.
—No, muchacho, me imagino que no.
Reanudó su camino hacia el carrito.
—¿Té?
—Claro —dijo Cooper, acercándose un paso.
—¡Eh! —le ladró Kristin Hegel—. Atrás, joder.
A sir Roland, en una voz mucho más tranquila y respetuosa, le dijo:
—Te lo advertí. No te acerques a él y no, bajo ninguna circunstancia, te pongas a su alcance. Ya ha calculado al menos media docena de formas de matarte con tu colección de porcelana fina.
Sir Roland se detuvo, pero solo un instante.
—Muy bien. Nada de té para ti, Mikey. ¿Y tú, profe? ¿Te apetece una taza?
—Yo... preferiría un café solo —dijo Schneider.
Sir Roland encontró aquello tan gracioso que soltó una carcajada.
—Ay, Dios. Con razón tu gente perdió la guerra.
Sirvió la leche y el té con gestos elaborados, casi ceremoniales, antes de añadirse una cucharadita de azúcar.
Nadie dijo nada. Los ojos de Kristin taladraban a Cooper.
Ted hacía girar el globo terráqueo. Uno de los trajeados depositó a Schneider en un sofá.
Los demás permanecían en posición de descanso o cambiaban el peso de un pie a otro mientras los nervios y la incertidumbre se apoderaban de ellos.
Cooper registró quién permanecía quieto y quién tendía a aliviar la tensión con micromovimientos. A Ted y Kristin los archivó aparte. No eran simples comparsas. Eran los centuriones allí.
Bebiendo de una delicada taza de porcelana roja y blanca, sir Roland cerró los ojos para disfrutar del momento.
—Es maravilloso lo que puede hacer una buena taza de té —dijo, abriendo los ojos de nuevo.
Otro sorbo.
—Bien, al grano.
Sir Roland estampó la costosa vajilla contra la mesa.
Cooper tomó nota de todos los que se sobresaltaron.
Los mismos cuatro tipos que habían estado moviéndose inquietos antes, y uno más. El del detector de metales.
Ted siguió haciendo girar el globo terráqueo, con cara de aburrimiento. Kristin, como Cooper, permaneció inmóvil como una cobra.
Schneider parecía haberse meado encima otra vez.
Apuntando a Cooper con el dedo, sir Roland avanzó hacia él.
—Me has jodido pero bien, Mikey.
—Rolly —le espetó Kristin—. Cálmate. Y mantén la distancia.
Sir Roland se contuvo, respirando con dificultad. Se le había ido la mano, o más probablemente, pensó Cooper, había importado una de sus técnicas de negociación de la sala de juntas. Adormecer al oponente y luego quitarle el suelo de debajo de los pies.
—Bien. De acuerdo —dijo, haciendo un esfuerzo obvio, casi teatral, por calmarse.
—Vine aquí a entregarme —dijo Cooper con calma, cortando la actuación—. A enmendar mis errores.
Sir Roland parpadeó.
—¿Qué dices, tío?
Cooper se quedó helado. El mundo amenazaba con abrirse bajo sus pies y tragárselo entero.
Esas tres palabras lo habían perseguido durante años, incluso cuando había estado atrapado en un coma vigil.
«¿Qué dices, tío?» La respuesta incrédula de sir Roland Sewell cuando Michael Garner se había negado, hacía mucho tiempo, a cumplir la orden de eliminar a uno de los miembros de su cohorte.
Sujeto Raven. Una negativa que, finalmente, lo había llevado hasta aquí, hasta esta habitación.
Cooper exhaló el aliento contenido y se encogió de hombros con impotencia. Un gesto pequeño pero que expresaba una profunda desesperanza que él sentía genuina.
—¿Qué otra cosa puedo hacer, Rolly? No sé con certeza qué estaban haciendo Ludgrove y el profesor para ti, y cuanto más descubro, menos entiendo. Pero no eres solo tú, ¿verdad? Son los militares. La Agencia. Lo que sea.
Sir Roland se volvió hacia el profesor. Su tono era peligroso.
—¿Cuánto le contaste?
Schneider le devolvió la mirada con ojos llorosos. Alzó la barbilla un poco. Desafiante.
—Intenté contarle todo —dijo Schneider—. Pero el tiempo apremiaba. No sé cuánto ha comprendido.
Sir Roland inclinó la cabeza hacia Cooper con una pregunta tácita.
Cooper se encogió de hombros.
—Dijo que yo era parte de un programa. Sonaba a programa de cría. Ingeniería genética o algo así. Desarrollo postnatal acelerado, tanto físico como psicológico. El programa me crió. Entrenado desde que nací, supongo. Y había otros. Una cohorte.
Cooper miró fijamente a sir Roland.
—Los que me enviaste a matar. Eso lo recuerdo. Acogiste al profesor y te apoderaste de su investigación, pero primero tuviste que limpiar el desastre que dejó en DARPA. Me enviaste a matar a los míos. Y que Dios me perdone, lo hice.
Sir Roland asentía, sonriendo, pero no parecía contento. Su rostro estaba retorcido en una caricatura de sonrisa.
—Era un poco más complicado que eso, Mikey —dijo, como si estuviera casi ofendido—.
Empecé en las drogas, ¿sabes? Bolsas de maría en el viejo barrio.
Las drogas son un buen negocio si tienes cabeza para ello.
Y huevos. Pero son aún mejores cuando el juego es legal.
Pregúntale a las grandes farmacéuticas. Así que, sí, cuando el profe aquí me viene con una propuesta interesante para traficar drogas legalmente, yo digo, vale, vamos allá.
Sin puta idea de en qué me estaba metiendo.
—Tomaste una decisión informada —protestó Schneider, alterándose por primera vez. Kristin dio medio paso hacia él.
—Al final, sí —admitió sir Roland—. Pero te portaste como un bribón, profe. Dándome una probadita así, apelando a mi puta naturaleza codiciosa, y luego arrastrándome hasta el fondo.
—¿Cómo, Rolly? —preguntó Cooper—. ¿Cómo te arrastró?
Kristin volvió a hablar.
—En serio, Rolly. No le sueltes a este tío tu monólogo shakespeariano de supervillano. Nunca sale nada bueno de eso.
—No soy el puto Rey Lear, cariño. No estoy loco.
Pero el joven Mikey no es el único al que todo este lío le ha tocado las narices.
Ha sido jodidamente duro para todos nosotros, y me gustaría mucho no ir a la cárcel durante trescientos putos años ni acabar en alguna maldita lista negra de la CIA.
Mikey siempre fue un crack arreglando cosas para nosotros.
Ya sabes, antes de que tuviéramos que dejarlo fuera de combate y esconderlo cuando vinieron los inspectores.
Me gustaría pensar que todavía tiene el toque.
Kristin negó con la cabeza, fulminando a Cooper con la mirada.
—¿En qué te metiste, Rolly? —preguntó Cooper de nuevo—. ¿En qué me metiste a mí?
Sir Roland resopló.
—Tío, yo no te metí en nada. Tú eras parte del paquete que el viejo doctor Frankenstein de allí estaba vendiendo. ¿A que sí, profe?
Schneider no respondió. Tenía la mirada clavada en los zapatos.
—¿Conoces a algún multimillonario aparte de mí? —le preguntó sir Roland a Cooper, con un tono notablemente más ligero.
—Eh, no.
—Putos lunáticos. ¡Todos, tío! Completamente pirados con el tema de su muerte, ¿no? No pueden imaginar que el mundo siga adelante sin ellos.
Cooper notaba que Kristin necesitaba desesperadamente darse una palmada en la frente. Ted sonreía abiertamente, y Schneider simplemente miraba a sir Roland, quizás fascinado por escuchar la historia de cómo había acabado en aquella habitación.
—De todos modos —continuó sir Roland—, todos estos tipos tienen guaridas en la cima de montañas y jets privados llenos de provisiones, y están planeando congelar sus cerebros y esas cosas. Así que, cuando el profe aquí…
Señaló a Schneider con la cabeza.
—…viene a mi gente con esta turbia investigación gubernamental, todo muy secreto, pero dice que promete un control absoluto sobre el envejecimiento y esas cosas, bueno, me apunto.
Como nueva línea de negocio, esto suena casi tan jugoso como vender bolsas de maría en Hounslow.
Píldoras antienvejecimiento legítimas. Ni siquiera de broma. Eso es dinero seguro, ¿me equivoco?
Sir Roland se quedó con las manos en las caderas, negando con la cabeza.
—Que me jodan con una próstata inflamada.
No tenía ni puta idea, Mikey, de las travesuras y payasadas en las que andaban metidos estos cerebritos antes de que los pillaran unos senadores meapilas.
Tenían pequeños supersoldados de probeta como tú por todas partes.
Tenían estas píldoras inteligentes, superdrogas y pequeñas pinzas químicas para darle un buen retoque de mierda a tu ADN.
Todo muy antinatural, pero la pasta es la pasta, ¿no?
Así que me apunté. Solo cuando estoy metido hasta el cuello descubro que el puto Tío Sam todavía tiene la polla en el pastel, y tú, Mikey, tú eres la razón.
Eres un arma, hijo. Un arma de mil millones de dólares que nunca deberían haber construido y de la que no pudieron desprenderse, ni siquiera cuando los pillaron violando todas las leyes contra experimentar con embriones de bebés inocentes y esas mierdas.
Por eso dejaron que el profe viniera a mí.
Por eso tuviste que deshacerte de esos otros críos de probeta.
Aunque, para ser justos, no eran críos cuando los liquidaste.
Ya habían crecido y se habían convertido en un puto incordio mayúsculo.